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La pena de muerte en Nicaragua

Ultimos fusilados... legales
* Un crimen atroz y todo un espectáculo el día de los fusilamientos
* Sin embargo las lágrimas y la sangre convirtió todo en un horror
* Asesinaron a un anciano cuya familia aún aporta algunos detalles
* Ejecuciones fueron hace 60 años y meses después de las mismas se produjo el terremoto de 1931
* Castigo de Dios" decían algunas almas "piadosas" que aún resentían el horrendo cuadro de aquel 19 de septiembre de 1930
 
 

—Por Armando Ñurinda Ramírez—
Para castigar hechos calificados atroces, en diferentes épocas y sociedades, la aplicación de la pena de muerte fue considerada profiláctica, por quienes la impusieron. Abundan datos de crueldades instauradas por los españoles, desde Pedro Arias de Avila "Pedrarias" con sus métodos, hasta los bandos de "timbucos" y "calandracas", compitiendo por el Poder del Estado, incluido el filibusterismo. Durante los "tiempones verdes". En la época del General José Santos Zelaya López, cuando consumaron varios casos, destacando el de los yanquis Gross y Cannon, ejecutados por atribuidos actos contrarrevolucionarios; también el fusilamiento del General Filiberto Castro y el Coronel Anacleto Guandique, culpados por el sabotaje al "Cuartel La Culequera". 

UN CASO SONADO 

Sin contenerse aplican la pena de muerte durante la intervención yanqui, el somocismo, el frentismo, los "sin mancha" y se remiten a los actuales "hechos y no palabras". Así, la pena de muerte la vienen aplicando como ejemplar preventiva para frenar la delincuencia. Y de una época que se remonta a 71 años, ojeamos en la historia de Managua y encontramos datos del siguiente caso: 

"Un crimen sonado". En Managua, todavía por los años cuarenta, comentaba y la gente creía lo que decían: "Los acusados por aquel crimen, juraron y alegaron inocencia..." También aseguraban que el "Juez que conoció la causa era hijo de la víctima y que por eso dictó la sentencia de muerte para los asesinos..."; "... pero decidieron fusilarlos". Unos señores afirmaban: "En el Cementerio los mataron y como castigo de Dios, vino el terremoto", se referían al sismo del 31 de Marzo de 1931, cuando Managua fue destruida. 

Busqué testimonios hemerográficos del tiempo de los hechos y no me fue posible reunir información. Por eso entrevisté la fuente viva en doña Julia Pasos Dawning, la única hija sobreviviente de quien fuera don Gustavo Pasos Bermúdez. Doña Julia, recordó: "Cuando mi padre fue asesinado, me encontraba en Francia, me acompañaba mi madre, él me envió a estudiar...; el aviso de su muerte llegó a Barcelona, por comunicación diplomática, allá me encontraba de vacaciones y fue breve, sólo decía: "Don Gustavo fue asesinado". 

Doña Julia destacó, que su padre y su familia eran oriundos de Granada, que fue un hombre "emprendedor, decidido, muy responsable"; entre sus bienes poseyó la residencia conocida como "La Casa de los Leones", donde él acondicionó un Teatro, allí presentó compañías y artistas extranjeros, también proyectaba películas y usaba un generador eléctrico que accionaba una caldera de vapor con combustión de madera; "... en una ocasión que la leña estaba mojada y para cumplir con su público, para encender usó una mecedoras del mobiliario de su hogar". Según relato que de su progenitora recordó el Ingeniero Uriel Argüello Pasos, nieto de Don Gustavo Pasos. 

UN ASESINATO ATROZ 

"El crimen contra mi padre fue sonado, dio mucho de que hablar", recordó doña Julia Pasos, coincidiendo en que se comprobó que el móvil del asesinato fue el robo. En los días que lo mataron, los asesinos conocían que don Gustavo era negociante de inmuebles, además de constructor y de otros bienes; "para la fecha que asesinaron a mi padre", continuó recordando doña Julia, "él tenía planeado viajar a Europa y visitarme, con ese objetivo realizó una propiedades y se corrió la noticia que poseía dinero, lo que motivó la ambición de los que planearon asesinarlo". Precisó. 

