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LOS SIETE NEGRITOS
Tomado de "Los siete
negritos", en Enrique Peña Hernández: Folklore de Nicaragua.
Editorial Unión, Masaya, 1968.
Era notorio en el
pueblo que Filemón Suárez había sufrido un completo
fracaso económico. En tos últimos dos años, como aparente
víctima de una maldición, había venido dando traspiés
en sus negocios y empresas; pues sus frecuentes fallas no parecían
obedecer a contingencias de ordinaria ocurrencia, sino que los golpes desafortunados
habían caído sobre él sucesiva e implacablemente,
sin alternativas de pasajeras bonanzas, hasta liquidarlo totalmente...
i Pobre Filemón!
Todo lo había perdido: sus dos fincas de agricultura, su ganado,
su hermosa casona en el pueblo, su bien surtida tienda de abarrotes...
Todo. Los acreedores, que no eran pocos, no habían tenido piedad
de él; así como tampoco la había tenido Filemón
con los deudores suyos, en sus tiempos de prosperidad. A la verdad que
la gente no se condolía de la quiebra; más bien se alegraban;
la consideraban como merecido castigo de la ambición y avaricia,
de la malevolencia de aquel hombre.
Ahora Filemón
era un cualquiera, pero sabía trabajar -de eso no cabía duda-
y estaba más o menos joven, pues frisaba en los cuarenta años;
así que con inquebrantable resolución y firmeza decidió
irse a buscar trabajo de jornalero a las haciendas del Cerro.
Todo el mundo lo
miró irse, con alforjas al hombro, de caites,, y con aire resuelto.
Las comadres comentaron:
-¡Así
terminan los malvados...!
-iY peor que lo
hemos de ver...!
-¡Nadie se
va de esta vida sin pagar sus pecados...!
No había
transcurrido una semana de la partida de Filemón, cuando éste
regresó; y por cierto, de muy distinto talante de como se había
ido. El pueblo todo se quedó pasmado de asombro, estupefacto, no
querían dar crédito a sus ojos; creían estar alucinados;
pero no...: allí estaba Filemón Suárez; ¡y había
que verlo cómo regresaba...!
Efectivamente, había
que verlo... Caballero en un magnifico caballo tordillo, bien enjaezado,
con un mantillón azul marino y riendas de cuero de excelente calidad,
calzando espuelas plateadas, el que se suponía quebrado y fracasado
se paseaba desafiante por las cuatro calles del pequeño poblado,
en todas direcciones, como un flamante cirquero, en plan de exhibición.
-¿Se habrá
sacado la lotería el gran bandido...?
-¿A quién
habrá desvalijado...?
-¿Se habrá
hallado alguna botija...?
-¿Le habrán
dejado una buena herencia...?
Estas y,otras preguntas
parecidas se hacían las gentes; pues no atinaban a encontrar la
razón del repentino cambio de fortuna de su odiado coterráneo.
Pero volvió
la calma a reinar en el ambiente; y el enigmático Filemón
volvió a recuperar sus propiedades rústicas, su vieja casa,
su ganado; compró dos haciendas más, montó una gran
tienda de abarrotes mejor que la primera e instaló una curtiembre.
El dinero le entraba
a manos llenas... La suerte había cambiado radicalmente para él;
ahora le era enteramente favorable. Todo le salía bien. Si sembraba,
obtenía opimas cosechas: si apostaba a los gallos o jugaba a los
dados, ganaba Inexorabl} ;,gel te; si comerciaba, ganaba y ganaba... ¡Oh...
. cómo se reía de su excelente fortuna...! Indiscutiblemente
que él era segura carta de triunfo en todas las empresas
Ante el poderío
adquirido por Filemón, la gwn t~ no tuvo más que resignarse
y no volver a murmurar; porque -como decían los viejos-, ese hombre
había nacido parado...; y, además, él tenía
y daba trabajo a todo el mundo. ¿Pero, de dónde habría
sacado tanta plata, si había quedado arruinado? ¿La habría
tenido enterrada?
Serían ya
como las siete de la noche, cuando Filemón regresaba de su hacienda
de ganado sita en los faldas occidentales dei cerro. El aire estaba fresco
y la noche comenzaba a cubrir la tierra. Era por el veranillo de San Juan.
