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LA BATALLA POR EL RIO SAN JUAN DE NICARAGUA
 29 DE JULIO DE 1762
CASTILLO DE LA PURA Y LIMPIA CONCEPCION

RAFAELA HERRERA

Castillo de la Inmaculada Concepción del Río San Juan


William Walker

Rafaela Herrera

Capt. Henry Morgan

Batalla de Horace Nelson

HEROINA NICARAGUENSE
símbolo de valentía y patriotismo


 
El episodio de Rafaela Herrera


Los doce años de relativa paz entre Inglaterra y España a partir de 1748 no trajeron necesariamente tranquilidad a Nicaragua, contra la cual persistió la enemistad de los Zambo-misquitos, incentivada por los intereses de los traficantes esclavistas de Jamaica y los colonos ingleses de la costa Caribe. Tal situación es confirmada por los varios asaltos que en ese mismo lapso sufrieron algunas poblaciones de frontera. Así que, cuando las rivalidades entre ambas naciones europeas se reanudaron, las acciones de hostigamiento se vieron más que justificadas.
En junio de 1762 un grupo de Zambo-Misquitos atacó las plantaciones de cacao en el valle de Matina. Al mes siguiente otra partida cayó sobre las poblaciones de Lóvago, Lovigüisca y la misión de Apompuá, cerca de Juigalpa, las que sufrieron incendio y saqueo, además de captura de algunos prisioneros españoles. Pocas semanas después una tropa de ingleses, zambos y misquitos se posesionó de las bocas del San Juan y marchó río arriba con la intención de tomarse la fortaleza de La Inmaculada. Para empeorar la situación el castellano a cargo de la guarnición, José Herrera Sotomayor, un militar de rango, había fallecido el 15 de julio y los soldados no pasaban de un centenar.
 
Sabedores los ingleses que la fortaleza estaba acéfala exigieron la rendición incondicional de la guarnición y la entrega de las llaves. El segundo en el mando, un sargento, estaba por acceder a la demanda cuando la hija del difunto, Rafaelá Herrera, que apenas contaba 19 años, se opuso a la entrega de la fortificación. El historiador nicaragüense José Dolores Gámez describe la acción de la siguiente manera:



"Los ingleses entonces rompieron un fuego de escaramuza, creyendo que esto bastaría para lograr la rendición; poro la señorita Herrera, educada en ejercicios varoniles y conocedora del manejo de las armas, tomó ella misma el bota-fuego y disparó los primeros cañonazos, con tan feliz acierto, que del tercero logró matar al Comandante inglés y echar a pique una balandrita, de tres que tenía la flota", (1).1° Un interesante estudio sobre la fortaleza de La Inmaculada es el presentado por Roberto Trigueros Bada: "Las Defensas Estratégicas del Río San Juan de Nicaragua", en el Anuario de Estudios Americanos, XI (1954). p. 413-513. Sevilla, España.
Esta inesperada respuesta aflojó los ánimos de la tropa invasora que se retrajo a posiciones de defensa. Al caer la noche Rafaela ordenó empapar unas sábanas con alcohol y echarlas al río sobre ramas flotantes, según comenta el mismo historiador. La corriente arrastró las piras en dirección a las embarcaciones de los enemigos, que asustados de ver aquel "fuego griego" optaron por retirarse.

Al día siguiente los ingleses trataron de sitiar la fortaleza, con poco progreso y muchas bajas de su parte pues no contaban con cañones sino con mosquetes. Derrotados, decidieron levantar el sitio y retirarse a la desembocadura del San Juan, donde su presencia obstaculizó la salida del río por algún tiempo."

Para suerte de los defensores de la fortaleza, España e Inglaterra acordaron la paz dos meses después. La Habana y Manila, que habían sido capturadas por los ingleses, fueron devueltas a España y ésta cedió la
Florida a los británicos.

Nuevo ataque a la fortaleza de la Inmaculada Concepción
Un segundo y más exitoso asalto a la fortaleza aconteció en abril de 1780, durante una nueva fase de beligerancia entre ambas naciones.



Desde la década anterior la posibilidad de apoderarse de la ruta de Nicaragua era objeto de serias consideraciones en Londres. Noticias llegadas desde Jamaica elogiaban la capacidad portuaria de San Juan del Norte, cuya bahía decían era capaz de contener "[...] de 10 a 15 barcos de guerra y más de mil veleros". Por otra parte, la pérdida de las colonias de Norteamérica -que se independizaron en 1776- obligó a los ingleses a buscar otras rutas y alternativas de comercio, en especial hacia el Pacífico, cuyas islas habían sido exploradas por el capitán James Cook, Nicaragua era la puerta más expedita hacia dicho océano, de modo que el control del tránsito a través de su territorio surgió como una idea vital para los planes expansionistas de Londres.   ( Ver Gómez. p. 255-256.)

"Rafaela era hija única del teniente coronel Don José de Herrera y Sotomayor y de Felipa Torreynosa. Había nacido en Cartagena cuándo su padre se desempeñaba como castellano de la fortaleza en dicho puerto, cargo que abandonó en 1757 para hacerse cargo de la guarnición de El Castillo. Don José había testimoniado antes de morir: "Rafaela es mi hija natural y pagario rnis créditos ésta es rni unica y universal heredera a puerta cerrada". Más tarde la heroína, viuda de Pablo Mora, vivió en Granada y recibió unas tierras y pensión de 600 pesos en pago de sus merecimientos. (Archivo General de Centroamérica Al.29.2. Legajo 201. Expediente 1651).

Trataron, los ingleses, en consecuencia, de adelantarse a la iniciativa de los españoles, quienes estaban considerando la apertura de una ruta acuática entre ambos océanos aprovechando para tal propósito el río San Juan, el lago de Nicaragua y el istmo de Rivas.



Sobre los propósitos ingleses Craig Dozier señala al respecto lo siguiente:
"Su principal objetivo, dirigido desde Jamaica por el gobernador, era capturar el fuerte de La Inmaculada Concepción, ganando así el control de la vía acuática del San Juan y Lago de Nicaragua, así como un sitio para un canal, cercenando a la América Central española, sueño de los líderes británicos que iba más allá de la colonización de la Costa Mosquitia. Se trataba de alcanzar un mayor objetivo: un golpe decisivo a la hegemonía hispánica en Centroamérica, no solamente a lo largo de su costa caribe sino también a través del Pacífico"."1° Dozier, p. 19. Figura 40.- El río San Juan, aguas abajo de El Castillo. (Menocal-Comisión Canalera).