A don Gustavo Pasos los asesinos le ocasionaron varias lesiones, en el rostro y partes del cuerpo, fue degollado; por las heridas manó abundante sangre y el vital líquido, en un hilito se deslizó debajo de la puerta hacia la calle; al no abrir temprano, para los vecinos fue el indicio que condujo donde dejaron el cadáver, lo encontraron colgado en su hamaca, donde acostumbraba dormir. La casa de don Gustavo estuvo cerca al "Parque Frixione", en la vecindades donde ahora está el Teatro Rubén Darío. 

Es conveniente recordar que 1929 Nicaragua estaba intervenida por fuerzas de Estados Unidos de Norteamérica, el pueblo nicaragüense estaba enfrentado en otra guerra civil; el General José María Moncada ascendió al Poder mediante convenio pactado con los interventores; en las zonas del Norte, en Las Segovias, los marines norteamericanos imponiendo su guerra, bombardeaban, incendiando, hacían "corte de chaleco" y otras atrocidades, combatiendo a lo que ellos calificaron "bandolerismo", o sea las milicias que dirigió el General Augusto Calderón Sandino y cuya acción también se centró en un combate contra enemigos locales y la ocupación. 

La historia destaca que la actitud de Sandino sumó partidarios y recibió apoyo internacional. EL JUICIO Y LA SENTENCIA 

Once meses transcurrieron después del viernes 14 de Noviembre 1929, día en que fue asesinado don Gustavo Pasos Bermúdez, el 19 de Septiembre 1930 se cumpliría la sentencia del Juez del Crimen Bachiller Carlos Cuadra Pasos por apelación el veredicto condenatorio fue confirmado por la Corte Suprema de Justicia, resultando positiva la labor acusatoria del abogado Luis Pasos Argüello y fallando la acción defensiva de los acusados ejercida por el Dr. Marco Aurelio Castillo, quien no logró anular, ni conmutar, la condena de muerte. Debe destacarse la relación familiar de los judiciales con la víctima, el Juez Cuadra Pasos y el acusador Doctor Pasos Argüello eran sobrinos, vínculo muy desfavorable para los acusados. 

Según las crónicas del diario "EL COMERCIO", los investigadores policiales, soldados de ocupación y guardias nacionales, reunieron pruebas contra los inculpados, consistentes en marcas de suelas de zapatos estampadas en casa de la víctima, huellas dactilares ensangrentadas, manchas de sangre en vestimentas de los acusados, dinero en cantidades mayores encontradas a lo supuestos delincuentes; también sumaron versiones acusatorias de testigos, más las inculpaciones recíprocas y el historial delictivo de los indiciados por el asesinato atroz de don Gustavo Pasos Bermúdez. TODO UN ESPECTACULO Crónicas y referencias del suceso correspondientes al 19 de Septiembre 1930, destacan detalles relacionados con la ejecución de los condenados a muerte. A Managua concurrieron más de quince mil personas, quienes de los departamentos viajaron en trenes y otros medios dispuestos por el gobierno; la cita para la ejecución fue en el Cementerio General de Managua. Durante el proceso los acusados y condenados, permanecieron en "La Penitenciaria", cuyo edificio estuvo hasta 1931 en predios que después ocupó la "Colonia General Anastasio Somoza García", según el Profesor Gratus Alftermayer, la mayoría de personas afirman que por las inmediaciones del Estadio Cranshaw y el de Béisbol. 

Gran espectación despertó en Managua la publicitada ejecución, desde hora temprana muchas personas caminaron hacia el Cementerio General, quizá la mayoría por curiosidad. Según los relatos, a los condenados los sacaron de "La Penitenciaría" como a las nueve de la mañana, antes de la diez, frente a la cárcel y camino al Cementerio se había situado gran cantidad de gente; atados con cabestros, angustiados, los patibularios buscaban en la multitud a quienes no conocían, los montaron en un camión de la "Guardia Nacional", un Ford cuando llegaron al Cementerio encontraron dificultad para aproximarse a la entrada, cerca estaban sembrados tres postes; las fosas las cavaron el día anterior, según comentarios de la gente. 

LOS EJECUTADOS 

Los inculpados y condenados por el asesinato de don Gustavo Pasos Bermúdez respondían a los nombres de: Francisco Caballero, Ramón Mayorga Figueroa, Julio Cuadra Montenegro, de nacionalidad salvadoreña, por quien intercedieron desde su país y no fue posible el perdón; a Salvador Cruz, conmutaron la pena de muerte por la cárcel perpetua. Posiblemente ese hombre murió cuando el terremoto de 1931 derrumbó "La Penitenciaría". El pelotón de fusilamiento lo integraron dos grupos de doce soldados, uno de pie y el otro con rodilla en tierra. A un lado de la entrada, en el ángulo Norte del Cementerio, estaban los postes donde amarraron a los desdichados. Los condenados vestían uniforme color oscuro, les colocaron un distintivo claro, en la parte del corazón, a manera de blanco para que los guardias no fallaran los disparos. 

