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2 SUTIABA COMO ALTER EGO

Ya en su nuevo asentamiento, León comenzó a depender integralmente del pueblo indígena de Sutiaba que en las postrimerías del siglo XVII lo integraban alrededor de mil tributarios: 903 en 1690, 1,457 en 170, 1,227 en 1780 y 801 en 1807. En la primera mitad del mismo siglo XVII, los sutiabas habían construido la ciudad, al servicio de los alcaldes ordinarios, suministrándoles mano de obra semigratuita. Y no sólo eso: sirviendo a los mismos alcaldes, familiares y allegados, sacaban madera para embarcaciones y laboraban en trapiches y obrajes de añil. Dichos alcaldes facilitaban a todos los vecinos españoles de León —incluso a mestizos, mulatos y negros— indios zacateros y leñadores. “Y cuando alguna india paría —informa Alfonso Ayón—, la llevaban violentamente a criar los hijos de los españoles residentes en la ciudad”.

Por tanto, una larga historia de explotación marca las relaciones entre León y Sutiaba: su “alter ego” u otro yo. Explotación que produjo continuas tensiones a partir de los años refundacionales, llegando a su primer clímax en el motín de 1681, cuyo origen tuvo que ver con dos causas. Por un lado, con la decisión de las autoridades españolas de anexar el Partido de Sutiaba al de León; y por otro, con las extorsiones de trabajo y servicios impuestos por dichos alcaldes y los malos tratos y abusos del corregidor, quien les exigía que les vendieran sus productos agrícolas “por los cuales pagaba una cantidad irrisoria” —recuerda Jaime Wheelock Román—.

No puede negarse, sin embargo, que el proceso de indoctrinación cristiana en Sutiaba —y la plena aceptación del ritual católico entre sus habitantes—, era ya notable en 1700, cuando el Corregidor Diego Rodríguez Mendes comenzó a construir su segunda parroquia (la primera había sido “la Veracruz”). Cinco años después su sobrino Bartolomé González Fitoria terminó de erigirla, inaugurándola el 24 de agosto de 1710. De ahí que esta Iglesia “toda ella tan primorosa —como afirmó de ella en 1751 el obispo Morel de Santa Cruz— y dedicada a la advocación de San Juan Bautista, es la de mayor antigüedad del país. Recordemos que hasta 1741 comenzó a construirse la sexta y definitiva Catedral de León.

El templo de Sutiaba acogía, desde principios del XVIII, toda una actividad promovida por catorce cofradías. Cinco de ellas celebraban una misa semanal al santo de su devoción y las otras nueve nuevas misas mensuales; financiaban, además, misas con motivo de nueve fiestas anuales y seis procesiones durante la Semana Santa. Al mismo tiempo, los sutiabas continuaban siendo sometidos a explotaciones. En 1766 había en todo el Corregimiento 1,575 indias hilando y tejiendo algodón para el Corregidor Landecho. Si sumamos a la medida negociada de los tejidos del pueblo con los de León y de los mulatos del barrio San Felipe, tendríamos un ejemplo más desencadenante de las tensiones vividas por la comunidad de Sutiaba, resueltas en parte por el “gobernador” indio don José Cano. Éste, de común acuerdo con las autoridades de León, aceptó la “Calle de la Ronda” como límite físico entre ambas poblaciones para deslindar cualquier litigio futuro.

Como lo constató el diplomático Squier, los indígenas de Sutiaba tenían conciencia de su etnicidad continental y de sus bienes patrimoniales (“ídolos”, lengua, canciones, títulos reales). También el estadounidense observó en 1849 que Sutiaba no había sufrido menos que León a causa de las revueltas postindependentistas, en las cuales se involucraron con brío. De ancestro marinero, como lo ha puntualizado Carlos Mántica, los sutiabas han sido grandes pescadores y mangleros. ¿Acaso no fueron y son sus mujeres excelentes cocineras de pescados y mariscos? ¿no se les debe a ellos /as la leyenda del “Punche de oro”.

Igualmente, reiterando que constituyeron la razón de ser de León —su “otro yo” fundacional— aportaron varios hijos ilustres. Entre ellos: el célebre bachiller Francisco Osejo (“genio inquieto y perturbador”), sin cuyas luces no se explica el origen republicano de Costa Rica; el líder independentista Juan Modesto Hernández (seguidor del caudillo popular Cleto Ordóñez); el escultor Pablo Suazo, cuyas obras de sorprendente acabado se exhiben en los templos de León; los Amaya, toda una familia de músicos consagrados; el jurisconsulto Salvador Delgadillo y el químico Absalón Rojas; José Nicolás Valle: abogado, doctor en Filosofía, maestro de muchas generaciones y valiente general. Aparte de otro abogado y periodista, Fernando Centeno Zapata, el mayor literato contemporáneo nacido en Sutiaba, al fin, un pueblo leonés y barrio de la ciudad desde 1902 integrado a su órbita cultural, pero con una herencia autóctona e identitaria.

