Don Cosme sabía la historia. Allí en el camino barrialoso
de Santo Tomás estaban los restos del difunto Pacheco
García. Una cruz negra que había cogido un tono verdoso
por la pátina del tiempo, era todo lo que quedaba de aquel
célebre bandido que asolara antaño las comarcas y
haciendas de aquel lugar. Diez años tenía de haber
entregado el fardo de malas cuentas ante Dios, pero con todo y eso, el
recuerdo de aquel hombre siniestro persistía en las mentes de
los humildes y sencillos moradores de la comarca de Santo Tomás.
El alma de Pacheco García vaga por las noches en
el llano.
Esa era la voz popular que se había regado en todos
los ranchos y haciendas del lugar. Nadie intentaba cruzar el llano de
noche, temeroso de encontrarse con el espanto, y si por un atraso
involuntario sorprendían al viandante las sombras de la noche,
detenía la marcha, para pernoctar en algún rancho
mientras llegara el alba para emprender de nuevo su camino.
XVII
La cruz del muerto estaba al pie de un guácimo gacho,
y de allí la gente cogió en llamarle "El Espanto del
Guácimo Renco".
-"Es algo que crispa los nervios, oír aquel gemido y
ver aquella luz", me decía ña Mercedes, una anciana,
parienta de don Cosme. Y esa misma noche que ña Mercedes me
contó lo del espanto, también estaba don Cosme, viejo
noventeflo y uno de los supervivientes de aquellos aciagos días
en que el temible Pacheco García pasaba por sus viviendas como
un huracán devastador.
Don Cosme me hizo señas. -"Venga para acá, que
le voá contar la historia; yo la sé mejor que naide". Y
en un sitio donde nadie podía escuchar, el viejo finquero me
contó la historia de "El Espanto del Guácimo Renco".
Pacheco García era jefe de una cuadrilla de veinte
salteadores. Aquellos días se vivían con el Credo en la
boca. Era en el tiempo que aquel otro sanguinario que se llamara
Pedrón Altamirano, hacía de las suyas en los desgraciados
pueblos segovianos.
Las haciendas eran continuamente saqueadas; era en la
época
en que la vida de un caballo valía más que la de un
cristiano. Pacheco García, cierto día tuvo un disgusto
con Pedrón; de ahí vino que el primero se desligara del
segundo, llevándose en su separación a -veinte de los
más empedernidos asesinos. Santo Tomás del Nance, aquel
humilde pueblito enclavado en las inmediaciones de la frontera
hondureña, era pasto de aquellas hordas de salvajes, y
allí en las afueras, como a dos kilómetros, don Cosme
tenía lo suyo.
Pacheco García, nunca fué cazado por las
fuerzas del Gobierno; conociendo como sus propias manos toda la
región, era posible que se ocultara en las espesuras de aquellos
montes.
Este siniestro bandolero no salía de día; sus
andanzas las hacía amparado en las sombras de la noche. Pacheco
García era implacable;' no se satisfacía con robar, sino
que también quitaba vidas por el prurito de ver correr la
sangre. Cuando llegaba a las haciendas escogía los mejores
potros de los hatos, y si sus ojos se fijaban en alguna hembra, no
tenía más que hacerle una señal a su ayudante y
montarla en ancas de un caballo, y si el padre de la raptada protestaba
por el honor de la hija, le daba en recompensa un par de tiros y
allí quedaba boca arriba en medio del llanto de sus deudos.
Así pasó mucho tiempo aquella bestia
humana, sin que nadie se interpusiera en su camino.
Don Cosme era viudo, pero vivía acompañado de
sus tres hijas: Isabel, la mayor; Carmen, la de en medio, y Dolores, la
cumiche.
Eran tres sencillas y bonitas campesinas que su padre,
férvido creyente en la religión católica, las
había educado bajo el santo temor de Dios. Don Cosme
tenía un pariente, doña Mercedes, a quien ya me
referí antes. Las niñas quedaron huérfanas desde
muy tiernas y doña Mercedes, mujer de nobles sentimientos, se
hizo cargo del cuido de las criaturas.
