Según los relatos,
siempre que enterraban un tesoro mataban a uno de sus compañeros
y lo enterraban cerca del tesoro para que su espíritu cuidara
del mismo. Pero, a veces, después de muchos años, el espíritu
del pirata muerto se cansaba de cuidar el tesoro y buscaba alivio revelando
el lugar del tesoro a alguien por medio de pariciones misteriosas a la
gente, o confesándole a alguien el sitio por medio de un sueño.
Para conseguir el
tesoro, la persona que tenía una visión o un sueño
acerca del mismo tenía que hacer a veces un sacrificio humano: debía
matar a alguien y dejar el espíritu del muerto en el lugar del tesoro.
Débido a esto,
existía, en el pasado, alarma y vigilancia en Bluefields cuando
surgía el rumor de que estaba saliendo un buscador de tesoro (treasure
man). Mientras circulaba ese rumor, los padres mantenían en casa
a sus niños, porque creían que el buscador de tesoros se
robaría a un niño para sacrificarlo.
Como resultado, de
esta creencia en la existencia de tesoros y en los sueños acerca
de ellos, algunas personas en Bluefields encontraban a veces, al despertarse
por la mañana, la sorpresa de que había en el patioi trasero
de alguién, un hoyo grande y reciente. La explicación de
esto era que alguien habia tenido una visión o sueño acerca
de un tesoro enterrado en el sitio donde aparecía el hueco. Este
mismo comentario se aplicaba a algunas excavaciones grandes que antes existían
en las cercanías de Bluefields, en lugares como Kukra Point (Punta
Masaya) y la Loma de Aberdeen.
Según la
gente, hay tesoros en Han Man Cay, situada en la parte norte de la Laguna
de Bluefields, en Mision Cay, en la parte sur de la laguna; en Kukra Point,
al sur de Bluefields, y la Loma de Aberdeeen, al oeste de Bluefields. Hay
algunos relatos a veces chistosos intentos de conseguir algunos de estos
tesoros
Orient Bolívar
Juárez*
DEL MITO A LA HISTORIA
La historia de Bluefields,
como la de todas las comunidades del Caribe nicaragüense se pierde
en los albores del tiempo. Es tan antigua que hunde sus raíces en
la arcilla primigenia de los primeros pobladores de esta parte del continente.
Su origen está cifrado en sus leyendas, en la impronta de sus etnias
aprisionada en la arena, en los conchales, en las márgenes de sus
ríos majestuosos y en la tierra de sus selvas vírgenes. El
notable indigenista nicaragüense, Alejandro Dávila Bolaños,
consideraba a los pobladores de nuestra Costa Caribe, los matagalpas y
los ramas como el “sustratum étnico” de Nicaragua, es decir, como
lo más antiguo y autóctono.
Fue tras el descubrimiento
europeo en el siglo XVI de la tierra firme americana, que la historia y
cultura de nuestra Costa Caribe, experimentó un viraje determinante.
A partir de entonces lo que antes era mito, leyenda, comenzó a delinearse
por medio de la escritura alfabética, a ser documentado por rubios
y barbados navegantes y piratas del viejo mundo, que poco a poco comenzaron
a hacer presencia y establecerse en su vasto territorio, atraídos
por las noticias de fantásticos tesoros e inagotables riquezas naturales.
Por más que
el almirante Colón, Caboto y demás navegantes se empeñaran
en ocultarlo en sus cartas y bitácoras, el destello del oro americano
acabó por deslumbrar las cortes europeas y ponerlas en pie de guerra,
una contra otra, por el codiciado botín. Y así se dio inicio
a esa nueva etapa de la historia del Caribe que en el siglo XVI se muestra
“como un campo de batalla donde se juegan, con los dados de los piratas,
las coronas de los reyes de Europa” como dice Germán Arciniegas
en su formidable libro “Biografía del Caribe”.
Como consecuencia
de esos hechos, todo empezó a cambiar vertiginosamente. Y así
los nativos de nuestra Costa Caribe pasaron de sus “cacicazgos” ancestrales
a ser reyes descalzos de opereta y charreteras, y sus pueblos y cultura,
a experimentar una transformación impresionante que habría
de dejarlos marcados con nuevos rasgos de identidad: el cambio del arco
y la flecha por el sable, el mosquete y la pólvora; la sustitución
de su “pulpera” o “tapa rabo” que describe Orlando W. Roberts, por chaquetas,
pantalones y sombrero inglés; la adopción del habla inglesa,
la mezcla con la raza negra, la fe cristiana y la adopción de usos
y costumbres europeas, entre otros elementos que poco a poco fueron asimilados
y que les sirvieron como medios y códigos eficaces de comunicación
y entendimiento con el otro.
Entre una cultura
y otra, hubo de inicio una relación abierta, regida por el intercambio:
“cuchillos, hachas, machetes, cuentas de vidrio” a cambio de “plumas, goma
de pino, guayacán, pieles y otros”. Tal fue uno de los principales
propósitos de los primeros expedicionarios de la “Providence Company”
de Londres que llegó a Cabo Gracias a Dios en 1633. Un propósito
que se mantendría siempre como base de las relaciones entre los
aborígenes y los ingleses. Fue este tipo de relaciones, justamente,
la que hizo que los pobladores del Caribe nicaragüense desarrollaran
admirables capacidades de intercambio, comercio e integración, así
como notables destrezas de conocimiento y apropiación de la cultura
del otro, no tanto por imposición, sino por asimilación y
conveniencia.