Con la anuencia de Inglaterra, el gobernador de Jamaica procedió a montar la expedición donde participarían 1200 entre fuerzas regulares y marineros. Una vez frente a la costa de Nicaragua se les juntaron 400 Zambos y Misquitos, bajo el mando del rey mosco George, además de 80 colonos aportados por el superintendente inglés en Bluefields. La dirección de la invasión fue confiada al capitán John Polson. En la desembocadura del San Juan se hizo el trasbordo del armamento a la fragata Hinchinbrook, la única que pudo pasar la barra a la entrada de la bahía. La embarcación venía comandada por el entonces novato teniente Horace Nelson. "Una isla cerca de la confluencia del Sarapiquf, antes llamada isla del Mico, lleva actualmente el nombre de Nelson. En ella ancló el Hinchinbroot para trasegar el armamento inglés a las canoas que continuarfan río arriba."
 

El 28 de marzo de 1780 Polson comenzó a ascender por el río, tomando 600 de los suyos en 22 canoas largas. Diez días más tarde lograron los ingleses capturar al retén español de avanzada, unos 16 hombres acantonados en la isla Bartola, a trece kilómetros del fuerte. Era entonces castellano de la fortaleza Juan de Ayssa; sólo contaba con 270 hombres y una buena reserva de pólvora y munición, con la esperanza de sostener una defensa prolongada mientras llegaban los refuerzos de Granada. En esa ciudad estaba acantonado el Capitán General de Guatemala, Matías Gálvez, organizando la defensa de Nicaragua, que en realidad significaba la de todo el territorio bajo su jurisdicción.
 

Las primeras balas de cañón surcaron el aire el 11 de abril. La acción parecía indecisa una semana después. El fuerte eregido sobre una colina rocosa parecía inexpugnable, salvo que estaba expuesto a dos desventajas: el abastecimiento de agua que se hacía del río, donde los ingleses habían logrado ocupar posiciones y la existencia, un poco al sur de la fortaleza, de una colina que lo superaba en altura. Tanto Díez Navarro como Lacayoy Briones habían señalado esa inconveniencia. El gobernador Lacayo en su relación escrita 35 años antes advertía lo siguiente: "Un pináculo más grande que el en que está el castillo y le predomina a él y a su caballero (el torreón San Fernando), y dista como un tiro de fusil, que es padrasto bien pernicioso y arriesgado porque desde él se puede dar batería al castillo". Ver la Relación de Lacayo Briones en Peralta. p. 135.

Nelson encaramó cuatro cañones en la colina dominante y el 14 de abril comenzó el bombardeo serio de la fortaleza, arrebatando la vida a 37 de los defensores. Los españoles contestaron al fuego y resistieron el sitio por dos semanas más, pero el 29 tuvieron que capitular pues nunca llegaron los esperados refuerzos y las tinajas de agua se encontraban vacías desde hacía dos días. Ayssa negoció una rendición con honores para los 220 ocupantes y sobrevivientes que habían defendido la fortaleza con heroísmo.

Los ingleses, sin embargo, no pudieron saborear la victoria. Las lluvias se iniciaron de inmediato trayendo mosquitos y peste al campamento y al mismo fuerte donde estuvieron hacinados los defensores. Uno tras otro los invasores cayeron víctimas de las enfermedades, el propio Nelson, atacado por la disentería, fue llevado casi moribundo a Jamaica.

Los refuerzos procedentes de esta isla tampoco les llegaban, mientras la peste diezmaba rápidamente la salud de la tropa invasora. Alimentos y medicinas se descomponían en aquel ambiente húmedo y caluroso. La mortandad entre los ingleses imponía su patética cuota diaria, de tal suerte que no quedaban manos ni fuerzas para.enterrar a los que fallecían; simplemente los dejaban a la rapiña de los zopilotes o los echaban al río para pasto de los tiburones.

Los aliados Zambos y Misquitos, por otra parte, criticaban la disciplina que les impuso Polson. Disgustados por el poco beneficio que de la invasión sacaban, comenzaron a desertar a los ingleses. La justificación aparece en un comentario de Orlando Roberts, un comerciante inglés que aconteció pasar por ahí cuarenta años después de la acción:

`En Bracman vi una vez más a varios de los viejos indios que habían acompañado a Lord Nelson cuando éste bajó por el río San Juan. Todos estaban de acuerdo que en esa )casión el viaje se había realizado en la época más inadecuada del año, y que se les había obligado a u na disciplina y dieta que no les satisfizo; por lo tanto estuvieron muy descontentos y enfermos y la empresa tuvo que ser abandonada después de un éxito parcial".
 " Orlando Robcrts: Narración de los Viajes y Excursiones en la Costa Oriental y en el intenor de Centroamerica, p. 1:ser. F'PCBA. Managua, 1978. Kemble menciona al respecto que el disgusto de los Misquitos obedeció mas bien a que el capitan Polson no les permitió saquear la fortaleza ni disponer de los prisioneros a su antojo.

Los refuerzos españoles enviados desde Granada decidieron acantonarse en el puerto lacustre de San Carlos, parapetándose en una colina que dominaba la entrada del río. Allí levantaron una fortificación a toda prisa, para cortar al enemigo el acceso al lago. Para entonces Polson había sido relevado por Stephen Kernble, un coronel que hizo méritos entre las tropas inglesas combatiendo la revolución de los Estados Unidos de Norteamérica por su independencia.

Kernble encontró la fortaleza de La Inmaculada convertida más en hospital o cementerio que en instalación militar. Tomó de ella 250 soldados, en su mayoría enfermos o convalecientes, y se dirigió a San Carlos para proseguir con la conquista de Nicaragua.

El 24 de julio con la lluvia cayendo a torrentes, la corriente del río contraria, los boteros indios desertando y la tropa de asalto ya reducida a 80 hombres, el coronel inglés vio perdidas las esperanzas de enfrentar a los 300 españoles acantonados en San Carlos bajo las órdenes del propio Capitán General Matías Gálvez.

En su retirada Kemble pasó recogiendo a unos 150 enfermos que sin ninguna posibilidad se mantenían reteniendo el fuerte de La Inmaculada y con ellos se marchó a Blueffields. El resto de la guarnición inglesa se mantuvo en la fortaleza hasta principios de 1781, cuando se ordenó la evacuación definitiva, dejando la instalación semidestruida y tan inutilizada que les españoles que después, la ocuparon más bien pensaron en terminarla de demoler.

Cuando Kernble regresó a Jamaica, después de la fallida invasión a Nicaragua, hizo el siguiente comentario: "Nunca había sucedido tan completa ruina". Obviamente el coronel inglés no se estaba refiriendo al estado en que quedó la fortaleza.1.la versión española de la torna de la fortaleza la presenta ¡ (Garnez en su Historia. Dozier (p. 19-251 ofrece un buen resumen de la versión inglesa, así como Cambien FloyJ, p. 143-152.

