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 PERSONAJES DE LEóN






 

Por fortuna, ese no fue el destino de nuestro antaño “muy noble y muy leal Santiago de los caballeros de León” en su etapa de esplendor: cuando reveló el axioma clásico de que la civilización es la vida del espíritu. Naturalmente, la civilización no puede existir sin seguridad material, salud física, riqueza y demás bienes materiales. Pero éstos no son fines, sino medios. Su objetivo último —lo reiteramos— es la vida del espíritu. El cultivo del espíritu es lo que nos hace verdaderamente humanos. Y esto sí fue León: una ciudad pensante, humana, culta. Sin embargo, circunstancias históricas —las últimas fueron el boom algodonero de los años cincuenta y las insurrecciones populares de 1978 y 1979— terminaron de distorsionarle su razón intrínseca: que todos los habitantes compartieran ese cultivo espiritual vigoroso.

Esta es la idea que explica a Léon como una especie de Atenas griega. O sea: en el sentido de comprender que la cima de la civilización es el pan del espíritu y de saber donar ese pan no sólo a los suyos, sino a la humanidad entera. Ese es el ideal, la enseña de las presentes páginas, escritas con amor distante pero lo más cercano y fiel a su magna arquitectura (“León es sin duda la ciudad más monumental de Nicaragua” —citamos, de nuevo, a González Galván—) e historia trascendente e intensa.

Porque tenemos la convicción de que la ciudad estaba destinada a ser, por antonomasia, el centro intelectual de la Patria. Y también la satisfacción de haber interpretado sus principales expresiones culturales que suman, al menos, doce. A saber: el orgullo catedralicio, Sutiaba como “alter ego”, la conciencia de capitalidad, la vocación universitaria, la herencia liberal, la violencia volcánica, la valentía localista, el espíritu de Atenas, el sustrato artesano, el culto a la palabra, la actitud introspectiva y Poneloya como recreo.