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5 LAS OTRAS EXPRESIONES CULTURALES

Incontables páginas se han escrito sobre herencia liberal y el proyecto policlasista y democrático de Máximo Jerez (1818-1881), incluyendo las del suscrito en este libro y en otro: El León del Istmo (1988), como también acerca de los principios liberales sostenido por sus mayores representantes de León. Pero casi nadie ha puntualizado la violencia volcánica y la valentía localista, el sustrato artesano y la actitud introspectiva de los leoneses. De allí que remitamos al lector a los capítulos del libro citado. Igualmente, en dicho libro desarrollamos el capítulo “Poneloya como recreo”, balneario ancestral de los sutiabas y luego de los leoneses (de hecho constituye un barrio de la ciudad) que en illo témpore era propicio a las versificaciones festivas y a las obras de teatro (estamos hablando de 1862 a 1880). Experiencias que tuvieron evocaciones maestras en las páginas de Rubén Darío y Lino Argüello; e inspiraron la celebrada canción del capitalino Orlando Flores Ponce: “El mar salpica tus playas, Poneloya, Nicaragua..., dejando recuerdos a todos los veraneantes”.

Sólo subrayaré en este apartado “El espíritu de Atenas”, diosa del panteón griego, conocida posteriormente en su versión latina de Minerva. En los sellos en los títulos en latín de la Universidad figuraba esta diosa, a quien sus protegidos —los atenienses— le erigieron el Partenón, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Hija de Zeus y de la oceánica Metis, Atenea acabó personificando —después de poseer el carácter de Diosa de la Guerra y luego de la paz— la sabiduría y la prudencia, manteniendo la salud pública y velando sobre el estado y los tribunales de justicia. Por esa significación, es seguro, los leoneses decimonónicos —abiertos a la universalidad y herederos de la tradición neoclásica— la adoptaron como uno de sus emblemas. No en vano su estatua adornó en distintas épocas el patio de la facultad de Derecho, dio su nombre a la famosa Imprenta Minerva y su referencia en discursos universitarios era de rigor.

Dicho espíritu abarcaba el Culto a la Palabra (la oratoria sacra y civil) y a Rubén Darío, las revistas literarias modernistas, la Academia de Bellas Artes (organizadora de certámenes anuales), los Juegos Florales, las escenificaciones teatrales (de extranjeros y nacionales), los conciertos (sólo la orquesta de Mariano Carrillo tenía cien filarmónicos), la práctica lexicográfica, las charlas a los artesanos, etc. Así lo he resumido: de ese espíritu o ambiente cultural —ateneico— participaban todos los estratos sociales, sobre todo el artesanal, como ávido público receptivo de conocimientos y estímulos estéticos. La enseñanza universitaria, renovada y reactivada, daba valiosos frutos. La presencia intelectual de los abogados, médicos y eclesiásticos leoneses se hacía sentir, se consagraba el vibrante verbo oratorio. Se admiraba la ejecución musical y su composición (se crearon y representaron dos zarzuelas locales). Se promovían tanto las artes plásticas como la creación lírica. El teatro no se quedaba atrás. Las revistas literarias tenían sus días más felices.

De ahí que un hijo de Granada, el abogado liberal Heliodoro Moreira (1874-1941), haya puntualizado la rectoría creadora e intelectual de la ciudad en el siguiente elogio que firmara en 1918: “Es León la Atenas de Centroamérica”. Finalmente, ¿cómo resumir el reto a la inteligencia que significó esta aproximación a nuestra ciudad? Por un lado, afirmando que intentamos leer la historia en sus paredes sólidas, largas calles, aleros y tejados, tratando de descifrar el vínculo entre vivos y muertos, o entre tradición y comunidad en marcha. Y, por otro, describiéndola por lo que fue y todavía es:

Una ciudad apasionada e introspectiva, abogadil e hipocrática, artesana y algodonera, barroca y lugareña, beata y supersticiosa, parroquial y espiritista, catedralicia e hispánica, caballeresca y mítica, huertera e ilustrada, romántica y provinciana, calurosa y versificadora, severa y conventual, seminarista y universitaria, eucarística y diocesana, huelguista y guerrillera, bohemia y estudiantil, filarmónica y modernista, retórica y solemne, valiente y violenta, egoísta y envidiosa, avara e indiferente, teatral e ingenua, masónica y teosófica, altanera y mengala, espesa y pendenciera, empedrada y polvosa, indígena y metropolitana, ruinosa y volcánica, chismográfica y tribunisia, municipal y machista, apostólica y sonora, alfonsina y dariana, mártir y patriota, prócer y egregia, conservadora y semanasantera, liberal y revolucionaria, gloriosa e inmortal.

Jurídicamente, León —la ciudad de mayor peso en Nicaragua— también cumple este año su 480 aniversario de fundada, pese a su traslado a Sutiaba en 1610, a causa de un sismo devastador. De ahí que, como hijo 1directo suyo, le dediqué este justo encomio.

BIBLIOGRAFÍA

ARELLANO, Jorge Eduardo: León de Nicaragua /Tradiciones y valores de la Atenas nicaragüense. Managua, Fondo Editorial CIRA, julio, 2002.

ARGËELLO ARGËELLO, Alfonso: Historia de León Viejo. León, Editorial Antorcha, 1969.

BUITRAGO, Edgardo: Breves apuntamientos históricos sobre la ciudad de León. León, Editorial Universitaria, 1988.

BUITRAGO MATUS, Nicolás: León, la sombra de Pedrarias. (segunda edición). Managua, Fundación Ortiz Gurdián, 1998. 2 vols.

FIALLOS GIL, Mariano: León, campanario de Rubén. León, Imprenta Hospicio, 1958.

TORUÑO, Juan Felipe: Ciudad dormida /León Nicaragua. San Salvador, Ediciones Orto, 1955.
 
 6 DE DICIEMBRE DEL 2004 /  La Prensa