17
DE SEPTIEMBRE DEL 2001 / La Prensa
Objeción de
conciencia no los libró del SMP
En la primera etapa de la aplicación del Servicio Militar, la Biblia
fue su salvación. A muchos seminaristas católicos y pastores
evangélicos, su fe religiosa los libró de cumplir con los
dos años obligatorios del SMP, sin embargo, esta “excepción
tácita” dejó de ser válida en la etapa final de la
guerra.
El reclutamiento
de jóvenes permitió al EPS completar las unidades de apoyo,
entre ellas la artillería.
Amalia Morales
La suerte que alcanzó
por su práctica religiosa no corrió largo. El carné
de exceptuado del Servicio Militar Patriótico, SMP, que por cuatro
años portó Orlando Mayorga, se venció para las autoridades
en mayo de 1987, en un momento candente de la guerra.
Mayorga, con su credencial
de pastor de la Iglesia Adventista a cargo de Masaya, había esquivado
al SMP desde su creación.
Con la buena intención
de renovar su carné de excluido, se presentó a su Junta de
Reclutamiento en una iglesia mormona, donde le dijeron que tenía
que alistarse, y que lo de su excepción lo arreglaría en
la Unidad Militar. Entonces tenía 24 años, ya había
concluido sus estudios universitarios en Teología, pero aún
era apto para el Servicio Militar Activo.
Puesto en la Unidad,
la que al principio no distinguió, fue chequeado y clasificado entre
los “aptos 1”, porque tenía muy buena condición física.
El ahora diputado,
elegido por el Partido Camino Cristiano, recuerda que por esa misma revisión
pasaron unos 2,000 jóvenes en la base que estaba frente al aeropuerto.
A los jefes que allí
se encontró, Mayorga les repitió que él era pastor
desde 1982, y, como consecuencia, estaba descartado de hacer el servicio
militar. Fue allí donde le dijeron que esa excepción había
terminado.
A LA BRIGADA DE ARTILLERÍA
De la base del aeropuerto
fue trasladado a la base que está detrás del cerro Motastepe,
la “Omar Torrijos”, donde se manejaba artillería reactiva, cañones
de 150 milímetros y obuses, entre otros.
Ya de verde olivo,
se mantuvo como otros evangélicos, desarmados, pese a que “sabía
que estaba montado en el macho y había que jinetearlo”.
Pero mantener su
postura no fue difícil. La ventaja de tener algunos conocimientos
médicos le ayudaron, y fue nombrado sanitario mayor de la brigada.
Aunque estaba cerca
de Managua, Mayorga dice que siempre tuvo latente la posibilidad de ser
trasladado a otras unidades donde había unidades de artillería
desplegadas, como en La Gateada o Las Piñuelas, en el centro y norte
del país.
Por esa base recuerda
que desfilaron otros evangélicos, que también eran pastores
como él. Por boca de otros “cachorros”, conoció de experiencias
dramáticas que vivieron algunos muchachos por sus creencias religiosas.
Por ejemplo, supo la historia de un evangélico, quien seguramente
asignado a la cocina, era enviado a traer agua cerca de un campamento contra.
Un incidente que
no olvida fue el que protagonizó el mayor de la brigada, Iván
García. Mayorga dice que García en una ocasión le
dijo a un recluta: “No te mato porque una bala es más cara que vos”.
Eso pasó porque el soldado hizo una mala maniobra accidentalmente
con uno de los cañones y otro casi pierde la vida.
Tampoco se le olvida
la ocasión que le ofrecieron una beca para que fuera a estudiar
a Alemania ingeniería de zapadores. La rechazó sin pensarla
dos veces. “Si me hubieran ofrecido medicina me habría ido”, dice
entre risas.
RETENIDO A LA FUERZA
Contrario a lo que
otros dicen, Mayorga cuenta que no les permitían ninguna clase de
literatura religiosa. Para saciar sus inquietudes espirituales no le quedaba
más que apelar a lo que se sabía de memoria. Después
de todo, nació dentro del adventismo. Sus padres lo profesan desde
hace 48 años, según contó.
Su salida del servicio
no fue menos confusa que su entrada. El se enteró por otros que
al jefe de brigada le había llegado la orden de soltarlo por su
condición de pastor, pero éste se la ocultó. Sin embargo,
el mismo que le sopló, le dijo que si se iba no tendría problemas.
Aprovechó para desertar durante el traslado de un herido al hospital
militar.
Al chofer de la ambulancia
le dijo: “Yo me quedo, vos te vas. Cualquier cosa, que me lleguen a traer
a mi casa”. El médico de la unidad le contestó: “Si llego
es por vos”.
“Hasta hoy, no vino”,
agregó.
LA “LUNA DE MIEL”
En un inicio, aunque
no estaban exceptuados por Ley, las iglesias católicas y evangélicas
del país consiguieron que sus líderes —en práctica
y en formación— fueran liberados de cumplir los dos años
del SMP.
El reverendo William
González, del Consejo de Iglesias Evangélicas Pro-Alianza
Denominacional, CEPAD, estimó que al menos unos 800 pastores fueron
exceptuados de las filas del SMP entre 1983 y 1986.
La lista de pastores
era presentada por la oficina de Asuntos Jurídicos del CEPAD, la
cual se encargó de certificar la veracidad de dicho inventario.
Además de
mostrar pruebas a favor del trabajo religioso de los pastores, se consultaba
a miembros de la comunidad cristiana a la cual pertenecían los líderes.
De la excepción
a los seminaristas y pastores, muchos otros jóvenes de una y otra
comunidad religiosa intentaron beneficiarse, pero en el caso de las iglesias
adscritas al CEPAD no fue posible por la rigurosidad con que hicieron su
listado.
González reconoció
que muchos de los jóvenes evangélicos que cumplieron el SMP
permanecieron inermes. Aunque hubo sus excepciones, la decisión
de no portar armas contaba con el respeto de los mandos militares, según
el reverendo.
Pero no siempre.
Algunos evangélicos que cumplieron el SMP aseguran que se cometieron
abusos con algunos jóvenes que rechazaron las armas. Algunos eran
asignados como exploradores de las escuadras.
PRÉDICAS EN
LOS FRENTES DE GUERRA
El reverendo recordó
que en esos años de guerra se movilizó con frecuencia hacia
el Norte, en el sector de Mozonte, Ocotal y Mulukukú, donde los
mandos militares le permitieron predicar a los jóvenes de su Iglesia,
asignados a esos frentes de guerra.
González es
líder de las iglesias Asambleas de Dios. Calcula que unos 700 jóvenes
de su congregación religiosa cumplieron el SMP.
¿QUIÉNES
ESTABAN EXCEPTUADOS?
De acuerdo con lo
establecido por la Ley, estaban exceptuados:
1. Los que tenían
alguna incapacidad temporal, cuyo tratamiento, les impedía cumplir
el Servicio Militar Patriótico. Esta exoneración duraba un
año.
2.- Ser único
sostén de sus padres, de abuelos mayores de 60 años, o bien
un padre que fuera el único sostén para sus hijos.
3.- Por razones de
estudio también se excluía a los alumnos regulares de la
Educación Superior, media y equivalente que se encontraran cursando
el último año de su nivel.
4.- Los privados
de libertad estaban descartados mientras durara esa situación.
5.- También
por razones de interés económico y social, siempre que el
inscrito tuviera más de 21 años.
Otros exceptuados
del SMP eran los que habían estado en el Ejército Popular
Sandinista (EPS) o en el Ministerio del Interior, también los enfermos
mentales
Cabe destacar que
cuando la Junta de Gobierno decretara la movilización general, quedarían
sin efectos tales excepciones, menos las referidas a los enfermos mentales
y a los discapacitados.
(Fuente: Ley SMP)
17 DE SEPTIEMBRE DEL 2001 / La Prensa
Testimonios de
guerra
Mulukukú
provoca sentimientos encontrados. Igual que el Servicio Militar. Mientras
para muchos jóvenes es sinónimo de amargas experiencias;
para otros, en menor número, es motivo de orgullo y hombría.
Muchachos del SMP
destazan un animal para alimentarse. Para muchos, esta experiencia militar
fue una escuela de la vida, en cambio para otros, la pérdida de
ésta.
Orlando Valenzuela
orlando.valenzuela@laprensa.com.ni
MULUKUKÚ,
RAAS.- En la década de los ochenta, miles de jóvenes de toda
Nicaragua llegaron hasta aquí en camiones militares, algunos lanzando
consignas revolucionarias; otros, serios, callados, y con miradas de preocupación.
Comenzaban así sus dos años de Servicio Militar, y la incertidumbre
era el sentimiento que invadía a la mayoría de ellos, ya
que la sola idea de participar en una guerra cruenta, hacía meditar
hasta al más inquieto.
Llegaban a completar
un curso de preparación combativa de tres meses de duración
a la Escuela de Mulukukú, la cual, según la propaganda de
la época, fue una de las mejores del país en lo que respecta
a lucha irregular. Aquí, igual que en otras tantas, permanecieron
asesores militares cubanos como instructores de preparación combativa.
No hay datos oficiales
disponibles de cuántos jóvenes pasaron por esa escuela militar,
sólo se estima que fueron miles, como miles son los recuerdos que
quedan en la memoria de aquellos que cumplieron su Servicio Militar, porque
consideraron que era un deber ciudadano o bien, porque fueron reclutados
contra su voluntad.
CUMPLIÓ DOS
VECES
Oscar Danilo Morales,
habitante de esta zona rural, tenía 15 años cuando se integró
voluntariamente a las Milicias Populares Sandinistas en el reparto San
Carlos, de León. Con entusiasmo fue a pasar un curso de preparación
militar de tres meses en la Escuela “Carlos Agüero” (ECA), de donde
fue trasladado a Cosigüina a dar entrenamiento a otros milicianos.
De allí fue
enviado a la base de Waswalí, Matagalpa, donde le comunicaron que
a partir de ese momento pasaban a ser miembros de un batallón de
reserva, que operaría en la zona de Waslala, para enfrentar al Comando
Regional del FDN “Jorge Salazar”.
