Relatos
de un sobreviviente
La vida no valía
nada
Roberto Fonseca
L.
La noche del
12 de mayo de 1984 creí que moriría. Faltaban catorce días
para que mi hijo, Carlos Roberto, cumpliera dos años, y deseé
con todas las fuerzas del mundo, salir con vida de aquella emboscada de
contención. Estábamos en las afueras de Pantasma, incrustados
al suelo, a la espera de un ataque de la Contra.
Horas antes, al final
de la tarde, Reynaldo, el Secretario Zonal del FSLN en Pantasma, nos informó
que una fuerza de tarea de la Contra había sido detectada en Wiwilí
y venía hacía acá a tomarse el poblado, igual que
en octubre de 1983. Además, dijo que estaba otra tropa enemiga por
el sector de El Corozal, a sólo cinco kilómetros del municipio
jinotegano.
“Pasamos a completa”,
concluyó, refiriéndose a “completa disposición combativa”,
así que todos los miembros de la Brigada “Omar Torrijos” tomamos
nuestro fusil, la mochila de tiros y el capote. De noche salimos en fila
india, en dirección a las afueras del pueblo, a emboscarnos.
Yo caminaba en silencio,
pensando en mi hijo, en mi familia, hasta que llegamos al sitio. Era un
terreno abierto, plano, preparado para la siembra. Nos dieron la ubicación,
el sector de fuego de cada uno y me tendí. Al lado, la mochila de
tiros.
No había piedras,
ni pozos tiradores. Nada con qué protegerse. A lo lejos, en dirección
a El Corozal, se oían los latidos de perros, señal de que
extraños andaban por esa zona. Creí que moriría, pero
me aferraba a la vida. Comencé entonces a cavar un pozo tirador
con las manos, con la cuchara de comer, deseando tener una pala ingeniera.
Cavaba, cavaba, añorando ser chaparro y concluir antes de que llegara
la Contra.
Cavaba y cavaba,
rezando porque sobreviviera al menos uno de nosotros, el “compa” del Departamento
de Organizaciones de Masas, del Dorma, que había llegado esa tarde
para conocer la situación de la Unag en esa zona de guerra y que
regresaría al día siguiente a Managua. A él le había
entregado unas cartas para Zenelia, para mi hijo y mi familia, cargadas
de nostalgias, recuerdos y cariños. Odiaba la idea de que cayeran
en manos enemigas.
UN MUSEO EN CRECIMIENTO
Hasta el viernes
13 de abril de 1984, mis referencias sobre la dimensión de aquella
guerra provenían de los periódicos, de los comunicados de
prensa. Hasta ese día, cuando recorrí el museo a los caídos
del FSLN en la VI Región, habilitado en la Casa Regional de Matagalpa.
Caminé despacio,
deteniéndome en cada una de las fotografías colocadas en
las paredes, sintiendo un escalofrío por todo el cuerpo y el corazón
apretujado. Eran decenas y decenas de rostros serios, otros risueños,
algunos con boinas, la mayoría de uniformes, reproducidas de las
fotos tamaño carnet de identificación o de militancia. Entre
ellas estaba la de Daniel Teller, sentado en cuclillas, sonriendo, quien
había caído meses atrás en una emboscada, en el sector
de Zompopera. Él era hermano del “Chino” y de Eva, a quienes conocía.
“La situación
en la Región es tan difícil que el museo creo que abarcará
dentro de poco toda la Casa Regional del FSLN”, me comentó por la
noche mi prima, Mayra, de quien me despedí antes de salir a Pantasma.
No lo dudé,
la guerra que se libraba en Matagalpa y Jinotega era intensa, brutal. En
ese momento, el museo casi abarcaba toda la planta baja.
LA VIDA NO VALIA
NADA
En Pantasma y resto
de zonas de guerra, la vida no valía ni un centavo. Ni siquiera
la propia. Eso lo confirmé el sábado 5 de mayo de ese año,
cuando muy de mañanita, un grupo de seis campesinos llegó
al Zonal del FSLN en busca de ayuda. Necesitaban que les prestaran la camioneta
de tina, para trasladar el cadáver de un familiar que había
muerto el día anterior, en un accidente.
Casi al anochecer,
una camioneta de pasajeros había sido embestida por un camión
IFA del Ejército, que venía desbocado a toda velocidad y
sin frenos. Se estrelló contra la camioneta, provocando varios muertos
y varios heridos. El cadáver de un señor, muy conocido en
su comunidad de origen, fue abandonado en el dispensario médico,
virtualmente tirado, sin que nadie del EPS asumiera la responsabilidad
ni le brindara ayuda.
La familia del difunto
anduvo deambulando de un lado a otro, buscando ayuda, un vehículo,
para trasladarlo y sepultarlo. La población veía eso, familiares
cargando su dolor, humillados, desesperados. Incluso, recuerdo que se decía
que una señora había perdido una pierna en el choque y había
quedado pegada al camión. A mí me indignaba aquella situación.
Milagros y Reynaldo
los atendieron e informaron del asunto al EPS. Hasta esa mañana,
horas después, llegó un oficial a averiguar sobre el accidente
y a ponerse a la orden de la familia. El pobre tipo, con cara de afligido,
recogía información y prometía pasar a los culpables
a los tribunales militares.
Fue otra promesa
incumplida.
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Versión
internet: Eduardo Manfut P.
Historia
de Nicaragua, Sucesos del Siglo 20
La
Prensa Sep 7 2001
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