alcaldes de Chontales
Las Islas de Puerto Díaz
Catedral
Puerto
Díaz espera el retorno de sus viejos y buenos tiempos
Orlando Valenzuela
laprensa.com.ni Mosaico - Crónicas Viajeras
Ubicado en
la costa nordeste del Gran Lago de Nicaragua, el otrora pujante Puerto
Díaz, por donde pasaba todo el oro en lingotes proveniente
de las minas del centro del país y donde se arremolinaban decenas
de carretas de bueyes trayendo cargas de miel de abejas, cacao, maíz,
frijoles y otros productos de la montaña, hoy es sólo
un caserío costero casi abandonado a su suerte, que sobrevive de
la rica pesca que le ofrece el Cocibolca, de la siembra de granos
básicos y la crianza de ganado en pequeña escala
Sin embargo, muchos pobladores tienen la esperanza de ver pronto
a su puerto convertido en un centro de atracción turística,
gracias a su privilegiada posición geográfica y a las
bellezas naturales que le rodean, entre las que se cuentan cuatro
islas de origen volcánico ubicadas frente al caserío, a pocos
kilómetros de la costa.
Puerto Díaz
está ubicado a sólo 28 kilómetros de Juigalpa, cabecera
departamental de Chontales y durante la época de verano se
constituye en uno de los principales lugares de diversión para la
familia chontaleña. Junto al antiguo muelle, del que
sólo queda un tumulto de tierra, hay cuatro bares y comedores
donde se puede disfrutar de un buen pescado frito.
El poblado cuenta con unas 1,600 personas, entre las que se cuentan
más de 90 jefes de familia que se dedican a la pesca artesanal de
guapotes, mojarras, róbalo, gaspares y otras especies provenientes
del Gran Lago.
CAMINAR O FAENAR
Las casas de estos porteños son como las de la mayoría de
los pobladores costeros de Nicaragua: humildes y llenas de niños
alegres y juguetones. Sin embargo, este lugar padece del mismo mal que
muchos rincones semiolvidados del país, ya que no tiene instituto
de secundaria, por lo que los jóvenes egresados de primaria que
quieren continuar sus estudios de bachillerato, deben viajar hasta Hato
Grande, distante 12 kilómetros, o Juigalpa, donde sí
hay centros de educación media, o convertirse en peones de
hacienda o pescadores de agua dulce.
Según don José Antonio Díaz Rocha, nacido y criado
junto a estas costas, en 1911, el entonces Presidente de Nicaragua,
Adolfo Díaz, compró este lugar durante la intervención
armada de los Estados Unidos en nuestro país, por lo
que la gente le puso el nombre de su dueño: Puerto Díaz.
Con el tiempo, este puerto se llegó a convertir en la principal
ruta para llegar a las ricas minas de oro de Santo Domingo, Rosita, Bonanza
y las grandes haciendas ganaderas de Chontales, Boaco y el extenso Departamento
de Zelaya.
La importancia de este puerto llegó a ser tal, que durante muchos
años, casi todo el oro que producía Nicaragua era trasladado
en carretas de bueyes desde los minerales hasta el muelle de este pequeño
puerto, donde esperaban los barcos de vapor que por aquellos tiempos
transitaban por el Cocibolca.
CARRETERA FUE SU PERDICION
Durante todo el tiempo en que no existía carretera a Juigalpa
y Las Minas, Puerto Díaz vivió su tiempo de fulgor,
ya que esta era la ruta obligada para llegar a los minerales y a
la Costa Atlántica nicaragüense, por lo que centenares de campesinos
y comerciantes convergían en el muelle en un ir y venir en busca
de nuevos horizontes.
Pero todo esto cambió cuando se abrió la carretera a Juigalpa,
pues ya resultaba más rápido y fácil llegar por tierra
y además, porque la época de los vapores también estaba
llegando a su fin.
Sin embargo, muchos pobladores creen que la razón por la que
este puerto cayó en desgracia se debe al desaire que le hicieron
al fundador de la dinastía, general Somoza García, quien
era Presidente de Nicaragua a principios de los años 50, y que por
esos días andaba de visita por los pueblos costeros del Gran Lago.
Sucedió que cuando el general Somoza llegó a Puerto Díaz
nadie sabía que venía y por eso nadie lo recibió con
los honores que acostumbraba recibir y para colmo, el único hotel
que había, estaba cerrado porque los dueños estaban de luto,
por lo que al parecer esto molestó al “hombre” y se fue enojado.
