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LA
BATALLA POR EL RIO SAN JUAN DE NICARAGUA
29
DE JULIO DE 1762
CASTILLO
DE LA PURA Y LIMPIA CONCEPCION
RAFAELA
HERRERA
El episodio de Rafaela
Herrera
Los doce años
de relativa paz entre Inglaterra y España a partir de 1748 no trajeron
necesariamente tranquilidad a Nicaragua, contra la cual persistió
la enemistad de los Zambo-misquitos, incentivada por los intereses de los
traficantes esclavistas de Jamaica y los colonos ingleses de la costa Caribe.
Tal situación es confirmada por los varios asaltos que en ese mismo
lapso sufrieron algunas poblaciones de frontera. Así que, cuando
las rivalidades entre ambas naciones europeas se reanudaron, las acciones
de hostigamiento se vieron más que justificadas.
En junio de 1762 un
grupo de Zambo-Misquitos atacó las plantaciones de cacao en el valle
de Matina. Al mes siguiente otra partida cayó sobre las poblaciones
de Lóvago, Lovigüisca y la misión de Apompuá,
cerca de Juigalpa, las que sufrieron incendio y saqueo, además de
captura de algunos prisioneros españoles. Pocas semanas después
una tropa de ingleses, zambos y misquitos se posesionó de las bocas
del San Juan y marchó río arriba con la intención
de tomarse la fortaleza de La Inmaculada. Para empeorar la situación
el castellano a cargo de la guarnición, José Herrera Sotomayor,
un militar de rango, había fallecido el 15 de julio y los soldados
no pasaban de un centenar.
Sabedores los ingleses
que la fortaleza estaba acéfala exigieron la rendición incondicional
de la guarnición y la entrega de las llaves. El segundo en el mando,
un sargento, estaba por acceder a la demanda cuando la hija del difunto,
Rafaelá Herrera, que apenas contaba 19 años, se opuso a la
entrega de la fortificación. El historiador nicaragüense José
Dolores Gámez describe la acción de la siguiente manera:
"Los ingleses entonces
rompieron un fuego de escaramuza, creyendo que esto bastaría para
lograr la rendición; poro la señorita Herrera, educada en
ejercicios varoniles y conocedora del manejo de las armas, tomó
ella misma el bota-fuego y disparó los primeros cañonazos,
con tan feliz acierto, que del tercero logró matar al Comandante
inglés y echar a pique una balandrita, de tres que tenía
la flota", (1).1° Un interesante estudio sobre la fortaleza
de La Inmaculada es el presentado por Roberto Trigueros Bada: "Las Defensas
Estratégicas del Río San Juan de Nicaragua", en el Anuario
de Estudios Americanos, XI (1954). p. 413-513. Sevilla, España.
Esta inesperada respuesta
aflojó los ánimos de la tropa invasora que se retrajo a posiciones
de defensa. Al caer la noche Rafaela ordenó empapar unas sábanas
con alcohol y echarlas al río sobre ramas flotantes, según
comenta el mismo historiador. La corriente arrastró las piras en
dirección a las embarcaciones de los enemigos, que asustados de
ver aquel "fuego griego" optaron por retirarse.
Al día siguiente
los ingleses trataron de sitiar la fortaleza, con poco progreso y muchas
bajas de su parte pues no contaban con cañones sino con mosquetes.
Derrotados, decidieron levantar el sitio y retirarse a la desembocadura
del San Juan, donde su presencia obstaculizó la salida del río
por algún tiempo."
Para suerte de los
defensores de la fortaleza, España e Inglaterra acordaron la paz
dos meses después. La Habana y Manila, que habían sido capturadas
por los ingleses, fueron devueltas a España y ésta cedió
la
Florida a los británicos.
Nuevo ataque a la
fortaleza de la Inmaculada Concepción
Un segundo y más
exitoso asalto a la fortaleza aconteció en abril de 1780, durante
una nueva fase de beligerancia entre ambas naciones.
Desde la década
anterior la posibilidad de apoderarse de la ruta de Nicaragua era objeto
de serias consideraciones en Londres. Noticias llegadas desde Jamaica elogiaban
la capacidad portuaria de San Juan del Norte, cuya bahía decían
era capaz de contener "[...] de 10 a 15 barcos de guerra y más de
mil veleros". Por otra parte, la pérdida de las colonias de Norteamérica
-que se independizaron en 1776- obligó a los ingleses a buscar otras
rutas y alternativas de comercio, en especial hacia el Pacífico,
cuyas islas habían sido exploradas por el capitán James Cook,
Nicaragua era la puerta más expedita hacia dicho océano,
de modo que el control del tránsito a través de su territorio
surgió como una idea vital para los planes expansionistas de Londres.
( Ver Gómez. p. 255-256.)
"Rafaela era hija
única del teniente coronel Don José de Herrera y Sotomayor
y de Felipa Torreynosa. Había nacido en Cartagena cuándo
su padre se desempeñaba como castellano de la fortaleza en dicho
puerto, cargo que abandonó en 1757 para hacerse cargo de la guarnición
de El Castillo. Don José había testimoniado antes de morir:
"Rafaela es mi hija natural y pagario rnis créditos ésta
es rni unica y universal heredera a puerta cerrada". Más tarde la
heroína, viuda de Pablo Mora, vivió en Granada y recibió
unas tierras y pensión de 600 pesos en pago de sus merecimientos.
(Archivo General de Centroamérica Al.29.2. Legajo
201. Expediente 1651).
Trataron, los ingleses,
en consecuencia, de adelantarse a la iniciativa de los españoles,
quienes estaban considerando la apertura de una ruta acuática entre
ambos océanos aprovechando para tal propósito el río
San Juan, el lago de Nicaragua y el istmo de Rivas.

Sobre los propósitos
ingleses Craig Dozier señala al respecto lo siguiente:
"Su principal objetivo,
dirigido desde Jamaica por el gobernador, era capturar el fuerte de La
Inmaculada Concepción, ganando así el control de la vía
acuática del San Juan y Lago de Nicaragua, así como un sitio
para un canal, cercenando a la América Central española,
sueño de los líderes británicos que iba más
allá de la colonización de la Costa Mosquitia. Se trataba
de alcanzar un mayor objetivo: un golpe decisivo a la hegemonía
hispánica en Centroamérica, no solamente a lo largo de su
costa caribe sino también a través del Pacífico"."1°
Dozier, p. 19. Figura 40.- El río San Juan, aguas abajo de El Castillo.
(Menocal-Comisión Canalera).
