PEDRO ORTIZ
Después de Rigoberto Cabezas debe colocarse
en la serie de periodistas nicaragüenses, a Pedro Ortiz, originario
de las Segovias y que se formó en El Salvador. Aunque estos dos
personajes figuraron en opuestas tendencias políticas, no dejan
por eso de mantener un paralelismo a lo largo de sus actividades, tanto
en política como en el periodismo. En estas labores, como en el
estilo novedoso de su prosa, tuvieron ambos, puntos de contacto, así
como en la parte activa que tomaron abogando por la plena libertad del
espíritu en la época histórica centroamericana en
que actuaron, y porque los dos también abandonaron esta vida cuando
apenas habían alcanzado la edad madura.
Ortiz se afilió, a su regreso al país,
a la rama más avanzada del viejo partido conservador, entrando a
formar parte del grupo que se llamó Progresista, cuyas tendencias
doctrinarias se inclinaban hacia un liberalismo moderado. Ese núcleo
había surgido a la vida nacional ejerciendo la presidencia el general
Joaquín Zavala en 1879, gobernante a quien por la norma que imprimió
a su gobierno debe considerársele, como atinadamente lo insinuó
el orador cubano Zambrana, en 1887, "de liberal moderado". Acaudillaba
ese grupo el doctor Vicente Navas, prominente político leonés.
Afiliáronse también al Progresista
elementos que integraron, de 1867 a 1870, el célebre grupo intelectual
conocido con el sugestivo nombre de la Montaña. Directores del nuevo
partido político lo fueron el general Isidro Urtecho, José
Pasos, Horacio Guzmán, José Dolores Rodríguez, Pedro
González, Román Mayorga Rivas y el portorriqueño Alejandro
Angulo Guridi, todos ellos gente de letras. A éstos se unió
Pedro Ortiz tomando activa parte en la campaña de prensa organizada
y estimulada por ese partido para la elección presidencial de 1886,
en la que fué electo don Evaristo Carazo, distinguido jefe de Estado
a quien propiamente debe señalarse como el último gobernante
del período de los Treinta Años ejercido por el Partido Conservador
de Nicaragua.
Ortiz, lo mismo que Mayorga Rivas, había
iniciado su carrera periodística en la república salvadoreña.
Al llegar a Managua se encargó de la redacción de El País,
diario que postulaba la candidatura de Carazo. En ese periódico,
Ortiz entabló polémica de prensa, ardiente y fogosa, con
el Diario Nicaragüense, en el que escribían dos distinguidos
escritores del Partido Conservador en esa época: don Anselmo H.
Rivas y don Enrique Guzmán, quienes propugnaban la candidatura de
don Pedro Joaquín Chamorro, proclamada por la otra fracción
del mismo Partido Conservador y que se llamaba, ella misma, genuino, porque
a juicio de este grupo eran sus hombres los que mejor podían mantener
incólumes las antiguas tradiciones ideológicas del viejo
partido.
En 1890, Ortiz redactó El Mocho, periódico
humorístico de oposición al gobierno del doctor Roberto Sacasa.
Al estallar el conflicto político de 1891,
a consecuencia de la reelección presidencial del mismo doctor Sacasa,
Ortiz hizo causa común, como casi todos los otros elementos prominentes
del progresismo con la vieja guardia conservadora del genuinismo, para
enfrentarse al partido gobernante y sufrió la derrota del partido
opositor a la reelección presidencial. Fué desterrado del
país el 22 de agosto de 1891, junto con sus dos mismos adversarios
de antes en la prensa, Rivas y Guzmán, y con sus compañeros
de lucha en el 86, el general Zavala y el señor Rodríguez.
Fué en este mismo año de 1891, que
el país, después de treinta años de paz, entrara de
nuevo en un período de intranquilidades y trastornos, hasta correr
la sangre en las calles de Granada el 22 de agosto, día sombrío
en la ciudad a causa de la tragedia ocurrida ese mismo día cuando
eran expulsados de la patria los jefes de mayor prestigio con que contaba
entonces el Partido Conservador nicaragüense.