Los vestidos de los presidiarios los confeccionó la modista doña Donatila Aguirre, progenitora del Dr. Danilo Aguirre Solís, según su propio testimonio. Impactos en el muro del Cementerio confirmaron que no todos los guardianes acertaron a los hombres. SUS ULTIMOS DESEOS 

A tres metros de distancia de los condenados, se colocaron los soldados; el cielo lucía despejado y el sol alumbraba con claridad; los tres hombres pidieron no les dispararan a la cara; Julio Cuadra solicitó un cigarrillo, le obsequiaron un "Chesterfield" que fumó lentamente, quizá deseando durase una eternidad; Ramón Mayorga Figueroa pidió un trago de guaro, se lo negaron porque no había donde obtenerlo, gestionó despedirse de un amigo, se trató del periodista y escritor Enrique Aquino "El Pope", concluida su conversación, se dirigió a Francisco y a Julio, diciéndoles: "¡Adiós amigos, pronto nos veremos en la otra vida!". Como a las diez de la mañana, los minutos tensos que abarcaron en aquel drama a más de quince mil personas, quedaron en suspenso y sólo se escuchó la voz del Subteniente Humberto Castillo, quien gritando ordenó: "¡Atención, listos, apunten... Fuego!". Sonaron disparos, se elevaron nubecillas de humo y pasó un murmullo de millares. UN CUADRO ATERRADOR De la multitud se vieron decenas de rostros pálidos y aterrorizados; los cuerpos fusilados se estremecían, agitaban sus brazos y en estertores se les terminaba la vida; el jefe del pelotón consultó si debían disparar más y el forense, el Dr. Ocón, dijo no era necesario. La sangre que brotó por la espalda de los fusilados, salpicó el muro y los postes, en chorros se deslizó y empapó el suelo. 

UN FILME MACABRO 

Después de los disparos algunas personas gritaron satisfechas, muchas mujeres lloraban y rezaban, la mayoría de curiosos se retiraron en silencio. El fusilamiento fue filmado por Sebastián Alegret, quien en días posteriores proyectó las tomas en la pantalla del "Cine Margot". Los cadáveres fueron desatados, los llevaron a las fosas donde no los identificaron. De esos ajusticiados no trascendió el nombre de las madres, o si tenían familiares; nada dejó el tiempo y la gente. Las crónicas no registraron el auxilio espiritual ni presencia de religiosos. 

La pena de muerte fue argumentada, e impuesta por sus partidarios, quienes con el ejemplo grotesco de los fusilados en 1930, argumentaron frenarían la actividad delictiva. A setenta y un años, hoy no podemos afirmar haya resultado positiva. Por las pasiones políticas de la época, es de suponer que el caso de don Gustavo Pasos Bermúdez, pudo ser aprovechado por los politiqueros, desviando la atención ciudadana de otros problemas. 

En la Historia de Nicaragua se registra un hecho relacionado con las actividades de quien fuera el Juez que condenó a los fusilados el año 1930. El ya titulado abogado Carlos Cuadra Pasos, defendió ardientemente la Amnistía que eximió de culpas en el asesinato del General Augusto C. Sandino, sus acompañantes y las atrocidades que cometió en lo que calificaron: "Pacificación de las Segovias", al General Anastasio Somoza García a quien proclamaron candidato único a la Presidencia en 1936. El profesional granadino actuaba como prominente dirigente del Partido Conservador. Así fueron los acontecimientos. 

Managua Septiembre del 2000. 
 Versión y recopilación para internet: Eduardo Manfut P 16 de Septiembre de 2000 |  El Nuevo Diario
 
 
 

TIMBUCOS Y CALANDRACAS
UNO
La llegada del Ministro Higman - Su recibimiento en Granada - El discurso del General Gallardo - Su encuentro con "El Polaco" - La visita de Higman a León.

(1850)
CUANDO EDWARD HIGMAN arribó a la plaza con un esclavo negro, la ciudad de Granada había paralizado su comercio lacustre y estaba en estado de alerta. El norteamericano, escondido en un impermeable para defenderse de las olas pequeñas y continuas, fué cargado por uno de los remeros del bongo que acababa de anclar. 