Anotaciones sobre la ruta de invasión
Algunas observaciones sobre las características del río San Juan y de la costa de la Mosquitia fueron anotadas por Kemble en su diario y correspondencia. Se refieren a la naturaleza del territorio invadido, descrito con la idea de estimular una futura colonización inglesa en el propio corazón de la América española.

No obstante las obligaciones que su rango le imponía para proseguir con la campaña militar en medio de insuperables dificultades, con un clima inhóspito, la epidemia que a diario restaba fuerzas y vidas a la tropa y la continua demanda de alimentos y municiones, Kemble mantuvo siempre un ojo abierto ante el escenario exuberante del río y reportaba cada detalle al gobernador de Jamaica.

El coronel no descuidó mandar partidas exploratorias por los afluentes del San Juan que aportaban agua del lado de Costa Rica, al igual que por el río Escondido, aunque con resultados poco alentadores.

Obtuvo información adicional sobre el lago de Nicaragua, sus islas, el estado de fortificación de Granada y el acceso de esta ciudad a la costa del Pacífico, datos interesantes para la inteligencia del proyecto de invasión. Su diario, aunque escrito en forma escueta, estuvo abierto a toda clase de comentarios, tal como lee en el siguiente párrafo:

"Martes 25 de Abril: Despaché seis pipantes con provisiones para el Coronel Poison, bajo la orden del Capitán Thompson. La bahía de San Juan es buena, pero insalubre; la tierra baja y pantanosa, cubierta de Mangles alrededor. El lugar poco adaptado para fortificación, pero no hay otro sitio. Se cree que el ramal de Cartago (Canal de Tortuguero) llega hasta 15 millas del Pueblo del mismo nombre. Los Españoles, según se piensa, no esperaban que trajéramos una fuerza Regular y creían que la formaban sólo Indios Miskitos"."
La exuberante vegetación a lo largo del río engañó a Kemble. Atribuía gran fertilidad al suelo de los alrededores como para alentar la futura colonización del territorio. Tenía la creencia que la agricultura plantada en el lugar era "tan buena que produciría cualquier artículo de vida en abundancia", situación que juzgaba como mejor que la disponible en Jamaica. El clima, sin embargo, resultó no sólo inclemente sino hostil a todo intento de penetración. Una lluvia continua hinchaba la corriente del río; mantenía una permanente humedad que arruinaba municiones, medicinas y alimentos. No existían en las vegas áreas cultivadas de las cuales depender, salvo algunos escasos platanares sembrados en forma dispersa por las pocas familias de indios Ramas que vivían a orillas de los afluentes Sábalos y Santa Cruz.

 La peor de todas las inconveniencias fue la peste de malaria y disentería, que drásticamente minó la salud de los ingleses, habiendo sufrido el propio Kemble de fiebres intermitentes que le hacían sus ejecutorias con bastante frecuencia. Al final lo obligaron a evacuar el río y a retirarse con los sobrevivientes a Bluefields, donde los invasores terminaron de apurar toda la cicuta de la fracasada empresa.

En relaciónalas observaciones naturalistas, Kemble dedica algunos párrafos a la descripción de la fauna del lugar, más rica que la que conoció en Jamaica.

Consideraba la pesca en la bahía de San Juan del Norte como excelente y abundante, llamando algunos de los especímenes con los nombres vernaculares ingleses, como el Mullet, Stone Bass y el Jewfish. Menciona la tortuga marina como un buen recurso alimenticio en su estación.

En los alrededores del puerto proliferaba abundante caza, tal como jabalíes, iguanas, patos, pavones, palomas, además de pájaros de bello plumaje. En varias ocasiones, cuando el abastecimiento de tropa falló, se recurría a la cacería, llegando los ingleses hasta probar monos, cuya carne era de gran estima entre los Misquitos que los acompañaban.



El  intento de invasión contra el Castillo de la Inmaculada Concepción, en la que  se distinguió Rafaela Herrera,  fué un 29 de Julio de 1762,   invasores de la corbeta "Hinchinbroock" con doscientos hombres a bordo querían. Sobre Rafaela, ella se casó tiempo con el ciudadano Granadino don Pablo Mora, enviudando tiempo despues, tuvo cinco hijos, de los cuales dos eran paralíticos; vivió en la suma pobreza hasta que el 11 de Noviembre de 1781, el Rey le concedió una pensión vitalicia
                JUEVES 7 DE SEPTIEMBRE DEL 2000 /  La Prensa
  Hilda Rosa Maradiaga C.    La Providencia no le  deparó la felicidad que su heroísmo y virtudes merecían, ya que vivió sumida en gran pobreza. A lo largo de la historia, Nicaragua ha sido amenazada por potencias extranjeras siendo centro de sus intereses mezquinos. Sin embargo, siempre han habido patriotas valientes para defenderla.

  Entre tantas batallas, héroes y mártires, sobresale la leyenda real de una mujer que salió del rol femenino establecido en su época para luchar por la patria con arrojo y valentía: Rafaela Herrera.

  Cuenta la historia que Nicaragua era el principal objetivo de los ataques  ingleses por su importancia y las facilidades que presentaba para la comunicación interoceánica.   Es así que el gobernador de Jamaica recibe instrucciones de preparar una  invasión a la provincia de Nicaragua por el Río San Juan.

   Una fuerte armada enviada a apoderarse de El Castillo se presenta el 29 de  julio de 1762. En esta lucha, Rafaela realiza la hazaña que la convierte en heroína.

   Su padre, el capitán José de Herrera, había fallecido repentinamente el 17 de julio, asumiendo la comandancia de la fortaleza el teniente Juan de Aguilar y  Santa Cruz.

    Rafaela, experta en el manejo del cañón, pidió permiso al teniente para disparar un cañonazo. Apuntó y disparó con tanto acierto que muchos enemigos huyeron y se supo que entre los muertos había uno de los principales.

   Después del cañonazo los ingleses abrieron fuego contra El Castillo y el combate duró toda la noche. Al día siguiente, demandaron las llaves de El  Castillo a cambio de no hacerle daño a nadie.

  El teniente contestó que no podía entregarlas y que resistiría cuantos ataques intentasen. Los ingleses se retiraron el tres de agosto después de  atacar día y noche.

  Entre los defensores de El Castillo prevalece la actitud heroica de Rafaela Herrera quien pasó a la categoría de heroína y es un símbolo de valentía y patriotismo para la mujer nicaragüense y la nación entera a través de la historia.

