Martli-xotchil
Acal-xubj, la diosa de la Barranca
Donde, por revelación de ancianos casi centenarios, se revela la
leyenda de La Martina, a quien los nindirises llamaban “La Vieja de la
Barranca.” Ese horrible esperpento era acusado de encantar para reformar
a los chavalos léperos y también de asustar hasta el pánico
mortis a los hombres perversos
Mario
Fulvio Espinosa Mariofulvio
Martli-xotchil
Acal-xubj —azucena tersa y tan pura que cualquier mirada indiscreta tiende
a marchitarla— languidece entre sollozos.
Su
cuerpo se agita cual nerviosa gota de rocío dentro del ancho jade
de una hoja de danta.
Como
princesa del Tenderí ha sido dedicada de por vida al culto de Xipaltomal,
la diosa virgen que exige castidad. Pero Martli-xotchil Acal-xubj fue profanada
un día por los ojos de azabache de Tezic, un guerrero hermoso y
valiente, pero sin ascendencia divina. Aunque es un héroe de la
tribu, Tezic es un pobre mortal.
De
la boca rosa encarnada de la princesa no pueden brotar mentiras, de modo
que su padre, el cacique Necuderit es conocedor de la pasión que
Tezic ha despertado en su hija. En trance tan doloroso convoca a su monéxico.
Los ancianos también aman a Martli-xotchil Acal-xubj, pero tienen
que castigar aquel incipiente pensamiento impuro. Los códices dicen
que la pena que se debe aplicar a la princesa es el destierro, y los viejos
lloran igual que los antiguos robles legañosos de Dipilto al tener
que comunicar a su princesa y sacerdotisa el veredicto: “Tendrás
que permanecer durante toda tu vida más allá de los límites
del Tenderí, en el Cerro de la Barranca, desde el cual a lo lejos
podrás mirarlo”.
Hace
más de 600 años Martli-xotchil Acal-xubj se fue acongojada
por el camino que lleva a Masaya. Los tenderises la vieron perderse en
el primer recodo y quedaron desde entonces con el rostro triste.
ESPLENDOR
Y VEJEZ EN LA BARRANCA
De
aquel tiempo hacia acá camina la leyenda.
Martli-xotchil
Acal-xubj ve pasar los años, y si bien tiene que envejecer, Xipaltomal
le concedió la gracia de rejuvenecer por momentos, cuando ella así
lo desee. Aunque vive a media legua del pueblo, ella es el don del Tenderí,
el espíritu que vigila, la deidad que ama, cuida y castiga a los
suyos.
De
la Barranca bajan armonías divinas que sólo los escogidos
pueden escuchar. Es la princesa que llora cantando. En la cumbre del cerro
está su casa que sólo los elegidos pueden ver. Y sólo
ellos pueden mirar a Martli-xotchil Acal-xubj.
La
princesa puede aparecer con toda la divina belleza de su juventud, o como
la cuasi momia horrorosa y decrépita que es. Sale al camino para
salvar y aconsejar al bueno, o para perder y “jugar” al malo.
Pero
no sale de repente, no es su intención sorprender, sino que el vidente
bendito o maldito la ve venir a lo lejos, sobre el camino. Si viene juvenil
y esplendorosa el alma del mortal se ensancha de regocijo y felicidad a
cada paso que avanza hacia ella. Si se aproxima como bruja, los cabellos
de la víctima se erizan, se desgonzan las piernas, y sobre la frente
corre un sudor de alquitrán congelado que quema y aterroriza.
FRENTE
AL ABUSIVO CONQUISTADOR
Cuando
los inhumanos depredadores españoles asolaron Nindirí, con
ellos llegaron los curas que pretendieron acabar con Martli-xotchil Acal-xubj,
pero no pudieron. Obligaron al indio a llamarla Martina porque ellos no
eran capaces de pronunciar el bello nombre de la princesa.
La
Martina fue la sabia consejera del cacique Tenderí y de Juan Necuderí.
Ella vio con rabia desde el cerro cómo los suyos eran bautizados
en una religión extraña, cómo eran destruidos sus
ídolos y códices, y cómo sus protegidos eran vendidos
como bestias a través del sistema de “encomiendas” cristianas.
Martli-xotchil
Acal-xubj lloró con ira al ver la forma en que los tenderises eran
descuartizados para servir de alimento a los perros de los conquistadores.
Lloró sangre Martli-xotchil Acal-xubj al constatar que poco a poco
los santos e iconos que veneraban aquellos malvados sustituían en
la mentalidad bondadosa de los indios a sus puros y sencillos dioses.
Desgarró
su corazón Martli-xotchil Acal-xubj cuando los suyos se desgarraron
en luchas fratricidas y sirvieron de carne de cañón a los
oligarcas y tiranos criollos descendientes de aquellos perversos.
Para
manipular a Martli-xotchil Acal-xubj, los obispos bendijeron con sus manos
sarmentosas la leyenda sin principio de “La Vieja del Monte”, especie de
bruja, espanto, cegua, que vivía en La Barranca para asustar a los
herejes y a los cristianos de mal vivir.
