CATALOGO DE PERIODISMO EN NICARAGUA

1886
"El Independiente "
era predominantemente informativo y comercial;
   El Independiente 
(1ro. de Enero, 1886-Julio, 1887),  
Era un semanario que salió con bastante regularidad, 
 

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bajo la dirección de Román Mayorga Rivas,     Managua  
CATALOGO DE LA EXPOSICION TREINTA AÑOS DE PERIODISMO EN NICARAGUA 1830 - 1860
INSTITUTO CENTROAMERICANO DE HISTORIA UNIVERSIDAD CENTROAMERICANA.
MAURICIO PALLAIS LACAYO - DR. ANDRES VEGA BOLAÑOS - DR FRANCO CERUTTI - LIC. CARLOS MELENDEZ CHAVERRI -
REVISTA CONSERVADORA DEL PENSAMIENTO CENTROAMERICANO No. 116 DE MAYO 1970
   El Independiente    1886

 El Independiente 
(1ro. de Enero, 1886-Julio, 1887), bajo la dirección de Román Mayorga Rivas,  era predominantemente informativo y comercial; 
 

PEDRO ORTIZ
 

Después de Rigoberto Cabezas debe colocarse en la serie de periodistas nicaragüenses, a Pedro Ortiz, originario de las Segovias y que se formó en El Salvador. Aunque estos dos personajes figuraron en opuestas tendencias políticas, no dejan por eso de mantener un paralelismo a lo largo de sus actividades, tanto en política como en el periodismo. En estas labores, como en el estilo novedoso de su prosa, tuvieron ambos, puntos de contacto, así como en la parte activa que tomaron abogando por la plena libertad del espíritu en la época histórica centroamericana en que actuaron, y porque los dos también abandonaron esta vida cuando apenas habían alcanzado la edad madura.

Ortiz se afilió, a su regreso al país, a la rama más avanzada del viejo partido conservador, entrando a formar parte del grupo que se llamó Progresista, cuyas tendencias doctrinarias se inclinaban hacia un liberalismo moderado. Ese núcleo había surgido a la vida nacional ejerciendo la presidencia el general Joaquín Zavala en 1879, gobernante a quien por la norma que imprimió a su gobierno debe considerársele, como atinadamente lo insinuó el orador cubano Zambrana, en 1887, "de liberal moderado". Acaudillaba ese grupo el doctor Vicente Navas, prominente político leonés. 

Afiliáronse también al Progresista elementos que integraron, de 1867 a 1870, el célebre grupo intelectual conocido con el sugestivo nombre de la Montaña. Directores del nuevo partido político lo fueron el general Isidro Urtecho, José Pasos, Horacio Guzmán, José Dolores Rodríguez, Pedro González, Román Mayorga Rivas y el portorriqueño Alejandro Angulo Guridi, todos ellos gente de letras. A éstos se unió Pedro Ortiz tomando activa parte en la campaña de prensa organizada y estimulada por ese partido para la elección presidencial de 1886, en la que fué electo don Evaristo Carazo, distinguido jefe de Estado a quien propiamente debe señalarse como el último gobernante del período de los Treinta Años ejercido por el Partido Conservador de Nicaragua.

Ortiz, lo mismo que Mayorga Rivas, había iniciado su carrera periodística en la república salvadoreña. Al llegar a Managua se encargó de la redacción de El País, diario que postulaba la candidatura de Carazo. En ese periódico, Ortiz entabló polémica de prensa, ardiente y fogosa, con el Diario Nicaragüense, en el que escribían dos distinguidos escritores del Partido Conservador en esa época: don Anselmo H. Rivas y don Enrique Guzmán, quienes propugnaban la candidatura de don Pedro Joaquín Chamorro, proclamada por la otra fracción del mismo Partido Conservador y que se llamaba, ella misma, genuino, porque a juicio de este grupo eran sus hombres los que mejor podían mantener incólumes las antiguas tradiciones ideológicas del viejo partido.

En 1890, Ortiz redactó El Mocho, periódico humorístico de oposición al gobierno del doctor Roberto Sacasa.