“Mi primer combate
fue como miliciano, en el lugar conocido como Barrial del Colorado, cerca
de Dipina, a las diez de la mañana”, recuerda Oscar, y continúa:
“Jamás en mi vida había sentido la refriega de balas, allí
es donde la adrenalina se te trepa al mil por uno. No se sabe ni qué
hacer, ni las ordenes se escuchan, es un nerviosismo tremendo. Fueron como
45 minutos, larguísimos... la sed era bárbara, los labios
se te secan, el humo de la pólvora te envuelve y sólo te
queda disparar, disparar”.
Librando combate
tras combate, Morales asegura que se voló dos años, así
que les solicitó a sus jefes que le convalidaran ese período
como su Servicio Militar Patriótico. Se lo aceptaron y regresó
satisfecho a su casa.
Su alegría
no duró mucho, pues al mes de estar en su casa, le llegó
una cita donde le ordenaban que se presentara a cumplir su Servicio Militar.
“Yo me enojé, les dije que estaba claro del cumplimiento de la Ley,
pero estaba molesto, no con la institución, sino con el mando que
miraba el área de reclutamiento, porque ellos sabían que
yo ya había cumplido mis dos años y no se tomó en
cuenta”, relató Oscar.
Ya como recluta,
lo enviaron a recibir un curso de Lucha Irregular en la V Región
(Chontales y Boaco), donde formó parte de los “Pintos” de las Tropas
“Cristóbal Vanegas” y fue trasladado a Bluefields, en la Costa Atlántica.
Entre algunos operativos
donde participó, Oscar recordó la persecución al grupo
de “contras” que atacó e incendió el barco “Expreso de Bluefields”,
el operativo “Soberanía” contra las fuerzas de ARDE comandadas por
Edén Pastora, y el apoyo a los Batallones Ligeros Cazadores que
derribaron el avión del mercenario norteamericano Eugene Hassenfus,
en 1986.
Tampoco olvida cuando
vio morir al primer compañero de batalla. “Los contras se retiraron
al ver que nos llegaba apoyo, pero sólo hicieron el simulacro, pues
cuando ya estábamos confiados, nos empezaron a disparar y le pegaron
en el abdomen y la parte trasera de la cabeza a un compañero, Víctor
Romero, de Santa Lucía”, recordó.
“Estuvo tres días
grave, y como era una zona impenetrable, empezamos a improvisar una pista
para que llegara un helicóptero a traerlo... recuerdo que el mismo
día que murió, él me dijo que siguiéramos luchando,
que no dejáramos que el enemigo se tomara la posición. Lo
primero que le da a uno es una tristeza profunda, ver a un compañero
morir, se te va un amigo, es alguien a quien ya no tenés”, añadió.
“Pienso que eso nunca
debió suceder, no valió la pena, nos fuimos a la guerra y
terminamos con la guerra, pero después vino la decisión del
pueblo en el 90 y volvimos casi al mismo sistema que combatimos, los pobres
hoy están igual o peor que hace veinte años”, concluyó.
ALSMP PARA EVITAR
SER ASESINADO
Más que un
acto de compromiso con la Revolución Sandinista o por cumplir una
Ley, Mercedes Soza Prado se integró al Ejército como única
alternativa para proteger su vida.
Cuenta que todo sucedió
cuando los “Milpas”, que fue el embrión de lo que después
se convertiría en la “contra”, mataron por denuncias a un tío
suyo, y vio en peligro su propia vida. “Como empezaron a matar a mi gente,
yo dispuse irme al Ejército, aunque no tenía la edad todavía”,
refirió a LA PRENSA.
Durante buen tiempo
anduvo de escolta de un capitán, y cuando tuvo la edad del Servicio
Militar lo integraron a las tropas acantonadas en Río Blanco, de
donde lo mandaron a un curso de seis meses de preparación para tropas
especiales en la Escuela del Mombacho, Granada, de donde luego lo enviaron
a operar en Mulukukú.
“Cuando andaba como
escolta la pasaba bien, pues comía buena comida y dormía
tranquilo porque no hacía turnos, como que estaba en mi casa, pero
cuando entré al Servicio Militar, allí empecé a morder
el leño”, relató.
“Mi primer combate
como SMP lo tuve en Caño Negro. Íbamos por el camino cuando
los “contras”, que estaban en unos cerros, nos emboscaron, y combatimos
desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde, allí
nos mataron a un teniente, jefe de pelotón, a quien conocía
de cara”.
“Ese día me
dio un escalofrío en todo el cuerpo, pero cuando ya entra uno en
fuego, se le quita el miedo. Yo andaba 700 tiros en mi mochila, 500 gasté
en ese combate. Cuando todo terminó, nos sentimos alegres porque
habíamos salido con vida del primer combate. Después no le
teníamos miedo a nada, peleábamos de pie, habíamos
agarrado valor”, señaló.
Mercedes recordó
que en una ocasión fue herido en el pie derecho durante una emboscada,
cuando se trasladaba de Matagalpa a Mulukukú, motivo por el cual
estuvo seis meses internado en el Hospital de Apanás.
Sobre todo lo vivido
reflexiona: “La Contra nos quemó la casa, mal vendimos la finca.
Ahora no tenemos nada, sólo las manos libres para trabajar, por
eso fue que me metí al Ejército, para que no me mataran como
garrobo, fue por defensa, no porque yo haya querido ir a la guerra. Pero...
creo que valió la pena, porque teníamos que defender a Nicaragua,
si no la defendíamos nosotros, ¿quién la iba a defender?,
se preguntó.
Actualmente trabaja
como albañil en Mulukukú.
RECLUTADO A LA BRAVA
A Teodoro Sánchez
Espinoza la vida no le ha sonreído. Cinco años atrás
le secuestraron un hermano, y para rescatarlo su familia tuvo que vender
todos sus animales, ahora vive en una casa donada por Hábitat, la
que tiene que pagar a veinte años de plazo. Para colmo, está
en el desempleo.
Teodoro tenía
17 años en 1983, cuando un día que venía tranquilo
de Matiguás a visitar a su mamá en Mulukukú, al pasar
por un retén militar ocurrió un hecho que marcó el
curso de su vida. “Eran como las 10:00 a.m. cuando los soldados detuvieron
el camión de pasajeros, me pidieron identificación, y me
preguntaron que cuántos años tenía, y como les dije
que tenía 17, me dijeron que los acompañara a la Brigada
361, en Matiguás”.
“De ahí me
mandaron a entrenamientos militares, y en menos de una semana me enseñaron
a usar armas de diferentes tipos, luego me enviaron al Batallón
de Ligeros Cazadores “Ernesto Cabrera Cruz, Cabrerita”, ubicado entre Río
Blanco y Matiguás. Allí me equiparon con AK-47, 300 tiros,
entre trazadoras y ordinarios, uniforme, capote, botas y todo lo demás”,
recordó.
Fue designado sargento
de una compañía de morteros, que cargaba cuatro unidades
de 82 milímetros, responsabilidad en la que estuvo por unos seis
meses. Sin embargo, en su primer mes del Servicio Militar tuvo su bautizo
de fuego.
“Fue en las faldas
del Cerro Musún, como a la una de la tarde. La primera vez se siente
miedo, uno no quiere ni levantar la cabeza, pero los más veteranos
te dan ánimo, te dicen: ‘¡Tire jodido, tire!’ El mismo olor
a pólvora te quita el nervio, y en el próximo combate ya
uno puede levantarse y disparar de pie, y así va agarrando uno valor
y avanza de frente hacia el enemigo”, aseguró.
Pero ese día
vio también la muerte de frente. “Murió un compañero
nuestro. Fue algo triste, daban ganas hasta de llorar de arrecho. Me acuerdo
que antes de morir, ese compañero nos decía que siguiéramos
adelante, que cumpliéramos los dos años, que tuviéramos
ánimos”.
En sólo año
y medio estimó que participó en 160 combates. “Había
veces que combatíamos hasta tres veces al día, en ocasiones
nos tocaba pelear con gente buena de la Resistencia, en combates de hasta
tres horas”, refirió a LA PRENSA.
Haciendo una pausa,
Teodoro analizó los sucesos de aquellos años y fue categórico:
“Uno luchaba por amor a algo, por defender la Patria, para que mis hijos
tuvieran educación, salud, por eso me sentía bien, pero platicando
con amigos de la Resistencia, creo que luchábamos por los mismos
ideales”.
“Al final, expusimos
nuestro pellejo por esos ideales justos, pusimos los muertos, pero otros
son los que se están beneficiando, por eso pienso que la guerra,
por ningún motivo es buena para nadie.”, concluyó.
Teodoro actualmente
es Delegado de la Palabra de la Iglesia Católica.
DESMINADO MULUKUKÚ
El ambiente es desolador,
en la entrada a la antigua base, ahora copada de pequeños negocios,
un pedazo de carrocería de vehículo militar es lo único
que relaciona este lugar con su pasado.
A un lado, las ruinas
del galerón de tablas; al otro, viejas casas de palma donde viven
varias familias humildes que se afincaron después del paso del huracán
“Joan”, en 1989.
En la colina que
domina la entrada al poblado, soldados de la Unidad de Desminado del Sexto
Comando Militar de Matagalpa continúan con sus labores de “limpieza”
de los alrededores de la antigua base castrense.
Ya no se oyen voces
de mando ni rugir de helicópteros, ni tampoco los ruegos de madres
pidiendo información sobre sus hijos. Tampoco queda en pie ninguna
de las covachas de madera donde dormían los reclutas. Lo único
que a lo lejos se divisa son las trincheras y zanjas de comunicación
perdidas entre el monte
Quainton predijo éxodo a causa del SMP
En septiembre
de 1983, bajo la protesta de la oposición, la mayoría
parlamentaria sandinista aprobó en el Consejo de
Estado la Ley del Servicio Militar, que afectó a la juventud
nicaragüense de entre 17 y 25 años, y que dividió
en dos al país entero. El número de muchachos entre
los 17 y 21 años, que serían objeto de una primera
movilización militar, se estimaba en 90,000.