DEL REINO MOSQUITO
AL SIGLO XX
La Costa Mosquitia
a partir del siglo XVIII registra al menos cinco períodos históricos
que se suceden en el siguiente orden cronológico: el primero corresponde
al Reino Mosquito (1786-1844); de ahí pasó a ser el Protectorado
Británico (1844-1860); luego se le llamó la Reserva Mosquitia
(1860-1894); en adelante se le designó Reserva Incorporada. Y en
el siglo XX, se le conoció como Departamento de Zelaya, Costa Atlántica
y a partir de 1988, se dividió en Región Autónoma
del Atlántico Norte (RAAN) y Región Autónoma del Atlántico
Sur (RAAS).
Esa dinámica
cultural, intensa y abigarrada, que se generó en el Caribe nicaragüense
a lo largo de los distintos períodos de su historia, y particularmente
a partir del siglo XVII, es algo que advertimos hoy de manera elocuente
en las poblaciones de la Costa, por supuesto que en unas más que
en otras, como por ejemplo en Bluefields, población legendaria y
cosmopolita, abierta al comercio, que posee, además, el dominio
del inglés, una características esencial que supera las barreras
idiomáticas que tiene la zona.
UNA CIUDAD PRÓSPERA
EN 1900
Por sus notables
cualidades Bluefields es síntesis del Pacífico y expresión
del desarrollo de la Costa Caribe nicaragüense. Su población
llegó a tener a fines del siglo XIX un desarrollo que en muchos
aspectos no fue logrado por otras poblaciones de Nicaragua.
Después de
la reincorporación de la Mosquitia en 1894, la división política
del Departamento de Zelaya comprendía siete distritos: Siquia, Bluefields,
Laguna de Perlas, Río Grande, Corn Islands, Barra Prinzapolca, Cabo
Gracias a Dios, Cuicuina y Wawa River. De todos ellos Bluefields era el
más importante y próspero, contaba con cinco circunscripciones:
Ciudad de Bluefields, Caserío Rama Cay, Caserío Punta Gorda,
Caserío Monkey Point y Caserío de la Fortaleza del Bluff.
Resulta admirable
el empuje comercial y urbanístico que presentaba Bluefields seis
años después de la Reincorporación de la Mosquitia.
En el período 1899-1901, la ciudad contaba con 6,200 habitantes,
según estimaciones del Secretario del Intendente o Comandante de
la Costa Atlántica en ese entonces, el poeta Samuel Meza Briones.
Del total de sus
habitantes, quinientos eran extranjeros de distintas nacionalidades: ingleses,
norteamericanos, chinos, jamaiquinos, etc., lo que demuestra su cosmopolitismo
y vocación comercial.
Para esos mismos
años contaba con una aduana ubicada en la fortaleza del Bluff, con
la que se comunicaba por teléfono. La importación de Bluefields
en el período agosto diciembre de 1901 fue de C$ 254,397.57 en oro
y la exportación de C$ 16,082.91 en el mismo período; en
la bahía era notorio el movimiento marítimo de vapores, goletas,
balandras, bergantines, canoas y botes.
Para entonces Bluefields
contaba con un considerable número de negocios: seis grandes almacenes;
quince establecimientos, cinco hoteles —tres de primera clase y dos de
segunda clase—; cinco casas exportadoras de madera; dos compañías
bananeras; una fábrica de agua gaseosa, una joyería, dos
lavanderías, una fábrica de hielo, cuatro boticas, un estudio
fotográfico, una zapatería movida a vapor, dos casas de comisionistas,
tres billares, dos consulados —uno inglés y otro norteamericano—
y con al menos dos periódicos impresos “The Recorder” y “El Ferrocarril”
que reflejaban el intenso movimiento comercial de la ciudad. Además
en el ámbito religioso contaba con cinco iglesias: una iglesia católica,
dos moravas y dos anglicanas; cuatro asociaciones masónicas.
Obviamente ese nivel
de desarrollo alcanzado, junto a otras consideraciones políticas-administrativas,
fueron la causa que le valieron a Bluefields para ser elevada hace 100
años exactamente al rango de ciudad, el 11 de octubre de 1903 bajo
el gobierno del Presidente José Santos Zelaya.
ROSTRO FRENTE AL
CARIBE
Hoy en día
uno de los grandes méritos de Bluefields es ser la cara de Nicaragua
frente al Caribe. Bluefields representa el otro lado del país que
nos llama a girar nuestra mirada hacia las principales rutas comerciales
del mundo. Nuestra resistencia a ello ha sido una de las grandes debilidades
de Nicaragua que siempre se ha empecinado en permanecer de espaldas al
Caribe. En ese sentido, nos ha hecho falta tener la visión de aquellos
que antaño comprendieron su enorme importancia estratégica
para el desarrollo del país como la del Capitán Bedford Pim,
que con lucidez genial concibió en 1862, la primer idea de hacer
un ferrocarril transoceánico por Nicaragua para unir ambos océanos
a partir de Monkey Point o el Gral. Zelaya, que se empeñó
en llevar adelante ese proyecto vital y no pudo conseguirlo, por las luchas
políticas de sus adversarios que se alzaron en armas y por la injerencia
extranjera en nuestros asuntos internos. Ojalá que ahora terminemos
por comprender de una vez por todas, que el Caribe es la puerta ancha de
entrada de nuestro progreso.
* Historiador Asociado.
La Prensa Literaria
25 Octubre 2003.
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