Al estallar el conflicto político de 1891, a consecuencia de la reelección presidencial del mismo doctor Sacasa, Ortiz hizo causa común, como casi todos los otros elementos prominentes del progresismo con la vieja guardia conservadora del genuinismo, para enfrentarse al partido gobernante y sufrió la derrota del partido opositor a la reelección presidencial. Fué desterrado del país el 22 de agosto de 1891, junto con sus dos mismos adversarios de antes en la prensa, Rivas y Guzmán, y con sus compañeros de lucha en el 86, el general Zavala y el señor Rodríguez.

Fué en este mismo año de 1891, que el país, después de treinta años de paz, entrara de nuevo en un período de intranquilidades y trastornos, hasta correr la sangre en las calles de Granada el 22 de agosto, día sombrío en la ciudad a causa de la tragedia ocurrida ese mismo día cuando eran expulsados de la patria los jefes de mayor prestigio con que contaba entonces el Partido Conservador nicaragüense.

Radicado en San José de Costa Rica, fundó allí con don Enrique Guzmán, El Día, diario que se mezcló en la política interna del país. Para hacer conocer a los costarricenses cómo se les veía en las otras partes de Centro América y qué opinión tenían allá de algunos de sus hombres públicos, reprodujo El Día el editorial de un diario guatemalteco. El artículo en referencia provocó una lamentable tragedia en las calles de San José, resultando herido gravemente don Enrique Guzmán y muerto Pedro Ortiz a consecuencia de las heridas que recibiera en la tarde del 9 de septiembre de 1892.

Según se supo después, el autor del artículo era Francisco Gavidia, poeta y periodista salvadoreño, que había estado poco antes en San José. Se titulaba: "El Gobierno de Costa Rica" y fué publicado sin firma y por primera vez en La República de Guatemala. En ese artículo se hacían duras apreciaciones sobre personajes políticos de Costa Rica, en frases que nos está vedado repetir por lo injurioso de ellas.

Pero, al saber Guzmán y Ortiz, que había malestar en algún sector de la sociedad josefina por las frases hirientes de dicho artículo, escribieron la siguiente nota que debía ser publicada en el número de El Día del 10 del mismo mes. Cuando la declaración circulaba en las calles de San José, ya la tragedia se había consumado con rápida violencia y uno de los redactores de El Día era cadáver.

La nota en referencia decía:

"Nosotros, de ninguna manera aceptamos la responsabilidad de los conceptos que el dicho escrito contiene .. .

No hemos pensado prohijar las frases agraviantes que el artículo en referencia contiene contra personas importantes de Costa Rica y contra la memoria de algunos de sus mandatarios".

Todo el mundo lamentó la tragedia de ese infausto día que segó la vida de uno de los más distinguidos periodistas nicaragüenses, residente en San José como desterrado político de su patria, víctima de la arbitrariedad de un gobernante de la misma.

El estilo de Pedro Ortiz era de variados matices, tan pronto vibraba contra los abusos del poder, como rumoroso es en sus trabajos líricos semejante al aire fresco que sopla con frecuencia, libre y sin trabas, por sobre las planicies segovianas que mecieron su cuna. Su delicada y sencilla pluma sabía dar a los sonidos de sus frases, como un plectro antiguo, la sonoridad musical de las aves que vuelan por sobre las frondosas y verdes montañas de Nueva Segovia, montañas cuajadas de olorosos pinos. Su modo de escribir en estas producciones era algo plateresco por la profusión de follajes y de flores con que lo adornaba. En cambio, sus editoriales para el diarismo de combate contenían frases ardientes, bizarras y vehementes, como era su recio temperamento de escritor político.

La prosa de Ortiz es generalmente sencilla de períodos bien ajustados y exornada de frases castizas, así como es notable en ella la marcha lógica e imperativa de su pensamiento.

No podríamos precisar nada sobre la educación que este escritor recibió, ya que según informes indirectos que nos han llegado, se formó sólo: fué autodidáctico. Por lo mismo, nos es difícil señalar las fuentes de sus lecturas, pues rara vez da en sus escritos señales de ellas. Lo que se nota en su producción literaria es, ante todo, buen criterio de apreciación de los asuntos que trata y acertado en su crítica.

