-Colecciones
Manfut-
Don
Leoncito y Rogelio, cuentacuentos del Mar
Con algunas pistas para cumplir nuestro cometido, partimos el domingo anterior
hacia algunas de las aldeas de pescadores, ubicadas en la costa del Pacífico
del departamento de Rivas. Nuestra meta era encontrar “cuentacuentos”...
y, diga usted, amigo lector, si la cumplimos
El
Patriarca de El Ostional, don Leoncito Lara Maltés y Don René
Rogelio Granja Calderón.
Mario
Fulvio Espinosa
mariofulvio.espinoza@laprensa.com.ni
Ibamos
en busca de historias y leyendas sobre fabulosos tesoros sepultados a la
orilla del mar por crueles piratas que ahora gimen como aparecidos, o quizás
sobre derrelictos que surgen y desaparecen en alta mar, y a bordo de los
cuales tripulantes invisibles entonan cantos corales cuyos solemnes ecos
se pierden en el inmenso horizonte del océano.
Tal
vez alguien nos dé más elementos —decíamos—, sobre
otras consejas que aducen que allá por las costas ticas, panameñas
y peruanas se escuchan en noches sin luna los gritos y lamentos de los
negros e indios “encomendados” que viajaban encadenados en las sentinas
de los galeones españoles, donde eran apaleados y condenados a una
muerte segura cuando la nave era hundida por los ataques corsarios o por
las tormentas y huracanes del Caribe.
PREGUNTANDO
SE LLEGA A ROMA
Preguntando,
pues dicen que así se llega a Roma, encontramos en el restaurante
“El Timón” de San Juan del Sur, a don René Rogelio Granja
Calderón, nacido allá por 1933 en ese puerto, y que ya a
los diez años, en compañía de su amigo Salvador Cascante,
se aventuraba a navegar bajo las órdenes de un su tío —muy
viejo para entonces—, que “conocía el mar como la palma de su mano”.
Instalados
alrededor de una mesa de su negocio, don René Rogelio aseguró
que ya antes de 1930 se decía que en la costa de El Coco, en Costa
Rica, había un tesoro enterrado. “Nosotros pasábamos por
ahí y a veces desembarcábamos por un par de días para
cargar madera, y en la noche escuchábamos ruidos extraños,
como si una barca estuviese en la operación de anclaje liberando
rollos de cadenas. Y mirábamos hacia el mar y ahí no había
nada”.
“Es
más, un viejo pescador que vivía en ese lugar decía
haber visto salir del mar una gruesa e interminable cadena de hierro, que
se encaminaba lenta hacia la costa y se perdía en el monte. Yo francamente
nunca vi eso, pero escuché ruidos que nos ponían en suspenso
y nos infundían miedo, porque en esos tiempos uno era temeroso de
Dios y de muchas otras cosas”.
Corrobora
lo dicho, don René, afirmando que a esos lugares llegaron unos muchachos
Pomares provistos de un mapa. “Seguramente buscando un tesoro, pero los
asustaron, pues además del ruido de cadenas dicen que escuchaban
el gorgoteo de alguien que se estaba ahogando”.
LA HUELLAS
DE UNOS ENORMES PIES DESCALZOS
“Ya
más grandes, como a los 20 ó 22 años, seguimos visitando
ese lugar, y recuerdo que una mañana descubrimos en la arena las
huellas de unos enormes pies descalzos que salían del mar hacia
la costa. Cada huella era como de una vara de largo por unas veinte pulgadas
de ancho”.
¿Quién
se supone que era ese personaje de pies tan grandes? –le preguntamos a
don René.
Parece
que fue el señor que usa una cola con punta de arpón, el
señor de los infiernos.
¿Y
usted vio los mapas que andaban los Pomares?
Sí,
eran unos cartones viejos todos comidos de cucarachas, ya inservibles.
Dijeron que los habían heredado de un viejo de no sé dónde,
yo ya no le puse interés al asunto.
“Pero
déjeme contarle que una vez allá, por el lado de El Ostional
—y eso sí lo miramos nosotros— estábamos cargando un arroz
cuando ocurrió un golpe repentino de marea, y al bajar el agua vimos
a la distancia una gran ancla brillante, parecía de oro. Intentamos
llegar hacia ella pero vino una gran ola que la envolvió. No quedó
ni seña... y llegamos por varios días para ver si la mirábamos,
pero nunca volvió a aparecer.