Las instruía en el catecismo y les contaba por las
tardes, al amparo del alero, pasajes de la vida de Jesús; de
allí que las niñas, a pesar de que eran campesinas, nunca
sus virginidades fueron marchitadas por los sátiros.
Don Cosme las tenía aleccionadas, les hablaba con
sencillez, sin malicia alguna, como padre verdadero, consciente en el
deber sagrado de conducir a sus hijas por el camino recto de la
honestidad. Nunca las niñas oyeron que los labios de su padre
pronunciaran palabras obscenas.
Así fueron creciendo, sencillas y bonitas, como las
flores de los campos y como sus vestidos de zarazas. Don Cosme las
adoraba, pero tenía especial predilección por Dolores, la
cumiche, y la más bonita de las tres.
Sin duda, porque la niña no conoció madre,
pues cuando la que le había dado el ser abandonaba este mundo,
la niña apenas llegaba a los diez meses. Dolores tuvo que
despecharse con la leche de una yegua que su padre solicitó de
un vecino.
El rancho de don Cosme era de techo pajizo con forro
dé tabla; tenía además, por separado una
pequeña troje donde almacenaba el fruto de sus cosechas, lo
mismo que un chiquero para los curros, dos vacas de mediana calidad y
un par de bueyes aradores, sus amigos queridos que le daban el
sustento.
Tenía un desmonte que, por su abundancia en troncos,
lo sembraba a bordón, pero le sacaba el jugo año con
año. Ese era todo el patrimonio del viejo finquero.
Cierto día aquella paz y alegría que reinaba
en el humilde hogar campesino se vió pronto apartada, para darle
paso a la tragedia y el dolor, y... una noche se oyó sobre el
camino silencioso del llano el tropel desenfrenado de una
caballería.
Era Pacheco García que, olfateando la presa se
encaminaba a lo de don Cosme. Era una noche oscura, sin estrellas, sin
luciérnagas que pringaran de plata los campos; apenas en las
sombras se destacaba como una fantasmagoría el pabilo
amarillento de velas y candiles en los ranchos.
El viejo comarcano a la vera de la puerta de su rancho y
sentado en una pata de gallina, conversaba con don Blas Urbina, su
vecino más cercano.
Sus hijas adentro, rezaban con ña Mercedes el
rosario. El grupo de bandidos rodeó el rancho y Pacheco,
desmontándose, entró sin saludar.
Don Cosme se incorporó al ver que aquella pandilla de
forajidos allanaba su casa.
Quiso ir en busca del arma, pero las manos de un bandido lo
trabaron por detrás haciendo otro tanto con don Blas, que quiso
largarse para dar la voz de alarma en el vecindario.
Pacheco arrastró a Dolores al patio entre las
protestas y lamentos de ña Mercedes, que les lanzaba maldiciones.
Por las mejillas de don Cosme corrieron dos lágrimas
que se fueron a perder en el bigote.
La alarma cundió en el caserío y hubo algunos
que, queriendo
defender el honor de las hijas de don Cosme, tomaron
sus armas que no eran más que rústicas escopetas
fabricadas por ellos mismos.
Cuatro comarcanos con sus cuerpos perforados por las balas
asesinas quedarontendidos en las puertas de sus ranchos. Los bandidos
se largaron entre risotadas sarcásticas e interjecciones
obscenas.
Don Cosme, con el alma desgarrada vió a su hija que
se alejaba prisionera de aquella partida de salvajes.
De Dolores no se volvió a saber nada en la comarca.
Su padre denunció el caso ante las autoridades del pueblo, pero
desde el soldado hasta el Comandante y el Alcalde eran una partida
dé cobardes.
El Comandante, que obedecía órdenes del propio
Alcalde, no hacía por donde se interesara este último en
dar una orden en busca del bandido; la voz popular era que estos
individuos tenían amistad con el bandolero.