Con la anuencia de
Inglaterra, el gobernador de Jamaica procedió a montar la expedición
donde participarían 1200 entre fuerzas regulares y marineros. Una
vez frente a la costa de Nicaragua se les juntaron 400 Zambos y Misquitos,
bajo el mando del rey mosco George, además de 80 colonos aportados
por el superintendente inglés en Bluefields. La dirección
de la invasión fue confiada al capitán John Polson. En la
desembocadura del San Juan se hizo el trasbordo del armamento a la fragata
Hinchinbrook, la única que pudo pasar la barra a la entrada de la
bahía. La embarcación venía comandada por el entonces
novato teniente Horace Nelson. "Una isla cerca de la confluencia
del Sarapiquf, antes llamada isla del Mico, lleva actualmente el nombre
de Nelson. En ella ancló el Hinchinbroot para trasegar el armamento
inglés a las canoas que continuarfan río arriba."
El 28 de marzo de
1780 Polson comenzó a ascender por el río, tomando 600 de
los suyos en 22 canoas largas. Diez días más tarde lograron
los ingleses capturar al retén español de avanzada, unos
16 hombres acantonados en la isla Bartola, a trece kilómetros del
fuerte. Era entonces castellano de la fortaleza Juan de Ayssa; sólo
contaba con 270 hombres y una buena reserva de pólvora y munición,
con la esperanza de sostener una defensa prolongada mientras llegaban los
refuerzos de Granada. En esa ciudad estaba acantonado el Capitán
General de Guatemala, Matías Gálvez, organizando la defensa
de Nicaragua, que en realidad significaba la de todo el territorio bajo
su jurisdicción.
Las primeras balas
de cañón surcaron el aire el 11 de abril. La acción
parecía indecisa una semana después. El fuerte eregido sobre
una colina rocosa parecía inexpugnable, salvo que estaba expuesto
a dos desventajas: el abastecimiento de agua que se hacía del río,
donde los ingleses habían logrado ocupar posiciones y la existencia,
un poco al sur de la fortaleza, de una colina que lo superaba en altura.
Tanto Díez Navarro como Lacayoy Briones habían señalado
esa inconveniencia. El gobernador Lacayo en su relación escrita
35 años antes advertía lo siguiente: "Un pináculo
más grande que el en que está el castillo y le predomina
a él y a su caballero (el torreón San Fernando), y dista
como un tiro de fusil, que es padrasto bien pernicioso y arriesgado porque
desde él se puede dar batería al castillo". Ver
la Relación de Lacayo Briones en Peralta. p. 135.
Nelson encaramó
cuatro cañones en la colina dominante y el 14 de abril comenzó
el bombardeo serio de la fortaleza, arrebatando la vida a 37 de los defensores.
Los españoles contestaron al fuego y resistieron el sitio por dos
semanas más, pero el 29 tuvieron que capitular pues nunca llegaron
los esperados refuerzos y las tinajas de agua se encontraban vacías
desde hacía dos días. Ayssa negoció una rendición
con honores para los 220 ocupantes y sobrevivientes que habían defendido
la fortaleza con heroísmo.
Los ingleses, sin
embargo, no pudieron saborear la victoria. Las lluvias se iniciaron de
inmediato trayendo mosquitos y peste al campamento y al mismo fuerte donde
estuvieron hacinados los defensores. Uno tras otro los invasores cayeron
víctimas de las enfermedades, el propio Nelson, atacado por la disentería,
fue llevado casi moribundo a Jamaica.
Los refuerzos procedentes
de esta isla tampoco les llegaban, mientras la peste diezmaba rápidamente
la salud de la tropa invasora. Alimentos y medicinas se descomponían
en aquel ambiente húmedo y caluroso. La mortandad entre los ingleses
imponía su patética cuota diaria, de tal suerte que no quedaban
manos ni fuerzas para.enterrar a los que fallecían; simplemente
los dejaban a la rapiña de los zopilotes o los echaban al río
para pasto de los tiburones.
Los aliados Zambos
y Misquitos, por otra parte, criticaban la disciplina que les impuso Polson.
Disgustados por el poco beneficio que de la invasión sacaban, comenzaron
a desertar a los ingleses. La justificación aparece en un comentario
de Orlando Roberts, un comerciante inglés que aconteció pasar
por ahí cuarenta años después de la acción:
`En
Bracman vi una vez más a varios de los viejos indios que habían
acompañado a Lord Nelson cuando éste bajó por el río
San Juan. Todos estaban de acuerdo que en esa )casión el viaje se
había realizado en la época más inadecuada del año,
y que se les había obligado a u na disciplina y dieta que no les
satisfizo; por lo tanto estuvieron muy descontentos y enfermos y la empresa
tuvo que ser abandonada después de un éxito parcial".
"
Orlando Robcrts: Narración de los Viajes y Excursiones en la Costa
Oriental y en el intenor de Centroamerica, p. 1:ser. F'PCBA. Managua, 1978.
Kemble menciona al respecto que el disgusto de los Misquitos obedeció
mas bien a que el capitan Polson no les permitió saquear la fortaleza
ni disponer de los prisioneros a su antojo.
Los refuerzos españoles
enviados desde Granada decidieron acantonarse en el puerto lacustre de
San Carlos, parapetándose en una colina que dominaba la entrada
del río. Allí levantaron una fortificación a toda
prisa, para cortar al enemigo el acceso al lago. Para entonces Polson había
sido relevado por Stephen Kernble, un coronel que hizo méritos entre
las tropas inglesas combatiendo la revolución de los Estados Unidos
de Norteamérica por su independencia.
Kernble encontró
la fortaleza de La Inmaculada convertida más en hospital o cementerio
que en instalación militar. Tomó de ella 250 soldados, en
su mayoría enfermos o convalecientes, y se dirigió a San
Carlos para proseguir con la conquista de Nicaragua.
El 24 de julio con
la lluvia cayendo a torrentes, la corriente del río contraria, los
boteros indios desertando y la tropa de asalto ya reducida a 80 hombres,
el coronel inglés vio perdidas las esperanzas de enfrentar a los
300 españoles acantonados en San Carlos bajo las órdenes
del propio Capitán General Matías Gálvez.
En su retirada Kemble
pasó recogiendo a unos 150 enfermos que sin ninguna posibilidad
se mantenían reteniendo el fuerte de La Inmaculada y con ellos se
marchó a Blueffields. El resto de la guarnición inglesa se
mantuvo en la fortaleza hasta principios de 1781, cuando se ordenó
la evacuación definitiva, dejando la instalación semidestruida
y tan inutilizada que les españoles que después, la ocuparon
más bien pensaron en terminarla de demoler.
Cuando Kernble regresó
a Jamaica, después de la fallida invasión a Nicaragua, hizo
el siguiente comentario: "Nunca había sucedido tan completa ruina".
Obviamente el coronel inglés no se estaba refiriendo al estado en
que quedó la fortaleza.1.la versión española
de la torna de la fortaleza la presenta ¡ (Garnez en su Historia.