La bestia que trotaba sosegada y acompasadamente, de pronto empezó
a inquietarse. El amo, extrañado de la alteración nerviosa
del animal, le habló con suavidad, lo palmoteó en el pescuezo
y le acarició las crines; pero el caballo, lejos de calmarse, continuaba
en su excitación. Y cuando Filemón menos lo esperaba, dio
el animal un formidable relincho y se paró violentamente asegurándose
sobre las patas traseras; que sí no hubiese sido por la destreza
del montado, habría dado con su humanidad en el suelo. No queriendo
exponerse más, se apeó de la bestia; y no bien lo había
hecho, cuando ésta dio media vuelta, y salió a todo galope
por el camino que traían.
Ya solo Filemón
en el camino, tuvo miedo. Una idea punzante le taladraba las sienes. ¿Será
posible? -se decía-. No, no puede ser --se contestaba en voz baja.
Pero el miedo, como viento helado, le corría por la espalda y le
estaba corroyendo el corazón. Y sin darse cuenta, abrió los
brazos en actitud implorante, y gritó a pleno pulmón: ¡No
puede ser...!
¡no puede
ser...
-Sí, puede
ser v tiene que ser -le contestó una voz desagradable y fuerte que
salió de las sombras. Y acto seguido. el dueño de la voz
se ¡e plantó enfrente.
Cuando Filemón
lo reconoció, se le tiró al suelo como haría el siervo
más desgraciado; y se puso a besarle !os pies.
-De nada te sirven
todas esas humillaciones -le espetó agriamente el otro. Y con timbre
mandón, le ordenó:
--Levántate.
Por estar disfrutando de la felicidad que te ha proporcionado el dinero,
te has olvidado del transcurso del tiempo... y del pacto que suscribiste
con tu propia sangre. Levántate, infeliz.
Obedeció
Filemón como verdadero autómata. Había sufrido en
un instante una notable transformación: estaba convertido en un
anciano tembloroso y encorvado. ¡Pobre Filemón! Ahora sí
que era digno de compasión. Había caído en las redes
del mismísimo Diablo y no habla manera de cómo escaparse.
¡Qué
de angustias y penas lo atormentaban! ¡Cómo estaba de arrepentido:
pero de nada le servía...!
Ahora lo recordaba
todo: como en una cinta cinematográfica pasaban por su mente los
recuerdos de los abominables sucesos de aquella tarde calurosa de julio,
hacía siete años.
Sí, todo
se le presentaba con meridiana claridad.
Cuando salió
dei pueblo en busca de trabajo, lo había alcanzado un hombre con
apariencia de jornalero, descalzo, con su machetillo debajo del brazo y
con el rostro medio tapado por un sombrero alado. Bien lo recordaba.
El individuo en
cuestión le había metido plática, sobre la carestía
de la vida, la pobreza, las calamidades, etc.; y él, Filemón,
entrando en confianza, le había contado su reciente fracaso y el
rudo golpe sufrido...
-¿Y ahora
qué piensas hacer? -le había preguntado elhombre.
-Pues buscar trabajo,
para pasar la vida; pero quién sabe si me podré acomodar
acostumbrado como estaba a tener mucho dinero...
C No bien había
acabado Filemón de pronunciar la palabra
iz dinero, cuando
el compañero dio un gran salto y fue a caer sentado en una piedra
grande que estaba a la vera del camino.
e Se quitó
el sombrero aludo y ensayando su mejor sonrisa,
v llamó a
Filemón, y éste, insensiblemente, se fue acercando y acercando,
hasta quedar bien cerca de aquél...
C -Acércate,
no temas -le dijo a Filemón.
-¿No es dinero
lo que quieres? -agregó interrogante.
-Lo tendrás
-continuó, con la voz más melosa del mundo-. ¡Qué...,
nada contestas! -prosiguió malhumora
g1 do-. ¡Oh
no, bien veo que eres un cobarde, un hombre
y pusilánime:
por eso fracasaste y fracasarás siempre. ¡Basta, contigo nada
se puede...!
Y acto seguido hizo
ademán de levantarse e irse. Entonces Filemón, al ver que
su amigo se le iba; lo detuvo te, diciéndole:
-¡No,
espere...! Perdone. Explíqueme, no le comprendo.
-¡Ah, eso
es otra cosa! Ya le explicaré.
Y acomodándose
bien en la piedra que le servía de
asiento, el
desconocido habló así:
«Yo soy un
ser poderoso, poderosísimo. Yo soy el amo del mundo y sus riquezas.
Yo doy las riquezas y el poder a quienes lo desean y están dispuestos
a aceptar mis condiciones, que no son muchas».
«Si tú
quieres hacerte rico, tener poder y que todos te teman y respeten, consíguete
siete gatos negros y una lata grande, y te vas mañana a la cumbre
del cerro, en donde te esperaré a las tres de la tarde. Llevas también
un cántaro de agua, un manojo de leña bien seca y fósforos».
