En la antigua Managua existieron tres
legendarios tacaños: Giovanni Remotti, Zacarías Guerra
y don Julián Gutiérrez, pero algo pasó el día
de Navidad de 1942, que cambió la cicatería de este último
en generosidad para favorecer a un pequeño dibujante
Sabía dibujar aquel carajito Eduardito
de la Llana. Parecía un mago haciendo salir por la punta del lápiz
líneas que adquirían vida, y en el veloz patinaje del grafito
sobre el papel se transformaban ante nuestros ojos en cualquiera de las
miles de cosas que anidaban en la imaginación de ese amiguito.
Subía, bajaba, punteaba y hacía círculos el lápiz
o la pluma falcón de Eduardito, haciendo brotar castillos,
ranchitos, volcanes, lagos y ríos, y con igual rapidez montañas
nevadas, héroes de películas, bellas princesas, reyes y caballeros
que habitaban en las páginas de los cuentos que ambos leíamos.
Nuestra amistad comenzó cuando su madre, la Julianita Alvarado —bordadora
de la tienda de las señoritas Navarro—, llegó
a vivir a la cuartería de don Julián Gutiérrez, un
laberinto de cuartuchos de tablas podridas y sarrosas tejas de zinc, donde
vivían hacinadas más de un centenar de familias
de cuarta categoría que constituían “La Corte de los Milagros”
de la vieja Managua.
EN LA CUARTERÍA DE DON JULIÁN GUTIÉRREZ
En aquella vecindad húmeda y gris vivían, entre algunas personas
que recuerdo, doña Olga García y doña Asunción
Zepeda. Ambas se ganaban la vida en La Conga Roja, un burdel
de “La Zona”, así se llamaba el reducto del barrio Los Ángeles
donde se concentraban los prostíbulos controlados por el Ministerio
de Salud. Doña Olga y doña Chon ejercían el
oficio más antiguo del mundo para dar de comer a sus hijos y mantenerlos
en la cercana Escuela del Maestro Cebollita. Fueron damas alegres, y
aunque siempre vivían agotadas, eran en extremo amables y serviciales.
También vecino de ese antro era un boxeador parroquiano de La Conga
Roja, al que por apodo le decían Chocorrón, el deleite
de ese tipo era bailar “piqueteado” y con zapatos tenis los ritmos
que estaban de moda, como “El manicero”, “El apagón”,
“Tristezas del Jardín Real”, “El patito”, “Indostán”, “Pájaros
azules a la luz de la luna”, y otras melodías tipo fox, polka,
rumba o blue.
También le divertía a Chocorrón pelearse a puño
limpio con los miembros de la Guardia de Somoza, que en plan de apermisados
llegaban a los lupanares a querer imponer su voluntad y a ultrajar
a las putitas. Eso hacía reventar la paciencia de los
“chivos” —Chocorrón era uno de ellos—, y se armaban unas “penqueaderas
nocturnas” espectaculares, en las que regularmente los guardias salían
bien reventados, y cuando les llegaban “refuerzos”, ya la chivería
había huido por aquel laberinto de tugurios de don Julián
donde buscarlos resultaba misión imposible.
También recuerdo entre otras vecinas a la Rosalpina Argüello,
que se decía parienta del doctor Leonardo Argüello (“Perita”).
Llevaba el sobrenombre de “La Filete Mignon”, porque sólo hablaba
de comidas y carnes exquisitas, aunque bien sabíamos que ella
y su hija comían bofe asado. Otra mujer singular era doña
Nubia Obregón, tenía un repertorio asombroso de palabras
soeces, pero hacía los Primeros Viernes y no fallaba a la
Misa Dominical ni a los Jueves del Santísimo en la Iglesia
de Santo Domingo.
Si no es abusar de la paciencia del lector, les contaré que don
Julián Gutiérrez era un viejo como de sesenta y cinco
años, tenía una cara negruzca repleta de ángulos agudos.
Don Julián era un prestamista sin conciencia ni hígados.
Era el único que sobrevivía de una trilogía de famosos
tacaños de la antigua Managua, conformada por el señor
Giovanni Remotti, don Zacarías Guerra y el susodicho.
LAS TARJETITAS NIVIDEÑAS VOLANTES
Pero regreso al tema de Eduardito de la Llana, mi amiguito artista.
Era el mes de diciembre de 1942, y todos los niños de la cuartería
andábamos apurados tratando de escribir la Carta del Niño
Dios. Los pedidos eran inverosímiles, yo, por ejemplo, quería
un carrito de pedales; Ernestito, otro vecinito, deseaba un
par de patines.
“Y vos que vas a pedirle al Niño Dios”, le pregunté a Eduardito.
“Pues yo quiero estudiar mi tercer grado, y que me traiga bastantes lápices
de colores y bastante papel para dibujar y pintar hasta que me muera”.
Así fueron pasando los días. El 23 de diciembre encontré
a mi amiguito afanado. Alguien le había regalado recortes
de papel y con una tijera los cortaba hasta hacer pequeñas
tarjetitas en las que pintaba nacimientos, angelitos, campanas y otros
motivos navideños, escribiendo después un breve mensaje de
felicitación con su nombre al margen.
Estuvo todo el día afanado en dibujar tarjetas, y al día
siguiente me invitó a una tarea muy rara. Nos subimos como
a eso de las nueve de la mañana a un árbol de
tigüilote, cuyas ramas daban una parte sobre la acera y la otra sobre
el techo de la casucha de Eduardo.
Llevaba mi amiguito en la bolsa sus tarjetas y me dijo: “Ya verás
cómo la gente se alegra cuando vea mi felicitación”.