Las relampagueantes tormentas nocturnas y los fulgores de un par de volcanes le habían impresionado durante los ocho días de viaje sobre ese mar dulce y tempestuoso que al fin tenía a sus espaldas. 

Al poner pie en la arena, uno de los cañones de la vieja guarnición española disparó una salva en su honor y el Director Supremo, que presidía la delegación de recibimiento, le abrazó efusivamente.
-En nombre de la patria que en estos momentos se halla amenazada por una facción de bandoleros y asesinos -comenzó diciéndole- y en el mío propio, que no descanso por mantener el orden público en esta República libre, soberana e independiente, doy la más grata bienvenida a vuestra excelencia.
 

Alto, rubio, con el pelo en desorden y delgado como un alambre, el representante diplomático de los Estados Unidos de América venía a realizar una misión extraordinaria y aún recordaba el jamón asado, los plátanos fritos y el café negro de San Juan del Norte, un embarcadero atlántico ocupado por los ingleses, antes de surcar el río San Juan, recoger con sus propias manos algunos camalotes y dormir al día siguiente en un rancho al pie de una imponente fortaleza abandonada junto al río.
 

En Granada, con una mejor alimentación, olvidaría las riberas cubiertas de follaje, la caza de indios guatuzos con la escopeta que le cargaba su fiel esclavo negro, los lagartos zambulléndose en el agua, las iguanas inmóviles bajo el sol, los cocoteros y chagüites, los raudales y pipantes, los bejucos y el vuelo de las garzas crepusculares a la entrada de San Carlos.

Desde muy temprano, los principales vecinos de ese puerto se reunieron en la tienda de don Tránsito Prado para organizar el almuerzo que "a la muerte de un obispo", como expresaban, ofrecían a los personajes de la calidad del recién llegado. 

Después de unos minutos de discusión, resolvieron que el comandante pondría las tortillas, don Tránsito los frijoles y tres garrafones de guaro, el jefe de la Aduana un cerdo, doña Cloti media docena de gallinas y el cura la bendición de la mesa.

De camisa blanca y pantalón dril oscuro, Higman llegó puntual a la cita mientras el sol endurecía los lodazales de las calles torcidas y una bandada de mariposas negras volaba hacia Costa Rica. 

Había dormido con una mestiza risueña de trenzas largas y senos insaciables bajo un techo de cuero crudo en la fonda que alquilaba don Tránsito.

-Pase adelante -le dijo el cura en la casa del comandante que era de barro cocido y tejado rojo, y
comenzó el almuerzo complementado por la especialidad de doña Cloti, dueña de la pulpería: cajetas de leche y guayaba, toronja y zapoyol.

-Brindo por el Señor Ministro -gritó borracho don Transito cuando el festejado dormía de nuevo con su hija- porque nos trae la redención.

Las palabras del Ministro Higman, pronunciadas un domingo en la plaza, causaron tremendo regocijo entre los funcionarios y la gente principal de la ciudad. Frente a un numeroso público y a la guarnición formada en líneas, que le había presentado armas, comenzó a leer dirigiéndose al Director Supremo:

Cabeme el honor de presentar hoy a su Excelencia mis credenciales de Representante de los Estados Unidos de Norteamérica ante el Gobierno de esta República. La satisfacción que siento en esta ocasión la acrecientan grandemente las numerosas manifestaciones de simpatía de que he sido objeto y los sentimientos amistosos que tienen el Gobierno y pueblo de Nicaragua para con el Gobierno y pueblo de los Estados Unidos. 

Puedo asegurar a Su Excelencia, en nombre de mi Gobierno, que tales sentimientos son justamente recíprocos, y que es su más caro deseo cultivar, en todos sus aspectos, las más cordiales relaciones con este país. Amplias pruebas de ésto darán los documentos oficiales de que soy portador y que ahora tengo el honor de representar a Su Excelencia y al Honorable Señor Ministro de Relaciones Exteriores».

-¡Vivan los Estados Unidos! -gritó, interrumpiéndole, el oficial que portaba la bandera de Nicaragua.