Y diciendo las últimas
palabras, desapareció.Filemón se quedó atónito.
Pero desgraciado como andaba y sin qué comer, tomó la inquebrantable
resolución de acatar el consejo del misterioso desconocido. Y así,
se dio a la tarea de conseguir los gatos y demás «materiales».
Empeñó o malvendió sus alforjas, su poca ropa que
le quedaba y aun los caites; y a la hora convenida ya había subido
a la cumbre del cerro, por tercera y última vez (pues tuvo que hacer
tres viajes de acarreo); y se dispuso a esperar a su arnígo.
No tardó
en aparecer. Y tomando éste la palabra, con voz grave y pausada
le ordenó:
-Prepara una fogata,
echa el agua en la lata y espera que hierva. Cuando esté en ebullición,
echa los siete gatos en el agua y tapas la lata con esta tabla.
Y le dio una tabla
burda.
Filemón obedeció
al pie de la letra, Cuando el agua comenzó a hervir metió
los gatos y tapó el recipiente.
No había
acabado de hacerlo, cuando los gatos se pusieron a dar aullidos terribles,
horrosos, despavoridos, escalofriantes..., que atronaban el espacio, como
si fueran mil tormentas juntas...
Luego se empezaron
a oir chirridos de cadenas y grillos, grandes ayes y lamentos sin cuento
como de personas torturadas...
La atmósfera
se puso densa, saturada de humo azufrado y mal oliente, y por momentos
se perdió la visibilidad de los objetos.
Filemón estaba
aterrado, desesperado. Y pensó en huir y abandonarlo todo. Y ya
iba a poner en ejecución su pensamiento, cuando una altisonante
carcajada lo detuvo, y lo dejó como petrificado. Cesaron los aullidos,
chirridos y lamentos, se disipó la humareda y todo volvió
a la normalidad, como antes había estado. Se volvió del lado
de donde provenía la carcajada, y violo que nunca sus ojos habían
visto ni habrían querido ver:¡El Diablo! ¡El Diablo
en su espeluznante figura! Allí estaba: con sus ojos llameantes
y pavorosos, su cuerpo peludo, sus cuernos, su cola, sus uñas, su
aliento azufrado y humeante...
Filemón creía
estar soñando, ser presa de alguna pesadilla,.. ¡Horror, horror...!
Allí estaba El Malo, tal cual era, como le habían contado
que era...
-Bueno -le dijo
el Diablo-. ¡Manos a la obra! Destapa esa lata y saca lo que hay
dentro.
Hizo Filemón
lo que le mandaron; y sacó siete hombrecitos negros, bien formados
pero chiquitos, como de dos pulgadas de estatura.
-¡Échalos
en tu cajita de fósforos; y llévalos siempre contigo. Que
ellos te darán todo lo que quieras... pero durante siete años
solamente, a contar de hoy. Son los Siete Negritos parte de mí,
algo así como hijos míos...
Filemón acató
las instrucciones, y se guardó la cajita con su preciosa adquisición.
-Ahora -agregó
el Diablo- vas a firmar el contrato.
Y desenrollando
un documento que llevaba preparado, le pinchó una vena del brazo
derecho al pobre hombre, humedeció en la sangre de éste una
pluma de zopilote y lo hizo firmar. Todo aquello se realizó en un
abrir y cerrar de ojos.
-Bueno, ya está
-prosiguió el Diablo-. Toma esta bolsa con dinero para que comiences
a trabajar; que todo lo demás te llegará por añadidura.
Y desapareció.
Ahora Filemón
recordaba todo aquello. Efectivamente, no se había dado cuenta del
transcurso del tiempo. Ya iban a vencer los siete años.
-Te faltan sólo
siete días -le dijo el Diablo-. Te lo vengo a recordar para que
estés preparado. Eres mío encuerpo y alma. Yo te he cumplido
mi palabra, todo has tenido; ahora a ti te toca cumplirme. No trates de
evadirte; que donde quiera que estés, allí te encontraré
y de allí te llevaré para mis dominios.
Y desapareció.
Filemón se
fue a sentar bajo un árbol, y recostó la cabeza en el tronco,
bien cansado y sudoroso, como que había realizado una pesada labor;
y se quedó dormido.