En agosto de 1983, un día antes de concluir las festividades de
Santo Domingo, el comandante Humberto Ortega, Jefe del Ejército
Popular Sandinista (EPS) y Ministro de Defensa, sometió ante el
Consejo de Estado el proyecto de ley del Servicio Militar Patriótico
(SMP), que afectaría a todos los hombres entre los 17 y 50 años,
así como a las mujeres de entre los 18 y 40 años.
“Se espera que la ley pase rápidamente, con un primer reclutamiento
a ser llamado en enero de 1984”, reportó el entonces embajador
de Estados Unidos en Nicaragua, An- thony Quainton, en el Telegrama Managua
03533, transmitido a sus superiores en Washington y actualmente “Desclasificado”.
“El número actual de personas que serían afectadas es desconocido,
pero muchos padres, particularmente de clase media y alta, buscan
enviar a sus hijos en edad, al exterior”, añadió.
Para el embajador Quainton, quien gozaba de fama de experto en “terrorismo”
en Washington, la presentación del proyecto de ley por parte
de Ortega, en el seno de un Consejo de Estado dominado por el sandinismo,
era un reconocimiento tácito del incumplimiento de las metas
militares.
“La introducción del proyecto es, en parte, una admisión
tácita de que los esfuerzos pasados de reclutamiento masivo
no satisfacen ya las metas políticas ni militares”, refirió
en sus comentarios.
Por otra parte, previó un mayor éxodo de jóvenes nicaragüenses,
fenómeno que inició en julio de ese mismo año,
luego que Daniel Ortega anunciara en su discurso del IV Aniversario,
celebrado en León, que se establecería el Servicio Militar
en Nicaragua.
“Un resultado será la salida de un número significativo de
varones de clase media. Muchos padres empezaron a enviar a sus hijos
adolescentes a Estados Unidos, como reacción al anuncio de
(Daniel) Ortega en julio, de que ya estaba preparado el proyecto de ley”,
refirió en el mismo telegrama enviado al Departamento de Estado.
“Este éxodo podría ser acelerado por la pronta aprobación
de la ley. El número de jóvenes que actualmente sería
llamado a servir es desconocido; sin embargo, de acuerdo con miembros
del Consejo de Estado, hay alrededor de 90,000 jóvenes en
el grupo de 17-21 años”, escribió.
En un nuevo telegrama, clasificado Managua 04065, del 19 de septiembre
de 1983, Quainton confirmó a sus superiores que el proyecto
de ley del Servicio Militar Patriótico fue aprobado por el
Consejo de Estado sin la presencia de la oposición, que se le hicieron
pocos cambios al original y que fue ratificado de prisa por la Junta
de Gobierno, que encabezaba Daniel Ortega.
“La ley fue promulgada justo a tiempo para ser presentada por el Coordinador
de la Junta, Daniel Ortega, en las ceremonias conmemorativas
del Día de San Jacinto”, escribió, especificando que
la efeméride correspondía a la batalla en que las fuerzas
nicaragüenses derrotaron al filibustero americano William Walker.
“Como añadidura a la pompa, fue la presentación de un grupo
de nuevos oficiales no comisionados de la organización de
jóvenes sandinistas. Este grupo estaba encabezado por Carlos Fonseca
Terán, hijo del desparecido fundador del FSLN Carlos Fonseca,
quien vendría a ser el primer registrado bajo la nueva ley”, añadió
Quainton.
En la aprobación de la ley, que se extendió por tres semanas,
el diplomático estadounidense destacó que “la delegación
opositora (en el Consejo de Estado) estuvo notoriamente ausente de
esas sesiones”, por tanto, el proyecto fue aprobado por los parlamentarios
sandinistas.
“La rápida introducción, ratificación y publicación
del proyecto de ley contrasta grandemente con la ley de partidos
políticos, la cual pasó al Consejo de Estado el 17 de agosto,
pero no fue ratificada hasta el 2 de septiembre y no ha sido publicada
hasta el 16 de septiembre”, tal como mandata la ley para entrar en vigencia.
FSLN SUFRÍA PÉRDIDA DE APOYO
En el telegrama clasificado Managua 03153, Anthony Quainton, Embajador
de Estados Unidos en Managua, hizo un balance bastante detallado
de la “fortaleza” de la Revolución Sandinista en su cuarto
año.
“Los sandinistas están completamente conscientes del malestar económico
y la erosión de su popularidad. Hay también un incremento
en las evidencias de descontento de trabajadores, campesinos y entre
la gente de los mercados”, refirió.
Sin embargo, a pesar de la erosión del apoyo, debido al deterioro
económico, “el FSLN sigue mostrando un fuerte coro de
seguidores, particularmente entre los jóvenes, los que están
totalmente dedicados a la Revolución”.
“Ha tomado lugar un entorno antisector privado, con acciones arbitrarias
e ilegales, que han sido muy destructivas para la producción nacional.
Las inversiones privadas han caído y se acercan a cero. Mientras,
profesionales, técnicos y empresarios de clase media reaccionan
a la condena oficial, abandonando el país”, escribió
Quainton.
Servicio Militar
se decidió en 1979
El Servicio Militar era un instrumento de educación política
en los países del bloque socialista. A finales de septiembre
de 1979, el Frente Sandinista celebró su “Primera Asamblea
Nacional de Cuadros”, que denominó “Rigoberto López Pérez”,
con el ánimo de “tener un intercambio directo con cuadros
intermedios de responsabilidad sobre la problemática nacional
y sobre la vida interna de la organización”, según
una copia del documento resolutivo.
En dicha asamblea, entre muchos temas, se abordó la consolidación
del entonces Ejército Popular Sandinista (EPS), a través
de una serie de tareas a desarrollar, entre las cuales se acordó
la implementación del “Servicio Militar Obligatorio”.
A continuación, con fines históricos, publicamos la parte
referida al EPS.
FORTALECIMIENTO EPS
“El Ejército Popular Sandinista es la organización armada
por excelencia de las masas revolucionarias de Nicaragua. El
triunfo de nuestra revolución permite que el Ejército
Popular Sandinista sea reconocido como el Ejército Constitucional
de la República.
Por ello es misión del FSLN asegurar la lealtad de sus miembros
a la revolución y a los dirigentes de la vanguardia histórica:
el FSLN. Esta lealtad revolucionaria debe asegurarse a través
de los siguientes mecanismos y tareas:
a) Una permanente labor de educación política en el seno
de las Fuerzas Armadas.
b) La organización de las estructuras de vanguardia del FSLN que
garanticen la transmisión y aplicación de las líneas
de nuestra organización y aseguren la vida política
de la militancia en el Ejército.
c) El FSLN ejerce su influencia y su dirección política a
través de comités de dirección y grupos internos
de militantes en el seno de las Fuerzas Armadas.
d) Es tarea del FSLN fortalecer la sección de educación política
del Ejército Popular Sandinista, la cual debe estar compuesta
por militantes de vanguardia con reconocidas cualidades revolucionarias.
OTRAS TAREAS DENTRO DE LAS FUERZAS ARMADAS SON:
a) Fortalecer la dirección militar en zonas de importancia estratégica
y
cerciorarse de que las regiones de alta sensibilidad estén bajo
la dirección de un miembro de nuestra DN; específicamente
las zonas Norte, Sur y del Atlántico.
b) Depurar al Ejército en todos los niveles, eliminando elementos
no compatibles con las medidas revolucionarias.
c) Instruir el Servicio Militar Obligatorio.
d) Promulgar leyes y reglamentos militares.
e) Establecer regiones militares de acuerdo con un criterio estratégico
de defensa nacional, eliminando el ejército del tipo urbano-miliciano.
F) Mantener el orden en las ciudades mediante el empleo de la Policía
y situar a las Fuerzas Armadas en el campo o la periferia
Iglesia católica se opuso tajantemente
En la edición de LA PRENSA del jueves primero de septiembre de 1983,
se publicó la Carta de la Conferencia Episcopal Nicaragüense
en relación con el Servicio Militar Patriótico, cuyo proyecto
de ley estaba en debate en el Consejo de Estado, el órgano
legislativo en ese entonces.
A continuación, los puntos más importantes de ese documento
histórico.
“El Proyecto de Ley sobre el Servicio Militar que actualmente se debate
en el Consejo de Estado, ha provocado en gran parte de la población
nicaragüense un cierto malestar y preocupación. Ante
esta situación, la Conferencia Episcopal no puede quedar en
silencio, pues los católicos esperan una orientación moral
y una norma de conducta a la que atenerse.
...En consecuencia, debe admitirse que el reclutamiento militar obligatorio
es una potestad legítima del Estado y que no se opone, en
principio, a ninguna norma ética o moral.
Por esto, el Concilio Vaticano II, recogiendo el eco de un sentir casi
universal, ha dicho que “parece razonable que las leyes tengan en cuenta,
con sentido humano, el caso de los que se niegan a tomar las
armas por motivos de conciencia, mientras aceptan servir a la comunidad
de otra forma”. (Cfr. GS.79)
Las ideologías totalitarias han creado un nuevo tipo de Derecho,
basado en el positivismo jurídico más radical y en
la preeminencia de lo social sobre lo individual. En este nuevo ordenamiento
del Derecho, los valores personales e individuales quedan sometidos
a los valores sociales y colectivos bajo el arbitrio del Estado.
Esta concepción sociojurídica revolucionaria no se ha podido
legitimar en la práctica por la libre aceptación de los pueblos,
sino que se ha impuesto, de hecho, por la fuerza de las armas y por
otras formas del poder coercitivo del Estado.
Se puede constatar fácilmente que, en todos los países con
gobiernos totalitarios, se ha creado un ejército fuertemente
politizado como defensa de la propia ideología y, al mismo tiempo,
como medio para forzar a la población a recibir un adoctrinamiento
político.
El error fundamental de este sistema jurídico-político es
que identifica el Estado con el Partido, y éste con el pueblo
o con sus intereses.