Pacheco García era dueño de vidas y haciendas.
Era ésa la triste situación de aquel padre ofendido, que
decidió beberse su dolor mientras llegara la hora de hacerse
justicia con sus propias manos.
En ese tiempo don Cosme tenía ochenta años,
pero era un viejo fuerte, macizo y lleno de salud, que disparaba su
escopeta sin importarle la patada. Se había criado en los campos
desde muy pequeño, ayudando a su padre en los rodeos de la
hacienda y en los viajes que hacían las tropillas de reses donde
se tragaban leguas de leguas en medio de los llanos calcinantes.
Don Cosme no representaba la edad que tenía; de su
pelo hirsuto no asomaba ni una cana y aunque sus brazos eran delgados y
coyundosos, no por eso rehuía el mango del hacha. Era un indio
de los que muy pocos quedan ya.
Pasaron algunos meses.
Doña Mercedes se entristeció tanto que hubo un
día se temiera por su vida. Ya no era la misma doña
Mercedes de antes. Ya no les contaba por las tardes a las sobrinas los
pasajes de la vida de Jesús. Muy poco se le miraba y hasta se
decía que estaba perdiendo la razón, porque la
oían algunos que hablaba a solas pronunciando el nombre de la
sobrina ida.
Don Cosme también ya no era el mismo.
Se había vuelto huraño hasta con sus mismas
hijas; todo le molestaba, su espíritu se había tornado
susceptible, a la menor cosa se irritaba, dándole escape a las
lágrimas.
Era huidizo,, —ya no visitaba a nadie, siempre andaba solo;
todas las tardes se le miraba pasar escopeta al hombro con
dirección al llano.
Así pasaba el tiempo. Un año había
pasado desde lo de Dolores; don Cosme, como de costumbre, seguía
en sus paseos por el llano.
Cierto día, cuando ya la tarde declinaba y las
sombras de la noche comenzaban a cubrir el llano de rumores
misteriosos, el finquero, que regresaba de su, cacería con un
par de aves en la mano, oyó el grito de alcaravanes que
habían levantado el vuelo asustados.
Volvió la mirada para indagar el motivo y
advirtió en la distancia la silueta de un hombre a caballo.
El jinete, al llegar junto al viejo se desmontó y sus
primeras palabras fueron para pedir perdón. Don Cosme no lo
había reconocido, pero el hombre le refrescó la memoria
cuando le contó que había sido ayudante del bandido que
se raptara a su Dolores.
El viejo levantó el arma con la intención de
volarle los sesos de una perdigonada.- -¡Máteme si
quiere!, pero antes voy a decirle una cosa- fué la respuesta del
hombre ante la hostilidad del otro. Don Cosme bajó el arma y
escuchó.
-"Pacheco mató a su hija de un balazo porque
quiso juirse; eso jué hace un mes, tá enterrada en el
fondo de una cañada; yo tuve intenciones de venir hasta
aquí para decírselo, pero ese pendejo de García
podía matarme.
Hoy que ya me separé de él no me importa,
porque agorita estaré al otro lao de la frontera y hasta
allí no se atreve a perseguirme. Yo no quiero seguir más
en esa vida; si antes anduve con su pandilla jué porque
necesitaba dinero para mi pobre vieja que vivía enferma; hoy que
ya murió ella, nada me liga éon él". El hombre,
después de una breve pausa prosiguió: -"Y para su
conocimiento le digo; Pacheco pasa temprano de la noche por el camino
de "El Guácimo Renco" con dirección a la majada de Rancho
Pando donde tiene una querida, para regresar endespués a la
medianoche".
El hombre montó de nuevo y sin despedirse
arrió al caballo, que se tendió al galope con invariable
rumbo por el llano oscuro y solitario.
Don Cosme llegó a su rancho con media hora de
retraso. No dijo nada! Tomó su tumba de café negro con un
tasajo de carne; luego se fué a un baúl desvencijado y
sacando una lámpara vieja de cazar empezó a limpiarla.