Radicado en San José de Costa Rica, fundó
allí con don Enrique Guzmán, El Día, diario que se
mezcló en la política interna del país. Para hacer
conocer a los costarricenses cómo se les veía en las otras
partes de Centro América y qué opinión tenían
allá de algunos de sus hombres públicos, reprodujo El Día
el editorial de un diario guatemalteco. El artículo en referencia
provocó una lamentable tragedia en las calles de San José,
resultando herido gravemente don Enrique Guzmán y muerto Pedro Ortiz
a consecuencia de las heridas que recibiera en la tarde del 9 de septiembre
de 1892.
Según se supo después, el autor
del artículo era Francisco Gavidia, poeta y periodista salvadoreño,
que había estado poco antes en San José. Se titulaba: "El
Gobierno de Costa Rica" y fué publicado sin firma y por primera
vez en La República de Guatemala. En ese artículo se hacían
duras apreciaciones sobre personajes políticos de Costa Rica, en
frases que nos está vedado repetir por lo injurioso de ellas.
Pero, al saber Guzmán y Ortiz, que había
malestar en algún sector de la sociedad josefina por las frases
hirientes de dicho artículo, escribieron la siguiente nota que debía
ser publicada en el número de El Día del 10 del mismo mes.
Cuando la declaración circulaba en las calles de San José,
ya la tragedia se había consumado con rápida violencia y
uno de los redactores de El Día era cadáver.
La nota en referencia decía:
"Nosotros, de ninguna manera aceptamos la responsabilidad
de los conceptos que el dicho escrito contiene .. .
No hemos pensado prohijar las frases agraviantes
que el artículo en referencia contiene contra personas importantes
de Costa Rica y contra la memoria de algunos de sus mandatarios".
Todo el mundo lamentó la tragedia de ese
infausto día que segó la vida de uno de los más distinguidos
periodistas nicaragüenses, residente en San José como desterrado
político de su patria, víctima de la arbitrariedad de un
gobernante de la misma.
El estilo de Pedro Ortiz era de variados matices,
tan pronto vibraba contra los abusos del poder, como rumoroso es en sus
trabajos líricos semejante al aire fresco que sopla con frecuencia,
libre y sin trabas, por sobre las planicies segovianas que mecieron su
cuna. Su delicada y sencilla pluma sabía dar a los sonidos de sus
frases, como un plectro antiguo, la sonoridad musical de las aves que vuelan
por sobre las frondosas y verdes montañas de Nueva Segovia, montañas
cuajadas de olorosos pinos. Su modo de escribir en estas producciones era
algo plateresco por la profusión de follajes y de flores con que
lo adornaba. En cambio, sus editoriales para el diarismo de combate contenían
frases ardientes, bizarras y vehementes, como era su recio temperamento
de escritor político.
La prosa de Ortiz es generalmente sencilla de
períodos bien ajustados y exornada de frases castizas, así
como es notable en ella la marcha lógica e imperativa de su pensamiento.
No podríamos precisar nada sobre la educación
que este escritor recibió, ya que según informes indirectos
que nos han llegado, se formó sólo: fué autodidáctico.
Por lo mismo, nos es difícil señalar las fuentes de sus lecturas,
pues rara vez da en sus escritos señales de ellas. Lo que se nota
en su producción literaria es, ante todo, buen criterio de apreciación
de los asuntos que trata y acertado en su crítica.
"Sellen sus labios la pasión política.
Cese ya el interés y la labor disociadora de los partidos ... "
Con esos dos apóstrofes inicia Pedro Ortiz
su oración fúnebre pronunciada en los funerales del honorable
patricio don Evaristo Carazo, muerto ejerciendo las funciones de Presidente
de la República, de quien el mismo orador fuera su secretario particular.
Y después de narrar la noble y ejemplar vida del extinto, finaliza
su elogio declarando que durante la presidencia del señor Carozo,
no se derramó una lágrima, no se vertió una gota de
sangre ni se produjo dolor alguno a sus conciudadanos.
