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Escuela
Normal de Jinotepe
Escuela
Normal de Jinotepe
EDIFICIO
ES PATRIMONIO HISTÓRICO
El
edificio comenzó a funcionar hace 50 años albergando a las
alumnas de la Normal de Señoritas de Managua
En
1959 las señoritas se trasladaron a San Marcos y el edificio se
transformó en Normal de Varones Franklin D. Roosevelt.
En
1990 existían en Nicaragua 13 escuelas normales, en la actualidad
sólo hay cinco y el magisterio va de capa caída
Ahora
funcionan ahí dos institutos, el Manuel Hernández en el día
y el Alfonso Urroz Martínez por la noche.
La ex- alcaldesa Lila Aguilar consiguió que mediante una ley el
edificio fuera declarado patrimonio cultural.
Fue construida durante la administración del doctor Víctor
Manuel Román y Reyes, y luego comprada por el Ministerio de
Hacienda. Ahora pertenece al gobierno y no al MECD, dice la
licenciada Shirley Cardoza, directora del Manuel Hernández.
En el año 59 la Normal de Señoritas se trasladó a
San Marcos y el edificio de Jinotepe pasó a ser albergue
de la Normal de Varones. La licenciada Cardoza recuerda a sus maestras
normalistas y menciona a doña María Teresa Bermúdez,
originaria de Santa Teresa, y quien fuera directora en esos tiempos.
“La enseñanza era muy estricta y las alumnas internas procedían
de Bluefields, León y Puerto Cabezas”, dice la profesora
Cardoza
Muchos baluartes del magisterio han pasado por estas aulas, muchos recuerdos
se encierran dentro de sus paredes, pero irónicamente el edificio
está olvidado; sólo denota lo que un día fue, una
soberbia construcción de piedra, una mole de concreto que
ha visto crecer al Jinotepe de ahora y que pareciera gritar a los vientos
la agonía de su muerte.
En una constante lucha doña Shirley y sus alumnos enviaron en 1996
una carta a la alcaldesa Aura Lila Aguilar pidiéndole ayuda para
restaurar el centro por el gran valor sentimental que representa
para los jinotepinos. “Parece que ella hizo las gestión y
un día apareció en La Gaceta que había sido declarado
patrimonio cultural mediante la ley Número 231 del 10 de octubre
de 1996”, señaló la profesora Cardoza.
Según esta ley, el lugar está bajo la protección del
estado y le corresponde al Ministerio de Cultura su conservación,
además de que como área propiedad del pueblo nadie puede
intervenir en él. Sin embargo, ha sido en balde toda esa categoría
porque las autoridades del FISE se negaron a restaurarlo, más
bien ofrecieron demolerlo antes de invertir en él.
El arquitecto Alejandro González de manera solidaria hizo un estudio
sobre los trabajos que amerita el colegio y en su informe detalla que con
ciento cincuenta mil córdobas (esto era en el año 96) se
podía lograr la reparación, que sólo era maquillar
paredes, restaurar techos, reponer servicios higiénicos entre otros,
pero la pena fue cuando don José Castillo Osejo, presidente del
FISE, más bien mandó a buscar un terrenito para hacer un
nuevo centro.
Los recuerdos vienen a la memoria del profesor Julio López,
quien evoca sus años mozos en el internado de la Normal que fuera
emporio de la educación allá entre los años
cuarenta y los setenta, además de punto obligado de referencia para
los visitantes de Jinotepe.
Rememorar hechos alegres, tristes y difíciles de su vida como interno
allá por los años sesenta más que un esfuerzo es un
gozo para el profesor López, quien en el ocaso de su vida se vuelve
protagonista del relato. “La toma de los cuarteles de Jinotepe y Diriamba
aquel 11 de noviembre del 60, las tanquetas que rodearon la escuela,
la dormida en el salón de actos y la tacita de café
con dos bollos de pan que esa noche cenamos con motivo de la emergencia,
aún bailan en mi mente”.
Otro recuerdo que sale a flote era la práctica de asistir a clases
con camisa blanca “Venus, de cuello trubenizado” y corbata negra...
El honor de hacer la práctica en la escuela anexa -que todavía
existe-, el bautizo de los pelones a quienes bañaban de anilina
en una pila y luego les cortaban el copete de Elvis Presley que estaba
de moda.
Alumnos de Chontales, Jinotega, Masachapa, Somoto, Estelí y Chinandega
proveían de dinero a aquellos compañeros cuya situación
económica era escuálida. “Ellos recibían de sus padres
lo que se llamaba “valor declarado”, dijo López, señalando
que cien, cincuenta y sesenta córdobas eran para nosotros un capital.
La beca costaba ciento veinte córdobas y a nosotros nos daban dos
pesos” recuerda el maestro. Un pocicle valía un chelín donde
don Dionisio Herrera, el palco en el cine cincuenta centavos y una lustrada
donde “Cuco”, otro chelín”, dice el profesor López quien
además admite que siendo él originario de Masaya al final
se fue quedando en Jinotepe con todo y familia.
La Prensa 12 DE NOVIEMBRE DEL 2000 /
Lucía Vargas C |