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Colección de Documentos Históricos 

Masaya


 

Sábado 9 de Junio de 2001 |  El Nuevo Diario
 

De las nuevas memorias, Vida Perdida

La insurrección de Monimbó 
—Por Ernesto Cardenal—
 Todo comenzó con una misa por Pedro Joaquín Chamorro en Monimbó, y el bautizo de una plaza con su nombre, lo que se volvió una agitación de masas y provocó un ataque de la Guardia con bombas lacrimógenas, y después con armas de fuego; y el pueblo levanta barricadas para impedir la entrada al barrio, y alfombran las calles de vidrios quebrados para que no pasen vehículos; se encienden fogatas por todas partes, y los muchachos encaramados a los árboles como monos tiran bombas a los guardias que intentan acercarse. Una peculiaridad del barrio indígena es que los patios se comunican entre sí, no hay cercos entre ellos, y además esa vez hicieron boquetes en las paredes, de manera que un muchacho podía atacar a los guardias en una calle, entrar a una casa y salir varias cuadras más lejos en otra calle. 
Entonces se organizaron los Comités de Lucha, presididos por un Consejo de Ancianos, como lo habían tenido en sus estructuras sociales aborígenes en tiempos de antaño. En una entrevista que dieron enmascarados en “Algún Lugar de las Rinconadas”, declararon a su barrio “Territorio Libre de Nicaragua”. Nadie que no fuera del barrio podía entrar ni salir si no era interrogado. Y tenían las cárceles del pueblo. 

En las esquinas eran esperados los BECATS (los vehículos militares con que patrullaba la Guardia) y ellos parecían locos disparando sin saber a quién, mientras los muchachos se agazapaban para que no los vieran. O desde los techos les dejaban caer las bombas. La Guardia dijo que los indios de Monimbó eran brujos. Nunca pudieron ver a nadie que tiraba las bombas; y eso que los combates eran todos los días. 

Después del triunfo me llevaron a mi oficina del Ministerio de Cultura, como un souvenir de Monimbó, una pistolita de unas cuatro pulgadas de largo, hecha de madera. Sólo tenía un tubito de metal, por el que se disparaba un único tiro: un tirito 22. ¡Todo lo demás de madera! Como decir una pistolita precolombina. La doné al Museo de la Revolución. 

Y está el caso de las bazucas caseras que eran unos morteros con patas, y su disparador era un candil. Lo ponían en los comandos y tenía el alcance de unos 300 metros. El inventor fue un chavalo de 17 años, analfabeto. Y que por cierto era apodado “El Pacífico”. 

Los niños tomaron una participación muy importante en la insurrección; se metían donde los adultos no se podían meter; llegaban con las bombas de contacto hasta muy cerca del cuartel sin que los vieran; y una manera que tenían de ahuyentar a la Guardia era metiendo una carga-cerrada en un barril y tapándolo, y el ruido parecía que eran tanquetazos o cañonazos o quién sabe qué bombas. Con botellas las mujeres fabricaban bombas molotov y las ponían en cajillas de gaseosas. Llevaban en bateas sobre su cabeza rifles desarmados y municiones como si fuera yuca o quiquisque que traían del mercado. 

Entonces es que aparecieron los pañuelos rojinegros (los colores sandinistas). Un muchacho dijo: “Algunos nos imaginamos que el Frente Sandinista iba a venir en columnas, o algo así, fue hasta después que nos dimos cuenta que el Frente Sandinista éramos nosotros; que ellos nos iban a orientar, pero que éramos nosotros, al lado de ellos, los que teníamos que luchar”. 

Allí surgieron bajo la dirección del Frente las brigadas populares, los comités de acción popular, y las milicias sandinistas. Las banderas rojinegras sandinistas aparecieron en todas partes, y los muertos eran enterrados envueltos en esa bandera. Las paredes se llenaron de pintas con las letras del FSLN. Y a partir de entonces Monimbó fue el corazón de la insurrección. Y en Monimbó la insurrección ya no se paró, de febrero del 78 siguió hasta el triunfo de la revolución. 

Y fue Masaya, con su barrio indígena Monimbó, la primera ciudad liberada. Como un mes antes del triunfo, estando el resto del país aún en plena guerra, fueron juramentadas las primeras autoridades locales; ceremonia que no estuvo exenta de peligro, porque un helicóptero dejó caer una bomba de 500 libras, aunque los que colmaban la plaza se dispersaron a tiempo. 

Al día siguiente del triunfo el primer acto público de la Junta de Gobierno fue el ir, junto con los que acabábamos de ser nombrados ministros, a rendir homenaje a Monimbó. Esa vez “el alcalde de vara” (autoridad tradicional que tienen ellos) pidió al Ministerio de Cultura que se construyera una universidad para los indios allí donde se realizaba el acto, que era en la Plaza Pedro Joaquín Chamorro. Algunos se habrán reído. Yo no; mucho tiempo tuvimos ese sueño junto con la Universidad de Tubinga, la más antigua de Europa, un sueño que sólo quedó como un expediente en los archivos del Ministerio de Cultura. 