3 CONCIENCIA DE CAPITALIDAD

Al establecerse en una llanura extensa y fértil, León se dispuso a desarrollar un destino agrario, pero también —como capital de la provincia— burocrático. O sea que llegó a definirse, simultáneamente, como una arraigada población volcada al campo y centro administrativo de la Nicaragua colonial, perteneciente al Reino de Guatemala.

No obstante, su rivalidad con Granada para controlar el nuevo estado “independiente” lo condujo a dejar de ser la capital. Puntualizamos estas fechas: en 1832 la Asamblea escogió a León como residencia de los Poderes Supremos; más en 1833 los fijó en Managua. Al año siguiente, el Poder Legislativo quedó en Managua y el Ejecutivo volvió a León. Ese mismo año, por una revuelta en la misma Managua, el Legislativo pasó a León y luego a Chinandega. Entre 1845 y 1846 los legisladores tuvieron que ubicarse en Masaya, “contra la opinión de los occidentales”, suscitándose por la prensa una polémica mesurada y brillante —pletórica de enseñanza democrática— entre el eminente don Pablo Buitrago y el ponderado Director Supremo José León Sandoval. Ellos —representando uno la perspectiva leonesa y el otro la granadina— “bajaron a la discusión pública, serena y ejemplar, como patriotas y ciudadanos cultos y libres”.

Al fin, después que fue elevada a ciudad el 24 de julio de 1846, Managua obtuvo el rango de capital del Estado por decisión del Director interino Fulgencio Vega, conservador de juicio claro y acerado carácter —”el viejo y astuto Vega” lo llamó Walker—, quien tuvo la suficiente entereza y capacidad para resolver el malestar entre León y Granada, abandonar el localismo y aplicar la solución. Así, por decreto del 5 de febrero de 1852, el Ejecutivo —que residía temporalmente en Granada— mandó a trasladarse a Managua cuatro día después. Todo ello tenía de trasfondo la derrota de los leoneses que, encabezados por Trinidad Muñoz y con el apoyo de la Iglesia, perpetraron un coup´ etá al gobierno constituido del oriental José Laureano Pineda. De esta manera, León perdió definitivamente su capitalidad.

Durante los “treinta años” la ciudad tuvo un admirable desarrollo tanto material como culturalmente. En 1892 sus habitantes —calculaba el francés Pector— eran unos 45,000 siendo la “metrópolis” (la de mayor población) de Nicaragua hasta principios del siglo XX. Por eso reclamaba el poder político y, con el incidental acceso a la jefatura del Estado de su hijo “epónimo”, el doctor Roberto Sacasa —médico, político y entonces Senador— halló la oportunidad de disputárselo a Granada, cuya hegemonía había aceptado sin mucha resignación. Sin embargo, a tal hegemonía —producto de un pacto entre las élites— debía su recuperación económica.

En 1892, de acuerdo con el citado Pector, los productores agropecuarios que residían en León eran unos 100. A ellos seguían la cantidad de 60 profesores, 50 músicos, 45 comerciantes, 44 abogados, 44 carpinteros, 43 albañiles, 30 barberos, 30 zapateros, 28 eclesiásticos, 24 lavanderas, 20 médicos, 18 sastres, 16 joyeros, 15 farmacéuticos, 15 herreros, 14 agrimensores, 14 tejedores de seda y algodón, 10 periodistas, 10 carniceros, 10 talabarteros, 8 panaderos, 8 pintores, 8 adobadores, 5 hojalateros, 5 tipógrafos, 4 arquitectos, 4 dentistas y 4 ingenieros. Toda una pujante actividad profesional, artesanal y embrionariamente industrial. Por cierto, un ingenio laboraba entre sus localidades aledañas: el Polvoncito —en la jurisdicción de Quezalguaque— y producía aproximadamente tres mil quintales de excelente azúcar “de tacho”.

También funcionaba en León, según la misma fuente, talleres de pirotecnia, tintura, preparación de flores, frutas y figuras de cera; plumas y objetos de algodón, grabados en jícaras o guacales. Sus quince tenerías preparaban toda clase de cueros e incluso terneros encerados. Los sastres y joyeros desplegaban mucha habilidad. Los ebanistas realizaban trabajos finos, económicos. En las talabarterías se elaboraban albardas bien provistas. En las rebozarías, además de mantos de sedas —ya muy cotizados—, se tejían paños de sarga, servilletas, bordados, colchas, hamacas de hilo. Las esculturas en madera del barrio El Laborío eran notables. Y el cementerio de Guadalupe presentaba tumbas de mármol.

Pasando al aspecto cultural, basta citar —de momento— la inauguración del Instituto Nacional de Occidente y de la Sociedad Científico-Literaria El Ateneo en 1881, la del Teatro Municipal (el primero del país) en 1884; la instalación de la Biblioteca Leonesa en los altos del Hotel Intercontinental (1886); y numerosos centros educativos: desde el Colegio Seminario San Ramón, reabierto en 1871 con nuevos estatutos, hasta el colegio de La Asunción para niñas en 1892, regentado por monjas francesas. Ya veremos más adelante otros progresistas adelantos. Cabe sí señalar la revitalización de la Universidad emprendida por el presidente Evaristo Carazo, quien sustituyó el arcaico modelo español por el llamado modelo napoleónico o francés.