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Aquellos tétricos años que
pasé en
la casona que comprara mi padre en el Barrio de la Estación, han
quedado tan grabados en mi memoria, como el cincel graba una imagen en
una pieza de mármol.
Tenía yo apenas
catorce años cuando tomamos posesión
de la misteriosa casa, cuyas manifestaciones del Más Allá
aún persisten en mi pensamiento como una amarga pesadilla que
haya
experimentado en mi vida de adolescente. La casa amenazaba ruina; mi
padre,
con el poco dinero que le sobró de la compra procedió a
cambiar
el viejo piso de ladrillo de barro por uno de cemento.
Pero la casa
tétrica,
que me inspiraba temor, estaba ubicada al oeste de la esquina, que era
la
que ocupábamos nosotros. La casona era de dos pisos y
tenía
cuatro balcones que, deteriorados por el comején, amenazaban
desplomarse;
la mayor parte del tiempo permanecían deshabitados.
En los cuartos
de arriba nadie habitaba tampoco, sólo una legión de
murciélagos
chillones y un mundo de bichos raros. Recuerdo que una vez, jugando
base-ball,
se introdujo la pelota por la abertura de una tabla del forro de uno de
los cuartos que daban a la calle; al abrirlo nosotros para auscar el
juguete,
nos llevamos la impresión más horrible.
Millares de
murciélagos
poblaban las eternas
ridades de esos cuartos misteriosos; se oían sobre las tablas
el loco aleteo de los papalotes, el zumbido de los mosquitos, la fuga
de
las ratas y, sobre' el piso sin ladrillos, el ruido apenas perceptible
de los reptiles al arrastrarse.
Los cuartos eran tan
helados y húmedos
que nuestras epidermis se sentían resentidas, y un fuerte y
repugnante
olor a orín se respiraba por todas partes. No quisimos dar un
paso
más; apenas nos atrevimos a llegar hasta donde la claridad de la
puerta llegaba, retando a las sombras y los misterios. Salimos del
cuarto
medrosamente entrevisto, abandonando todo intento de
rescatar nuestra pelota.
Dos meses
llevábamos de vivir allí, cuando se empezaron
a observar cosas extrañas, fuera de lo normal. Primeramente
fué
la cocinera de la casa la víctima de tales fenómenos. Los
trastos de cocina o cualquier otro utensilio que ella dejara en lugar
acostumbrado,
los encontraba esparcidos en toda la cocina, con evidente desorden.
A plena
luz del día se oían pedradas en el piso alto de la
casona,
en los cuartos de la planta baja y en la cocina; a veces estas piedras
caían sobre nosotros, pero sin causarnos daño.
Por las noches,
ion mucha frecuencia, las lámparas se apagaban tan de
súbito,
que parecía como si una ráfaga de viento les entrara por
los tubos.
Pero donde más
se sucedían los tales aparatos
era en la casona vieja de dos pisos. Allí, después de las
seis de la tarde, parecía que tuvieran reunión las almas
de ultratumba. A medida que la no.he iba enlutando las cosas,
aumentaban
los ruidos misteriosos.
Pasos fuertes y
marcados como los de un apuesto
militar, seguidos del tintineo de unas espuelas y el ruido
metálico
de un sable al arrastrarse. Se oía .ambién el ruido
metálico
y la voz clara de una persona que cuenta dinero, el crepitar de un
fósforo
al entenderse y el murmullo apagado como de un grupo de personas
reunidas
en conciliábulo.
Todo eso le dió
que pensar a mi padre que en la tal casa podía
haber dinero enterrado y que por tal motivo se sucedían esos
aparatos.
Las gentes de la calle
y principalmente los vecinos aseguraban que quien
espantaba allí era el ánima en pena de un señor
Montealegre,
dueño anterior de la casa y persona de quien las gentes
timoratas
afirmaban que tuvo pacto con el diablo. Picado por la curiosidad, mi
padre
decidió evocar el espíritu que molestaba en la casona.