«Mi propósito es, señor, tanto en mi carácter oficial como en mis relaciones personales con el Gobierno y el Pueblo de este Estado -continuó, después de oir las entusiastas respuestas en medio de una nube de polvo que llegaba hasta la plaza-, no sólo afirmar la armonía y buenas relaciones existentes entre ambas repúblicas sino crear nuevos lazos de amistad y fomentar un más estrecho e íntimo acercamiento entre las dos. Ambas, señor, tienen intereses comunes; ambas se yerguen ante el mundo como reconocidos baluartes de los principios democráticos, y como vindicadoras de las instituciones republicanas. Su verdadero plan de acción es el mantenimiento del orden y el desarrollo de la educación y las industrias nacionales, así como la conservación de la paz internacional. Es justo, por tanto, que ambas repúblicas ofrezcan un ejemplo de esa fraternidad, lo cual es deseo de mi Gobierno y sé que también lo es de Su Excelencia».

-¡Viva Nicaragua! -gritó el oficial que portaba la bandera de los Estados Unidos.

«Para lograr ese fin, y asegurar el bienestar permanente de las dos repúblicas -siguió leyendo el Ministro, que vestía todo de blanco- es preciso que laboren en pro de un sistema o plan de acción netamente americano. Según la voz de un eminente estadista de mi país (cuya memoria reverentemente se respeta, y sus palabras atesora todo ciudadano americano) a fin de que la estructura de las relaciones internacionales entre las repúblicas de este continente puedan alcanzar, en el curso del tiempo, una grandeza y armonía paralelas a la magnitud de los recursos que Dios depositó en su seno, es necesario que sus cimientos descansen en nuestros principios políticos y morales. Pero si éstos fueran repudiados por los reinos y regímenes del Viejo Mundo, serían en cambio extensivos a la faz del globo, y duraderos como el transcurso del tiempo. Principio fundamental de este plan de acción es la exclusión total de ingerencias extranjeras en los asuntos domésticos e internacionales de las repúblicas americanas; y si, como es nuestro deseo, vamos a promover relaciones amistosas, el intercambio comercial y la inmigración debemos proclamar, en lenguaje claro y terminante, que América es de los americanos y su territorio recinto consagrado a la libertad».

Al escuchar este plan de acción, el público volvió a vitorearlo, sobre todo unas damas que agitaban sus blancos pañuelos de encaje en señal de aprobación al discurso del ya sudoroso Ministro, quien agregó: «Debemos hacer también que si una potencia extranjera usurpa el territorio o pisotea los derechos de cualquiera de los estados americanos, ello significa infligir una lesión a todos, y debe ser empeño de todos hacer que se repare el agravio, como en el patente caso del dominio de la Gran Bretaña en vuestro San Juan del Norte. Allí vuestra soberanía se repudia, pero no por los Estados Unidos. Allí un pabellón extranjero se enarbola, pero no es el de los Estados Unidos. Allí vuestro suelo se ocupa y somete a un gobierno extranjero, pero no a los Estados Unidos ni a vuestra autoridad ni a vuestras leyes, sino en derogación de ambas. Nada de eso, señor, ha sido hecho por los Estados Unidos ni por ningún agente bajo nuestra protección. Al contrario, miramos el procedimiento de la Gran Bretaña con desagravio y cuando el pabellón de Nicaragua se enarbole en San Juan del Norte, nadie estará antes que los Estados Unidos para saludarlo, y por nadie será felicitado con más verdadera cordialidad».

-¡Mueran los ingleses! -exclamó el oficial de la bandera azul y blanca.

-¡Vivan los Estados Unidos del Norte! -repitió el Secretario de Relaciones Exteriores, mientras la banda tocaba una breve nota marcial.

«Señor Director -continuaba el Ministro-: He cruzado vuestro territorio desde el Océano Atlántico, pasando por un río y un lago grandioso, y me han impresionado hondamente las capacidades del país y sus recursos, pensando en que no está lejano el día en que el comercio de los dos hemisferios encontrará a través de vuestro territorio fácil acceso de uno otro mar. Uno de los objetos de la misión que me trae es el colaborar en una empresa de enorme trascendencia para todo el universo, una empresa cuya feliz realización dará a este país un grado de prosperidad no inferior al de ninguna otra nación del mundo. Con vuestra sincera cooperación, de la cual estoy muy seguro, y de los ciudadanos de esta República, espero poder anunciar en breve a mi Gobierno que se han iniciado ya las negociaciones encaminadas a lograr la realización de esta grande y gloriosa empresa».