Esta oración fúnebre de carácter
oficial y pronunciada en Granada ante la numerosa concurrencia que asistía
a los funerales de aquel varón justo y ecuánime, es notable
por la amplitud de nobles frases, por el hondo sentimiento con que el orador
las emitía y por lo sencillo del estilo, sobrio y solemne como la
ocasión lo demandaba. La muchedumbre que en esa tarde silenciosa
escuchaba esa pieza oratoria, se sintió conmovida al oír
al orador enalteciendo las virtudes ciudadanas del que fuera Jefe de Estado
y que traspar
saba ya los umbrales de la tumba. (1).
En las horas de tregua que le dejaba el incesante
batallar de las luchas por la vida y la política, Pedro Ortiz, como
buen artista, se entregaba con amor a laborar sus obras literarias. En
Frutos de nuestro Huerto, opúsculo publicado en Managua en 1891,
que Ortiz en asocio de Pedro González editó, se encuentran
sus primeros esparcimientos literarios; pero lo suyo, de más aliento
y serio, se hallaba en el libro Pedro Ortiz, que contiene sus biografías
y artículos, algunos de los cuales estaban inéditos hasta
entonces. El gobierno del general José Santos Zelaya acordó
en julio de 1898, editar por cuenta del Estado los trabajos intelectuales
de ese escritor, "como un homenaje a ese distinguido ciudadano que prestó
importantes servicios en la administración pública y en la
propaganda de las ideas por medio de la prensa, y para estimular a la juventud
ilustrada que se dedica a la labor literaria", según reza dicho
acuerdo.
(1) Don Evaristo
Carazo, de familia costarricense, nació en Cartago. Muy joven se
trasladó o Nicaragua y se dedicó a empresas agrícolas.
En Rivas formó su hogar con señora de distinguida y honorable
familia de la misma ciudad y precreó tres hijos varones y una mujer.
Durante la
campaña contra Walker en 1856, el señor Carozo se alistó
como soldado de eso cruzada de liberación centroamericana y luchó
con heroísmo hasta alcanzar el grado de coronel del ejército.
Después, tomó parte importante en los negocios públicos
de la nación hasta llegar o ser electo, popular y libremente, Presidente
de Nicaragua.
El libro Pedro Ortiz, Biografías y Artículos,
trae un prólogo de Adolfo Vivas, quien expone, con brillo y atinadas
consideraciones, la importancia de dicha obra. El mismo fué comisionado
para seleccionar su contenido y al presentar su estudio crítico
en el modo y la forma de escribir de Pedro Ortiz, responde perfectamente
a su finalidad.
Sobre el estilo del escritor, dice Vivas:
"Hay en todos los artículos de Ortiz un
sello de originalidad marcadísimo que revela la brillantez de su
talento y lo familializado que estaba con el idioma español, que
manejó siempre con mucha pulcritud ... "; y más adelante,
agrega: —As¡ se ve que ni en las páginas arrancadas a su pluma
por las más hondas emociones cuando daba rienda suelta a su corazón,
perdieran sus frases ese atildamiento característico que es como
la señal distintiva de su estilo".
Y sobre el fondo, se pronuncia así:
"Mas no sería completa justicia a las dotes
de Pedro Ortiz como escritor, ni mucho menos tributarle los elogios
que como tal merece, el decir que sus producciones valen, sobre todo, por
la corrección de la forma, pues aunque ésta es en aquéllas
muy notoria, no logran eclipsar el indiscutible mérito del fondo,
donde se hallan como engarzados por hilos misteriosos los más variados
matices del pensamiento".