Forzar a los ciudadanos a incorporarse a un “Ejército-Partido político”,
sin estar de acuerdo con la ideología de dicho partido político,
es un atentado contra la libertad de pensamiento, de opinión y de
asociación (Cfr. Declaración Universal de los Derechos del
Hombre, ONU,
Este proyecto está fuertemente politizado en sus puntos fundamentales,
tiene un de tipo totalitario.
El Servicio Militar no pretende sólo “proporcionar el aprendizaje
de las más avanzadas técnicas militares” (Considerando VII),
sino que también “fomentará en nuestra juventud el sentido
de la disciplina y moral revolucionaria” (Considerando VII). Es decir,
el Ejército se convierte en un centro obligatorio de adoctrinamiento
político a favor del Partido Sandinista.
Aprovechar la disciplina militar para “manipular” ideológicamente
a las personas y someterlas por la fuerza a una determinada
ideología, es un grave atentado contra la libertad de pensamiento
y opinión.
En vista de todas estas razones, la actitud ante esta ley, para quines
no comparten la ideología del Partido Sandinista, puede ser “la
objeción de conciencia”. Y nadie puede ser latigado, perseguido
o discriminado por adoptar esta solución.
En consecuencia, nadie puede ser obligado a tomar las armas para defender
una determinada ideología con la que no está de acuerdo,
ni a hacer un servicio militar obligatorio en beneficio de un partido”.
Managua, veintinueve agosto de mil novecientos ochenta y tres. Conferencia
Episcopal de Nicaragua.
Doy Fe, Mons. Leovigildo López Fitoria. Obispo de Granada. Secretario
de la Conferencia Episcopal de Nicaragua
Reclutado a los
14 años
Francisco
Zelaya tuvo que desertar y huir como “mojado” hacia Estados
Unidos
En un camión fue trasladado Francisco junto a su amigo.
Amalia Morales
Estudiaba en el
Colegio “Zulema Baltodano”. Iba saliendo de allí el día que
sin previo aviso lo reclutaron para que hiciera el Servicio Militar
Patriótico, SMP, el que con 14 años no estaba en edad de
cumplir.
“Me agarraron a mí y a un compañero. Nos metieron en un camión
y nos llevaron a la ‘Javier Guerra’ para entrenarnos por seis
meses”, cuenta Francisco Zelaya, un nicaragüense que radica
en Estados Unidos desde 1984.
Ambos adolescentes abandonaron el uniforme escolar en segundo año
de secundaria por el verde olivo militar.
Su amigo tampoco tenía la edad, andaba sobre los 15. Pero igual
que Zelaya aparentaban más edad de la que tenían, y cree
que por eso no repararon en llevárselos. Luego, en el
campamento, se encontrarían a otros tan jóvenes como él.
Su familia tuvo la certeza de dónde estaba a los cuatro meses, cuando
le permitieron comunicarse con su madre desde la ‘Javier Guerra’, de donde
no tardó en ser trasladado.
“Nos llevaron a la hacienda ‘Augusto C. Sandino’, que estaba al lado de
Matagalpa, Jinotega, y allí nos integraron al Batallón
‘Germán Pomares’. Me acuerdo que para esa fecha conocí a
Zoilamérica, pero entonces no sabía que era ella”, dice.
En la zona donde estaba, la guerra no tardó en rociar su veneno
y en desesperarlo. Después de un combate que hubo por allí
pidió la baja. Alegó que su mamá se había
accidentado. Lo dejaron ir por cinco días con todo y arma, de la
cual se deshizo más tarde en un cauce.
Aprovechó las 120 horas de pase para fugarse del país, como
lo hacían otros. Su destino fue Estados Unidos. El viaje lo planeó
su mamá durante los meses que duró a reclusión en
el SMP.
Visa a Estados Unidos no consiguió, pero sí a México.
Por la visa mexicana pagaron una fortuna: 500 dólares. El
viaje lo hizo por tierra. Recuerda que el momento más tenso
fue pasar la frontera hondureña. Los detuvieron y registraron con
la enfermiza minuciosidad de aquel entonces. Una ventaja fue que
la mayoría de los viajantes eran mujeres y adultas. Zelaya
era el único muchacho del grupo.
Pasada la guardarraya hondureña respiró hondo. El verdadero
alivio llegó tres meses después cuando burló
la frontera que divide a México y Estados Unidos.
SU HERMANO QUEDÓ LISIADO
Hasta después supo que como represalia a su desaparición,
el próximo recluta de su familia fue su hermano de 13 años,
quien también parecía tener más años.
Su mamá no pudo repetir la maniobra con su hermano, quien tiempo
después resultaría con charneles en el pie derecho
al estallar una granada.
Zelaya dice que su mamá también pudo perecer en la guerra.
En una ocasión, volvía de ver a su hermano, en la zona de
Jinotega en 1984, cuando la Contra atacó un camión
de civiles. Ella iba en el vehículo IFA, que venía unos metros
atrás del agredido.
En el exilio y con su familia en un país en guerra, concluyó
la secundaria y se estableció en un negocio de vehículos,
en la parte mecánica.
Como muchos otros, este nicaragüense que ahora tiene 31 años,
regresó al país durante la Administración de
Violeta Barrios. Zelaya voló al suelo patrio en 1996, después
de 12 años de haberse ido.
En la actualidad va y viene con frecuencia. Se hizo ciudadano estadounidense,
pero es casado con una nicaragüense que aún reside aquí.
Aunque la guerra, un mal, propició su bien. Cree que ese capítulo
no puede repetirse en la historia de este país, porque significó
sufrimiento para muchos
La guerra los
empujó al exilio
Miles de jóvenes y adolescentes nicaragüenses emigraron
hacia Honduras, Costa Rica y Estados Unidos, escapando del Servicio Militar
Patriótico Tras un entrenamiento militar de tres meses como
máximo, los reclutas pasaban a integrar Batallones de Lucha
Irregular (BLI).
Para Miguel Sevilla y dos de sus hermanos había un destino casi
inevitable en 1984: hacer el Servicio Militar Patriótico,
el que por ley fue aprobado un año antes. Miguel, con
20 años, no había pensado en evadir la Ley, aunque su familia,
originaria de Acoyapa, no fuera sandinista. Además, acababa de terminar
con buenos resultados su segundo año de Zootecnia en la Universidad
Centroamericana, UCA. “Me acuerdo que servía como alumno ayudante”,
cuenta vía telefónica desde Costa Rica.
Pensaba, pues, que en cualquier momento le tocaría su turno, e igual
que a Wilder, su hermano mayor, lo llamarían “a cumplir su deber”.
Los dos meses que Miguel pasó en los cortes de café en El
Tuma-La Dalia, a finales de 1983, fueron para él una especie
de calentamiento para dos años futuros de guerra en la montaña.
Años atrás había participado con sus hermanos en la
Cruzada Nacional de Alfabetización.
Marcos, el siguiente hermano de Miguel, tenía 19 años. También
estudiaba Zootecnia, pero a nivel técnico en la escuela de Juigalpa.
Estaba en su último año.
Después, ninguno de los dos volvería a estudiar.
MARTES SANTO PARA RECORDAR
En cambio, para el mayor de los hermanos, Wilder, el mes de entrenamiento
en la base militar de San Carlos, donde enfermó de topa, varió
el derrotero de balas que les esperaba a él y a sus hermanos:
Miguel y Marcos.
Miguel dice que durante los días de pase que Wilder consiguió
por su enfermedad, se tejió y decidió el plan para
irse al vecino país del Sur, donde contaban con unos parientes
maternos. “Me tuve que ir por presión familiar y solidaridad con
mi hermano”, agrega.
“Lo recuerdo como hoy que nos fuimos un 23 de marzo. Era Martes Santo”,
dice. Se fueron ilegales, como hoy por otras razones, salen decenas de
nicaragüenses hacia Costa Rica.
En 1984 salieron del país y no regresaron 13,514 nicaragüenses,
según estadísticas de la Dirección General de
Migración y Extranjería. Sin embargo, se considera que
hay un subregistro de la cantidad real que salió rumbo al exilio,
ya que muchos abandonaron el país clandestinamente, en las
condiciones de Miguel y sus hermanos.
Como prófugos se enrumbaron hacia una montaña que no conocían.
El día en que se fueron se veían diferentes de como siempre
pasearon por el pueblo. Para pasar inadvertidos se disfrazaron con
sombreros y ropa holgada.
De Acoyapa se fueron en carro hasta El Almendro, a la casa del suegro de
Wilder, quien 20 días antes se había casado.
Miguel recuerda que allí se toparon a una mujer del pueblo que los
reconoció. Se extrañó al verlos. Regó
la noticia y levantó sospechas. En el pueblo, la familia había
hecho correr el cuento de que el trío de hermanos había desaparecido
luego de una gira a la playa.
AYUDADOS POR UN JEFE CONTRA
La ruta que siguieron los hermanos Sevilla Sequeira no existe. “Anduvimos
por lugares que no conocía”, dice Marcos Sevilla vía
telefónica desde Costa Rica, quien para entonces tenía 19
años.
Miguel explica que su recorrido fue apoyado por gente de la contrarrevolución.
El comandante “Leonel”, líder en esa zona, “custodió”
buena parte de su trayecto hasta el Río San Juan. Dieron con “Leonel”
a través de otro personaje a quien llamaban “El Brujo”.
En esos tiempos, no era difícil dar con los de uno y otro bando,
explica Miguel. Ese apoyo de la contra fue casi gratuito. Miguel
dice que pagaron “unos billetitos” para lograr la ayuda, pero “no
fue tanto, porque tampoco llevábamos mucho”, dice sin precisar
cantidad.
Pero la protección de la contra se extendió por dos meses,
en espera de un helicóptero que los trasladaría seguros hasta
el lado tico.
DOCE DÍAS CONTINUOS DE CAMINATA
En los días que anduvieron con la gente de la Resistencia los hermanos
tuvieron su pedazo de guerra. “Me hice un contra”, afirma Miguel, quien
incluso estuvo a punto de quedarse. De no ser porque Marcos y Wilder se
opusieron hasta hacerlo desistir “tal vez ni estuviera
vivo”, reflexiona.
La espera por el helicóptero finalizó con el atentado que
hubo en La Penca, en contra de Edén Pastora.