Llegó,
efectivamente el espiritista. Guillermo Reyes -así
se llamaba- era originario de El Viejo, y debido a que tenía
anquilosada
una mano, a consecuencia de un balazo recibido en una expedición
punitiva de que formó parte cuando el Presidente General
José
Santos Zelaya quiso ayudar al derrocamiento de un gobierno de Colombia,
lo apodaban "Mano de Cabra". Pero era una magnífica persona y de
una cultura elevada.
Don Guillermo
observó que uno de mis hermanos menores podía
servir de médium, y se dispuso a hacer la prueba, con tan buen
resultado,
que mi hermano, al primer contactó del flúido
magnético,
se durmió.
¡Viva!,
dijo entonces el maestro de ciencias
ocultas, lleno de júbilo. Mi hermano se había
transformado
desde ese momento en un vehículo para comunicarse con el
más
allá de los sueños y la vida.
Recuerdo que cuando se
iba
a dar principio a las sesiones espiritistas, todos, por orden de don
Guillermo,
uníamos nuestras manos para que el flúido fuera
más
fuerte y así facilitarle mejor el trabajo.
Pero resultó que
el espíritu que encontró mi hermano -ya en trance- no era
el del señor Montealegre, como al principio suponíamos,
sino
que el de un español natural de Asturias, quien dijo llamarse
Abraham
Asturiano y ser el autor de todos los aparatos que se sucedían
en
la casona.
Manifestó
también que era el dueño de un cuantioso tesoro que
estaba enterrado en el patio de la casa y custodiado por cuatro
esclavos indígenas. También se procedió -por orden
de mi padre- a las excavaciones en los puntos que el espíritu
había indicado.
Cierta noche, estando
mi hermano en trance, oímos claramente en el tambo del segundo
piso de la casona, como que dos personas se paseaban de punta a punta
del corredor; se oía el tintineo de las espuelas y el ruido
metálico del sable al arrastrarse.
Mi hermano en ese
momento abrió la boca y comenzó a hablar palabras
inconexas, pero poco a poco se le fué aclarando la voz, hasta
que le oímos decir que las personas que se paseaban en el
corredor eran el español y él y en prueba de ello
-añadió mi hermano-, el gallo que está durmiendo
al pie de la escalinata va a cacarear, porque don Abraham le va a
pellizcar las patas.
El médium
volvió a su estado consciente a los pocos minutos. Sería
a eso de las doce de la noche ya todos estábamos acostados,
cuando el gallo, alborotado salió volando sobre los tejados
vecinos, como si alguien, de pronto, lo hubiese asustado; luego se
oyeron unos pasos que subían la escala. y todo volvió a
quedar en silencio.
Había
transcurrido ya medio año de trabajos infructuosos. Diecisiete
perforaciones se habían hecho sin ningún resultado
ventajoso para los buscadores del tesoro de marras. Al contrario, la
casa, convertida en una nueva morada subterránea, quedó
amenazada de desplomarse al menor sismo de los tan frecuentes que
ocurren en esta ciudad. Don Guillermo, cansado ya, y mi hermano,
debilitado por las diarias sesiones, habíanoptado por descansar
algún tiempo, mientras recuperaban las fuerzas.
Para reemplazar a un
trabajador que se había enfermado, mi padre contrató a un
viejo corinteño, veterano retirado de las cuadrillas de
trabajadores del Muelle, conocido con el apodo de Cartucho.
Era el tal Cartucho
más bolo que el mismo guaro y vivía perennemente en un
estado de semiconsciencia; -pero con todo y su falla alcohólica,
desempeñaba bien su trabajo. Era de esos muelleros fuertes, cuya
recia musculatura se la había sacado los güinches de los
buques.
Pero Cartucho no
trabajaba en la noche, dormía propiamente en los cuartos de la
casona y se acostaba cuando moría la última campanada del
toque de la oración. ¿Y por qué en la quietud de
la noche se oía casi siempre el golpe bofo de la barra en la
profundidad del hoyo?