Dozier (p. 19-251 ofrece un buen resumen de la versión inglesa,
así como Cambien FloyJ, p. 143-152.
Anotaciones sobre
la ruta de invasión
Algunas observaciones
sobre las características del río San Juan y de la costa
de la Mosquitia fueron anotadas por Kemble en su diario y correspondencia.
Se refieren a la naturaleza del territorio invadido, descrito con la idea
de estimular una futura colonización inglesa en el propio corazón
de la América española.
No obstante las obligaciones
que su rango le imponía para proseguir con la campaña militar
en medio de insuperables dificultades, con un clima inhóspito, la
epidemia que a diario restaba fuerzas y vidas a la tropa y la continua
demanda de alimentos y municiones, Kemble mantuvo siempre un ojo abierto
ante el escenario exuberante del río y reportaba cada detalle al
gobernador de Jamaica.
El coronel no descuidó
mandar partidas exploratorias por los afluentes del San Juan que aportaban
agua del lado de Costa Rica, al igual que por el río Escondido,
aunque con resultados poco alentadores.
Obtuvo información
adicional sobre el lago de Nicaragua, sus islas, el estado de fortificación
de Granada y el acceso de esta ciudad a la costa del Pacífico, datos
interesantes para la inteligencia del proyecto de invasión. Su diario,
aunque escrito en forma escueta, estuvo abierto a toda clase de comentarios,
tal como lee en el siguiente párrafo:
"Martes 25 de Abril:
Despaché seis pipantes con provisiones para el Coronel Poison, bajo
la orden del Capitán Thompson. La bahía de San Juan es buena,
pero insalubre; la tierra baja y pantanosa, cubierta de Mangles alrededor.
El lugar poco adaptado para fortificación, pero no hay otro sitio.
Se cree que el ramal de Cartago (Canal de Tortuguero) llega hasta 15 millas
del Pueblo del mismo nombre. Los Españoles, según se piensa,
no esperaban que trajéramos una fuerza Regular y creían que
la formaban sólo Indios Miskitos"."
La exuberante vegetación
a lo largo del río engañó a Kemble. Atribuía
gran fertilidad al suelo de los alrededores como para alentar la futura
colonización del territorio. Tenía la creencia que la agricultura
plantada en el lugar era "tan buena que produciría cualquier artículo
de vida en abundancia", situación que juzgaba como mejor que la
disponible en Jamaica. El clima, sin embargo, resultó no sólo
inclemente sino hostil a todo intento de penetración. Una lluvia
continua hinchaba la corriente del río; mantenía una permanente
humedad que arruinaba municiones, medicinas y alimentos. No existían
en las vegas áreas cultivadas de las cuales depender, salvo algunos
escasos platanares sembrados en forma dispersa por las pocas familias de
indios Ramas que vivían a orillas de los afluentes Sábalos
y Santa Cruz.
La peor de
todas las inconveniencias fue la peste de malaria y disentería,
que drásticamente minó la salud de los ingleses, habiendo
sufrido el propio Kemble de fiebres intermitentes que le hacían
sus ejecutorias con bastante frecuencia. Al final lo obligaron a evacuar
el río y a retirarse con los sobrevivientes a Bluefields, donde
los invasores terminaron de apurar toda la cicuta de la fracasada empresa.
En relaciónalas
observaciones naturalistas, Kemble dedica algunos párrafos a la
descripción de la fauna del lugar, más rica que la que conoció
en Jamaica.
Consideraba la pesca
en la bahía de San Juan del Norte como excelente y abundante, llamando
algunos de los especímenes con los nombres vernaculares ingleses,
como el Mullet, Stone Bass y el Jewfish. Menciona la tortuga marina como
un buen recurso alimenticio en su estación.
En los alrededores
del puerto proliferaba abundante caza, tal como jabalíes, iguanas,
patos, pavones, palomas, además de pájaros de bello plumaje.
En varias ocasiones, cuando el abastecimiento de tropa falló, se
recurría a la cacería, llegando los ingleses hasta probar
monos, cuya carne era de gran estima entre los Misquitos que los acompañaban.
El
intento de invasión contra el Castillo de la Inmaculada Concepción,
en la que se distinguió Rafaela Herrera, fué
un 29 de Julio de 1762, invasores de la corbeta "Hinchinbroock"
con doscientos hombres a bordo querían. Sobre Rafaela, ella se casó
tiempo con el ciudadano Granadino don Pablo Mora, enviudando tiempo despues,
tuvo cinco hijos, de los cuales dos eran paralíticos; vivió
en la suma pobreza hasta que el 11 de Noviembre de 1781, el Rey le concedió
una pensión vitalicia
JUEVES 7 DE SEPTIEMBRE DEL 2000 / La Prensa
Hilda Rosa Maradiaga
C. La Providencia no le deparó la felicidad
que su heroísmo y virtudes merecían, ya que vivió
sumida en gran pobreza. A lo largo de la historia, Nicaragua ha sido amenazada
por potencias extranjeras siendo centro de sus intereses mezquinos. Sin
embargo, siempre han habido patriotas valientes para defenderla.
Entre tantas
batallas, héroes y mártires, sobresale la leyenda real de
una mujer que salió del rol femenino establecido en su época
para luchar por la patria con arrojo y valentía: Rafaela Herrera.
Cuenta la historia
que Nicaragua era el principal objetivo de los ataques ingleses por
su importancia y las facilidades que presentaba para la comunicación
interoceánica. Es así que el gobernador de Jamaica
recibe instrucciones de preparar una invasión a la provincia
de Nicaragua por el Río San Juan.
Una
fuerte armada enviada a apoderarse de El Castillo se presenta el 29 de
julio de 1762. En esta lucha, Rafaela realiza la hazaña que la convierte
en heroína.
Su padre,
el capitán José de Herrera, había fallecido repentinamente
el 17 de julio, asumiendo la comandancia de la fortaleza el teniente Juan
de Aguilar y Santa Cruz.
Rafaela, experta en el manejo del cañón, pidió permiso
al teniente para disparar un cañonazo. Apuntó y disparó
con tanto acierto que muchos enemigos huyeron y se supo que entre los muertos
había uno de los principales.
Después
del cañonazo los ingleses abrieron fuego contra El Castillo y el
combate duró toda la noche. Al día siguiente, demandaron
las llaves de El Castillo a cambio de no hacerle daño a nadie.
El teniente contestó
que no podía entregarlas y que resistiría cuantos ataques
intentasen. Los ingleses se retiraron el tres de agosto después
de atacar día y noche.
Entre los
defensores de El Castillo prevalece la actitud heroica de Rafaela Herrera
quien pasó a la categoría de heroína y es un símbolo
de valentía y patriotismo para la mujer nicaragüense y la nación
entera a través de la historia.
Fuente: Obra “Semana de la Patria”, editado por el MED en 1969.