Luego de haber terminado se puso el sombrero, cogió
la escopeta, salió del rancho sin decir nada y se metió
en la noche. Sus hijas, que sorprendidas habían observado sus
movimientos, vieron nomás en medio de la densa oscuridad la
brasa del puro de don Cosme que, como una luciérnaga de oro, iba
denunciando su camino.
El ' "Guácimo Renco" distaba del caserío un
poco más de tres kilómetros y hacia él se
encaminaba don Cosme. Un cuarto de hora faltaba para alcanzar la
medianoche, ya se advertían tras el espinazo de los cerros los
resplandores de la luna.
El cielo, antes sucio de espesos nubarrones, se había
despejado, presentando el maravilloso cuadro sideral de sus mundos
luminosos.
El llano también había silenciado sus rumores,
pero de vez en cuando aquel silencio solemne y misterioso era roto por
el canto de alcaravanes asustados o por el graznido de aves nocturnas
que buscaban caza en los pajonales de los charcos.
Don Cosme, el estoico campesino que por espacio de un
año se bebiera su pena y su dolor, allí estaba sobre las
ramas mismas del "guácimo renco" esperando se llegara el momento
de vengar su sangre ultrajada. Todo estaba completamente en silencio.
De pronto se oyó el galope de un caballo. Era
él, el violador, el que no bastándole con haber
desflorado a su hija de quince años, le había quitado
también la vida.
El corazón de don Cosme aceleró sus latidos;
estuvo a punto de dejar caer el arma, pero
sobreponiéndose se aferró con ella a una rama.
Su cerebro daba vueltas como las aspas de un molino.
Pensaba. ¿Y si no fuera el propio Pacheco García el que
galopaba a esas horas, y si fuera por desgracia algún
pacífico caminante al que le hubiese caído la noche en el
llano? Don Cosme se deshacía en terribles meditaciones, vacilaba
por momentos y tuvo intentos de bajarse y salir corriendo a campo
traviesa; tenía miedo que no fuera el hombre que esperaba. Pero
en medio de aquella lucha interna una voz le decía:
-"¡Detente, no te acobardes!, el hombre que viene es el asesino
de tu hija".
La batalla de presentimientos que sostenía aquel
espíritu se aplacó. El galope del caballo, que se
oía más cerca, tenía resonancias de tambores en
medio del silencio. Don Cosme montó su escopeta y esperó.
La luna, que bañaba de luz la inmensa vastedad del
llano, alumbró el rostro del jinete en los precisos momentos que
pasaba junto al árbol fatídico. Era él, le
reconoció en el instante. Ponerse la escopeta a la cara, apuntar
y apretar el gatillo fueron contados segundos.
El estampido del disparo despertó a la noche,
saliendo de las entrañas mismas del llano un pandemonium de
ruidos.
Las aves que viven a la orilla de los grandes charcos y los gritones
alcaravanes se desbandaron en el aire como una legión de brujas
chillonas, y el ruido del disparo, que se fué tragando la
distancia, se convirtió en un eco vago, algo así como el
gemir del viento o el llamado de ultratumba donde a esa hora volaba el
alma del bandido.
Don Cosme se bajó, cogió de los extremos el
cuerpo y arrastrándolo hacia el pie del árbol lo
dejó sentado en el tronco. El caballo, que al estampido se
había disparado, pastaba tranquilo como a cien varas del suceso:
don Cosme lo espantó, cogiendo el animal al tranco por entre los
jicarales.
La muerte de Pacheco García quedó en el miste
rio y desde entonces, dicen los lugareños que su alma en pena
vaga por las noches en el llano, donde se ve una luz y se oyen unos
gemidos.
Esa es la historia que me contó don Cosme, de la cual
fué el único protagonista. El espíritu de aquel
bandido, en un apagamiento terrestre, ha quedado espantando por las
noches al caminante que se atreve a cruzar por el camino del llano
donde está el "guácinio renco".
internet: Eduardo Manfut P Diciembre
2000
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