Cuando despertó,
se halló acostado en una tijera en su hacienda de ganado. Estaba
prendido en calentura. Trinidad, su hermano de leche, hijo de la Nacha,
su nodriza, cuando vio llegar el caballo de regreso a la finca, se alarmó
en extremo: se imaginó que a Filemón lo habían asaltado
y matado en el camino, y se fue a buscarlo en compañía de
unos mozos. Lo reconocieron por el traje y el sombrero; alquilaron una
carreta en una huerta vecina, y se lo llevaron a la hacienda.
-Dame agua, Trinidad,
que me estoy quemando -fue lo primero que habló.
Le pasó el
agua; y aquél se la bebió con avidez.
-Cierra esa puerta
bien -le dijo a su hermano de leche-. Afiánzala con el aldabón
y la tranca.
Trinidad hizo como
se le mandaba.
-Ahora, acércate
-prosiguió el enfermo-; aquí, aquí... Siéntate
en la tijera. Quiero revelarte mi gran secreto, que sólo tú
lo oigas.
Se acercó
Trinidad, y con gran perplejidad y estupefacción oyó el relate
fiel que le hizo el calenturiento, de su pacto con el Diablo. Cuando hubo
terminado, Trinidad se apeó de la tijera y se hincó al pie,
exclamando:
-¡Oh, no;
no puede ser, no puede ser, Filemón!
-Así decía
yo ayer, pero la realidad es otra... Estoy condenado. Condenado, hermano;
condenado por mi ambicion, por mi insaciable sed de dinero... Yo hubiera
trabajadocomo el más humilde mozo, y .me hubiera ganado la vida
honradamente... Pero ahora, ya no tengo salvación; ya no tengo...
Y prorrumpió
en amargos sollozos. Trinidad lo acompañaba en su dolor, llorando
inconsolablemente.
-Bien -dijo Filemón,
reponiéndose-. iValor! Llama a un notario ahora mismo. Voy a testar
distribuyendo todos mis bienes entre los pobres. Tú serás
el albacea. A tí no te dejaré ninguno de esos bienes, porque
conoces el secreto. Toma mi anillo, que es lo único legítimo
y bueno que poseo, recuerdo de mi santa madre.
Trinidad tomó
el anillo, y fue a traer al cartulario.
Una hora después,
todo había quedado arreglado.
-Despide a los mozos,
Trinidad; dales permiso y sueldo adelantado. No des en qué sospechar
nada. Déjame solo, enteramente solo. Atranca bien las puertas y
ventanas; ponles candado por fuera y vete. Vete; y no regreses hasta el
cabo de seis días justos,
Trinidad se fue.
Filemón quedó
como quería quedar, en la más absoluta soledad.
En una pequeña
alacena había aprovisionado sus escasos alimentos: tortillas frías,
queso, pinol y agua,
A medida que se
acercaba el día señalado en el maldito pacto, la serenidad
y presencia de ánimo lo abandonaban. Ya no comía; a duras
penas calmaba su sed. Los ojos los tenía desorbitados, el pelo se
le había vuelto casi blanco, y era presa de grandes crisis nerviosas,
semejantes al delirium tremens. Reía, gritaba, pataleaba, bailaba,
cantaba, lloraba; pasando de un estado a otro, con gran rapidez.
Estaba Loco, loco
de remate,
Como a las once
de la noche del día indicado, un caballero de negro, montado en
un caballo negro de buena estampa, llegó a la casa de la hacienda.
Dio tres golpes
fuertes en la puerta principal.
Cuando Filemó
, los oyó, comenzó a reírse a grandes carcajadas;
y entrando en lucidez, se acordó de un revólver que tenía
en su cofre. Y sacándolo se puso a disparar hacia el lugar de donde
provenían los golpes, que se habían reanudado con mayor fuerza.
De pronto la puerta se desprendió, entró el de negro; y abalanzándose
sobre Filemón, lo apretó violentamente en el cuello, hasta
estrangularlo. Luego lo tomó de los cabellos y lo arrastró
hasta el patio; lo ató de los mismos cabellos a la cola de la bestia,
y se lo llevó.
El velorio y el
entierro estuvieron muy concurridos. La gente decía que a Filemón
se le había ablandado el corazón y había renunciado
a sus bienes en favor de los pobres.
—¡Pero cuánto
pesaba! -dijo uno.
--Sí, a mi
me dejó chollado el lomo -comentó otro.
-Y yo he quedado
con dolor en la nuca -agregó un tercero-. Pero no nos fue mal, porque
el albacea fue muy generoso.
Trinidad oía
y lloraba en silencio, conociendo como conocía el otro gran secreto:
que en el ataúd solamente iban piedras.
(Recogido en la
Isla de Ometepe)
internet: Eduardo Manfut P Diciembre 2000 |