              Fuente: Obra “Semana de la Patria”, editado por el MED en 1969.
 

..Fue durante los siglos en que Centro América estubo bajo el dominio de lo que mas tarde fuera el decadente Imperio Español,
 
 

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los tiempos aquellos de las espadas los mosquetes los viejos cañones de bronce y los barcos de vela y remos. Fue en la época en  que la corona española daba zarpazos al gran poderío de  bucaneros, corsarios ó piratas financiados y protegidos por Inglaterra "La Reyna De Los Mares".

España, la madre patria por cierto, viendo amenazadas sus posiciones especialmente en Centro  América - puente entre los dos oceános - fue que en el año de 1672  por órdenes precisas del presidente y general de artillería Don  Fernando Francisco de Escobedo comenzó la construcción del fuerte conocido como El Castillo de la Inmaculada Concepción, construído sobre una colina en la ribera derecha del río San Juán y frente a los rápidos de Santa Cruz......

Dicha fortaleza fue puesta en servicio en 1675 provista de cañones y un número regular de   soldados y con la construcción de este fuerte se frustó la penetración  de invasores y saqueadores de las múltiples veces que fuera víctima  la ciudad de Granada que funcionaba como la segunda capital de la   provincia y que aún está ubicada a orillas del Gran Lago ó Mar  Dulce como lo llamaría el explorador Gil González Dávila.


Fueron invasiones de piratería que llegaban protegidas por los gobernadores de origen ingles de Jamaica que funcionaba como la guarida de los Alí Babá del mundo real de las mil y una noche cuando se planeaban los ataques sorpresivos ó simultaneos en lugares mas frágiles de nuestra región y satisfacer los caprichos de  la hegemonía por el poder de la Europa del siglo dieciocho. Comandantes piratas de la altura de John Morris, Edward Mansfield  y Henry Morgan fueron el terror de tantos ataques a famosos lugares  como Granada, Cartago, Nicoya y Esparza, solo por mencionar  algunos cercanos puntos al apetecible Río "El Desaguadero".

              Corría el año de 1762 cuando el gobernador de Jamaica mandó a   invadir Nicaragua por el Río San Juán y cuyas fuerzas invasoras contaban de una armada de 50 barcos artillados con 2000 hombres  a bordo, mientras en la fortaleza del Castillo el comandante Don   Pedro de Herrera se encontraba gravemente enfermo y quien  muriera antes que los ingleses invasores afrontaran las baterías.

El  comandante filibustero con su armada fondeada en el río y sabedor  del luto que reinaba allá dentro, mandó un emisario para que se le   entregasen las llaves del Castillo y el sargento que atendió el   mensaje del invasor ante la presencia de una fuerza superior y olvidando sus deberes de soldado estaba a punto de entregar las  llaves cuando la hija del castellano, la señorita Rafaela Herrera, con  valentía, heroísmo y mientras se secaba las lágrimas ante el cadaver  de su padre, con decisión y firmeza asumió el mando de la fortaleza   obligándo a cada soldado a que ocupara su lugar combativo y   pronunció la frase que en la historia quedaría grabada por siempre.....

"Que los cobardes se rindan y que los valientes se queden a morir   conmigo" y acto seguido despidió al emisario cogiendo la tea con una mano y rizándose su largo pelo con la otra comenzó una serie de disparos de cañón que por suerte ó por potra del destino blanco  hicieran en el barco insignia del enemigo eliminando a su  comandante y provocando el pánico y la desbandada del resto de piratas. De esta manera se escribió un episodio mas de las luchas antes de la independencia de Centro América donde tuvo que ver  una valiente damita nicaraguense de origen español de apenas   diecinueve años de edad....y es que cuando una mujer se ha distinguido en las luchas

           Fuente de información: Historia General de C.A. El
              Régimen Colonial por Julio Pinto Soria é Historia De Nicaragua.
 
 


Nunca antes como hoy había visto a la jovencita Rafaela de Herrera y Sotomayor tan descorazonada, pensó para sus adentros el anciano franciscano y capellán fray Gerardo de Molina, mientras continuó conversando con ella en compañía de su aya doña Beatriz de Acuña. Los tres quedaron sentados en silencio bajo el escaso techo de paja de la torrecilla del baluarte de Santa Rosa luego de que El Castellano, Comandante y Alcayde de la Fortaleza, los dejara solos al retirarse intempestivamente de sus presencias.
Rafaela jamás había externado una tristeza semejante desde que llegó aquí, hacía ya más de tres años, allá por 1753, provenientes de Cartagena de Indias.
 

Todos recuerdan que fue una mañana de fina niebla y pertinaz llovina, de un inolvidable 6 de agosto, cuando arribó a esta cuadrilonga Fortaleza de La Pura y Limpia Inmaculada Concepción de La Concha, como le dice la gente con cariño, emplaza en el río San Juan de la Provincia de Nicaragua, corazón de la Capitanía General de Guatemala.

El Castellano y Alcayde, don José de Herrera y Sotomayor, padre de Rafaela, se había retirado molesto de la presencia de su hija porque ésta no quiso dejar de hacer preguntas en relación con su madre, doña Maria Felipe de Uriarte, así como sobre su misterioso nacimiento en Cartagena de Indias.

