Las Tierras de San Rafael del Norte
E1 municipio de San Rafael tiene una extensión
de 450 Km cuadrados. Sus tierras fueron justamente distribuidas en su tiempo,
por lo cual no existen terratenientes ni haciendas de más de 1,000
manzanas, ni tampoco existieron latifundios, como en Yali, con Miguel Molina
o en La Concordia con Clemente Rodríguez.
Por estas razones, en San Rafael del Norte proliferaban más bien pequeños y medianos finqueros.
El municipio de San Rafael tenía tres clases de posesión de sus tierras: municipales, ejidales y comunales.
Las municipales las adquiere cuando fue creado el municipio que es más o menos así: Sacaclí, San Marcos, Namanjí, San Gabriel, Suní, La Vuelta del Roble, El Zarzayal, el Vallecillo, La Brellera, Sabana Grande, La Tejera, Los Potrerillos, La Rinconada, La Sotana.
Las Ejidales: A finales de la colonia el Rey de España le donó al municipio de San Rafael del Norte, por Decreto Real, las tierras que están ubicadas mayormente en Yalí, lo que después fue el municipio de Yalí; yo tuve en mis manos ese documento o título.
Mi abuelo, Pedro Rizo, siendo alcalde entre 1860-1870, más o menos, hizo pagar a los finqueros de Yalí, un canon de alquiler por el usufructo de dichas propiedades ejidales.
Estas tierras se perdieron, tiempo después, cuando el terrateniente Blas Miguel Molina, que habiendo ganado la alcaldía conservadora, hizo un arreglo con el alcalde también conservador de San Rafael, el Señor Natividad Rivera, quien por lo mismo, dejó de cobrar dicho impuesto y se privatizaron esas montañas.
Estas tierras fueron medidas por cuerdadas que señalaban los mojones, más o menos delante de El Boniche, pasando por detrás del pueblo de Yalí, luego dobla hacia la derecha pasando por detrás de los Gualises y doblando hacia el sur hasta pegar con el municipio de San Rafael del Norte, quedando el pueblo de Yali "como venadito dentro de su huerta".
Las tierras comunales fueron también donadas por el Rey de España, pero estas eran exclusivas para los moradores del pueblo, para que tuvieran donde pastar a sus animales y adquirir madera de sus pinares para la construcción de sus casas.
También estas escrituras las tuve en mis manos y las leí y las releí.
Estas son todas las tierras que circundan el pueblo; los cerros del Panal, Cerro de la Cruz, Potreros de la Sucesión Enrique Blandón, Luis Úbeda, Absalón Araúz, Pedro Montenegro, etc.
Pero desgraciadamente hay que señalar el error que cometió la escuadra guerrillera sandinista en 1979 cuando se tomó el pueblo e incendiaron la alcaldía quemándose sus archivos, incinerando así las dos mas importantes escrituras de las tierras ejidales y comunales del pueblo.
Pero no hay mal que no tenga remedio. Estas escrituras se encuentran inscritas en el registro público de la propiedad inmueble de Matagalpa, pero habría que verificar eso, pues, para sacar una partida de nacimiento de San Rafael.
Estas tierras comunales fueron defendidas por don Jesús Zelaya, escritura en la mano, se presentó en el juzgado del Distrito Civil y un grupo de ciudadanos, le puso la demanda a mi tío Clemente Rodríguez, de La Concordia, quien se había adueñado de los predios del Cerro del Panal.
La demanda tiene preocupado al señor Rodríguez quien ve que va a perder el juicio.
Un día por la noche me encuentro con Don Jesús Zelaya en los billares de Don Pedro Antonio Aráuz, -hermano de la Blanca Araúz- y quien, en la guerra de Sandino, fue secretario mecanógrafo del General. Don Jesús me llama y quiso darme una explicación de la demanda a mi tío; mi respuesta fue un abrazo y felicitarlo por el espíritu localista y lo animé a continuar con tan noble acción.
Don Clemente que de tonto; no tenía un pelo, le vende entonces a precio de guate mojado el terreno en disputa a Enrique Blandón. Estando la demanda ya por fallarse, el señor Blandón la compra. A los pocos meses el juez falla a favor de Don Jesús Zelaya y a Enrique no le queda más remedio que acatar el fallo. Llama a Don Jesús para hacer un arreglo y este le propone dar consentimiento de sacar madera a los pobladores para obtener material para construir sus casas en el ánimo de perpetuar aquel carácter ejidal de esas tierras. El permiso iría avalado por Don Jesús Zelaya; firman un documento y cada uno se queda con una copia. Este compromiso desapareció con el triunfo de la revolución. Hoy día una cooperativa es el dueño de esas tierras.