“Ese helicóptero que trasladaba “mercadería” fue derribado,
y se suponía que en ése nos iban a trasladar. Leonel iba
a irse el 30 de mayo”.
Casi al mismo tiempo, el campamento donde estaban fue atacado. “Hubo un
momento en que quedamos como carne de cañón. Yo sentí
que me moría”. Ese enfrentamiento fue tan cruento que
Miguel creyó que no saldría vivo. “Pero creo que Dios
estuvo en mi camino”, dice.
Destrozado el refugio de la Resistencia no les quedó más
remedio que huir por veredas insospechadas. Miguel recuerda que caminaron
unos 12 días seguidos, de sol a sol (de seis a seis). Calcula que
recorrieron entre 400 y 500 kilómetros. “Eso fue entre el 15 y el
26 julio”.
Su comida, en esa parte del periplo fue banano verde que hallaban en la
montaña y un poco de pinol, que se les acabó antes de cruzar
el río. “Un hermano mío hasta mono comió”, dice.
También comieron palmito crudo, que les dio una fuerza increíble,
según Miguel.
Les pareció alcanzar la tierra prometida cuando llegaron a la cúspide
del cerro El Diablo, al otro lado del cual, a sus pies, nace un caño
de agua que al final resulta ser el polémico Río San
Juan.
La guerra no fue lo único que acechó el éxodo de estos
prófugos del SMP. Miguel recuerda que varias veces, sin darse cuenta,
se sentaron sobre corales. Con frío en el cuerpo sintieron
debajo de las nalgas el hormigueo del letal animal.
Del grupo que se formó después del ataque, una parte cruzó
el río al nado. Otros, con miedo, usaron el tronco de un árbol
como puente.
Al otro lado del San Juan, en suelo tico, acabó la agonía
y empezaron su vida de exiliados, que según Marcos y Miguel,
no fue menos dura.
NO PUDIERON VOLVER A ESTUDIAR
Una de las cosas que ambos resienten es que no volvieron a estudiar. Desde
que llegaron se metieron a trabajar en haciendas fronterizas con
Nicaragua, desde donde supieron del éxodo de otros como ellos, que
huyeron de la guerra.
“También antes de nosotros ya se habían venido muchos”, agrega
Marcos. Al principio, lo más duro del exilio fue la nostalgia
por la familia, las novias y el pueblo. “A uno le hace falta su gente.
Fuera de su patria no se es feliz”, afirma Miguel. Marcos, en cambio,
cree que su vida se dividió en antes y después del SMP.
Los tres hermanos volvieron al país en 1991, cuando ya era presidenta
Violeta Barrios de Chamorro.
Aunque no tienen el futuro que soñaron de adolescentes, a ninguno
le fue mal en el país vecino. Con el tiempo se establecieron en
haciendas lecheras, en las que han puesto en práctica lo que aprendieron.
Miguel radica en Zarcero, provincia de Alajuela, y trabaja desde hace ocho
años para una hacienda ganadera que provee de leche a la cooperativa
Dos Pinos.
Marcos vive en la misma provincia, en un lugar que se llama Pital. Administra
una estancia ganadera.
Pese a que ambos hicieron familia en Costa Rica no descartan la posibilidad
de regresar a su pueblo de origen y establecerse allí.
Miguel está convencido de que el SMP “fue una locura. Nicaragua
tiene años de estar en locura. El servicio militar se da en otros
países, aquí se dio porque se necesitaban escudos, carnes
de cañón para cuidar algo que no era ni de nosotros, sino
que fue por una política mal dada”.
Pese a lo que ahora piensa, reconoce que en 1979, cuando triunfó
el Frente Sandinista de Liberación Nacional —FSLN— él compartió
el sueño de que todo sería mejor.
GRAN OLEADA AL EXTERIOR
Entre 1980 y 1989 salieron del país 1,392,456 nicaragüenses,
de los cuales 186,490 se quedaron en el extranjero. El resto volvió,
según estadísticas de la Dirección General de
Migración y Extranjería.
Fue 1988 el año en que más nacionales se quedaron en el extranjero.
Un total de 44,309.
Sin embargo, estos datos son sub registro de la cantidad real de gente
que se exilió de la guerra. Como en la actualidad, el destino de
los nicas fueron Costa Rica y Estados Unidos, mayoritariamente
17 DE SEPTIEMBRE
DEL 2001 / La Prensa
Oposición
intentó frenar Ley SMP
Dr. Rafael Solís, actual magistrado de la CSJ y ex Secretario del
Consejo de Estado, confirma aprobación por bancada rojinegra
Ricardo Cuadra
García
El Consejo
de Estado, creado tras el triunfo de la Revolución Popular Sandinista
en 1979, aprobó en sesión ordinaria celebrada el 14 de septiembre
de 1983 el Decreto No. 1327 “Ley del Servicio Militar Patriótico”,
la cual, según el numeral uno del Arto. IV, se basaba en “el honor
y el deber de defender la Soberanía e Independencia de la Patria”.
La Ley apareció
publicada en el diario oficial La Gaceta, el jueves 6 de octubre de 1983,
denominado por el gobierno sandinista como “Año de Lucha por la
Paz y la Soberanía”.
“Hubo oposición
del Cosep y de los partidos políticos que no eran afines al gobierno
sandinista, como el del doctor (Ramiro) Sacasa Guerrero, que representaba
lo que era el PLC en ese entonces, el Movimiento Liberal Constitucionalista”,
recordó el Dr. Rafael Solís Cerda, actual magistrado sandinista
de la Corte Suprema de Justicia, quien representaba a las Fuerzas Armadas
en el seno del Consejo de Estado.
¿Cuáles
eran las funciones del Consejo de Estado y quiénes lo conformaban?
Se podría
decir que tenía funciones legislativas, claro, eso sí, compartidas
con la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. Era una especie
de Parlamento sui géneris. Estaba compuesto por representantes de
organizaciones empresariales, sindicales, gremiales, religiosas. Hasta
las Fuerzas Armadas tenían un representante que era yo. El Consejo
de Estado era una mezcla de organizaciones que representaban a la sociedad
civil y a partidos políticos del país.
¿Qué
parámetros se tomaban en cuenta para determinar el número
de representantes por organización?
Los miembros del
Consejo no eran producto de una elección popular, hay que recordar
que las elecciones no son hasta en 1984. Quiénes y el número
de miembros era producto de designaciones por parte de todos las organizaciones
involucradas. La participación de los miembros, así como
el número a que tenían derecho, se estableció en el
Estatuto Fundamental de la República, que fue la Ley que sustituyó
la Constitución que había hasta el 19 de julio de 1979.
La JGRN estableció
que serían 33 los miembros del Consejo de Estado, inicialmente (17
de ellos de clara afiliación sandinista), pero en 1980 el número
se modificó a 47, incluyéndose una serie de organizaciones
(afines al sandinismo) que inicialmente no estaban contempladas. Más
o menos las organizaciones políticas y gremiales sandinistas representaban
el 60% del total de miembros del Consejo.
¿Cuál
era el procedimiento para aprobar las leyes?
El procedimiento
era normal, se presentaba el proyecto de ley por parte de la JGRN o bien
iniciativa propia de los representantes del Consejo, y se aprobaba con
los votos de la mitad más uno.
¿Cómo
reaccionaron los miembros del Consejo de Estado cuando se presentó
la Ley del Servicio Militar Patriótico?
Hubo un poco de oposición,
pero como en esa época la guerra no estaba tan dura, yo diría
que no fueron tan fuertes las reacciones en contra. Recuerdo que el Cosep
(representado por cinco miembros) no estuvo de acuerdo.
¿Con cuántos
votos a favor quedó aprobada esa ley?
Eso sí que
no recuerdo. Pero hubo oposición del Cosep y de los partidos políticos
que no eran afines al gobierno sandinista, como el del doctor (Ramiro)
Sacasa Guerrero, que representaba lo que era el PLC en ese entonces, el
Movimiento Liberal Constitucionalista.
El doctor García
Vílchez, actual magistrado de la CSJ, era en ese entonces representante
del Partido Social Cristiano, y se opuso rotundamente. También los
miembros del Partido Conservador no estuvieron de acuerdo en aprobar esa
Ley. Fueron varias las organizaciones que se opusieron al establecimiento
del Servicio Militar Patriótico en nuestro país, pero los
detalles ahorita no los recuerdo
18
DE SEPTIEMBRE DEL 2001 / La Prensa
Miles de "cachorros"
yacen aún en las montañas
“Rubén” y “Mike Lima”, dos jefes de operaciones del FDN recuerdan
sus primeros combates contra las tropas de “Cachorros del SMP” y refieren
que muchos quedaron sepultados en el monte.
Miles de jóvenes
que pertenecían a las tropas de la ex Resistencia Nicaraguense se
enfrentaron con otra gran cantidad de soldados del Servicio Militar Patriótico
durante la cruenta gruerra en la década de los 80.
José
Adán Silva
Era un mes del período
de invierno de 1985, en que el verano estaba más presente que nunca.
El sol caía perpendicular sobre el intenso follaje de las montañas
vírgenes de Las Segovias, haciendo que el calor húmedo del
Cerro La Llorona sofocara a niveles de desesperación a los guerrilleros
del Comando Regional Diriangén.
Oscar Sobalvarro,
alias Comandante “Rubén”, recuerda aquella fecha como una de las
más sangrientas en sus diez años de guerrilla. Había
una operación que cumplir y evitar un cerco de varios Batallones
de Lucha Irregular (BLI) del EPS. El único sitio de salida, para
romper el cerco, era un trecho de tres kilómetros de largo, una
vaguada entre dos cerros que estaba en manos de los BLI.
En esas montañas
estaban los efectivos del SMP, con artillería y todo. Del otro lado,
tres Comandos Regionales luchaban por romper el cerco. Les dieron la orden
de atravesar el camino y romper el cerco a como fuera. “Rubén” dio
la orden a sus hombres, y ahí comenzó una batalla de cinco
días, donde en un trecho de tres kilómetros murieron casi
mil hombres entre ambos bandos.