..Fue durante los
siglos en que Centro América estubo bajo el dominio de lo que mas
tarde fuera el decadente Imperio Español,
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los tiempos aquellos
de las espadas los mosquetes los viejos cañones de bronce y los
barcos de vela y remos. Fue en la época en que la corona española
daba zarpazos al gran poderío de bucaneros, corsarios ó
piratas financiados y protegidos por Inglaterra "La Reyna De Los Mares".
España, la
madre patria por cierto, viendo amenazadas sus posiciones especialmente
en Centro América - puente entre los dos oceános -
fue que en el año de 1672 por órdenes precisas del
presidente y general de artillería Don Fernando Francisco
de Escobedo comenzó la construcción del fuerte conocido como
El Castillo de la Inmaculada Concepción, construído sobre
una colina en la ribera derecha del río San Juán y frente
a los rápidos de Santa Cruz......

Dicha fortaleza fue
puesta en servicio en 1675 provista de cañones y un número
regular de soldados y con la construcción de este fuerte
se frustó la penetración de invasores y saqueadores
de las múltiples veces que fuera víctima la ciudad
de Granada que funcionaba como la segunda capital de la provincia
y que aún está ubicada a orillas del Gran Lago ó Mar
Dulce como lo llamaría el explorador Gil González Dávila.
Fueron invasiones
de piratería que llegaban protegidas por los gobernadores de origen
ingles de Jamaica que funcionaba como la guarida de los Alí Babá
del mundo real de las mil y una noche cuando se planeaban los ataques sorpresivos
ó simultaneos en lugares mas frágiles de nuestra región
y satisfacer los caprichos de la hegemonía por el poder de
la Europa del siglo dieciocho. Comandantes piratas de la altura de John
Morris, Edward Mansfield y Henry Morgan fueron el terror de tantos
ataques a famosos lugares como Granada, Cartago, Nicoya y Esparza,
solo por mencionar algunos cercanos puntos al apetecible Río
"El Desaguadero".

Corría el año de 1762 cuando el gobernador de Jamaica mandó
a invadir Nicaragua por el Río San Juán y cuyas
fuerzas invasoras contaban de una armada de 50 barcos artillados con 2000
hombres a bordo, mientras en la fortaleza del Castillo el comandante
Don Pedro de Herrera se encontraba gravemente enfermo y quien
muriera antes que los ingleses invasores afrontaran las baterías.
El comandante
filibustero con su armada fondeada en el río y sabedor del
luto que reinaba allá dentro, mandó un emisario para que
se le entregasen las llaves del Castillo y el sargento que
atendió el mensaje del invasor ante la presencia de
una fuerza superior y olvidando sus deberes de soldado estaba a punto de
entregar las llaves cuando la hija del castellano, la señorita
Rafaela Herrera, con valentía, heroísmo y mientras
se secaba las lágrimas ante el cadaver de su padre, con decisión
y firmeza asumió el mando de la fortaleza obligándo
a cada soldado a que ocupara su lugar combativo y pronunció
la frase que en la historia quedaría grabada por siempre.....

"Que los cobardes
se rindan y que los valientes se queden a morir conmigo" y
acto seguido despidió al emisario cogiendo la tea con una mano y
rizándose su largo pelo con la otra comenzó una serie de
disparos de cañón que por suerte ó por potra del destino
blanco hicieran en el barco insignia del enemigo eliminando a su
comandante y provocando el pánico y la desbandada del resto de piratas.
De esta manera se escribió un episodio mas de las luchas antes de
la independencia de Centro América donde tuvo que ver una
valiente damita nicaraguense de origen español de apenas
diecinueve años de edad....y es que cuando una mujer se ha distinguido
en las luchas
Fuente de información: Historia General de C.A. El
Régimen Colonial por Julio Pinto Soria é Historia De Nicaragua.

Nunca antes como hoy
había visto a la jovencita Rafaela de Herrera y Sotomayor tan descorazonada,
pensó para sus adentros el anciano franciscano y capellán
fray Gerardo de Molina, mientras continuó conversando con ella en
compañía de su aya doña Beatriz de Acuña. Los
tres quedaron sentados en silencio bajo el escaso techo de paja de la torrecilla
del baluarte de Santa Rosa luego de que El Castellano, Comandante y Alcayde
de la Fortaleza, los dejara solos al retirarse intempestivamente de sus
presencias.
Rafaela jamás
había externado una tristeza semejante desde que llegó aquí,
hacía ya más de tres años, allá por 1753, provenientes
de Cartagena de Indias.
Todos recuerdan que
fue una mañana de fina niebla y pertinaz llovina, de un inolvidable
6 de agosto, cuando arribó a esta cuadrilonga Fortaleza de La Pura
y Limpia Inmaculada Concepción de La Concha, como le dice la gente
con cariño, emplaza en el río San Juan de la Provincia de
Nicaragua, corazón de la Capitanía General de Guatemala.

El Castellano y Alcayde,
don José de Herrera y Sotomayor, padre de Rafaela, se había
retirado molesto de la presencia de su hija porque ésta no quiso
dejar de hacer preguntas en relación con su madre, doña Maria
Felipe de Uriarte, así como sobre su misterioso nacimiento en Cartagena
de Indias.
La Inmaculada Concepción
de la Concha es una Fortaleza robusta de grandes piedras negras bien trenzadas
con apretada argamasa oculta y por doquier, con líquenas marrones
y musgos celestes, inhóspita y alejada del mundo, elevada solitaria
y altiva en un cerro de roca viva frente a los ensordecedores y violentos
raudales del recodo de Santa Cruz, antes llamados de los Diablos.
Según cuentan,
estas vertiginosas y mortales corrientes con piedras encubiertas se formaron
durante los aterradores terremotos del año de 1663, más violentos
que los de 1648, cuando se desprendieron cantidad de peñascos de
las laderas de los pocos cerros cercanos a las orillas, y se levantaron
por trechos las rocas del fondo del cauce de este inmensamente largo y
sorprendente ancho Río San Juan, de caudalosos e impetuosa corriente.
Dicen también que entonces el lecho de piedra de este Desaguadero
de la Mar Dulce se elevó peligrosamente, sobre todo río arriba
de la Fortaleza, en los llamados rápidos de El Toro, por la desembocadura
del Río Sabalos, pintoresco afluente del San Juan.
No todos los españoles
de por aquellos lugares aseguraban que a partir de aquel último
año de desastres telúricos fue que se dificultó para
siempre la navegación de gran calado por todo el río, principalmente
desde Boca de Sábalos hasta su desembocadura en las lagunetas y
barras de san Juan del Norte, frente al Caribe. a los soldados que habitaban
aquella vetusta mole negra de soledad y de muerte, porque así la
llamaban, les preocupaban, sobre todo, los raudales que había hasta
la ancha boca en el Gran Lago, a doce leguas de distancia río arriba,
en donde también desemboca majestuoso el umbrío y apacible
Río Frío, de apretada arboleda en sus bordes, con enmarañados
ramajes tocando el agua, ocultándose del sol, y sus aguas como envueltas
en densas sombras grises.