Al iniciar el primer período de mando el general Zelaya, en la llamada revolución liberal, el gobierno otorgó en calidad de donación terrenos nacionales a los municipios de San Rafael del Norte, la Concordia y a San Isidro, en el año de 1895.
Estos terrenos, tenían una extensión de mil hectáreas y fracción, para cada municipio, pero debían ser tomados de aquellos terrenos considerados nacionales existentes en el departamento de Jinotega.
Se donaban a estas municipalidades con el fin de que los alcaldes los vendieran al mejor postor y supuestamente para usar su producto en la educación.
San Rafael tiene no se cuantos años de haber sido elevada a la categoría de ciudad, sería bueno celebrar un año por lo menos dicho acontecimiento histórico.
Hoy San Rafael del Norte tiene: la carretera
pavimentada, luz eléctrica domiciliar y pública, sistema
telefónico inalámbrico y alámbrico, cable para la
televisión, escuela, instituto de secundaria, una radio emisora,calles
adoquinadas y aguas negras. Además tiene esa riqueza histórica
trascendental por lo cual yo creo que se merece un buen festejo.
| Notas biográficas e históricas
de mi querido pueblo San Rafael del Norte 33
Costumbres matrimoniales de Jinotega, en 1872
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Talleres de San Rafael del Norte.
En el viejo San Rafael, cuando era un niño, existían dos buenos talleres de talabartería y de zapatería, en los dos se hacían buenas albardas y monturas, de lujo y buen zapato. Los propietarios eran Agustín Díaz y Santos Aráuz.
Había otros talleres de zapatería que hacían zapatos que llamaban "zapatos burros", propios para el fango, como también se hacían las polainas de cuero, de las que andaban Sandino y sus generales.
Solo había un carpintero ebanista, que era Don Rito Blandón, y a la vez era barbero. Compartía el trabajo de barbería con Don Valentín Salguera. Estos eran, además, cazadores profesionales. Cada semana tenían carne de venado que ellos tiraban en el cerro del Panal.
Había solo dos maestros sastres: Don Pedro Rizo Úbeda -mi padre- y Don Teofilo Urbina.
Mi padre junto a mi madre -que era costurera-, eran quienes hacían los pantalones y las camisas del general Sandino, recuerdo que eran unos pantalones que llamaban "britch" y cuando el general bajaba al pueblo, siendo yo un muchacho de unos 8 años, mi madre me enviaba a entregárselos personalmente.
Al entrar el verano venia la época de los gallos, en la cual tomábamos ese juego como deporte, como recreación. Mencionaré a los galleros más fuertes: Manuel Rizo, Justiniano Blandón, Francisco Rodríguez, Miguel Ángel Aráuz, Ramón Pineda. Hacían torneos que concentraban en San Rafael, los galleros de Jinotega, La Concordia y Yalí.
En San Rafael se explotaba en forma tradicional una industria forestal. Don Juan Zelaya sacaba trementina de los árboles de pino y fabricaba aguarrás; de otro árbol, extraía liquidámbar el que se guardaba en tubos de bambú que tenían cómo grifo un tapón de olote.
Don Juan Zelaya era un señor dotado de un ingenio natural, era un ingeniero natural. El construyó en esa época los molinos de piedra para moler el trigo que se cosechaba. Como llovía mucho, los agricultores sacaban tres cosechas anuales de trigo, y los molinos pasaban todo el año trabajando en la fabricación de harina. Estos molinos, que eran tres, eran movidos por fuerza hidráulica, uno era el construido en el sitio llamado Los Encuentros, el otro se hallaba en la propiedad de don Francisco Aráuz "Pochote", sobre el río Jordán, y el tercero, quedaba en la finca de Dora Pineda, llamada por esa razón "El Molino".
La harina producida, la vendían en los
pueblos de La Trinidad y San Isidro, y en la ciudad de Matagalpa, y la
trasladaban en mulas, en unos sacos que se fabricaban localmente de manta
india y que a la vez, se metían, para protegerlos en el viaje, en
zurrones que eran unos depósitos, del tamaño de un saco de
bramante, fabricados de cuero crudo. Las panaderías locales eran
de doña Guadalupe Ortiz, de mi tía Josefina Rizo y de la
mamá de Amado Úbeda, y hacían unas riquísimas
semitas de harina.
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