Cuando “Rubén”
pasó por el trecho, al sexto día, ya los BLI se habían
retirado a unos cerros vecinos, desde donde disparaban morteros. En el
recorrido vio, espantado y asqueado por el hedor, que a ambos lados del
caminito había cuerpos vestidos de verde. Para él, según
sus cálculos, más de 350 soldados del SMP murieron en esos
cinco días de combate.
“No sé, podrían
ser más. Nuestros hombres estaban desesperados y ellos (los del
SMP) no esperaban que nosotros nos lanzáramos a limpiar el paso.
Ellos no estaban en una posición de defensa, y cuando nos vieron
cerca se lanzaron en desbandada a subir el cerro. Algunos llegaron, otros
se quedaron muy abajo, y otros ni siquiera pudieron subir”, recuerda.
No olvida, dice,
el llanto de los “Cachorros” que pedían a gritos a sus superiores
que los llegaran a sacar de aquel infierno. A 16 años de aquel episodio,
“Rubén” reconoce que los miles de soldados que murieron del SMP
no estaban preparados para sobrevivir en las montañas.
“Eran puros chavalitos.
Algunos, muchos, eran güevones, bravos. Otros simplemente estaban
ahí para morir. Lo mismo nos pasó a nosotros, muchos no estaban
listos para la guerra, pero tenían muchas cosas a su favor: conocían
el terreno, conocían la dura vida de las montañas porque
ahí habían nacido, sabían cómo sobrevivir en
esos cerros. Los otros no, la mayoría eran del Pacífico,
de León, Managua, Masaya... no sabían dónde estaban
y no sabían llevarse con los campesinos. No pudieron, ni siquiera
los entrenaron bien”, dice “Rubén”.
Su primer enfrentamiento
con las tropas del SMP fue a inicios del 84. Fue en el sector de Planes
de Vilán, Zompopera, Las Torres, Pitas del Carmen. “Éstos
conformaban el primer batallón que recuerdo que era de militares
voluntarios del SMP, el 6011, de Jinotega. Nuestras tropas ya andábamos
unos 300 del Comando Regional Diriangén. Aparentemente el Ejército
quería medir fuerzas con nosotros, pero parece que no quería
lanzarnos a los BLI. Nos echaron este batallón y en menos de cinco
días de combate nosotros prácticamente los aniquilamos. Algunos
de ellos los agarramos vivos, y esa gente no estaba preparada para la guerra”,
narra “Rubén”.
“Eran chavalos jovencitos
que no tenían formación militar ni el carácter para
estar ahí. Unos lloraban y otros simplemente se nos murieron en
el camino. A algunos los dejamos libres, porque para esa fecha no había
mucho odio, mucha presión. Los regañamos, los asustamos y
los dejamos ir. Otros se nos alteraron y no hubo más remedio que
hacer lo que se hace en una guerra, y otros se fueron con nosotros, sobre
todo los que eran del campo y que no venían del Pacífico.
Les recuperamos casi todo el armamento, los pertrechos. Nosotros, en ese
primer combate, nos asustamos de ver a puros chavalos, sin entrenamiento”,
relata.
EJÉRCITO NO
ADMITIRÁ VERDADERAS BAJAS
Para él, el
daño no fue la guerra misma, sino el hecho de enviar a hombres a
morir sin oportunidades de defenderse.
“Nosotros al inicio
tratábamos de no pelear con ellos. Buscábamos mejor objetivos
físicos, puentes, torres, carreteras, UPE, pero ellos siempre insistían
en mandar a seguirnos. Llegó un momento que dijimos, ¡basta!
y comenzamos a pelear. Cuando pasó cierto tiempo, ellos andaban
mejor armados y más entrenados. Nos atacaron varias veces y varias
veces nos dieron duro, y ya con eso, ellos envalentonados, porque los chavalos
eran intrépidos y nosotros decidimos darles igual. Ahí inició
la carnicería”, dice, reconociendo que con el paso del tiempo, los
BLI se volvieron “cosa seria”. Para él, el más feroz de todos
fue el Simón Bolívar.
“Es cierto que eran
jóvenes, pero nuestra gente también eran jóvenes.
Había de todo, niños, viejos, mujeres, jóvenes...
Ellos eran sólo chavalos, todos varones, y bien armados. Pero a
pesar de eso nunca nos pudieron atrapar. Nos hicieron muchas bajas, pero
nosotros les hicimos más. Sabíamos que eso el Ejército
Sandinista nunca lo va reconocer, hasta que revelen sus informaciones”,
dice.
“Miles de esos chavalos
morían en las montañas sin que pudieran ser enterrados o
llevados sus cadáveres. Por ejemplo, sólo en marzo de 1988,
en la incursión a Honduras con la operación Danto 88, ellos
dejaron a más de mil muertos de casi 2,000 bajas que se les hizo.
En esa operación que ellos violaron territorio hondureño
la Aviación de Honduras los atacó con aviones F-16. Vi volar
miles de ellos, y al parecer las órdenes del mando superior eran
seguir avanzando, a pesar de que estaban siendo masacrados. La mayoría
de esos cuerpos quedaron allá en Honduras”, recuerda.
GUERRA FUE CRUEL
Y SANGUINARIA
“Rubén” recuerda
que hubo un tiempo, entre el 83 y el 87, en que la guerra mostró
la parte más cruel y sanguinaria de sus diez años de duración.
Él cree que en esos dos años se dieron los más fuertes
combates y el mayor número de bajas.
Recuerda la Operación
de Pantasma como uno de los primeros golpes duros contra el Ejército.
Fue una operación de todo un día, Pantasma, una de las principales
bases militares que el EPS tenía ahí, fue casi aniquilada
a finales del 83. “Quemamos las instalaciones de la Policía Sandinista.
Asaltamos los bancos, les recuperamos sus pertrechos, quemamos la base
y les hicimos muchas bajas. Nosotros les metimos a 700 hombres. Comenzamos
a avanzar y ellos nos mandaron al frente cada vez más gente, más
chavalos y hasta mujeres y niños armados nos mandaron. Eso fue un
crimen, mandar al frente a chigüines de 15 años o chavalas
señoritas de 16 años”, recuerda.
MUCHOS CAYERON EN
LA OPERACIÓN DANTO
Dice “Rubén”
que para 1988 cuando se da la “Operación Danto”, ya la Resistencia
estaba débil. “El Ejército nos golpeó duro, pero en
medio de eso, lo más trágico fue lo que ocurrió cuando
ellos mandaron a desminar una pista de aterrizaje con sus propios hombres.
Una brigada de chavalos fue mandada a escalar un cerro donde habíamos
hecho una pista de aterrizaje. Esa pista en 1983, en una operación
en San Andrés de Bocay la habían dejado completamente minada
por todos sus costados”.
“Ellos mandaron a
sus tropas, aún sabiendo que el lugar estaba minado. Ahí
los chavalos salieron hechos trizas, pero el Ejército logró
su objetivo, porque rompieron la brecha por donde querían entrar.
Después entraron las tropas élites hasta territorio hondureño
donde llegaron a dejar reguero de cadáveres”, recuerda.
Detalla que las tropas
del SMP iban en busca de los campamentos de la Contra, “pero éstos
estaban demasiado lejos y el Ejército de Honduras pidió la
intervención de la Fuerza Aérea Hondureña”.
Una parte de ellos
entró por la desembocadura del río Poteca y el Coco, por
El Tablazo, Banco Grande. “Después de las fronteras estaban los
cuarteles del Ejército hondureño, quienes se replegaron.
Nosotros salimos al frente y la Fuerza Aérea nos ayudó tirando
bombas por la retaguardia del enemigo para cortarles las comunicaciones:
Wiwilí, Jalapa, y la frontera para adentro. Ellos perdieron, según
nuestros reportes de inteligencia, alrededor de dos mil hombres”.
EL VIOLENTO AÑO
1987
Para José
Payán, Comandante “Mike Lima”, Jefe de Operaciones de la Contra,
el año más violento de la guerra fue 1987.
Según datos
que el Departamento de Estado entregaba al Directorio de la Contra, en
1987 hubo un promedio de 524 choques armados por mes.
En esa fecha la Contra
consumió un promedio de 3 millones de cartuchos por mes.
Más de 400
soldados del SMP fueron hechos prisioneros por la Contra, luego de quedarse
perdidos en la retirada o quedarse sin armas.
Según cálculos
del ex jefe de Operaciones, y posterior jefe de Inteligencia de la Contra,
las probabilidades de que un soldado del SMP muriera en combate eran del
70 por ciento, frente al 40 por ciento de los miembros de la Contra.
Mike Lima calcula
que en 1987 murieron casi 8 mil hombres del SMP en combate, la mayor cifra
de toda la guerra de diez años.
19 DE SEPTIEMBRE DEL 2001 / La
Prensa
SMP: Historia que no debe repetirse
Amalia Morales
Tres “cachorros” del SMP,
reclutados en diversos lugares y circunstancias, brindaron un breve testimonio
a LA PRENSA para obtener una dimensión de la envergadura y la crudeza
de esa experiencia de guerra, vista desde sus propias vivencias.
Durante la década de los 80, miles de
civiles se incorporaron a la lucha contra el gobierno sandinista. En un
principio, los armados de la Contra andabn sin uniformes ni pertrechos
militares, sólo portaban los fusiles que les entregaban los jefes
de la ex Resistencia.
La implementación del Servicio Militar,
tanto el activo como el de reserva, le permitió al Ejército
Popular Sandinista (EPS), constituirse en las Fuerzas Armadas más
poderosas de Centroamérica en los años ochenta, al alcanzar
más de 140,000 efectivos en armas.
Para sostener ese completamiento militar, según
el Reporte No. 88-110F, elaborado en febrero de 1988 por el experto James
P. Wootten al Congreso estadounidense, el EPS debía reclutar anualmente
entre 25 mil y 35 mil hombres.
Así logró conformar y sostener 14
Batallones de Lucha Irregular (BLI), cerca de 19 Batallones Ligero Cazadores
(BLC), además de unidades de artillería, motorizados, Fuerza
Aérea y defensa antiaérea, así como comunicaciones,
tropas guardafronteras, etc.