Los indios ramas decían
que el Río San Juan desde siempre tenía raudales que detenían
el agua para que el Gran Lago no se fuera todo hacia el mar de una sola
vez, secándose, y cuando los españoles los escuchaban, recordaban
que ya Adolfo Calero y Diego de Machuca, allá por los años
1539, a la vez que describieron aquellos rápidos, como trágicos,
violentos y dificultosos, bautizaron a todo el río con el nombre
de San Juan.
El Río Frío
era desconcertante y peligroso, decían abriendo bien los ojos los
comerciantes de la Ciudad de Granada, situada al otro lado del Gran Lago,
y también así lo afirmaban sus compatriotas contrabandistas
provenientes de las costas de la Gran Laguna, como también llamaban
al lago, cuando bajaban por los ríos de las serranías de
Chontales y se aventuraban por él. Además, repetían
siempre, que ese era un río extraño y lleno de muertes desconocidas,
de desapariciones repentinas, de misteriosos silencios verdes y de espesos
escondrijos azules que servían de refugios a los bravos indios guatusos
que lo habitaban a todo lo largo de su curso, que desagua con garbo en
una de las planas y anegadas riberas del San Juan, como descansando serpenteando
en una esquina entre éste y La Mar Dulce.
frente a esa planicie
llena de agua se asienta, triste y pobre, con más apariencia de
derruida guarida de antiguos piratas, que no de pacífico lugarejo,
un desarreglado y casi abandonado rancherío con falsos aires de
improvisado y forzado portezuelo de nadie,
Niños de El Colegio Cristo Rey de San
Carlos en una tardeada hasta la siete de la noche.. de musica bailable
nicaragüense, versiones de reggae con temas nicas. ..los niños
socializan, bailan y rien a montones, una excelente terapia para niños
en hogares de extrema pobreza y desesperanza.
y que años más
tarde lo llamarían desesperadamente, ante los ataques de los ingleses,
San Carlos con una placita cubierta de espinas y de monte al igual que
las tres únicas callejuelas estrechas y llenas de charcos, con dos
destartalados atarimados de madera enclavados al borde del río para
que sus moradores, unos cuantos famélicos negros come hongos, pudieran
bañarse a salvo, alucinados, en las aguas del San juan, protegiéndose
dentro de ellos del ataque de los merodeantes tiburones y de los lagartos
hambrientos, que eran más numerosos que las incontables garzas de
todos los colores que revolteaban siempre entre los gamalotes y las
copas de los árboles. Los entarimados estaban torpemente levantados
con tablones de roble, medio cubiertos con techitos de palmas de corozo,
sobre troncos y horcones altos en una de las márgenes del río.
San Carlos visto después de doce horas
de Crucero del Lago de Nicaragua, arrivando aqui a las 4 AM, dos hoteles,
uno más mediocre que el otro..pero no espere lujo, en estas zonas,
y tiene que tener repelente.. los zancudos gustan de carne extranjera.
En el extremo Norte
del rancherío, de cara al Gran Lago Dulce, se estira maltrecho un
muellecito cuyo viejo maderamen se pudre a la interperie con sus tablones
mal clavados, y entra cien varas en las aguas siempre encrespadas por el
viento, y éste solamente sirve para recibir,
además de las
brisas encantadas y las historias y leyendas provenientes del Archipiélago
de Solentiname, y de las islas de Ometepe y de Zapatera, las malsanas curiosidades
de la lejana Granada, decían bailoteando desnusdos con los ojos
en blanco los negros come hongos cuando alguien les perturbaba su silencio
de abandono, de abulia y de pereza. Aquí, en el muellecito, atracaban
las balandras y las piraguas de dobles troncos cargadas de contrabando,
y que llegaban cada dos o tres semanas provenientes de la gran cantidad
de recodos y escondrijos inimaginables de las costas del Gran Lago, y de
vez en cuando se descargaban ahí algunos bártulos cuando
pasaba, cada tres meses, en dirección a la Inmaculada, la nave Real,
Nuestra Señora de Africa, llevando las provisiones y los pertrechos
militares que constantemente solicitaba El Castellano y Alcayde, don José
de Herrera y Sotomayor.
Rafaela, lo recordaba
siempre el aya doña Beatriz de Acuña, tenía casi once
años cuando aquel seis de agosto, día de su cumpleaños,
arribó a las proximidades del Fuerte de La Inmaculada y el navio
donde iban atracó un poco antes de la llamada Plataforma de piedra,
al pie del cerro de roca viva , y a la que aún hoy llegan las chatas
balandras desde las lejanas empalizadas militares del río Bartola
y de los rápidos del Machuca, para aprovisionarse de vituallas y
de municiones. en esta Plataforma, se encontraban aquel día limpiando
cuatro cañones de grueso calibre los ocho mulatos que hacían
de guardianes, pertenecientes a las obligatorias Milicias Pardas, y recibieron,
humorísticamente y contra toda convención, con saludos militares,
a la jovencita Rafaela, que no hizo más que reirse con todas las
ganas a pesar del cansancio que llevaba encima.
La nave fondeó
frente a un amarradero mal construido con pedasos troncones, en la pacible
laguneta cerca de La Plataforma, a la cual la gente del caserío
de El Castillo, al pie de la falda del cerro en donde se encuentra enclavada
la legendaria fortaleza, aún llama de Las aguas Muertas, por la
calma de éstas en comparación con los torbellinos que a unas
cuantas cvaras forman río arriba las violentas olas y corrientes
bruscas del raudal de Santa Cruz.
Desde ahí, aquel
día, Rafaela divisó hacia loa alto, con curiosidad de jovenzuela
no acostumbrada a esta clase de parajes tan olvidados y en plena selva,
la parte trasera de la Fortaleza de Inmaculada concepción de La
Concha, que mostraba ante su vista los dos mal formados y pobres baluartes
de figuras triangulares, el de santa Barbara y el de Santa Teresa, así
como el de Santa Rosa un poco más allá, en el costado delantero
derecho, y miró tambieén con angustia la empinada ladera
fangosa y resbaladiza con algunos escalones de piedra, que conducía
hasta los mal repellados y anchos muros de poca altura, y luego vio, más
elevados y hacia el fondo, contra un horizonte gris, los bordes de las
altas amenas de lo que estaba segura era El caballero del fuerte, lugar
en donde su padre le decía, siempre se libraban las batallas finales.
