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 La leyenda de los 
“Muertos y Aparecidos"

 MUERTOS O APARECIDOS
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Tomado de "El muerto o aparecido", en Enrique Peña Hernández: Folklore de Nicaragua. Editorial Unión, Masaya, 1968.
Otro dolor de cabeza de los tunantes de Monimbó es el Muerto o Aparecido. Encontrar los tunantes el Muerto, es cosa tan frecuente como encontrar las ceguas. Sin embargo, aquél es más temido y causa más pánico que éstas.
En la oscuridad de la noche el tunante advierte cruzado en el camino o callejuelas del barrio, un bulto blanco. Inmediatamente se apodera del trasnochador un miedo terrible, una especie de calambre; y no puede retroceder.
El aspecto del bulto es vaporoso.
El indio, repuesto de la primera impresión, echa mano a su cutacha de cruz; y, si lleva prisa, avanza rápidamente y la pasa metiendo de punta en la cabeza inconsistente del muerto. Incontinenti desaparece éste, como por ensalmo; y se oye el ruido de un mosquero alborotado.
Si el tunante no lleva prisa, se acerca despacio al bulto acostado, le clava la cutacha en la cabeza y comienza de inmediato a rezar sus oraciones que, aunque las lleva en el bolsillo, se las sabe de memoria. A medida que va rezando, el bulto vaporoso va tomando consistencia y solidez, hasta quedar convertido en un ser humano hecho y derecho, varón, lleno de vida.
Cuando esto sucede, cuando se efectuó la cogida dei muerto, el tunante se va para su choza; y el ex-muerto se llende tristeza y de pena. Y pasa así varios días, hasta que se muere de veras. Murió de pena, dicen todos los vecinos.
Eso sí, el ex-muerto es desconocido para toda la gente del barrio. Le prodigan atenciones, lo asisten y lo entierran, pero por espíritu de caridad. Nada más.
Muchos creen que hay también ciertos hombres que tienen poder de vomitar su alma, para convertirse en fantasmas. Otros sostienen que beben algún «brebaje» o «preparación» para poderse convertir.
El objetivo de muerto o aparecido es el de ejercer venganzas o daños por rivalidades amorosas, envidias, o disputas por intereses. Pues si el tunante espiado no anda prevenido, queda peor que jugado 'e cegua: amanece muerto, con huellas moradas en el cuello y demás partes del cuerpo...
I I

LOS GAMONALES
Tomado de "Los gamonales", en Enrique Peña Hernández: Folklore de Nicaragua. Editorial Unión, Masaya, 1968.
Partiendo de la Iglesia de Magdalena, se prolonga hacia el Suroeste la calle de El Arenal, ancha y hermosa. Como a 250 varas desembaca sobre esta calle el camino del Bajadero de Monimbó que le entra por la derecha, en dirección opuesta, formando un ángulo agudo.
El lote de terreno comprendido dentro de los lados de este ángulo es llamado la «punta de plancha», porque tiene tal figura.
A la vera Norte del camino del Bajadero, a poca distancia de la «punta de plancha», sobre una pequeña loma se destaca el Camposanto de los indios de Magdalena (Monimbó de Abajo).
Todos los indios dicen que en la propia punta de pse dan cita los brujos: allí llegan micos y chanchas brujos, ceguas, etc.
Este lugar es temido de noche.
La proximidad del cementerio lo torna más tétrico.
En ciertas noches de luna, a las doce en punto, llegan a este sitio unos hombres altos, fornidos, montados en caballos negros, relucientes, de buena raza. Estos jinetes andan lujosamente vestidos y sus cabalgaduras ricamente enjaezadas.
Llegan al citado lugar, a la hora señalada, de diversas direcciones.
Al caminar se oye el rechinar de los arneses, ruidos metálicos y chirridos de cueros nuevos.
Una vez congregados en la punta de plancha, sin desmontarse, se ponen a conversar en voz baja. Solamente se escucha el cuchicheo.
Después de cierto rato de conversación, salen todos juntos apareados, en dirección de la Iglesia de Magdalena; y no se sabe para dónde cogen.
Los indios, cuando escuchan el trote de los caballos, se encierran u ocultan; y los que están en sus chozas se quedan calladitos; y casi no tienen valor de mirar por los encañados.
Estos jinetes son los Gamonales.
Son muy temidos, pues dicen que manejan unos látigos con los que fustigan a los que encuentran por el barrio.
Se cree que sean los demonios, pues nunca se le ha visto la cara, porque andan embozados y sus vestidos son negros.
Pero algunas viejas indias opinan que tal vez sean los espíritus de antiguos jefes o caciques que, montados en caballos fantasmas de los españoles, se presentan al barrio a la medianoche para recordar su autoridad...
¡Los Gamonales...!
¡Los Gamonales...!
Exclaman los indios cuando los oyen; y corren despavoridos a ocultarse en las montes o en alguna choza.