Y así, poco a poco los barcos dejaron de atracar en este muelle,
hasta convertirlo casi en un puerto fantasma, donde por las noches parece
que llegan los vapores cargados de mercaderías y futuros mineros
ilusionados por buenos salarios, pero no son ellos, sino pequeños
barcos de vela que traen de la Isla de Ometepe cargas de plátanos,
cocos, nísperos, aguacates, pitahayas y otras frutas tropicales.
Un pescador pescado
Orlando Valenzuela
El maremoto
que asoló las costas del Pacífico nicaragüense en 1992,
lanzó al pescador Iván Antonio Medina Parrales hasta
las aguas dulces del Lago de Cocibolca, donde un día de tantos fue
“pescado” por la que hoy es su esposa, Irene Sandoval Quiroz.
Llegó hace cinco años al caserío de Puerto Díaz
y desde un principio se dedicó a trabajar en lo que él sabía:
pescar. Quizás por ser un viejo lobo de mar, algunos pescadores
locales vieron con malos ojos que un extraño llegara a sus dominios
y pescara más que ellos, por eso tuvo algunos problemas al inicio,
pero después él mismo se encargó de explicarles
y enseñarles algunas técnicas para lograr mejores frutos
con las redes.
“Lo que pasa
es que muchos aquí no les daban mantenimiento a sus
trasmallos y sólo pescaban a la orilla y yo, como estaba acostumbrado
a pescar mar adentro, les enseñé cómo reparar las
redes y nuevas técnicas para pescar bien adentro. Ahora muchos
saben pescar hasta en lo más hondo y largo del lago, y pueden
pescar todo tipo de pescados”, narra.
Originario de Masachapa, donde trabajó como pescador durante casi
20 años, Iván Antonio ya se ha adaptado a su nueva vida de
pescador de agua dulce. “La vida aquí es más tranquila. Si
a uno se le daña el motor del bote, uno puede usar un remo y acercarse
a la orilla de la costa, en cambio en el mar, si se daña el motor,
uno puede ir a parar al Golfo de México o las corrientes se lo pueden
llevar más lejos”.
Pero Iván no sólo es un experto marinero y pescador, sino
que también puede construir barcos y botes de madera gracias
a un curso que recibió de técnicos salvadoreños, lo
que le permitió dedicarse a la construcción de pequeños
botes para vendérselos a sus colegas pescadores de Masachapa.
Por eso no es extraño encontrarlo en la costa, frente a su
casa, fabricando a mano su propio bote de una sola pieza de Jenízaro.
Dice que este bote lo usará para pescar a la orilla del lago, porque
tiene uno grande de fibra de vidrio con el que sale a pescar aguas adentro.
Ese bote es el mismo con el que una vez que estaba como a diez kilómetros
de la costa de Masachapa, a eso de las dos de la madrugada, casi le da
vuelta un ballenato que de pronto saltó cerca de donde estaban
pescando.
En otra ocasión, se metió como a 40 kilómetros mar
adentro para comprar carne de tiburón a un barco extranjero, compró
12 tiburones en pedazos, pero cuando venía de regreso la panga se
dio vuelta y quedó debajo de la misma junto al montón de
carne con sangre de tiburón. Para su suerte, el barco seguía
estacionado y pudo ver las señales que le hizo,
si no hubiera
servido de banquete a la manada de tiburones que después llegó
a devorar la carne que flotaba.
Ahora Iván Antonio forma parte de la comunidad de pescadores
de Puerto Díaz, de donde se ha sabido ganar el aprecio de los demás
y donde piensa seguir viviendo tranquilamente.
Las Islas de Puerto Díaz
Orlando Valenzuela
A cuarenta y cinco minutos en panga se encuentran las cuatro bellas
islas que adornan el entorno de Puerto Díaz, donde viven
seis familias en total, la mayoría de ellas (tres) en la Isla Grande,
mientras que en las islas Redonda, Del Muerto y La Rosa, sólo
hay una casa en cada una de ellas.
En la Isla
Grande habita la familia Mora-Salablanca que se dedica a la pesca artesanal
y a la preparación de pescado seco para venderlo en tierra
firme.
En estas
islas, de origen volcánico, existe una gran diversidad de
animales silvestres, entre los que se pueden mencionar corales, boas, tortugas,
iguanas, loras, chocoyos y miles de aves migratorias que han convertido
el lugar en su sitio de anidamiento permanente, como las cigüeñas,
patos chancho y garzas de todos los colores.
Para llegar a estas islas es preciso alquilar una panga de motor para vencer
el fuerte oleaje que a mitad del camino azota con fuerza. Se supone que
aún existen algunos tiburones en estas aguas, porque como
se sabe, éste es el único lago de agua dulce en el mundo
que tiene estos tipos de escualos.