«Ahora, señor -concluyó, no sin escuchar el leve tropel de los caballos de algunos lanceros apostados en uno de los retenes a la entrada de la plaza-, permitid manifestaros mi profundo pesar por haber encontrado a esta República agitada a causa de conmociones internas. Los principios y el sistema de los Estados Unidos nos hacen querer que ésta y las demás repúblicas de la América Central sean prósperas y poderosas. Vivamente deseamos su bienestar, pero bien sabemos que és sólo pueden fomentarlo gobiernos progresistas y estables. El goce de la libertad y la protección de los derechos individuales no pueden garantizarse sin la existencia de un orden permanente, lo que a su vez sólo puede derivarse del sagrado cumplimiento de la ley. Confío, señor, en que todos los patrióticos ciudadanos de Nicaragua, cualesquiera sean sus diferencias de opinión, se habrán de unir en un celoso empeño tendiente a restablecer la paz. Ninguna otra casa más que eso daría personalmente a mí mayor satisfacción, y estoy seguro de que nada sería más bien visto por el gobierno y el pueblo de los Estados Unidos, y por los amigos de las instituciones republicanas del mundo».

Vitoreado por última vez, el Ministro y el Director de Estado se abrazaron pasando a la Parroquia, con toda la comitiva de la ceremonia, para asistir al Te Deum en acción de gracias al Altísimo por haber protegido en su viaje al primer embajador que llegaba al desventurado país centroamericano.

El barco de Inocente Gallardo -más bien una alargada lancha de vela y remos- entraba a San Carlos al fanal de la madrugada. El sol medio aparecía en el río San Juan, comenzando a iluminar la mañana, enrojeciéndola, y el agua color añil permanecía en una solemne quietud, sin que brotase ningún ruido, salvo el movimiento de los remos y el chapoteo de las nativas bañándose frente a la costa.

En una zona del ínfimo puerto, entre unas piedras, ancianas de enaguas raídas y negruzcas lavaban tranquilas sintiendo un vientecito procedente del río Frío y notando que algunos congos las miraban desde las ramas de unos mangos.

En otra se divisaban: las casitas de madera, despintadas, sobre zancos lamosos y casi podridos, invadidos de chayules, tres cerdos -de los que criaba doña Cloti en su chiquero- comiendo cáscaras de plátano, pedazos de tortilla tiesa y hojas chiguas un joven musculoso -sentado en un tabureteque peinaba a una muchacha de falda floreada y blusa amarilla de organdí con aperturas para dejar pasar los brazos un perro esquelético siguiendo a un niño descalzo que llevaba un morralito a la espalda y
dos pescadores de piel morena, quemada, esperan un picar alguna guabina.

Estos fueron los primeros en advertir el arribo de la embarcación rebelde en el instante que Inocente bajaba a la plataforma que hacía de muelle, ordenándoles que anunciaran a los vecinos su presencia y llegasen a recibirlo, lo que cumplieron sin parpadear.

Los vecinos del caserío lacustre apenas llegaban al centenar. No era martes ni viernes -días de feria, cuando la población triplicada se dedicaba al comercio en la única calle- sino lunes. Por eso no costó mucho que, a los minutos, se reuniesen casi todos los escasos pobladores fijos ante Inocente, quien de pies sobre un tambo dijo en voz alta:

«Nicaragüenses:
Ha llegado la hora de la reivindicación. Ha llegado el momento de romper las cadenas de la tiranía timbuca, de ser al fin libres como pensaron los padres de la patria al realizar nuestra gloriosa independencia.

Yo, el General Gallardo, les prometo que lucharé sin tregua para obtener esa libertad a la que tenemos derecho, para destruir las haciendas de los timbucos que mantienen en la opresión, en los calabozos, en la desgracia, a nuestros campesinos.

Guiado por mi maestro Blanc, sueño con una sociedad basada en la comunidad de tierra y en la justicia social, aspiro a una nueva república sin ricos ni pobres, a la igualdad que debe regir a todos los hombres.

Mas para conseguir ese sueño debemos pelear contra los culpables de la situación en que estamos: los timbucos. Ellos son los responsables de todo: de la miseria, de los crímenes y hasta de los ladrones ingleses que están posesionados de nuestro San Juan del Norte.

Quiero, pues, que me den su ayuda, que me sigan los que puedan y no me tengan miedo, porque todo lo malo que se cuenta de mí es mentira. Lo han inventado los timbucos para desprestigiarme.