"Sellen sus labios la pasión política. Cese ya el interés y la labor disociadora de los partidos ... "

Con esos dos apóstrofes inicia Pedro Ortiz su oración fúnebre pronunciada en los funerales del honorable patricio don Evaristo Carazo, muerto ejerciendo las funciones de Presidente de la República, de quien el mismo orador fuera su secretario particular. Y después de narrar la noble y ejemplar vida del extinto, finaliza su elogio declarando que durante la presidencia del señor Carozo, no se derramó una lágrima, no se vertió una gota de sangre ni se produjo dolor alguno a sus conciudadanos.

Esta oración fúnebre de carácter oficial y pronunciada en Granada ante la numerosa concurrencia que asistía a los funerales de aquel varón justo y ecuánime, es notable por la amplitud de nobles frases, por el hondo sentimiento con que el orador las emitía y por lo sencillo del estilo, sobrio y solemne como la ocasión lo demandaba. La muchedumbre que en esa tarde silenciosa escuchaba esa pieza oratoria, se sintió conmovida al oír al orador enalteciendo las virtudes ciudadanas del que fuera Jefe de Estado y que traspar
saba ya los umbrales de la tumba. (1).
 

En las horas de tregua que le dejaba el incesante batallar de las luchas por la vida y la política, Pedro Ortiz, como buen artista, se entregaba con amor a laborar sus obras literarias. En Frutos de nuestro Huerto, opúsculo publicado en Managua en 1891, que Ortiz en asocio de Pedro González editó, se encuentran sus primeros esparcimientos literarios; pero lo suyo, de más aliento y serio, se hallaba en el libro Pedro Ortiz, que contiene sus biografías y artículos, algunos de los cuales estaban inéditos hasta entonces. El gobierno del general José Santos Zelaya acordó en julio de 1898, editar por cuenta del Estado los trabajos intelectuales de ese escritor, "como un homenaje a ese distinguido ciudadano que prestó importantes servicios en la administración pública y en la propaganda de las ideas por medio de la prensa, y para estimular a la juventud ilustrada que se dedica a la labor literaria", según reza dicho acuerdo.

(1) Don Evaristo Carazo, de familia costarricense, nació en Cartago. Muy joven se trasladó o Nicaragua y se dedicó a empresas agrícolas. En Rivas formó su hogar con señora de distinguida y honorable familia de la misma ciudad y precreó tres hijos varones y una mujer.

Durante la campaña contra Walker en 1856, el señor Carozo se alistó como soldado de eso cruzada de liberación centroamericana y luchó con heroísmo hasta alcanzar el grado de coronel del ejército. Después, tomó parte importante en los negocios públicos de la nación hasta llegar o ser electo, popular y libremente, Presidente de Nicaragua.

El libro Pedro Ortiz, Biografías y Artículos, trae un prólogo de Adolfo Vivas, quien expone, con brillo y atinadas consideraciones, la importancia de dicha obra. El mismo fué comisionado para seleccionar su contenido y al presentar su estudio crítico en el modo y la forma de escribir de Pedro Ortiz, responde perfectamente a su finalidad.

Sobre el estilo del escritor, dice Vivas:

"Hay en todos los artículos de Ortiz un sello de originalidad marcadísimo que revela la brillantez de su talento y lo familializado que estaba con el idioma español, que manejó siempre con mucha pulcritud ... "; y más adelante, agrega: —As¡ se ve que ni en las páginas arrancadas a su pluma por las más hondas emociones cuando daba rienda suelta a su corazón, perdieran sus frases ese atildamiento característico que es como la señal distintiva de su estilo".

Y sobre el fondo, se pronuncia así:

"Mas no sería completa justicia a las dotes de Pedro Ortiz como escritor, ni mucho menos tributarle los elogios  que como tal merece, el decir que sus producciones valen, sobre todo, por la corrección de la forma, pues aunque ésta es en aquéllas muy notoria, no logran eclipsar el indiscutible mérito del fondo, donde se hallan como engarzados por hilos misteriosos los más variados matices del pensamiento".