Las misteriosas sombras en el lago
Orlando Valenzuela
Absalón Rivera Herrera es un veterano pescador, pero a pesar de
su experiencia, siempre que sale a un viaje en su panga, lo hace
con mucha precaución, porque, según dice, “hay
que tener cuidado con los lagartos”.
Llegó
de Apanás, Jinotega, donde aprendió todas las técnicas
de pescar en aguas calmas. Tiene 33 años y desde que llegó
a
este puerto,
vivió varias experiencias misteriosas.
“En una ocasión, estábamos mis hermanos y yo acampados
en la champa, eran como las ocho de la noche y todo estaba calmo.
De pronto, algo pasó rápido y se nos llevó el plástico
y lo tiró como a 10 metros, vimos alrededor y no había
nada, todo estaba en silencio, como que no había pasado nada,
fue algo extraño”.
En otra ocasión, andaba con un chavalo en la orilla del lago, me
metí hasta el pecho con cuidado por las
serpientes
de agua que hay aquí, pero de pronto vi que un bulto se venía
acercando en dirección hacia mí, le puse el foco y
no se paró, seguía de frente y cuando vi que ya me
iba a caer encima, lo que hice fue echar a correr y dejé los
trasmallos tirados, hasta que al día siguiente regresé y
todo estaba correcto. Si hubiera sido alguien se hubiera robado las redes”.
Absalón explica que lo mejor para dormir en época de pesca
es quedarse anclado en el bote y acomodarse a como sea en la nave,
porque dormir a la orilla del lago es peligroso por los lagartos, las serpientes
y otros animales nocturnos que salen en busca de comida al amparo
de la oscuridad.
Doña
Elida, la primera fritanguera
Orlando Valenzuela
Cuando doña Elida Ugarte llegó a este puerto era una niña
de 12 años, y entonces se vivían los últimos resplandores
de la fiebre del oro. Su mamá, doña Estebana, era de
esas granadinas buenas a la cuchara, por eso se vino a Puerto Díaz
donde instaló junto al muelle la primera fritanga de pescado del
lugar.
“Había días
que freía hasta cuatro docenas de pescado y todavía hacía
falta comida para tanta gente que venía de Granada en busca de las
minas de oro de La Libertad. El oro lo mandaban en lingotes montado en
carretas de bueyes hasta el puesto, donde lo esperaban los barcos para
llevarlo a Granada y después a Managua”, recuerda.
“En esos días llegaban hasta 40 carretas que traían maíz,
frijoles, cacao, oro y la gente dormía en los patios de las casas
o en hamacas, y al pitazo del barco desde las islas, la gente se levantaba
y esto era como un mercado”, dice con nostalgia.
Doña Elida, que ahora tiene 89 años, recuerda que en varias
ocasiones miró y tocó los lingotes de oro que venían
de las minas, ya que su papá, que era celador de la bodega donde
guardaban el oro, le mostró las pesadas barras del valiosísimo
metal. “Levantala, muchacha, me dijo mi papá, pero era bien
pesada la barra de oro en bruto, que no parecía oro, sino
bronce” asevera doña Elida.
Doña Elida tuvo 12 hijos, pero la mayoría de ellos se fue
a vivir a Granada, sobre todo los que querían seguir estudiando.
Ella se enamoró de este lugar de donde no piensa salir nunca
porque aquí vivió la mejor época de su vida. “Aquí
venimos a trabajar, porque las granadinas nunca están sentadas,
aquí me casé, nacieron mis hijos y aquí murió
mi papá y mi mamá, por eso nunca me voy a ir de aquí...”
El pescado frito de Doña Bernarda
Orlando Valenzuela
Venir a Puerto Díaz y no comerse un pescado frito, es como pasar
por Nagarote o La Paz Centro y no probar sus quesillos.
Por eso todo visitante de este apacible rincón del Lago de Nicaragua,
no puede escapar a la tentación de darse un gustazo a costillas
de los manjares del Cocibolca.
En el
Bar el Pescadito, que es uno de los cuatro que hay es este lugar, doña
Bernarda Antonia López tiene 18 años de preparar los guapotes
que los pescadores traen de aguas adentro. Ella prepara el pescado
de la manera más simple y deliciosa, ya que sólo le echa
sal y a la sartén con aceite, de donde ya sale doradito y listo
para saciar el apetito más voraz.
El servicio varía de precio, según el tamaño del pescado,
así, se puede encontrar ejemplares pequeños de C$15,00,
medianos a C$25 y grandes a sólo C$30 cada uno. También
se puede llevar el pescado crudo, ya que aquí muchos pescadores
dejan una parte para venta al público y la otra para su consumo.
|