Nada tenía que ver todo aquello que observaba con las sobverbias
fortalezas de su ya lejana Cartagena de Indias, recordaba también
doña Beatriz que dijo aquella vez Rafaela.
Llegó aquel día
en aquella extraña y pequeña fragata, llamada La San Francisco,
la que aún hoy conserva su padre protegida de la herrumbre, cubierta
de alquitrán y brea, anclada cerca de los rápidos del Machuca,
río abajo y por donde tanto trabajo tuvieron que pasar hace años
a pesar de las palancas de los palanqueros y el tesón de los remeros,
que desde las amuras de las bordas hiicieron esfuerzos desmedidos para
evitar los choques contra los peñascos ocultos del raudal.
Era una especie de fragatin
construido especialmente en los astilleros de Cartagena de Indias, de quilla
casi plana y de escaso calado para poder sortear los rápidos de
aquel río, con su flamante bandera española a los cuatro
vientos, provisto de dos cubiertas para artílleria, pero con escasa
bateria corrida de sólo cuatro piezas de ataque para su defensa,
a fin de quitarle calado, tripulada por un pequeño grupo de avezados
remeros y palanqueros fatigados y unos cuantos marineros soñolientos
encaramados en las cofas , en las gavias y las sobremesanas de los tres
mástiles delgados y de poca altura , con sus velas desplegadas ante
una brisa bonancible que apenas encrespaba las aguas del río, que
a esas tempranas horas de la mañana estaban quietas y lisas como
si la tranquilidad fuera su única manera de ser.
Algunos tripulantes
iban entonando canciones populares de la España Eterna, y otros
mirando asombrados la diversidad de pájaros de todos los plumajes
y colores que se alborotaban trinando desde el interior de la enmarañanada
e impenetrable vegetación de las orillas con todos los verdes posibles,
y que tanto desde siempre como hoy crecía instante a instante, feroz
e indetenible en ambas riberas. Iban también admirando la cantidad
de garzas blancas, rosadas, morenas, jaspeadas y oscuras con sus alas blancas,
piches amarillos, marrones, garcetas azuladas y patos silvestres negros,
agujas y chanchos de todos los tamaños y formas en sus picos como
lanzas o cucharas que se zambullían repentinamente cerca de las
orillas, o que alzaban sorprendidos el vuelo, revoloteando bajo, casi rasantes,
por encima de los abundantes gamalotes que cubrían de manto verde,
gris y azul espesolas ciénagas en los rincones y vueltas de
los bordes, pero a pesar de la pesada costra de vegetación formada
sobre el agua, dejaban asomar cantidad de cabezas rayadas de tortugas,
y más allá, entre los ralos zacatales de las orillas, cantidad
de aves desconocidas y nunca antes vistas por ellos esperaban el sol aún
oculto entre las nubes, con las alas abiertas, de pie en el agua, o sobre
enormes peñascos arrugados, socavados o agrietados por la brusquedad
de la caída de milenarias lluvias torrenciales: y a otras menos
soñolientas, regadas por doquier, las contemplaban maravillados
cuando se despabilaban con aquellas primeras luces opacas y frescas del
día y el chasquido de los remos contra la superficie del agua, paradas
encima de pequeñas ramas curvas, amontonadas o dispersas por los
estrechos salientes de las riberas.
Todos aquellos pocos
marinos y soldados, no más de doce, colgados o sujetándose
de las jarcias, también observaban atónitos los repentinos
saltos de los enormes sábalos reales en los raudales, mostrando
sus lomos plateados al sol, así como los peces sierras, más
opacos y sosegados; o miraban con los ojos bien abiertos, como no creyéndolo,
fuera del agua color ocre del río,
las incontables aletas
grises negruzcas de los increíbles tiburones de estas aguas dulces,
a los que habían comenzado a ver con cierto espanto desde que entraron
por la Bahía de san Juan del Norte, de cara al caribe, preguntándose
con asombro cómo era eso posible ,
ó escuchando
atentos los retumbos y los bramidos de los peados y negros monos congos,
con caras de hombres, semiocultos en el ramaje mojado por las llovizna
en las orillas del río, y a los livianos y traviesos monos bayos
arañas, asomados extrañados viéndolos pasar por entre
las ramas finas y las hojas pequeñas de las enredaderas que cubrían
las frondas de algunos árboles que se inclinaban sobre las aguas,
y entonces los marinos se reían cuando de pronto oían chillar
espantados cada vez que se aproximaba abatiéndose sobre la copa
de los árboles, aquella rapaz Aguila Harpia, muy propia de estos
parajes, y que era terror de todos los simios, y que los obligaba a esconderse
desbandados en la maraña del sotobosque.
En una bella mañana de Octubre
del 2002, Ed Manfut se recreaba con el juego de dos perros del vecindario
de El Castillo, muy cerca del muelle.
Miraban también
en las orillas a los mapaches con oscuros antifaces de misterio y con los
hocicos hurgando el lodo, y aquellos perritos zorros de agua, nutrias,
decían algunos, mientras estos, ajenos a toda mirada, se alimentaban
de pequeños peces o se sumergían rápidos dentro del
agua formando ondas violentas;
y ella, la jovencita
Rafaela - como la llamaron todos con cariño en la Fortaleza desde
aquel día cuando llegó - iba orgullosamente abrazando la
cintura de su padre, el Capitán de artílleria don José
de Herrera y Sotomayor, ahora El Castellano, el Alcayde de la Fortaleza,
y apenas asomaba la cabeza de vez en cuando por encima de la borda cerca
del sobrejuanete de proa, o vela con preocupación el cielo encapotándose
para dejar caer horas más tarde, durante días enteros, los
acostumbrados aguaceros, haciendo de la olvidada región un invierno
eterno con lluvias intensas e incesantes que provocaban una humedad que
todo lo enmohecía y lo emsarraba hasta desbaratarlo sin clemencia.
También aquel
día de su llegada, Rafaela alzaba la mirada para observar el rostro
de su padre, agrietado, curtido y prematuramente avejentado, bajo la tenue
sombra del viejo sombrero que nunca se quitaba, un chambergo heredado de
su padre, el Brigadier don Juan de Herrera y Sotomayor, de anchas alas
de fieltro, una de ellas levantada por un lado y sujeta con la presilla
que le habían regalado su mujer doña Maria Felipa de Uriarte,
para sujetar la cinta que caía hacia atras sobre sus cabellos largos
hasta los hombros.