Y comenzó otra labor. Cuando veía acercarse a un transeúnte
le dejaba caer una tarjeta, creyendo como niño inocente que
aquella persona se detendría a recoger el mensaje. Pero no
era así, el viento elevaba como una estrellita la tarjeta o la iba
a depositar allá al centro de la calle, muy lejos del
destinatario.
Creí que eso ocasionaría frustración al pequeño
felicitador, pero no fue así: “Para eso hice bastantes”, explicó
y siguió al acecho de viandantes, algunos de los cuales —muy
pocos por cierto— recogían la tarjetita, la leían, unas veces
la guardaban y
otras la hacían una bola
de papel y la tiraban.
Allá como a las once y media de la mañana, vimos venir a
un señor ataviado con un viejo y remendado traje gris. En
su mano izquierda traía un retorcido cartapacio de cuero y
en la derecha se abanicaba el rostro con un sombrero de jipijapa, sucio
y gujereado.
El hombre llegó ante el cuartucho donde vivía Eduardito y
golpeó tres veces la puerta. Quedó a la espera de que
alguien le abriera y aprovechó el instante para abanicarse
el rostro con el sombrero.
En ese momento Eduardo soltó una tarjeta que salió revoloteando,
y, por pura casualidad, fue a caer dentro del sombrero de don Julián,
pues de él se trataba.
Se sorprendió el hombre, sacó la tarjeta, la vio y sonrió.
Después tiró la mirada alrededor y arriba, y
claro, nos miró en las ramas del tigüilote, y especialmente
a Eduardito que tenía su paquete de tarjetas en la mano.
La Julianita le abrió la puerta, entró don Julián
que seguramente llegaba a cobrar la renta, estuvo dentro de la casa
alrededor de cinco minutos, y después salió y se fue,
no sin antes saludarnos con su sombrero y hacernos un gesto de benevolencia
con la cabeza.
Seguimos arriba del tigüilote hasta que se agotó la provisión
de tarjetitas, después bajamos y cada uno se fue para su casa.
En la tarde y por la noche todo era expectativas para nosotros, con el
comentario infantil de lo que haríamos con lo que nos trajera
el Niño Jesús esa noche.
No esperó mucho el Niño Dios: Ya a las diez de la noche yo
estaba jugando sobre la tijera de lona donde dormía
con mi madre, con un carrito chiquito de plomo, única dádiva
que me había dejado El Colochoncito por mi buen comportamiento.
Mi otro amiguito, Ernestito, jugaba con un paquete de bolitas de vidrio
que el Dios Niño le había dejado en lugar de los soñados
patines.
Cuando fuimos a ver qué le había traído a Eduardito
el Niño, nos topamos con una sorpresa. Sobre su cama estaba
un lindo estuche como de sesenta lápices de colores, también
bastante cartulina para dibujar y dos álbumes para colorear.
Mi amiguito estaba en extremo feliz. Esa misma Nochebuena comenzó
a pintar a la luz del candil, y hubiera seguido hasta el día
siguiente si el cansancio de tantas buenas emociones no lo hubiera
vencido y obligado a dormir.
La fiebre del dibujo le subió durante los días siguientes.
Dibujaba y coloreaba con ansiedad. Cuando llegó febrero de 1943
otra sorpresa nos esperaba, Eduardito estrenando vestido iba muy
elegante para la escuela, haría su tercer grado, la
primaria, y además estudiaría dibujo en la Hemphil School.
Después supe que había encontrado un mecenas navideño.
Y adivina adivinador... Era don Julián Gutiérrez, el viejo
avaro cara de limón... y al que Dios tenga en su santa gloria,
amén.
LOS TRES TACAÑOS
Los tres famosos tacaños de la vieja Managua eran don Julian Gutiérrez,
el señor Geovanni Remoti y don Zacarias Guerra.
-Remotti murió solitario, y se dice que la gente que estaba a la
expectativa de que exhalara su último suspiro, entró
como tromba a la casa para apoderarse de los haberes y fortuna del
difunto. Cuentan que el cadáver fue zarandeado y lanzado de un lado
a otro, e incluso pasaban encima de él buscando “huacas” o entierros,
en una escena grotesca y trágica. Cuentan que, como
era de noche, uno de los asaltantes se apoderó de un saco
de billetes, y para que no se lo arrebataran se le ocurrió
lanzarlo sobre la tapia vecina para recuperarlo en otro momento. Ese fue
el origen de la fortuna del Señor X, el dueño de solar, que
encontró el saco en la madrugada y usó su contenido
para provecho propio.
-De don Zacarías Guerra se sabe que era un solterón empedernido
de costumbres austeras. Vivía en una casa ubicada en La Calle del
Triunfo y —según don Gratus Halftermayer— a veces “llegaba
a la pulpería de Las Reñasquito, frente a Chico Cayuco,
a comprar un manojito de cigarrillos amarillos, que vendía por cinco
centavos —doce cigarrillos amarrados con un hilo blanco. Éstos le
duraban un mes a Zacarías, pues se fumaba uno cada tres días”.
-Huraño, de pocos amigos, el señor Guerra murió casi
en soledad el 5 de mayo de 1914. Su fallecimiento hizo renacer críticas
a su conducta de avaro, pero todo el mundo tuvo que tragarse esos
comentarios cuando los abogados abrieron el testamento de don “Zaca”,
encontrando que legaba toda su fortuna para la construcción de un
hospicio para los niños huérfanos de Nicaragua, institución
que todavía perdura como un bien social de las generaciones
nacionales.
-De don Julián Gutiérrez no se conocían virtudes ni
gestos de nobleza, vivía para acumular dinero a través de
la explotación de los más necesitados
Version internet: Eduardo Manfut P Diciembre 2000
30 DE DICIEMBRE DEL 2001
/ Nuestra Gente: Cosas Veredes Sancho Amigo La Prensa
Mario Fulvio Espinoza |