La Inmaculada Concepción de la Concha es una Fortaleza robusta de grandes piedras negras bien trenzadas con apretada argamasa oculta y  por doquier, con líquenas marrones y musgos celestes, inhóspita y alejada del mundo, elevada solitaria y altiva en un cerro de roca viva frente a los ensordecedores y violentos raudales del recodo de Santa Cruz, antes llamados de los Diablos.
Según cuentan, estas vertiginosas y mortales corrientes con piedras encubiertas se formaron durante los aterradores terremotos del año de 1663, más violentos que los de 1648, cuando se desprendieron cantidad de peñascos de las laderas de los pocos cerros cercanos a las orillas, y se levantaron por trechos las rocas del fondo del cauce de este inmensamente largo y sorprendente ancho Río San Juan, de caudalosos e impetuosa corriente. Dicen también que entonces el lecho de piedra de este Desaguadero de la Mar Dulce se elevó peligrosamente, sobre todo río arriba de la Fortaleza, en los llamados rápidos de El Toro, por la desembocadura del Río Sabalos, pintoresco afluente del San Juan.
No todos los españoles de por aquellos lugares aseguraban que a partir de aquel último año de desastres telúricos fue que se dificultó para siempre la navegación de gran calado por todo el río, principalmente desde Boca de Sábalos hasta su desembocadura en las lagunetas y barras de san Juan del Norte, frente al Caribe. a los soldados que habitaban aquella vetusta mole negra de soledad y de muerte, porque así la llamaban, les preocupaban, sobre todo, los raudales que había hasta la ancha boca en el Gran Lago, a doce leguas de distancia río arriba, en donde también desemboca majestuoso el umbrío y apacible Río Frío, de apretada arboleda en sus bordes, con enmarañados ramajes tocando el agua, ocultándose del sol, y sus aguas como envueltas en densas sombras grises.
Los indios ramas decían que el Río San Juan desde siempre tenía raudales que detenían el agua para que el Gran Lago no se fuera todo hacia el mar de una sola vez, secándose, y cuando los españoles los escuchaban, recordaban que ya Adolfo Calero y Diego de Machuca, allá por los años 1539, a la vez que describieron aquellos rápidos, como trágicos, violentos y dificultosos, bautizaron a todo el río con el nombre de San Juan.
El Río Frío era desconcertante y peligroso, decían abriendo bien los ojos los comerciantes de la Ciudad de Granada, situada al otro lado del Gran Lago, y también así lo afirmaban sus compatriotas contrabandistas provenientes de las costas de la Gran Laguna, como también llamaban al lago, cuando bajaban por los ríos de las serranías de Chontales y se aventuraban por él. Además, repetían siempre, que ese era un río extraño y lleno de muertes desconocidas, de desapariciones repentinas, de misteriosos silencios verdes y de espesos escondrijos azules que servían de refugios a los bravos indios guatusos que lo habitaban a todo lo largo de su curso, que desagua con garbo en una de las planas y anegadas riberas del San Juan, como descansando serpenteando en una esquina entre éste y La Mar Dulce.
frente a esa planicie llena de agua se asienta, triste y pobre, con más apariencia de derruida guarida de antiguos piratas, que no de pacífico lugarejo, un desarreglado y casi abandonado rancherío con falsos aires de improvisado y forzado portezuelo de nadie,

Niños de El Colegio Cristo Rey de San Carlos en una tardeada hasta la siete de la noche.. de musica bailable nicaragüense, versiones de reggae con temas nicas. ..los niños socializan, bailan y rien a montones, una excelente terapia para niños en hogares de extrema pobreza y desesperanza.
y que años más tarde lo llamarían desesperadamente, ante los ataques de los ingleses, San Carlos con una placita cubierta de espinas y de monte al igual que las tres únicas callejuelas estrechas y llenas de charcos, con dos destartalados atarimados de madera enclavados al borde del río para que sus moradores, unos cuantos famélicos negros come hongos, pudieran bañarse a salvo, alucinados, en las aguas del San juan, protegiéndose dentro de ellos del ataque de los merodeantes tiburones y de los lagartos hambrientos, que eran más numerosos que las incontables garzas de todos los colores que revolteaban  siempre entre los gamalotes y las copas de los árboles. Los entarimados estaban torpemente levantados con tablones de roble, medio cubiertos con techitos de palmas de corozo, sobre troncos y horcones altos en una de las márgenes del río.

San Carlos visto después de doce horas de Crucero del Lago de Nicaragua, arrivando aqui a las 4 AM, dos hoteles, uno más mediocre que el otro..pero no espere lujo, en estas zonas, y tiene que tener repelente.. los zancudos gustan de carne extranjera.
En el extremo Norte del rancherío, de cara al Gran Lago Dulce, se estira maltrecho un muellecito cuyo viejo maderamen se pudre a la interperie con sus tablones mal clavados, y entra cien varas en las aguas siempre encrespadas por el viento, y éste solamente sirve para recibir,
además de las brisas encantadas y las historias y leyendas provenientes del Archipiélago de Solentiname, y de las islas de Ometepe y de Zapatera, las malsanas curiosidades de la lejana Granada, decían bailoteando desnusdos con los ojos en blanco los negros come hongos cuando alguien les perturbaba su silencio de abandono, de abulia y de pereza. Aquí, en el muellecito, atracaban las balandras y las piraguas de dobles troncos cargadas de contrabando, y que llegaban cada dos o tres semanas provenientes de la gran cantidad de recodos y escondrijos inimaginables de las costas del Gran Lago, y de vez en cuando se descargaban ahí algunos bártulos cuando pasaba, cada tres meses, en dirección a la Inmaculada, la nave Real, Nuestra Señora de Africa, llevando las provisiones y los pertrechos militares que constantemente solicitaba El Castellano y Alcayde, don José de Herrera y Sotomayor.
Rafaela, lo recordaba siempre el aya doña Beatriz de Acuña, tenía casi once años cuando aquel seis de agosto, día de su cumpleaños, arribó a las proximidades del Fuerte de La Inmaculada y el navio  donde iban atracó un poco antes de la llamada Plataforma de piedra, al pie del cerro de roca viva , y a la que aún hoy llegan las chatas balandras desde las lejanas empalizadas militares del río Bartola y de los rápidos del Machuca, para aprovisionarse de vituallas y de municiones. en esta Plataforma, se encontraban aquel día limpiando cuatro cañones de grueso calibre los ocho mulatos que hacían de guardianes, pertenecientes a las obligatorias Milicias Pardas, y recibieron, humorísticamente y contra toda convención, con saludos militares, a la jovencita Rafaela, que no hizo más que reirse con todas las ganas a pesar del cansancio que llevaba encima.
La nave fondeó frente a un amarradero mal construido con pedasos troncones, en la pacible laguneta cerca de La Plataforma, a la cual la gente del caserío de El Castillo, al pie de la falda del cerro en donde se encuentra enclavada la legendaria fortaleza, aún llama de Las aguas Muertas, por la calma de éstas en comparación con los torbellinos que a unas cuantas cvaras forman río arriba las violentas olas y corrientes bruscas del raudal de Santa Cruz.
Desde ahí, aquel día, Rafaela divisó hacia loa alto, con curiosidad de jovenzuela no acostumbrada a esta clase de parajes tan olvidados y en plena selva, la parte trasera de la Fortaleza de Inmaculada concepción de La Concha, que mostraba ante su vista los dos mal formados y pobres baluartes de figuras triangulares, el de santa Barbara y el de Santa Teresa, así como el de Santa Rosa un poco más allá, en el costado delantero derecho, y miró tambieén con angustia la empinada ladera fangosa y resbaladiza con algunos escalones de piedra, que conducía hasta los mal repellados y anchos muros de poca altura, y luego vio, más elevados y hacia el fondo, contra un horizonte gris, los bordes de las altas amenas de lo que estaba segura era El caballero del fuerte, lugar en donde su padre le decía, siempre se libraban las batallas finales. Nada tenía que ver todo aquello que observaba con las sobverbias fortalezas de su ya lejana Cartagena de Indias, recordaba también doña Beatriz que dijo aquella vez Rafaela.
Llegó aquel día en aquella extraña y pequeña fragata, llamada La San Francisco, la que aún hoy conserva su padre protegida de la herrumbre, cubierta de alquitrán y brea, anclada cerca de los rápidos del Machuca, río abajo y por donde tanto trabajo tuvieron que pasar hace años a pesar de las palancas de los palanqueros y el tesón de los remeros, que desde las amuras de las bordas hiicieron esfuerzos desmedidos para evitar los choques contra los peñascos ocultos del raudal.
Era una especie de fragatin construido especialmente en los astilleros de Cartagena de Indias, de quilla casi plana y de escaso calado para poder sortear los rápidos de aquel río, con su flamante bandera española a los cuatro vientos, provisto de dos cubiertas para artílleria, pero con escasa bateria corrida de sólo cuatro piezas de ataque para su defensa, a fin de quitarle calado, tripulada por un pequeño grupo de avezados remeros y palanqueros fatigados y unos cuantos marineros soñolientos encaramados en las cofas , en las gavias y las sobremesanas de los tres mástiles delgados y de poca altura , con sus velas desplegadas ante una brisa bonancible que apenas encrespaba las aguas del río, que a esas tempranas horas de la mañana estaban quietas y lisas como si la tranquilidad fuera su única manera de ser.
Algunos tripulantes iban entonando canciones populares de la España Eterna, y otros mirando asombrados la diversidad de pájaros de todos los plumajes y colores que se alborotaban trinando desde el interior de la enmarañanada e impenetrable vegetación de las orillas con todos los verdes posibles, y que tanto desde siempre como hoy crecía instante a instante, feroz e indetenible en ambas riberas. Iban también admirando la cantidad de garzas blancas, rosadas, morenas, jaspeadas y oscuras con sus alas blancas, piches amarillos, marrones, garcetas azuladas y patos silvestres negros, agujas y chanchos de todos los tamaños y formas en sus picos como lanzas o cucharas que se zambullían repentinamente cerca de las orillas, o que alzaban sorprendidos el vuelo, revoloteando bajo, casi rasantes, por encima de los abundantes gamalotes que cubrían de manto verde, gris y azul espesolas  ciénagas en los rincones y vueltas de los bordes, pero a pesar de la pesada costra de vegetación formada sobre el agua, dejaban asomar cantidad de cabezas rayadas de tortugas, y más allá, entre los ralos zacatales de las orillas, cantidad de aves desconocidas y nunca antes vistas por ellos esperaban el sol aún oculto entre las nubes, con las alas abiertas, de pie en el agua, o sobre enormes peñascos arrugados, socavados o agrietados por la brusquedad de la caída de milenarias lluvias torrenciales: y a otras menos soñolientas, regadas por doquier, las contemplaban maravillados cuando se despabilaban con aquellas primeras luces opacas y frescas del día y el chasquido de los remos contra la superficie del agua, paradas encima de pequeñas ramas curvas, amontonadas o dispersas por los estrechos salientes de las riberas.
Todos aquellos pocos marinos y soldados, no más de doce, colgados o sujetándose de las jarcias, también observaban atónitos los repentinos saltos de los enormes sábalos reales en los raudales, mostrando sus lomos plateados al sol, así como los peces sierras, más opacos y sosegados; o miraban con los ojos bien abiertos, como no creyéndolo, fuera del agua color ocre del río,