El reclutamiento cobró mayor fuerza entre
1987 y1988, la fase final de la guerra, cuando se estima que había
más de 13,000 contras en el interior del país, y se producía
un promedio de 450 combates y refriegas mensuales, de acuerdo con el Reporte
CRS antes citado.
Juan Sobalvarro, reclutado
en 1984:
“No
vale la pena ir a la guerra”
Amalia Morales - La Prensa
“La
verdad es que cuando pienso en el Servicio Militar siento más vergüenza
que orgullo. No me gustaría ser la persona que fui en la montaña.
Fue una experiencia muy difícil. Para sobrevivir yo tuve que perder
muchos escrúpulos, por ejemplo, que no me avergonzara robarle la
comida a alguien o llegar a la casa de un campesino y quitarle también
su comida. Ya no robarle de manera clandestina, sino quitársela
de sus manos”, dijo el escritor y poeta Juan Sobalvarro.
“Tener
deseos de matar a alguien todos los días. Incluso no sentir ningún
afecto por las personas que te rodean. Por otro lado, a veces pienso que
fui demasiado cobarde y eso también duele. Sentir un miedo que te
paralice. Reconozco que esas son cosas naturales en los seres humanos,
pero no dejan de marcarte”, añadió.
Sobalvarro
fue reclutado para hacer el Servicio Militar Patriótico a punto
de bachillerarse en 1984. Llevaba el quinto año de secundaria en
el Colegio Rigoberto López Pérez, ahora Salomón de
la Selva.
Recuerda
que de su curso era el que más simpatizaba con la Revolución.
De todo el colegio su grupo era el más estigmatizado como antisandinista.
Se
fue en el contingente “Julio Buitrago” hacia Pantasma, donde fueron entrenados
por tres meses. Más tarde lo integraron al Batallón de Lucha
Irregular, BLI, “Rufo Marín”.
Sobre
su experiencia, Sobalvarro tiene muchos puntos de reflexión. “En
la guerra hubo dos servicios militares. La Contra también tuvo su
servicio militar, con la diferencia de que los sandinistas tuvieron una
ley porque estaban en el gobierno”.
El
escritor, que anduvo en el sector de Jinotega, una de las zonas de combate
en los años ochenta, considera que muchos campesinos encontraron
en la Resistencia una forma de sobrevivir.
“La
verdad es que a la gente que vivía en el campo le quedaban muy pocas
opciones para quedar fuera de la guerra. De alguna manera tenían
que participar. En cierto modo era una ventaja estar en la Contra, porque
en la Contra no tenías que estar operando siempre, vos podías
estar en tu trocha, trabajabas mediodía, y en la tarde te ibas a
poner una emboscada. Era un trabajo de medio tiempo”.
Sobalvarro
hizo su servicio con nueve meses de desmovilización, como consecuencia
de una herida en su brazo izquierdo. Lo volvieron a reclutar, y considerado
como evasor del SMP, lo integraron a un BLI de choque.
UNA
GUERRA INÚTIL
“Los
políticos se preguntan si valió la pena el sacrificio, yo
creo que no valió la pena ni luchar por la Revolución ni
luchar por la Contrarrevolución. Los que arriesgaron la vida siguen
iguales. En un conflicto bélico los ideales son los que menos valor
tienen”, afirmó Sobalvarro.
“Creo
que es importante que la gente que no vivió el Servicio Militar,
tenga en cuenta que no vale la pena ir a la guerra por ninguna causa. Los
que sacrifican la vida pasan a formar parte de un cementerio, y siempre
hay gente que está manipulando, que es la que se sabe beneficiar
de estos conflictos”.
En
su caso, Sobalvarro no cree que haya sido necesaria la experiencia del
Servicio Militar para crecer como persona.
“Una
onda que te enseña la guerra es que cuando vos andás un arma
es un poder el que tenés. Y ese poder vos lo podés usar encima
de otras personas. Le perdés el respeto a la vida de los otros”.
En
la guerra “algo de juventud sí perdimos. Si yo hubiera estudiado
esos dos años, me hubiera bachillerado más joven. Hubiera
logrado formarme mucho mejor en mi campo”, reflexionó el escritor.
Cree
que aún hace falta una recompensa para los que ofrendaron parte
de su juventud en la guerra. “Una pensión como veterano de guerra”,
sugirió. También cree que para la memoria histórica
debería erigirse un monumento en honor a los que cayeron.
En
definitiva, en el SMP “no hubo ganadores, perdimos todos los nicaragüenses”,
dijo Sobalvarro, quien en la actualidad escribe su testimonio
- Róger Jaime,
recluta en brigada de tanques
Tanta
sangre y ningún provecho
Amalia
Morales
Otras
cosas puede haber olvidado en su vida, pero no lo que aprendió en
el Servicio Militar.
Hoy
es técnico electricista. Róger Jaime no aprendió ese
oficio en sus años de “cachorro”, pero sí aprendió
—además del manejo de tanques— cuestiones elementales y útiles
en su vida como cocinar, ser organizado, más disciplinado. Por sus
palabras serenas se nota que adquirió madurez.
Cuando
Jaime entró al SMP venía de trabajar como sindicalista en
la empresa Plywood. Probablemente eso le valió para que fuera nombrado
el “político” del batallón, figura infaltable en aquellas
compañías de militares principiantes.
Su
historia militar, que duró dos años y cuatro meses, tuvo
como escenario Managua, la Brigada de Tanques 29-92 “Oscar Turcios Chavarría”.
En
esa unidad, Jaime no recuerda haber visto nunca al hijo o pariente de algún
comandante o jefe de aquel entonces. Recuerda que en una ocasión
le preguntó sin querer al hijo del jefe de la unidad —que aparentaba
edad para el Servicio— que por qué no se alistaba, y lo regañaron
por eso.
En
general, Jaime valora de “buena” su experiencia en el SMP, aunque, con
ciertas dudas, que en la guerra debió evitarse el sacrificio de
muchos jóvenes.
Sin
embargo, lamenta que después del conflicto los jóvenes que
participaron de esa guerra no lograron nada.
“Tanta
sangre que se derramó y yo no le miro ningún provecho”, afirma.
Es
cierto que volvieron a sus antiguos trabajos, pero cree que eso no bastó.
Cuestiona el hecho de que para la gente de la Resistencia y del Ejército
sí hubo beneficios, pero para los del SMP, nada, excepto los favores
inmediatos de que gozaban, como la gratuidad en el transporte, que se acabó
con la Administración de Violeta Barrios de Chamorro.
“En
nuestro caso, cada uno ha hecho lo que ha podido por su cuenta”, reflexiona.
No se arrepiente de ese pasado, pero considera que capítulos como
el SMP no deben repetirse en la historia de Nicaragua.
Alfonso Chamorro,
recluta en la RAAN:
Recuerdos
y pesadillas
Amalia
Morales
Se
fue voluntario al Servicio Militar Patriótico, SMP. Con Alfonso
Chamorro se alistaron otros once amigos de su vecindario de Nandaime, con
quienes compartía casi la misma edad: 16 años.
Puerto
Cabezas, El Hormiguero, son algunos de los puntos de referencia de las
zonas que recorrió por primera vez en la guerra que no pudo digerir
en dos años.
En
su desmovilización, pasaron meses para que Chamorro prescindiera
de las pastillas y recobrara el sueño. Sus horas de insomnio eran
copadas por sus peores momentos en el conflicto armado.
Un
episodio que no olvida es la vez que fue castigado en la escuela de Puerto
Cabezas, donde los ponían a correr desnudos o a levantar una plancha
que pesaba más de 70 libras.
Una
particular sanción que había en esa escuela era bañar,
cepillarle los dientes y secar a una chancha que era tan grande como un
ternero.
El
suicidio de un compañero, que se disparó con el fusil con
el que hacía posta, luego de saber que su mujer lo había
dejado por otro, fue otra escena en esa guerra de crucifijos prohibidos,
que recuerda Chamorro.
Las
peripecias de su deserción desde Puerto Cabezas hasta Managua son
pasajes inolvidables de una época, después de la cual no
volvió a ser la misma persona.
Años
después del Servicio, incluso después de la guerra, Chamorro
se integró al Ejército de Nicaragua y es allí donde
trabaja en la actualidad. Forma parte de la “técnica” militar. A
sus 30 años es padre de dos hijos
Servicio Militar,
ruina política del FSLN
Roberto Cajina, experto en temas militares, concluye también que
el SMP contribuyó al éxito militar sobre la Contra
Cachorros del Servicio
Militar en una de sus acciones, disprando uno de sus morteros en el Norte
del país.
Ricardo Cuadra
García
La implementación
del Servicio Militar Patriótico tuvo un doble significado: contribuyó
de forma notable en el éxito militar sobre la Contra, pero a la
vez representó la ruina política del partido sandinista,
que se vio reflejada en el voto del pueblo en las elecciones de 1990, aseguró
Roberto J. Cajina, especialista en Asuntos Militares.
El Decreto No. 1327,
aprobado por el Consejo de Estado a finales de 1983, obligaba a todos los
jóvenes en edades comprendidas entre los 18 y los 25 años,
a enrolarse en las Fuerzas Armadas por espacio de dos años. Esto
provocó que el EPS, originalmente conformado por 10 mil efectivos,
se incrementara aceleradamente hasta alcanzar el máximo nivel histórico
de completamiento con 134 mil efectivos, refirió el especialista.
“Es indudable que
la puesta en marcha de un sistema de inscripción obligatoria aseguró
una cantera estable para la reposición periódica del completamiento
militar y fue un factor determinante en lo que se llamó ya para
en 1986, ‘la derrota estratégica de la Contra’, pero los efectos
políticos fueron totalmente opuestos”, afirma.
CACHORROS TRIPLICARON
A PERMANENTES
Según el especialista,
el Servicio Militar Patriótico (SMP), contribuyó en términos
generales a inclinar la balanza de la guerra a favor del gobierno sandinista,
en la medida que le proporcionaba una “cantera fresca” al Ejército
Sandinista. “Hay que recordar que los Batallones de Lucha Irregular (BLI)
se constituyeron esencialmente de reclutas del SMP, al mando de oficiales
permanentes”.