MEDARDO
ÑURINDA “EL JUGADO”
Según
cuenta Sancho, allá por los años veinte, Medardo Ñurinda
era el cipote más haragán y sin oficio de todo Nindirí.
Era
“recogido” de la abuelita Balbina, la cual lo envió un día
a vender pinol a Masaya. Desde ese día el muchacho desapareció.
Lo buscaron en Los Altos, Cofradías, San Francisco, El Raizón,
Tisma, Campuzano, Masaya y Managua... y sólo ausencia encontraron.
A los
tres meses le dieron por muerto y le celebraron una vela con café,
tamales pizques, rosquillas de maíz, nacatamales y cususa.
Al
año justo, Medardo Ñurinda entró a Nindirí
por el camino a Masaya. Dijo que había permanecido “encantado” en
la cima del cerro de La Martina, que ésta tenía a su servicio
unos bueyes llorones, varios cabros peludos y un gallo rojo.
Agregó
que los racimos de palmas que techaban el rancho de La Martina eran de
oro. “Allí se vive tranquilo, pero nadie puede escapar, pues al
llegar a los límites de la propiedad se pierde el control de las
canillas, y éstas o no avanzan o comienzan un forzado retroceso
hacia la cumbre del cerro”.
La
Martina hizo de Medardo un muchacho inteligente y habilidoso. Un día
el cipote pudo atravesar el cerco de piñuelas y caminó al
poblado sin encontrar contratiempos.
Se
supo por Medardo que durante la noche de los Viernes Santos La Martina
bajaba de La Barranca con su gallo rojo bajo el brazo, llegaba a la planicie
del camino y soltaba el ave que, picoteando por aquí y escarbando
por allá, entraba hasta la placita del pueblo para emitir tres estentóreos
ki-ki-ri-kí. Después, invisible, regresaba donde su dueña.
EL
EXTRAÑO REUCINDO SOLANO
Los
bueyes llorones —dijo Medardo— son hombres convertidos en rumiantes que
tienen que arar las tierras del cerro que son propiedad de don Reucindo
Solano, anciano patizambo, de ojos amarillos, cara aindiada, cabellos negros
de acero y barba canosa y sucia.
Solano
vivió en una casa de tablas con techo de tejas que estaba ubicada
frente a la Paja de Agua. Su único mueble era una hamaca en la que
pasaba la mayor parte del tiempo. A poca gente le pasaba palabra.
Por
boca de Medardo se supo que los bueyes llorones eran personas de mal corazón
que el viejo contrataba para que trabajaran en sus tierras. En extraño
pacto con Reucindo, La Martina los convertía en semovientes, los
hacía trabajar por varios años y luego se los devolvía
al viejo, quien los vendía al mejor postor. Los “transformados”
volvían a ser seres humanos cuando cumplían su castigo, pero
jamás hablaban de esas cosas.
Reucindo
murió solitario. Nunca hizo un bien ni un favor. Descubrieron el
cadáver ya cuando hedía y lo llevaron a enterrar a la carrera.
Dicen que se convirtió en ánima en pena porque dejó
sepultadas sus riquezas en el patio de su casa.
Los
viejos del pueblo nunca creyeron que Martli-xotchil Acab-xubj tuviera un
pacto con Reucindo Solano.
ELLA
VIVE, ES LA INOLVIDABLE¨
Para
esos ancianos apergaminados la princesa vive y representa la perenne promesa
de resurrección de La Madre Tierra.
Cuando
regrese Quetzalcóatl, nuestra Abya-yala volverá a tener el
verdor de la esmeralda y cosecharemos granos de oro y frutas con los colores
del iris.
Cuando
regrese Quetzalcóatl, los hombres de maíz serán más
que hermanos, tendrán el corazón del dios impulsando la sangre
de todos los humanos.
Y Martli-xotchil
Acab-xubj bajará espléndida de la Barranca para vivir eternamente
entre los suyos. Para seguir siendo la deidad amada y protectora de los
tenderises de buena voluntad. Para los miembros de la tribu que arrojaron
lejos de sí la enorme piedra Mariola (*) de la alienación
que colocaron en sus mentes los abusivos españoles.
(*)
Piedra Mariola: Peñasco de enormes dimensiones que se encuentra
en la bajada de la Laguna de Masaya.
EL
CERRO ENCANTADO
“Cuando
una noche de agosto pasé por el camino, escuché que del cerro
bajaba una tonada divina, como que era cantada por una voz celestial”,
dijo don Pablo Cuaresma, vecino de Nindirí.
“Existen
muchas versiones sobre la existencia de La Martina, y no faltan los que
la confunden con una cegua o con una Mica Bruja... Pero otra es la verdadera
historia”, explica don Justo Pastor Ramos.
“Dicen
que una vez a un curita se le metió exorcizar La Barranca y subió
al cerro con varios vecinos, pero sólo encontró monte, breñales,
un promontorio como cualquier otro”, asegura don Lolo Acevedo.
La
Prensa 23 DE SEPTIEMBRE DEL 2001
Version internet: Eduardo Manfut P Diciembre 2000. |