las incontables aletas grises negruzcas de los increíbles tiburones de estas aguas dulces, a los que habían comenzado a ver con cierto espanto desde que entraron por la Bahía de san Juan del Norte, de cara al caribe, preguntándose con asombro cómo era eso posible ,

ó escuchando atentos los retumbos y los bramidos de los peados y negros monos congos, con caras de hombres, semiocultos en el ramaje mojado por las llovizna en las orillas del río, y a los livianos y traviesos monos bayos arañas, asomados extrañados viéndolos pasar por entre las ramas finas y las hojas pequeñas de las enredaderas que cubrían las frondas de algunos árboles que se inclinaban sobre las aguas, y entonces los marinos se reían cuando de pronto oían chillar espantados cada vez que se aproximaba abatiéndose sobre la copa de los árboles, aquella rapaz Aguila Harpia, muy propia de estos parajes, y que era terror de todos los simios, y que los obligaba a esconderse desbandados en la maraña del sotobosque.

En una bella mañana de Octubre del 2002, Ed Manfut se recreaba con el juego de dos perros del vecindario de El Castillo, muy cerca del muelle.
Miraban también en las orillas a los mapaches con oscuros antifaces de misterio y con los hocicos hurgando el lodo, y aquellos perritos zorros de agua, nutrias, decían algunos, mientras estos, ajenos a toda mirada, se alimentaban de pequeños peces o se sumergían rápidos dentro del agua formando ondas violentas;
y ella, la jovencita Rafaela - como la llamaron todos con cariño en la Fortaleza desde aquel día cuando llegó - iba orgullosamente abrazando la cintura de su padre, el Capitán de artílleria don José de Herrera y Sotomayor, ahora El Castellano, el Alcayde de la Fortaleza, y apenas asomaba la cabeza de vez en cuando por encima de la borda cerca del sobrejuanete de proa, o vela con preocupación el cielo encapotándose para dejar caer horas más tarde, durante días enteros, los acostumbrados aguaceros, haciendo de la olvidada región un invierno eterno con lluvias intensas e incesantes que provocaban una humedad que todo lo enmohecía y lo emsarraba hasta desbaratarlo sin clemencia.
También aquel día de su llegada, Rafaela alzaba la mirada para observar el rostro de su padre, agrietado, curtido y prematuramente avejentado, bajo la tenue sombra del viejo sombrero que nunca se quitaba, un chambergo heredado de su padre, el Brigadier don Juan de Herrera y Sotomayor, de anchas alas de fieltro, una de ellas levantada por un lado y sujeta con la presilla que le habían regalado su mujer doña Maria Felipa de Uriarte, para sujetar la cinta que caía hacia atras sobre sus cabellos largos hasta los hombros.
Don José de Herrera y Sotomayor es un hombre corpulento y desganado, con una creciente abulia, de escasos pero maltratados cincuenta y nueve años, con la cara casi oculta por una espesa, larga y descuidada barba inesperadamente blanca, y que expresaba bostezeando al mirar lontananza, la hartura de tanto haber servido al Rey de España durante veintiocho años, guerreando y sorteando la muerte en la vastedad de los mares del Caribe y de los confines del mundo de aquel entonces, o cubriéndose de gloria montando la artílleria en una de las tantas guerras contra los piratas ingleses en el Cerro de San Lorenzo, en Cartagena de Indias, así como en otras ocasiones en las lomas y en el interior del Castillo Grande, en donde hizo una sorprendente y gloriosa defensa, al igual que la que realizó en las casi ruinas de la derruida Fortaleza de San Luis de Boca Chica, en 1747, y luego en 1748, en el Fuerte de San Fernando.