¡Yo sólo soy la espada de fuego de la libertad! He dicho»
El Ministro Higman descansaba en la casa de don Fermín Arana, muy amplia, de adobe sobre cimientos de piedra, con techo de teja y dos balcones, la madera torneada en las ventanas y los aleros volados; quedaba a una mil varas de la Parroquia, hacia el Sureste, y tenía una caballeriza por donde entraba "El Polaco" en una mula pasitrotera.

-¡Lo he visto! Lo he visto!
-¿A quién? -le interrogó el mayordomo. -iA Gallardo! ¡A Inocente Gallardo!
Venía de la costa donde acababa de arribar en un bote a la orilla del Fuertecito, desmantelado y cubierto de breñas y raíces. Una mujeres lavaban alrededor de los muros, entre la sombra de la pequeña fortaleza y la de los tamarindos cercanos; otras colgaban prendas de vestir de muchos colores o llenaban los cántaros de agua limpia detrás de las primeras olas. Algunos hombres, alejados, nadaban desnudos tranquilamente. Unos criados conducían los caballos de sus señores a beber. Con excepción del recién llegado, no había botes; sólo una docena de piraguas: la mayor de ellas, echada sobre la playa, medía treinta pies de largo y tres de calado.

Como si se hubiese librado de una tragedia, "El Polaco" detallaba a Mr. Higman lo que había presenciado, en pleno lago, cuando se dirigía de Los Cocos a San Juan del Norte en su rutinario viaje de negocio. 

Viajaba en un bongo pequeño con otros pasajeros: un viejo trompudo, una gordiflona y dos chimirringos desnudos. Partió con ellos en la chopa la primera noche v. al no soportar el olor de sus vestidos ni el de su piel, convino que permanecería dentro de ella la tarde del día siguiente a cambio de ocuparla la familia el resto del día. Así pasó la segunda noche en la proa, sin dormir, mirando las estrellas.

En la madrugada, clareando un poco, le despertó una gritadera: vio una embarcación al lado del bongo, un alambre, un garfio prendido en la proa y unos botes con gente armada, rodeándolo. La tripulación no hacía nada. Junto al mástil estaba un hombrote con un sombrero de tres picos y una pluma, dos pistolas sin funda metidas dentro de su faja, una capa roja española y una espada en la mano derecha con la punta clavada en el banco de uno de los remeros. Comprendiendo que aquél era Gallardo, "El Polaco" aparentó dormir para poder escuchar lo que le decía al patrón del hongo.

-¿Para dónde van?
-A San Juan del Norte, señor.
-¿Y qué llevás?
-Nada, señor. Las cargas de siempre y una enco mienda para don Tránsito Prado en San Carlos.
-A ver, dámelas.

"El Polaco" notó, con el ojo abierto, que Gallardo se dirigía hacia él, por lo cual tuvo que levantarse. Al
verlo, Gallardo envainó su espada y comenzó a abrazarlo. Tan fuertes y seguidos eran los abrazos que "El Polaco" no soportaba el dolor que le causaban:
-Ya está, señor. Ya está -le suplicó en su mal español.

Pero Gallardo siguió con la mano derecha del asustado comerciante y se la sacudió de tal modo que casi llegó a desprendérsela. En seguida, ante la tripulación también atemorizada del bongo, pronunció un breve y fogoso discurso en que exponía las razones de su rebelión contra el gobierno de los timbucos, el cuaen cada sitio que se iba tomando. Al concluir, se desprendió uno de los siete anillos engarzados en sus dedos para obsequiarlo al "Polaco", quien lo aceptó sin titubear no obstante que lo suponía robado. Gallardo lanzó una carcajada y, no sin despedirse de su nuevo "amigo americano" y ordenar al patrón volver a Granada, se cruzó de un salto a su barco.

Mientras se alejaba el bongo, "El Polaco" vio por última vez a Gallardo desde la popa: con su capa, la pluma al viento de su sombrero, su espada y dos pistolas, rodeado de sus hombres sucios, muchos de ellos sin camisa o desaparrados.

Para recibir al Ministro Higman, el Director Supremo había venido especialmente de la capital del Estado. Timbuco y granadino, gobernaba en León, donde se reunía la Asamblea Legislativa, constituida por veinticinco diputados timbucos y quince calandracas, y residía en una casona de paredes altas, rejas voladas de hierro, cuartos amplios y bien ventilados, piso de ladrillo y cuatro corredores entre los cuales crecía un espacioso jardín.

Pero decidió descansar unos días en su ciudad natal y dio excusas al diplomático recién llegado que mostraba mucha prisa por irse a León para entrevistarse con Trinidad Llopeza, quien desde 1841 ejercía el más poderoso cargo militar del Estado: General en Jefe de la División Nacional.