Muchas veces se
levantaron, los excavadores a indagar y encontraron siempre a Cartucho
sobre una tabla durmiendo la mona.
Atribuyeron que
los golpes de la barra que se oían eran producidos por el mismo
espíritu en un deseo de ayudarles a descubrir el tesoro y poder
salir de la pena que lo obligaba a rondar en torno del oculto tesoro
que lo ataba a la tierra y del cual quería desasirse, por lo que
tales aparatos se producían en la casona de los sustos.
Así siguieron
las cosas por un tiempo; don Guillermo todavía no había
regresado de su viaje de descanso, cuando, informado por una vecina,
acertó a llegar a la casa una vieja gitana, de esas que viven
del truco, la vagancia y la charlatanería a costillas de los
incautos.
Manifestó con
aplomo saber el paradero del codiciado y quimérico tesoro, pero
que debido al mucho tiempo que tenía de estar enterrado se
había empactado con el diablo, y que para desempactarlo era
menester enterrar una cadena de oro -protegida dentro de un tarro- en
el lugar mismo donde ella sabía que se encontraba -"por gracia
de Santa Teresa y de Santa María"- la botija que contenía
el tesoro.
Sin titubeo alguno le
fué entregada la prenda, que consistía en una hermosa y
antigua cadena de oro amarillo de varias vueltas, con un pescado,
"dije" también del mismo metal. La gitana dijo que la cadena
debía desenterrarse a los tres días y que se
convertiría en carbón. Y en realidad así
fué; porque al desenterrar el bote, solamente se encontró
en el fondo un poco de ceniza.
Ya la vieja
arpía había volado con todo y la cadena.
Los ruidos siguieron, y
en crescendo.
Ya se hacía
insoportable aquello; noches enteras las pasábamos en vela. Una
tarde, serían las seis, la sirvienta, que se había
quedado en la cocina, llegó con el rostro ensangrentado. Cuando
le hubo.pasado el susto, expresó con palabras entrecortadas por
la emoción, que manos misteriosas la habían asido de las
posaderas lanzándola contra el cocinero, con tal violencia, que
de rebote fué a dar de cara a un lavandero, donde se produjo las
heridas que le manaban abundante sangre.
Un mes más
-después de lo ocurrido en la cocina- soportamos aquel infierno
de casa; hasta que por } fin, habiendo encontrado
otra, mi padré nos llevó la buena nueva de que
íbamos a desocupar aquella guarida de espíritus burlones.
Las primeras horas de
la última noche las pasamos alegres al pensar que ya no
íbamos a seguir viviendo allí. Pero como si el
espíritu que moraba en. la casona se hubiese enterado de nuestra
huida, quiso jugarnos la última broma. Acostados ya
-serían las once y media de la noche-, se oyeron los pasos que
bajaban la escala, pero no llegaron hasta allí -como de
costumbre- sino que siguieron caminando sobre el piso sin ladrillos, y
luego subieron al tambo del corredor de la esquina que
habitábamos.
Nunca los pasos se
habían atrevido a llegar hasta ese lugar. Luego se sintieron
fuertes y violentos empujones en las puertas, que hicieron saltar los
aldabones de seguridad y las puertas quedaron abiertas de par en par.
Los pasos del
misterioso e invisible habitante siguieron por los otros cuartos, en
tanto que el grito de ¡Santo Dios! y ¡Santo Fuerte!
salía angustiado de los labios de las mujeres. Los chicos
llorábamos de miedo, metidos entre los colchones de los catres.
Los pasos, finalmente volvieron a subir la escala de la casona, y ya no
se volvió a oír nada.
Al día siguiente
abandonamos la casona, el tesoro y las costosas excavaciones, ricos
sí de experiencia y curados para siempre de la fiebre del oro,
mortal más que la malaria, porque mata el cuerpo y el alma de
los hombres.
Fuentes:
Leyendas Nicas
Version internet: Eduardo Manfut P
Diciembre 2000. |