Hay que ver también que después la insurrección ya no fue sólo del barrio indígena de Monimbó sino de toda la ciudad de Masaya. Y que además se extendió a todas partes: recuerdo que por esos días salió en La Prensa la noticia de una huelga que se generalizó a las escuelas de primaria, acompañada de una foto de un niño como de 8 años con una mascarita de papel (la mascarita le cubría toda la cara menos la sonrisa). 

Camilo cayó en una casita en la afueras de Monimbó. Él y otros dos sandinistas habían llegado a darles armas y ayudarles a organizarse. Estaban reunidos con unos dirigentes de la insurrección, cuando los descubrió la Guardia. Se dice que Camilo fue llevado aún vivo en helicóptero a Managua, y allí lo torturaron y castraron antes de matarlo. También la Guardia hizo una gran masacre de hombres, mujeres y niños en todo el sector. Muchos jóvenes salieron del barrio a querer pelear contra los guardias con machetes y palos, bombas, y cualquier arma que tenían o cualquier objeto que pudiera ser arma. Pero contra el armamento sofisticado de la Guardia, y a campo raso, no valieron sus bombitas de contacto, sus fusiles 22, sus pistolitas 22. 

Cuando murió Camilo Cienfuegos, Fidel dijo en un discurso. ¡Vendrán otros Camilos!. Y hubo un segundo Camilo que fue Camilo Torres. Y éste fue un tercer Camilo. 

Esa misma tarde que murió Camilo fue arrasado Monimbó. Somoza decidió reprimir totalmente la insurrección enviando tanquetas, helicópteros y aviones push-and-pull, y el mayor batallón de combate. Fue un bombardeo aéreo y terrestre, con cienes de personas asesinadas en sus casas, y luces de bengala a las 5 de la tarde. Y se acabó la insurrección –sólo por el momento. 

Después del triunfo de la revolución, los monimboseños tuvieron –y no sé por cuánto tiempo– un museo de su insurrección. En cierta casa, en una de sus “rinconadas” como dicen ellos, guardaban en armarios muestras de las armas que allí se hicieron. Y había muchachos que se ofrecían gratuitamente como guías “turísticos” de las hazañas, porque eran muchos los visitantes que llegaban. Y había tanto que contar. 

Varios indios de América, los cunas de Panamá, los chocoes de Colombia, y otros, habían enviado mensajes de solidaridad con los indios de Monimbó, y les contesté desde Costa Rica agradeciéndoles, y diciéndoles que la rebelión había sido contra 40 años de dictadura somocista y también contra 400 años de opresión. Y les pedía que siguieran manteniendo esa solidaridad, porque aunque Monimbó había sido arrasado los indios no se habían dado por vencidos y seguirían luchando, a pesar de que los horrores de la represión de Somoza habían sido como los peores horrores del tiempo de la conquista. 

Escribí también una “Carta al Rey de España” denunciando la masacre de Monimbó, y pudo haberla leído, porque tuvo difusión, y debe haberle llamado la atención esa denuncia hecha a él; habrá sentido que era como aquellas cartas que hacía 400 años desde las Indias recibían sus antesesores en defensa de los indios. Pero la razón de esa carta al rey era porque el gobierno derechista sucesor de Franco estaba dando ayuda militar a Somoza. Un García Bañón que había sido antes embajador de España en Nicaragua, y a la sazón era director de un reaccionario Instituto de Cultura Hispánica (un remanente del franquismo) urdió aquel chanchullo de la ayuda militar de España dividiéndose con el hijo de Somoza una comisión millonaria –lo que repetidamente denunció Pedro Joaquín Chamorro. De esta ayuda habían salido los fatídicos BECATS que aterrorizaban en todo Nicaragua, y los aviones push-and-pull que bombardeaban las ciudades. Esto lo denunciaba en la carta al rey. 

Después en una pasada por Madrid (y ya no me acuerdo en cuál viaje) volví a hacer estas denuncias, y también me dirigí al rey. Ni se me ocurrió que en la posterior destitución de García Bañón, y la transformación del Instituto de Cultura Hispánica de la era franquista en algo distinto que se llamó Instituto de Cooperación Iberoamericana, hubieran tenido algo que ver estas denuncias. España estaba teniendo entonces un tiempo de cambios. Pero ahora que escribo estas líneas me parece también escuchar de lejos un eco de los tambores de Monimbó. 

 .
Versión y recopilación para internet: Eduardo Manfut P.
Regresa al siglo XX

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Diseño y recopilación de datos por Eduardo Manfut P. (mayo - 2001).