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1 ORGULLO CATEDRALICIO

Resumamos estos rasgos de la conciencia leonesa, partiendo del orgullo catedralicio y su inherente tradición diocesana, propicia a la música sacra, a la práctica devota —fanática dirían los no creyentes— y al encomio versificador. Orgullo por su “hermosa y solemne catedral” —la calificó Pablo Antonio Cuadra— y máxima herencia de la arquitectura hispana en Nicaragua. De manera que el chinandegano “Tino” López Guerra elogió a León, “perfumada por los pebeteros /de su imponente y antigua catedral”, en su famoso corrido. El León de 394 años, cumplidos este 2004, que tuvo su antecedente remoto en la primera concentración urbana establecida por los conquistadores españoles en la América Central (se excluye de esta área geográfica a Panamá).

Surgido con un fundamental carácter expansivo o territorial de la conquista, este primer León (luego llamado León Viejo), que fundó el capitán Francisco Hernández de Córdoba (¿1489-1526?) a finales de 1524, respondía a la voluntad creadora de someter la naturaleza a un orden —del cual se conoce muy poco— para transformarse en una modesta ciudad plena de vida hacia 1545. Pero muy pronto fue signada por la tragedia (el primer asesinato sacrílego del continente, los infortunios telúricos, más el inminente abandono en 1610) y absorbida por el mito.

Sin embargo, el primitivo León, al trasladarse junto al pueblo indígena de Sutiaba, conservó de acuerdo con la juridicidad española su naturaleza catedralicia. Así no sólo se había incorporado a la cultura occidental a través de la tradición judeo-cristiana, sino que se convirtió en protagonista de la institucionalización del catolicismo en el Nuevo Mundo. Ambos destinos lo confirmaba la bula “Eqqun Reputamos” del 3 de noviembre del 1534, emitida por Paulo III desde Roma.

Efectivamente, la bula especifica que la Catedral era “para un obispo, que se intitulase de León, o Legionensi, que la presidiese y procurase hacer e hiciese construir sus edificios y estructuras”. Éstas, al inicio de nuestra vida independiente —en 1824 con exactitud, la integraban 160 eclesiásticos, a la cabeza de Nicolás García Jerez (1756-1825), último prelado de la dominación española y su acérrimo defensor. De los 160, cincuenta y siete tenían su domicilio en la ciudad, a saber: 10 diáconos, 7 subdiáconos, 14 menoristas (estudiantes de filosofía) y 8 tonsurados. Otros, ocupando dignidades y cargos, eran el rector del Seminario don Francisco Mayorga, el catedrático de Cánones —de 62 años—, don Francisco Ayerdi, el de Teología don Pascual López de la Plata, el de Leyes su hermano Manuel, el de Filosofía don José Manuel Guerrero, todos doctores; el preceptor de gramática don Francisco Chavarría, el Juez de Capellanías don Pedro Solís, los Tenientes curas de las parroquias de Sutiaba, El Laborío, San Felipe y San Juan; el Ministro de Primeras Letras don Darío Herradora, el Capellán y Ecónomo del Hospital don Thomas Montiel, el Sacristán Mayor don Onofre Oconor, un impedido de la vista don Gregorio Hernández, el colector de fábrica don Justo Quintana, el coadjutor de la Iglesia de San Juan don Yndalecio González, tres capellanes de coro y ocho aptos para la administración de los sacramentos.

Mas no olvidemos que la diócesis de León comprendía las provincias de Nicaragua (incluidas las parroquias de Nicoya y Guanacaste) y Costa Rica, sumando 36 sus curatos, los cuales cubrían una extensión de 210 a 230 leguas, 65 pueblos y 162,260 habitantes. Y que sus prelados gobernaron el territorio vecino durante casi tres siglos y medios, o mejor dicho hasta el 28 de febrero de 1850, cuando fue creada la diócesis de San José. De todos ellos —que fueron 40, si contamos a quienes no tomaron posesión del cargo por diversas razones— tres fueron naturales de Nicaragua, o sea criollos: José Xirón de Alvarado (1719-1724), Juan Carlos de Vílchez y Cabrera (1763-1774) y José Antonio de la Huerta y Caso (1799-1803). El primero y el tercero nacidos en León.