GUARDADORES DE TESOROS
Tomado de "Yo no sé quién soy" (fragmento), en Gustavo A. Prado: Leyendas coloniales. Ediciones del Club del Libro Nicaragüense, Managua, 1962.
Cuentan las crónicas que Fray José Jirón de Alvarado, fue un sabio, un grande orador, y un santo, grato a los ojos de Dios. Érase de la estirpe de los conquistadores de Guater :pila, de aquellos bravos hombres que vieron quemar las naos de Cortés y le ayudaron a sojuzgar la raza azteca.
Nació Fray José en esta ciudad de los Caballeros de Santiago de León a principios de 1662 y murió en 1724, habiendo sido el primer nicaragüense que ocupó la silla episcopal.
En la Sala Capitular de la Catedral puede verse su retrato. Es un preclaro varón de aquellos siglos: expresión ascética la de su rostro, ojos hundidos, brillantes y asaz escrutadores; labios finos y barbilla recia y saliente de hombre de fortaleza y fe teologal.
Refiérese de tan noble Monseñor que una noche retirado ya en sus aposentos y en momentos de terminar sus oraciones y listo para entrar en el lecho, se volvió súbitamente a la puerta y saliendo a la calle anduvo como un sonámbulo sobre la llamada Calle de los Chapanecas -hoy de San Juan de Dios- así llamada por habitar en ella una familia de Chiapas que había llegado a establecerse a León, desde 1603. Se detuvo frente a un solar, saltó por la empalizada y llegó en el preciso momento en que se levantaba una espada guacalona sobre la cabeza de un negro esclavo.
  ¡No matarás! -dijo suavemente Fray José.
Y el brazo del asesino quedó paralizado.
Sed bueno y sed justo -continuó-. ¿Porque váis a enterrar vuestro tesoro y habéis confiado a vuestro esilencio ce la muerte ( Guue ley ue UIUS U5 U1UU I.jUC ti] CJUICIVU
no es vuestro hermano? Desbastad las asperezas del espíritu con el amor del prójimo que es lo más santo ante Dios Nuestro Señor.
El noble señor de capa y espada, quedó anonadado y cayó de rodillas ante el Señor Obispo; mientras el esclavo llamado José Ferolato contemplaba sin comprender aquella escena desde el fondo de la fosa.
Í Levantaos! -ordenó Fray José.
Y desapareció.
 

Nuestros antepasados no conocieron las ventajas de las cajas de hierro con cerraduras de combinación y para resguardar sus caudales los enterraban en botijas de barro, en cofres de madera o en pequeños arcones de hierro. Mas como la tarea de cavar la tierra era encomendada a un esclavo, la fosa se hacía siempre bastante larga, y cuando éste bajaba al fondo a colocar el tesoro el señor se iba por detrás y le hundía la espada, cayendo el esclavo muerto sobre la caja. Luego la tierra la cubría todo.
Por eso diz que los muertos que salen anuncian tesoros ocultos y cuando hanse hallado ha precedido siempre el hallazgo macabro de un esqueleto.
 
 
 

La Carretanagua

El Cadejo

El Barco Negro

Ceguas, Chanchas y micas brujas

Chico largo del Charco Verde

El lagarto de oro

Pancho ñato

Los duendes

Muertos y aparecidos

El coronel Arrechavala

La Llorona

La Mocuana

El punche de oro de Subtiava

La dulce Xali del Cailahua

El camino y los pinos del Nikiniki

La historia del Viejo Chinantlan

Leyenda de La Inmaculada en Granada

Los siete negritos

La Novia de Tola

La leyenda del “Tamarindón”,

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