Y Manuel Coronel Matus que en su carácter
de Ministro de Instrucción Pública suscribe el acuerdo autorizando
la edición de ese libro, escribe en su artículo El destierro
eterno, insertado en el mismo, estas palabras:
"En las lides del periodismo adiestró
su pluma, fortaleció su alma, nutrió su inteligencia con
extensos, sólidos y brillantes conocimientos"; y en otra parte,
discurre así el mismo autor: "Periodista fuerte, noble, vigoroso,
atlético, lleno de brillos y resplandores, Pedro Ortiz era de nuestra
legión dorada guardia de honor ... Tomaba del idealismo sus gasas,
y del realismo sus pinceles y punzones. .. "
Contiene este libro, como antes dijimos, los mejores
trabajos de Pedro Ortiz, entre ellos seis biografías: la primera
que se ha escrito hasta esa fecha, del prócer nicaragüense,
Miguel Larreinaga; la de Alvaro Contreras, filósofo y publicista
hondureño; la de los doctores nicaragüenses, don Gregorio Juárez
y don Pablo Buitrago; Juárez, médico, catedrático
y hombre de estado, y Buitrago, notable y docto maestro de quien el mismo
Ortiz dice que: "en el foro, en la política, en la prensa, en la
tribuna, reveló siempre las altas dotes de un hombre superior".
Asimismo, trae un estudio de la personalidad del
doctor don José María Castro, a quien considera el autor,
"eminente hijo de Costa Rica y ciudadano de Centro América"; así
como la biografía del Licenciado don Jerónimo Pérez,
notable historiador nicaragüense.
Todos esos estudios biográficos de Pedro
Ortiz están escritos con sencillez y claridad, y son ellos un valioso
aporte para el estudiante que desee conocer los caracteres y las acciones
de esos personajes de alto relieve que figuraron en la historia de Centro
América, ya ésta como entidad independiente y que contribuyeron
con sus luces y su vida modesta y noble, a modelar a la vez, la de estas
nacionalidades cuando ellas daban sus primeros pasos de Estados libres.
Entre las obras bien inspiradas que también
trae este libro, señalemos el artículo titulado: "Páginas
Intimas, una carta en el destierro", artículo escrito poco antes
de morir su autor y cuya lectura emociona tanto por la intensidad de los
finos y delicados sentimientos que brotan del fondo íntimo de su
corazón, vertidos ahí a manos llenas, como por el gusto artístico
con que supo adornar esa sencilla página de amor paternal. Se trata
en esa producción literaria de una carta de su esposa que recibiera
el proscrito y en la que le llegaban unos palotes de su pequeño
hijo, de esos dos seres queridos para él, que ya no volvió
a ver.
Como artículos de crítica educacional
y social citemos éstos: "El Bachiller de nuestra fábrica",
"Artículos de brocha gorda" y "El ultramontano y el libre pensador
en la América Central", admirables por el sensato juicio con que
su autor aprecia esas importantes materias de la vida de estos pueblos;
y redactados ellos con la galanura de estilo que gustan los verdaderos
hablistas castellanos, como justamente los calificó el susodicho
prologuista Vivas.
Y por último, debemos anotar en el selecto
contenido de ese libro, la silueta de Pío Víquez escrita
por el periodista nicaragüense: Una miniatura, como su autor la llama;
una humorada suya, diríamos nosotros. En esa bien delineada pintura,
con pinceles de mano maestra, Ortiz nos presenta, a su guisa, uno de los
más distinguidos intelectuales costarricenses de aquellos tiempos
de fines del siglo XIX.
Hablando sobre la interesante figura del director
del Heraldo de Costa Rica, su autor discurre así: "El Heraldo de
Costa Rica es Pío Víquez. Refleja al vivo su imagen: sus
rarezas, hipérboles, veleidades y contradicciones". Más adelante
emite un sincero juicio sobre el autor del bello poema La Torcaz, y dice:
"Pío Víquez, poeta, ganó legítimos laureles
cuando encadenó la musa al verso". Y al final da libre carrera a
su festivo intelecto con este picarezco inpromptu: "Hoy este original escritor
tiene sus ardientes admiradores, y en lenguaje tarasconense llámanle
aquí "el Juan Valera costarriqueño".
Los restos de Pedro Ortiz, viril y talentoso periodista
de la tierra de los lagos, reposan en humilde fosa del cementerio de San
José, esperando que algún día sus compatriotas los
lleven a descansar bajo los olorosos pinos de los bosques segovianos que
él cantó, y cuyos perfumados aires mecieron la cuna de este
intelectual, caído trágicamente, para entrar al mundo de
las sombras cuando apenas había cumplido treinta y seis años
de vida. |