Don José de Herrera
y Sotomayor es un hombre corpulento y desganado, con una creciente abulia,
de escasos pero maltratados cincuenta y nueve años, con la cara
casi oculta por una espesa, larga y descuidada barba inesperadamente blanca,
y que expresaba bostezeando al mirar lontananza, la hartura de tanto haber
servido al Rey de España durante veintiocho años, guerreando
y sorteando la muerte en la vastedad de los mares del Caribe y de los confines
del mundo de aquel entonces, o cubriéndose de gloria montando la
artílleria en una de las tantas guerras contra los piratas ingleses
en el Cerro de San Lorenzo, en Cartagena de Indias, así como en
otras ocasiones en las lomas y en el interior del Castillo Grande, en donde
hizo una sorprendente y gloriosa defensa, al igual que la que realizó
en las casi ruinas de la derruida Fortaleza de San Luis de Boca Chica,
en 1747, y luego en 1748, en el Fuerte de San Fernando.
Ed Manfut en el Crucero de Octubre 2002, Lago
de Nicaragua - Granada..San Carlos..El Castillo..Rio Bartola..salen los
Lunes y Jueves y cuesta C$100.00 córdobas el trecho desde Granada
a San Carlos.
Pero, don José
de Herrera y Sotomayor, antes que realizara todo esto, ya se habia convertido
en héroe incuestionable durante la defensa del Castillo de San Sebastian
en 1741, también en aquella espléndida Cartagena de Las Indias,
ciudad principal del virreinato de Nueva Granada, y en donde se había
dado, según los decires de la gente, el milagro del nacimiento de
Rafaela, en 1743, menos de dos años después de que el almirante
inglés Edward Vernon realizara un asalto despiadado, pero infructuoso,
a fin de apoderarse de la ciudadela tratando, durante más de un
mes, de someterla con cruentos combates, así como por hambre y por
sed.
Doña Maria felipe
de Uriarte, a pesar de ciertas incertidumbres de la gente, pero considerada
por todos en Cartagena de Indias como verdadera madre de la niña
rafaela, logró protegerla en medio de las adversidades que impusieron
las secuelas de aquella guerra impuesta por el Almirante Vernon, debido
a las pestes y a la hambruna que vinieron después de los prolongados
combatesy de aquel sitio inmisericorde, sólo comparable, decían
los cartageneros aprestándo las madíbulas de rabia, al que
hizo el Pirata Francis Drake en 1586, cuando destruyó a cañonazos
la bellísima Catedral apenas terminada de construirse, ante el dolor
y el asombro de todos, que no se resignaban a creer lo que estaban viendo.
San Carlos, Río San Juan de Nicaragua..
los espera..sea esta su gran aventura..
La madre de corazón
de Rafaela, como también la llamaban algunos, doña Maria
Felipa de Uriarte, es natural de Cartagena de Indias, y una mujer trigueña
clara de espléndida y cautivante belleza. Ahora, a sus cuarenta
y ocho años, es aún extraordinariamente tierna como cuando
lo era a los veinte, y a pesar de aquel acontecimiento inesperado que cosntituyó
para ella Rafaela, fue siempre una mujer de una entrega incondicional a
la vida y a los avatares de su marido, el Capitán de Artílleria
don José de Herrea y Sotomayor, a quien amaba, y hoy también,
sin límites y sin objeciones, salvo en algunos momentos de crueles
recuerdos y de silencios entre ambos, siempre a causa de ellos, crecientes
y callados resentimientos para cada vez los hacían a ambos menos
comunicativos entre sí, y esto lo notaba Rafaela con la inquietud
e indefensión propia de las niñas, y luego con los ocultos
resentimientos de las jovencitas. También, doña Maria Felipa,
recordaba a menudo aquel día de la llegada a la Fortaleza de la
Inmaculada, y esto ella nunca lo olvidó, cuando contemplaba a su
Rafaela abrazada fuertemente a la cintura de su padre, como si buscara
una protección imprescindible entre los gruesos fajones de cuero
y desde los cuales colgaba la espada, y entonces ella, doña Maria
felipa, con los ojos llenos de lágrimas, al acercársele a
rafaela, sólo atinaba a sobar la cabellera de su única criatura,
lograda en medio de los peligros de la muerte durante el horror de las
secuelas de las enfermedades y de hambrunas , semanas después del
increíble y devastador sitio de Cartagena en 1741, y al mirarla,
anidaba en el fondo de su corazón la desgarradora esperanza de que
ojalá en aquella fortaleza de la Inmaculada Concepción de
La concha no sufriera tanto su pequeña Rafaela, a quien día
a día la iba viendo abandonar sus caprichos de niña para
asumir los desplantes de las mujercitas. Ojala que no sufriera otra vez
los rigores y las consecuencias de las guerras.
Por lo menos por ahora
no se vislumbraba ese peligro, pensó doña Maria felipa áquella
vez, ya desde hacía menos de ocho años, después de
los finales de 1748. España e Inglaterra habían firmado la
paz de Aquisgrán y habia quedado libre nuevamente el paso
por la bahía de san Juan del Norte, desde el Mar Caribe hacia el
interior de la Provincia de Nicaragua, y habían cesado, al menos
formalmente, las intenciones de tomarse la ciudad de Granada con tropas
inglesas provenientes de Jamaica. (Aunque eran tan frágiles estos
acuerdos y tratados con los ingleses).
Doña Maria Felipa
dificilmente olvidaba aquella mañana de fina y pertinaz llovizna
cuando contemplaba a su rafaela jugueteando con la empuñadora de
la espada del Comandante y nuevo Alcayde de La Inmaculada, cómo
Inglaterra en aquel año de 1741, dos años antes de que su
convertida de que su Rafaela naciera, quiso apoderarse de Cartagena de
Indias y convertirla en base de operaciones para luego conquistar las posesiones
españolas bañadas por el Mar caribe, Nunca olvidaba, tampoco
que el Comandante don José de Herrera y Sotomayor, después
de la batalla decía siempre con un orgullo rayano en la euforia,
que afortunadamente, debido a lapericia y el valor de los defensores de
aquella plaza, se habían malogrado las ambiciones británicas.
Si no hubiera sido
así, hoy nuestra historia seria otra. en Cartagena de Indias se
resolvió en ese entonces el destino de la Nueva España en
el Mar Caribe - le comentaban los otros capitanes menos optimistas.
Doña Maria
felipa recordó cómo, y esto se lo narraba a menudo a rafaela
y a Jacinta, la hermana de corazón de Rafaela, aquella fatídica
mañana de un 15 de mayo de 1741, se presentaron frente a los muelles
y baluartes de la ciudadela de Cartagena de Indias a librar con su flota,
según ellos, la batalla definitiva. Esto lo hicieron un mes después
de que las tropas francesas aliadas a España, bajo el mando de aquel
pintoresco amigo de la familia el Marqués de Dantín, que
tantos buenos momentos había compartido con ellos mientras permaneció
en el puerto, habían ya abandonado las aguas caribeñas para
dirigirse a Europa, luego de un año de haber esperado infructuosamenteel
ataque inglés. !Los ingleses esperaron arteramente que nuestros
aliados franceses se retiraran de Cartagena!. casi doce meses estuvieron
a la espera!. Hasta después lo supimos y, como nunca, mos
llenamos de indignación y de rabia, les comentaba doña Maria
felipa con énfasis a las dos jovencitas.