Muy pronto, el Secretario de Relaciones Exteriores ordenó primero a un oficial que acompañase con una escolta al ilustre visitante y luego a las autoridades de los pueblos en ruta, a través de un papel sellado con el escudo de Nicaragua, que no le pusiesen embarazo sino que le guardasen todos los respetos y consideraciones que su categoría exigía. 

Así que Higman, usando varios caballos y hasta una mula, llegó cerca de León después de sentir brisas acariciadoras, dormir de un solo tirón sobre camas forradas de lona, comer sin tenedores ni cuchillos, escuchar a doce violinistas de Masaya enviados por el alcalde, beber fresco tiste en jícara esculpida y pintada con pájaros al pasar por Nindirí, pueblito sosegado y primitivo, y observar:
la transparencia azulina de las riberas lacustres de Managua el bajo precio del desayuno en Mateare 

-una tortilla grande, frijoles, queso y café negro por cinco centavos de dólar rocas estratificadas y barrancos lodosos y empinados un límpido y gorgoteante caño de agua en Nagarote y la desbordada simpatía de los habitantes que hallaba a su paso.

Entre ellos figuraban unos cien caballeros leoneses quienes, con algunos funcionarios y el obispo de la diócesis a la cabeza, venían a encontrarle. El primero que lo saludó fue el obispo, lleno de púrpura y espléndidamente montado, seguido de varios sacerdotes y de un séquito de oficiales en uniformes relumbrantes con sus pañuelos colorados.

Concluidas las congratulaciones y frases amables,
un gallardo joven oficial le pidió al Ministro que le permitiese llevar "la gloriosa bandera del Norte", a lo que accedió diciendo a uno de los soldados que lo habían escoltado desde Granada que se la pasase al solicitante y aquél, mientras cumplía con lo ordenado, aseguró, expresando su celo localista:

-Allá está León que es más grande -apuntaba con el brazo izquierdo hacia las torres de las iglesias que surgían al final de una bien cultivada llanura en medio de una serranía que limitaba con el mar y de una cadena de volcanes-, pero Granada la pasa en civilización.

-Esta rivalidad -señaló el obispo- es causa de todas nuestras desgracias. Por eso conviene que la capital se traslade a Managua y que el Estado reciba una infusión de gente como la de su gran país para hacer de esta tierra un Edén de belleza y el jardín del mundo.

Mientras los delegados enrumbaban de regreso a León con el bienvenido, se hacían más numerosos los plantíos y las manifestaciones de la industria. Orgullosos, todos reflejaban en sus semblantes la alegría de haber conocido al norteamericano que admiraba las torres de la Catedral, blanca y monumental, descollando sobre el confuso mosaico de los tejados rojos y el verdor del exhuberante follaje y de los árboles frutales.

El obispo, sin embargo, insistía en su observación, añadiéndole cierta dosis filosófica al mirar hacia los nueve volcanes de la cordillera de los Maribios, caracterizados algunos de ellos por la simetría, el desgarramiento y la altivez:

-Esta es la obra del Gran Arquitecto y tanto León como Granada, la mezquina labor del hombre -reflexionó.

Ya en la ciudad, Higman no pudo ser mejor recibido: en la plaza le presentaron armas doscientos soldados uniformados, portando sus rifles y formándole una valla que conducía a la plaza donde estaba colocado un arco ostentando en el centro el escudo de Nicaragua, y en un semicírculo que coronoba dicho escudo, se veía esta inscripción: Nicaragua, os saluda. Otros arcos estaban frente a ciertas casas de las calles principales, adornadas de palmas, gallardetes y de las banderas del país y de los Estados Unidos.

Finalizado el acto oficial, fueron servidos en la Casa de Gobierno abundantes refrescos y una pequeña comitiva con el Ministro, en compañía del General en Jefe de la División Nacional, pasó a visitar la terraza de la Catedral. Esta la había construido un obispo nativo de quien se afirmaba que la rama del mango en que se meció de niño seguía produciendo las frutas más dulces del árbol. Desde ese mar de cemento, poblado de linternas que cubrían bóvedas profundas y ostentando una abultada cúpula, Higman observó con mayor detalle los extensos campos cultivados de maíz, los colosos volcanes lejanos, las colinas descendiendo con la luz intensa de la tarde y el Pacífico al fondo, silencioso y eterno.

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