Ed Manfut en el Crucero de Octubre 2002, Lago de Nicaragua - Granada..San Carlos..El Castillo..Rio Bartola..salen los Lunes y Jueves y cuesta C$100.00 córdobas el trecho desde Granada a San Carlos.
Pero, don José de Herrera y Sotomayor, antes que realizara todo esto, ya se habia convertido en héroe incuestionable durante la defensa del Castillo de San Sebastian en 1741, también en aquella espléndida Cartagena de Las Indias, ciudad principal del virreinato de Nueva Granada, y en donde se había dado, según los decires de la gente, el milagro del nacimiento de Rafaela, en 1743, menos de dos años después de que el almirante inglés Edward Vernon realizara un asalto despiadado, pero infructuoso, a fin de apoderarse de la ciudadela tratando, durante más de un mes, de someterla con cruentos combates, así como por hambre y por sed.
Doña Maria felipe de Uriarte, a pesar de ciertas incertidumbres de la gente, pero considerada por todos en Cartagena de Indias como verdadera madre de la niña rafaela, logró protegerla en medio de las adversidades que impusieron las secuelas de aquella guerra impuesta por el Almirante Vernon, debido a las pestes y a la hambruna que vinieron después de los prolongados combatesy de aquel sitio inmisericorde, sólo comparable, decían los cartageneros aprestándo las madíbulas de rabia, al que hizo el Pirata Francis Drake en 1586, cuando destruyó a cañonazos la bellísima Catedral apenas terminada de construirse, ante el dolor y el asombro de todos, que no se resignaban a creer lo que estaban viendo.

San Carlos, Río San Juan de Nicaragua.. los espera..sea esta su gran aventura..
La madre de corazón de Rafaela, como también la llamaban algunos, doña Maria Felipa de Uriarte, es natural de Cartagena de Indias, y una mujer trigueña clara de espléndida y cautivante belleza. Ahora, a sus cuarenta y ocho años, es aún extraordinariamente tierna como cuando lo era a los veinte, y a pesar de aquel acontecimiento inesperado que cosntituyó para ella Rafaela, fue siempre una mujer de una entrega incondicional a la vida y a los avatares de su marido, el Capitán de Artílleria don José de Herrea y Sotomayor, a quien amaba, y hoy también, sin límites y sin objeciones, salvo en algunos momentos de crueles recuerdos y de silencios entre ambos, siempre a causa de ellos, crecientes y callados resentimientos para cada vez los hacían a ambos menos comunicativos entre sí, y esto lo notaba Rafaela con la inquietud e indefensión propia de las niñas, y luego con los ocultos resentimientos de las jovencitas. También, doña Maria Felipa, recordaba a menudo aquel día de la llegada a la Fortaleza de la Inmaculada, y esto ella nunca lo olvidó, cuando contemplaba a su Rafaela abrazada fuertemente a la cintura de su padre, como si buscara una protección imprescindible entre los gruesos fajones de cuero y desde los cuales colgaba la espada, y entonces ella, doña Maria felipa, con los ojos llenos de lágrimas, al acercársele a rafaela, sólo atinaba a sobar la cabellera de su única criatura, lograda en medio de los peligros de la muerte durante el horror de las secuelas de las enfermedades y de hambrunas , semanas después del increíble y devastador sitio de Cartagena en 1741, y al mirarla, anidaba en el fondo de su corazón la desgarradora esperanza de que ojalá en aquella fortaleza de la Inmaculada Concepción de La concha no sufriera tanto su pequeña Rafaela, a quien día a día la iba viendo abandonar sus caprichos de niña para asumir los desplantes de las mujercitas. Ojala que no sufriera otra vez los rigores y las consecuencias de las guerras.
Por lo menos por ahora no se vislumbraba ese peligro, pensó doña Maria felipa áquella vez, ya desde hacía menos de ocho años, después de los finales de 1748. España e Inglaterra habían firmado la paz de Aquisgrán  y habia quedado libre nuevamente el paso por la bahía de san Juan del Norte, desde el Mar Caribe hacia el interior de la Provincia de Nicaragua, y habían cesado, al menos formalmente, las intenciones de tomarse la ciudad de Granada con tropas inglesas provenientes de Jamaica. (Aunque eran tan frágiles estos acuerdos y tratados con los ingleses).
Doña Maria Felipa dificilmente olvidaba aquella mañana de fina y pertinaz llovizna cuando contemplaba a su rafaela jugueteando con la empuñadora de la espada del Comandante y nuevo Alcayde de La Inmaculada, cómo Inglaterra en aquel año de 1741, dos años antes de que su convertida de que su Rafaela naciera, quiso apoderarse de Cartagena de Indias y convertirla en base de operaciones para luego conquistar las posesiones españolas bañadas por el Mar caribe, Nunca olvidaba, tampoco que el Comandante don José de Herrera y Sotomayor, después de la batalla decía siempre con un orgullo rayano en la euforia, que afortunadamente, debido a lapericia y el valor de los defensores de aquella plaza, se habían malogrado las ambiciones británicas.
Si no hubiera sido así, hoy nuestra historia seria otra. en Cartagena de Indias se resolvió en ese entonces el destino de la Nueva España en el Mar Caribe - le comentaban los otros capitanes menos optimistas.

Doña Maria felipa recordó cómo, y esto se lo narraba a menudo a rafaela y a Jacinta, la hermana de corazón de Rafaela, aquella fatídica mañana de un 15 de mayo de 1741, se presentaron frente a los muelles y baluartes de la ciudadela de Cartagena de Indias a librar con su flota, según ellos, la batalla definitiva. Esto lo hicieron un mes después de que las tropas francesas aliadas a España, bajo el mando de aquel pintoresco amigo de la familia el Marqués de Dantín, que tantos buenos momentos había compartido con ellos mientras permaneció en el puerto, habían ya abandonado las aguas caribeñas para dirigirse a Europa, luego de un año de haber esperado infructuosamenteel ataque inglés. !Los ingleses esperaron arteramente que nuestros aliados franceses se retiraran de Cartagena!. casi doce meses estuvieron a la espera!.  Hasta después lo supimos y, como nunca, mos llenamos de indignación y de rabia, les comentaba doña Maria felipa con énfasis a las dos jovencitas.