Cada año,
miles de jóvenes eran reclutados, algunos voluntarios, la gran mayoría
de manera obligatoria. Fue así que para 1984, cuando la Contra contaba
con aproximadamente unos 16,000 efectivos, el EPS comienza a experimentar
un proceso de crecimiento acelerado.
Entre 1980 y 1986
se triplica el número de efectivos permanentes del Ejército,
de 10,000 a 35,892; y de milicianos, de 12,000 a 39,800; el de reservistas
crece en un 56.9% (10,000 a 17,554); el SMP pasa de 15,000 jóvenes
en 1984 a 41,154 en 1986. Los “cachorros” llegaron a triplicar el número
de efectivos permanentes del EPS.
OPOSICIÓN
POR LA MUERTE
La puesta en marcha
de un servicio militar obligatorio generó un intenso debate, y sus
efectos políticos en el corto y el mediano plazos fueron adversos
al Frente Sandinista, afirmó Cajina.
El riesgo de muerte
generó en la sociedad nicaragüense un sentimiento de rechazo,
añadido al éxodo masivo de jóvenes que huian del país
por veredas y puntos ciegos de las fronteras, y el uso de la fuerza —en
la mayoría de los casos excesiva y desproporcionada— para hacer
cumplir la Ley.
“No es lo mismo el
Servicio Militar en una sociedad en paz, que el Servicio Militar en una
sociedad en guerra, el cual era el caso en nuestro país en la década
de los ochenta”.
Las reacciones políticas
que generó la implementación del SMP superaron a las generadas
en términos militares, y la oposición antisandinista supo
explotar y capitalizar a su favor el sentimiento generalizado entre importantes
segmentos de la población votante, en especial la juventud y las
mujeres (madres de familia, en su mayoría), quienes demandaban el
fin de la guerra y la abolición del Servicio Militar.
Según Cajina,
el revivir en estos momentos la posibilidad de un Servicio Militar, es
una estafa política, porque las condiciones en las que se creó
el SMP en los ochenta ya no existen en esta época.
DOÑA VIOLETA
SUSPENDIÓ EL SMP
En la campaña
electoral de 1990, doña Violeta Barrios de Chamorro, en ese entonces
candidata a la Presidencia por la coalición de partidos que conformaban
la UNO, tomó como principal promesa de campaña la abolición
del Servicio Militar.
Al tomar posesión,
el 25 de abril de 1990, Barrios de Chamorro anunció la suspensión
del Servicio Militar, no así la abolición, ya que estaba
incluido en la Constitución. El SMP fue abolido por medio de las
reformas constitucionales de 1995.
“El suspender el
Servicio Militar no fue por razones económicas, ni técnico-militares,
sino que se decidió por razones estrictamente políticas,
porque doña Violeta Barrios levantó como bandera la abolición
del SMP”, indicó Roberto Cajina, experto en temas militares.
De regreso a la libertad
y a la vida
La mañana del 26 de febrero de 1990, tras conocerse la derrota del
FSLN, de 110 reclutas de la Unidad Militar 26-05, en la RAAN, sólo
quedaron 70
El Servicio Militar
enlutó a muchas familias nicaragüenses durante la cruenta guerra
entre sandinistas y contras.
Ricardo Cuadra García
ricardo.cuadra@laprensa.com.ni
La noticia nos tomó
a todos desprevenidos. Nadie esperaba ese resultado, ni el más iluso
de nosotros. La Unión Nacional Opositora (UNO), la “derecha” —como
nos enseñaron a llamarla durante las centenares de horas que recibimos
de instrucción política— aventajaba en votos al FSLN, según
los primeros conteos realizados y dados a conocer por el CSE cerca de la
medianoche del 25 de febrero de 1990.
Los más de
cien “cachorros” que cumplíamos los dos años de Servicio
Militar en la Unidad Militar 26-05, acantonada en la comunidad de Tuapí,
a unos diez kilómetros de Puerto Cabezas, reaccionamos de diversas
maneras ante el informe de esa noche.
Casi nadie durmió.
Estábamos a la expectativa. Por supuesto que esa noche nadie reconoció
haber votado por la UNO, pero sus puntos de vista y sus emociones delataban
a algunos. Albergaban la esperanza de poder regresar a sus casas lo más
pronto posible. La noche estaba envuelta en un manto de incertidumbre.
ORDEN POLÍTICA:“A
VOTAR EN LA CASILLA 5”
La mañana
del domingo 25 de febrero se programaron varios grupos para que fuéramos
de manera escalonada a depositar nuestro voto a la comunidad de Tuapí.
“Ya saben, a votar en la casilla 5”, nos dijo en tono de orden el político
de la unidad, capitán Armando Castilblanco, cuando nos aprestábamos
a cruzar en cayuco el río que separaba la Unidad Militar de la comunidad.
Cuando llegamos a
la JRV nos entregaron las boletas electorales para elegir Presidente y
Vicepresidente; diputados nacionales, diputados departamentales, y concejales
(hay que recordar que ese año no se eligieron alcaldes, sino que
sería decisión de los concejales electos nombrar a éste).
Los que tenían
más de un año de estar cumpliendo el SMP en la denominada
“VII Región Militar”, podían votar por los candidatos de
esa región. Esta disposición era amparada en la Ley de Autonomía,
que dicta que si una persona tiene más de un año de residir
en la región es considerada “autónoma”. Mis 299 días
de vida militar y de residir en esa región me impidieron elegir
autoridades locales.
Al regresar a la
Unidad, se nos concedió libre el resto del día para que hiciéramos
lo que quisiéramos. Eso sí, no sin antes escuchar en formación
al Jefe de Plana, quien aseguró —entre muchas cosas— que “los enemigos
de la humanidad no lograrían acabar con el proyecto revolucionario”.
DESERCIONES AL POR
MAYOR Y AL DETALLE
En la Unidad donde
presté el Servicio Militar (especializada en artillería terrestre,
donde había una docena de cañones soviéticos de 76
mm), las 24 horas del día teníamos que vigilar siete puntos
estratégicos que bordeaban el campamento militar. Durante la noche
se organizaban tres turnos de vigilancia, de cuatro horas cada uno.
A las seis de la
mañana del 26 de febrero tenía que relevar al soldado que
se encontraba en el principal objetivo que cubríamos: las bombas
de INAA que abastecían de agua a Puerto Cabezas. Cuando llegué
al sitio, busqué al soldado, pero no lo encontré.
Pensé que
se había aburrido de esperar su relevo, porque para ser honesto,
llegué como con veinte minutos de retraso, pero al poco tiempo llegó
uno de los oficiales de la Unidad y me informó que todos los “cachorros”
que estaban en el turno de las dos de la mañana a las seis habían
desertado.
A medida que avanzaban
los primeros minutos de la mañana se comprobó que casi la
mitad de la Unidad había desertado. De los más de 110 reclutas
del SMP en planilla, amanecimos sólo un poco más de setenta.
El fenómeno
de la deserción, impulsado por la idea de que ya se había
acabado el cumplimiento del SMP con el triunfo de la UNO, no fue exclusivo
en la 26-05. En la Unidad Militar de Lamblaya, ubicada a tan sólo
tres kilómetros de Puerto Cabezas (también de artillería,
con cañones de 57 mm), más del 30% de los efectivos del SMP
desertaron en la madrugada del 26 de febrero.
Igual sucedió
en el Estado Mayor de la VII Región Militar, ubicado en Kambla,
de donde decenas de jóvenes desertaron en horas de la madrugada.
Poco a poco, las unidades vieron mermado el número de sus efectivos,
en los días posteriores a las elecciones.
OFERTA DE SALARIOS
El EPS trató
de frenar la oleada de deserciones, pues la situación para abril
del 90 ya estaba fuera de control, al punto que las unidades contaban con
menos del 40% del personal. Se nos informó entonces que “para garantizar
el funcionamiento de las unidades”, teníamos la opción de
firmar un contrato con el Ejército en el que nos comprometíamos
a completar los meses que nos faltaban por cumplir el SMP.
El Ejército,
en cambio, nos pagaría un salario de 9 millones de córdobas
(de los resellados por supuesto), una cantidad muy por encima de lo que
nos ofrecían en concepto de ayuda.
Aunque la mayoría
de nosotros aceptó la propuesta, las deserciones no cesaron. Hasta
nuestros oídos llegaron noticias de que ningún desertor era
buscado por las autoridades militares. El nuevo gobierno cumplió
su promesa de campaña y decretó la suspensión del
SMP, los reclutamientos no continuaron y se podía andar sin ningún
temor por las calles de la ciudad.
A finales de mayo
la Unidad Militar # 26-05 no era ni la sombra de lo que antes fue. La vida
militar en ese lugar había cambiado y la anarquía empezaba
a gestarse. Para esa época éramos menos de quince reclutas
los que aún permanecíamos en ese lugar, donde ya no se hacía
“matutino” ni posta para resguardar los siete puntos estratégicos
que antaño se cuidaban celosamente.
Fue en ese momento
cuando, influido por mi mejor amigo, decidí abandonar el barco y
regresar a Masaya, a disfrutar de los placeres de la vida civil. Así
fue como un buen día, mientras estábamos de “pase” en Puerto
Cabezas, hablamos con el propietario de un camión Kamaz, y acordamos
que nos trasladaría a Managua por un millón de córdobas
cada uno.
Los casi 600 kilómetros
de distancia que separan Masaya y Puerto Cabezas fueron recorridos en dos
días.
Después del
nacimiento de mi hijo, ese es otro de los días más felices
de mi existencia, porque significó mi regreso a la libertad y a
la vida. Atrás quedó mi carné de recluta No. 4002603
o
e
.
.
Versión
internet: Eduardo Manfut P.
Historia
de Nicaragua, Sucesos del Siglo XVII
16
DE SEPTIEMBRE DEL 2001 / Roberto Fonseca L. / Amalia
Morales La Prensa
|