Les contaba con tristeza
cómo aparecieron ese día, 15 de mayo, en la lejanía,
allá por Punta Canoa, tres navíos solamente, y permanecieron
como tres puntos inmóviles, al acecho.
Dos días después
mostraron sus velas en el horizonte otros treinta y tres, y así,
en los días sucesivos se alcanzó a ver más de ciento
ochenta naves, entre tres navios de guerra, fragatas, bombardas y brulotes,
con ocho mil hombres escogidos y preparados para el desembarco, doce mil
marinos, dos mil peones, y mil negros esclavos. Tenía ante mí,
ante mis ojos, decía siempre doña Maria Felipa con amargura,
la más poderosa escuadra inglesa que jamás surcara nuestros
mares.
Nuestra plaza, sin embargo,
estaba solamente defendida por dos mil setecientos hombres entre tropas
regulares y milicianos blancos y pardos, y seiscientos indios, negros y
mulatos. La flota la comandaba nuestro aguerrido General de la Armada y
viejo lobo marino, don Blas de Lezo, tuerto, manco y cojo, héroe
de más de veinte batallas, cruentas todas, quien protegía
la bahía con cuatrocientos hombres de guarnición y quinientos
marineros. La plaza se defendía con el Fuerte de Santiago y el aún
no terminado en ese entonces Castillo de san felipe de Barajas, y a tres
leguas de la ciudadela sobre la costa, también con el castillo de
Bocachica, de no muy fuertes murallas en ese tiempo para resistir la furia
de los cañones ingleses, y además, apenas defendido por escasos
trescientos soldados entre franceses y españoles al mando del Capitán
don Carlos Desnaux, aquel amigo del alma y jefe del padre francés
de mi posterior y adoptiva hija Jacinta, y cuando decía esto, volvía
a ver a Jacinta con ternura.
El aprovisionamiento
de pólvora y pertrechos no era abundante en esos días, y
la escasez de bastimentos que sólo consistían en maíz
y carne salada, era desesperante.
El veinte de marzo
se abrieron los fuegos. El nutrido bombardeo de la flota inglesa con sus
cañones de largo alcance, obligó a los defensores de nuestros
fuertes de la ciudadela a reconcentrarse en el Castillo de Bocachica. sobre
úste concentraron sus ataques en toda su plenitud hasta logar abrirle
brechas con su cañones de mayor calibre. con horror nos enteramos
de que entonces el almirante Inglés bajo cuyo mando estaba toda
la operación de asalto , Edward Vernon, dispuso en desembarco de
su gente, logrando en pocas horas parapetar en tierra varias baterías
que luego abrieron sus fuegos sobre el Castillo, combinados con nutrida
artílleria de las fragatas.
El Bocachica no pudo
sostenerse, y para evitar una carnicería inútil, su capiún
enarboló la bandera blanca. ! Como sufrimos imaginado a aquel Capitán
Desnaux haciendo aquello!.
Pero los ingleses
no hicieron caso de la bandera y continuaron avanzando hacia el castillo.
era horripilante verlos avanzar con sus casacas rojas y sus sombreros negros
de tres picos con plumaje de colores. Desnaux resolvió desocuparlo
y se retiró a una legua de él, cerca de uno de los embarcaderos,
para luego reconcentrarse en la plaza de la ciudadela.
......
tomado del primer capitulo de Rafaela Una danza en la colina y nada mas...
Por Ricardo Pasos Marciaq.
14 DE JULIO DEL 2002 / La Prensa
La batalla de El Castillo
Las casas de El Castillo, casi todas de
madera, rodean el promontorio donde se emplaza la fortaleza de La
Inmaculada Concepción.
Aquella tarde de agosto de 1762, la jovencita Rafaela Herrera sintió
que el mundo se le vino encima cuando su padre, el capitán
de artillería Josef Herrera, comandante de la fortaleza del Castillo
de La Inmaculada Concepción, murió ante ella, y el
capellán de la guarnición cerrar los ojos de éste.
En ese momento, no se sabe si por su mente pasaron los recuerdos de infancia
al lado de su padre, de quien aprendió a usar la espada, el arcabuz
y a disparar el cañón, o su corazón estaba tan destrozado
que apenas tenía fuerzas para llorar. La noticia
de la muerte del comandante de la fortaleza corrió como reguero
de pólvora entre los soldados, que a partir de entonces quedaban
sin jefe, pues a excepción de un sargento de infantería,
nadie más tenía rango militar entre la tropa. De pronto
se escuchó un murmullo y la noticia de que frente al Castillo se
encontraba una flota de barcos atestados de piratas ingleses listos para
asaltar la fortaleza. Rafaela, todavía frente al cadáver
de su padre, escuchó cuando un enviado de la flota invasora
le pidió a la guarnición que se rindiera y entregara la fortaleza.
El sargento y parte de la tropa, desconcertados, no atinaron a decir
nada, pero se sentía que no tenían ánimo para pelear.
En eso, ella, que no cesaba de sollozar, se enjugó las lágrimas
y dijo al enviado de los ingleses: “Decid a vuestro jefe que la fortaleza
no se entrega, que venga por ella si quiere ganársela como soldado”,
y lo dijo con tanta convicción que los soldados se animaron y se
dispusieron a tomar sus posiciones de combate. Acto seguido, Rafaela dio
la voz de ¡Fuego!, y ella misma tomó el portafuego y
disparó el primer cañonazo, que cayó cerca de la flota
enemiga, luego hizo otro disparo que también falló, pero
al ejecutar el tercero, inesperadamente para los ingleses, la bala del
cañón mató al comandante de la expedición
que venía en una de las tres balandras que encabezaban la
flota. El fuego de cañones y arcabuces se intensificó
por cuatro días, en los que la situación llegó
a un punto de equilibrio. Sin embargo, esa cuarta noche, más oscura
que de costumbre, Rafaela mandó a un grupo de soldados a que echaran
al río tantas ramas secas como fueran necesarias para formar
una pira flotante, a la que ordenó ponerle encima todas las sábanas
de la guarnición previamente empapadas de aguardiente, para luego
incendiarlas.
Las sábanas encendidas sobre las ramas secas fueron arrastradas
por la corriente al encuentro de la flota invasora, que creyendo se trataba
del fuego griego, las dejaron pasar río abajo sin investigar
el hecho, más bien evitando el contacto con ellas. Al amanecer del
quinto día, con serias bajas, su comandante muerto y derrotados,
los ingleses abandonaron el sitio y salieron rumbo al Caribe.
GRANADA COLONIAL
NIKA-CYBER MUNICIPIO
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