Y Manuel Coronel Matus que en su carácter de Ministro de Instrucción Pública suscribe el acuerdo autorizando la edición de ese libro, escribe en su artículo El destierro eterno, insertado en el mismo, estas palabras:
"En las lides del periodismo adiestró su pluma, fortaleció su alma, nutrió su inteligencia con extensos, sólidos y brillantes conocimientos"; y en otra parte, discurre así el mismo autor: "Periodista fuerte, noble, vigoroso, atlético, lleno de brillos y resplandores, Pedro Ortiz era de nuestra legión dorada guardia de honor ... Tomaba del idealismo sus gasas, y del realismo sus pinceles y punzones. .. "

Contiene este libro, como antes dijimos, los mejores trabajos de Pedro Ortiz, entre ellos seis biografías: la primera que se ha escrito hasta esa fecha, del prócer nicaragüense, Miguel Larreinaga; la de Alvaro Contreras, filósofo y publicista hondureño; la de los doctores nicaragüenses, don Gregorio Juárez y don Pablo Buitrago; Juárez, médico, catedrático y hombre de estado, y Buitrago, notable y docto maestro de quien el mismo Ortiz dice que: "en el foro, en la política, en la prensa, en la tribuna, reveló siempre las altas dotes de un hombre superior".

Asimismo, trae un estudio de la personalidad del doctor don José María Castro, a quien considera el autor, "eminente hijo de Costa Rica y ciudadano de Centro América"; así como la biografía del Licenciado don Jerónimo Pérez, notable historiador nicaragüense.

Todos esos estudios biográficos de Pedro Ortiz están escritos con sencillez y claridad, y son ellos un valioso aporte para el estudiante que desee conocer los caracteres y las acciones de esos personajes de alto relieve que figuraron en la historia de Centro América, ya ésta como entidad independiente y que contribuyeron con sus luces y su vida modesta y noble, a modelar a la vez, la de estas nacionalidades cuando ellas daban sus primeros pasos de Estados libres.

Entre las obras bien inspiradas que también trae este libro, señalemos el artículo titulado: "Páginas Intimas, una carta en el destierro", artículo escrito poco antes de morir su autor y cuya lectura emociona tanto por la intensidad de los finos y delicados sentimientos que brotan del fondo íntimo de su corazón, vertidos ahí a manos llenas, como por el gusto artístico con que supo adornar esa sencilla página de amor paternal. Se trata en esa producción literaria de una carta de su esposa que recibiera el proscrito y en la que le llegaban unos palotes de su pequeño hijo, de esos dos seres queridos para él, que ya no volvió a ver.

Como artículos de crítica educacional y social citemos éstos: "El Bachiller de nuestra fábrica", "Artículos de brocha gorda" y "El ultramontano y el libre pensador en la América Central", admirables por el sensato juicio con que su autor aprecia esas importantes materias de la vida de estos pueblos; y redactados ellos con la galanura de estilo que gustan los verdaderos hablistas castellanos, como justamente los calificó el susodicho prologuista Vivas.

Y por último, debemos anotar en el selecto contenido de ese libro, la silueta de Pío Víquez escrita por el periodista nicaragüense: Una miniatura, como su autor la llama; una humorada suya, diríamos nosotros. En esa bien delineada pintura, con pinceles de mano maestra, Ortiz nos presenta, a su guisa, uno de los más distinguidos intelectuales costarricenses de aquellos tiempos de fines del siglo XIX.

Hablando sobre la interesante figura del director del Heraldo de Costa Rica, su autor discurre así: "El Heraldo de Costa Rica es Pío Víquez. Refleja al vivo su imagen: sus rarezas, hipérboles, veleidades y contradicciones". Más adelante emite un sincero juicio sobre el autor del bello poema La Torcaz, y dice: "Pío Víquez, poeta, ganó legítimos laureles cuando encadenó la musa al verso". Y al final da libre carrera a su festivo intelecto con este picarezco inpromptu: "Hoy este original escritor tiene sus ardientes admiradores, y en lenguaje tarasconense llámanle aquí "el Juan Valera costarriqueño".

Los restos de Pedro Ortiz, viril y talentoso periodista de la tierra de los lagos, reposan en humilde fosa del cementerio de San José, esperando que algún día sus compatriotas los lleven a descansar bajo los olorosos pinos de los bosques segovianos que él cantó, y cuyos perfumados aires mecieron la cuna de este intelectual, caído trágicamente, para entrar al mundo de las sombras cuando apenas había cumplido treinta y seis años de vida.



 

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