Les contaba con tristeza cómo aparecieron ese día, 15 de mayo, en la lejanía, allá por Punta Canoa, tres navíos solamente, y permanecieron como tres puntos inmóviles, al acecho.

Dos días después mostraron sus velas en el horizonte otros treinta y tres, y así, en los días sucesivos se alcanzó a ver más de ciento ochenta naves, entre tres navios de guerra, fragatas, bombardas y brulotes, con ocho mil hombres escogidos y preparados para el desembarco, doce mil marinos, dos mil peones, y mil negros esclavos. Tenía ante mí, ante mis ojos, decía siempre doña Maria Felipa con amargura, la más poderosa escuadra inglesa que jamás surcara nuestros mares.

Nuestra plaza, sin embargo, estaba solamente defendida por dos mil setecientos hombres entre tropas regulares y milicianos blancos y pardos, y seiscientos indios, negros y mulatos. La flota la comandaba nuestro aguerrido General de la Armada y viejo lobo marino, don Blas de Lezo, tuerto, manco y cojo, héroe de más de veinte batallas, cruentas todas, quien protegía la bahía con cuatrocientos hombres de guarnición y quinientos marineros. La plaza se defendía con el Fuerte de Santiago y el aún no terminado en ese entonces Castillo de san felipe de Barajas, y a tres leguas de la ciudadela sobre la costa, también con el castillo de Bocachica, de no muy fuertes murallas en ese tiempo para resistir la furia de los cañones ingleses, y además, apenas defendido por escasos trescientos soldados entre franceses y españoles al mando del Capitán don Carlos Desnaux, aquel amigo del alma y jefe del padre francés de mi posterior y adoptiva hija Jacinta, y cuando decía esto, volvía a ver a Jacinta con ternura.

El aprovisionamiento de pólvora y pertrechos no era abundante en esos días, y la escasez de bastimentos que sólo consistían en maíz y carne salada, era desesperante.

El veinte de marzo se abrieron los fuegos. El nutrido bombardeo de la flota inglesa con sus cañones de largo alcance, obligó a los defensores de nuestros fuertes de la ciudadela a reconcentrarse en el Castillo de Bocachica. sobre úste concentraron sus ataques en toda su plenitud hasta logar abrirle brechas con su cañones de mayor calibre. con horror nos enteramos de que entonces el almirante Inglés bajo cuyo mando estaba toda la operación de asalto , Edward Vernon, dispuso en desembarco de su gente, logrando en pocas horas parapetar en tierra varias baterías que luego abrieron sus fuegos sobre el Castillo, combinados con nutrida artílleria de las fragatas.

El Bocachica no pudo sostenerse, y para evitar una carnicería inútil, su capiún enarboló la bandera blanca. ! Como sufrimos imaginado a aquel Capitán Desnaux haciendo aquello!.

Pero los ingleses no hicieron caso de la bandera y continuaron avanzando hacia el castillo. era horripilante verlos avanzar con sus casacas rojas y sus sombreros negros de tres picos con plumaje de colores. Desnaux resolvió desocuparlo y se retiró a una legua de él, cerca de uno de los embarcaderos, para luego reconcentrarse en la plaza de la ciudadela.
......  tomado del primer capitulo de Rafaela Una danza en la colina y nada mas... Por Ricardo Pasos Marciaq.
 
 

14 DE JULIO DEL 2002 / La Prensa    La batalla de El Castillo
  Las casas de El Castillo, casi todas de madera, rodean  el promontorio donde se emplaza la fortaleza de La  Inmaculada Concepción.
                 Aquella tarde de agosto de 1762, la jovencita Rafaela Herrera sintió que el mundo   se le vino encima cuando su padre, el capitán de artillería Josef Herrera, comandante de la fortaleza del Castillo de La Inmaculada Concepción, murió ante  ella, y el capellán de la guarnición cerrar los ojos de éste.  En ese momento, no se sabe si por su mente pasaron los recuerdos de infancia al lado de su padre, de quien aprendió a usar la espada, el arcabuz y a disparar el cañón, o su corazón estaba tan destrozado que apenas tenía fuerzas para llorar.    La noticia de la muerte del comandante de la fortaleza corrió como reguero de  pólvora entre los soldados, que a partir de entonces quedaban sin jefe, pues a excepción de un sargento de infantería, nadie más tenía rango militar entre la  tropa. De pronto se escuchó un murmullo y la noticia de que frente al Castillo se  encontraba una flota de barcos atestados de piratas ingleses listos para asaltar la  fortaleza. Rafaela, todavía frente al cadáver de su padre, escuchó cuando un  enviado de la flota invasora le pidió a la guarnición que se rindiera y entregara la fortaleza. El sargento y parte de la tropa, desconcertados, no atinaron a decir  nada, pero se sentía que no tenían ánimo para pelear. En eso, ella, que no cesaba de sollozar, se enjugó las lágrimas y dijo al enviado de los ingleses: “Decid a  vuestro jefe que la fortaleza no se entrega, que venga por ella si quiere ganársela como soldado”, y lo dijo con tanta convicción que los soldados se animaron y se dispusieron a tomar sus posiciones de combate. Acto seguido, Rafaela dio la voz  de ¡Fuego!, y ella misma tomó el portafuego y disparó el primer cañonazo, que cayó cerca de la flota enemiga, luego hizo otro disparo que también falló, pero al ejecutar el tercero, inesperadamente para los ingleses, la bala del cañón mató al  comandante de la expedición que venía en una de las tres balandras que  encabezaban la flota.   El fuego de cañones y arcabuces se intensificó por cuatro días, en los que la  situación llegó a un punto de equilibrio. Sin embargo, esa cuarta noche, más oscura que de costumbre, Rafaela mandó a un grupo de soldados a que echaran al  río tantas ramas secas como fueran necesarias para formar una pira flotante, a la que ordenó ponerle encima todas las sábanas de la guarnición previamente empapadas de aguardiente, para luego incendiarlas.

              Las sábanas encendidas sobre las ramas secas fueron arrastradas por la corriente al encuentro de la flota invasora, que creyendo se trataba del fuego griego, las  dejaron pasar río abajo sin investigar el hecho, más bien evitando el contacto con ellas. Al amanecer del quinto día, con serias bajas, su comandante muerto y  derrotados, los ingleses abandonaron el sitio y salieron rumbo al Caribe.



GRANADA COLONIAL
NIKA-CYBER MUNICIPIO
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