“Después
supe que en ese lugar algunos buzos encontraron durante el décimo
mes del año, restos sumergidos de barcos piratas... Ya más
tarde no supe más de esas cosas, pues me fui a navegar en barcos
grandes y me ausenté de mis costas por largos años.
“Durante
los años de mi niñez, San Juan era un pueblo de unas 1,500
personas, estaban las familias de los Danglar, Granja, Cascante y Sandino.
Físicamente ha mejorado el puerto, pero económicamente es
una desgracia, no hay trabajo, no hay cabotaje, la pesca carece de incentivos,
y para poder pescar hay que entrar muchas millas mar adentro, el combustible
es caro, además, lo poco que se logra queda para el bolsillo del
intermediario. Aquí los ricos han desalojado a los pobres, y sus
capitales y mansiones crecen al mismo tiempo que aumenta desmesuradamente
la pobreza del humilde porteño”.
CON
EL CENTENARIO LEONCITO LARA
Abandonamos
a don René Rogelio para continuar nuestro viaje hasta El Ostional
donde, en una casita destartalada, casi en ruinas, encontramos a un pescador
centenario, don Leoncio Lara Maltés.
Sin
ninguna novedad y en pleno uso de sus facultades, don Leoncito tiene cien
años de vida, es un viejo moreno, alto y fibroso, rostro enjuto,
requemado por mil soles. Sin duda es el patriarca de El Ostional, donde
todo el mundo lo conoce y lo respeta, lo que incluye a su esposa de igual
edad, doña Berta Lidia Collado, que sentada en un taburete escucha
atenta hablar a su marido.
“A mí
me crió mi abuelo que se llamaba Jesús Lara, yo creo que
si he llegado a vivir tanto es porque nunca fui callejero y porque siempre
me alimenté de pescados. En mis tiempos de niño, montando
a caballo, necesitábamos tres días para viajar a Rivas, uno
de ida, otro para estar allá y el tercero para regresar. Imagínese
que había desfiladeros por donde con mucho esfuerzo pasaba la bestia,
después abrieron un camino, pero si íbamos en carreta era
más tiempo, pues teníamos que pernoctar en un lugar conocido
como La Cuesta”.
LAS
LEYENDAS DE TESORO OCULTOS
Me dijeron
que usted conoce muchas leyendas sobre fantasmas de piratas, cadenas con
anclas de oro y tesoros ocultos... ¿Es verdad?
Desde
muy joven fui pescador. Una vez sacamos un mero tan grande que lo tuvieron
que domar cuatro hombres, lo partimos en pedazos para la gente de las cuatro
casitas que formaban el pueblo. Teníamos mucho compañerismo,
y en ese tiempo las langostas andaban alborotadas... y eran enormes.
“Siempre
se habló en El Ostional de una mujer encantada, y es cierto, porque
yo la miré. Estaba bien chavalo y vivía con mi abuela cuando
una noche salí a hacer aguas, estaba la luna bien buena. Iba caminando
en un claro de jícaros cuando casi me le paro sobre el estómago
a la bendita mujer que estaba acostada boca arriba. Lo raro es que el pelo
le caía hasta aquí (hace un ademán para señalarse
la cadera), era alta, muy alta y blanca, vestido de blanco también,
cara ‘ligueña’... De buen tipo era la mujer... Pegué el brinco
y regresé a la casa todo chirizo del susto. ‘¿Qué
te pasó?’, me preguntaron, Es que ahí en el patio hay una
mujer así y asá. Salimos en grupo, pero, qué iba a
haber nada, ya no estaba la mujer... Pero todavía aparece de vez
en cuando.
“Otra
noche me dirigía donde una familia amiga que iba a matar un cerdo.
Iba por un sendero cuando veo que otro hombre viene en sentido contrario,
estábamos como a unas diez varas uno del otro cuando me tropiezo
con una piedra... Sólo bajé la vista y la volví a
enderezar y ya no había nada, el hombre había desaparecido.
Cuando llegué a la matanza pregunté que quién había
pasado por el camino, y me dijeron que nadie.
“Y fíjese,
yo ya voy a cumplir cien años y siempre oía decir que tanto
ese hombre como la mujer llegaban a los ranchos a asustar... No sé
si serán almas en pena o brujerías... ¿Quién
sabe?”.
¿Y
qué sabe de esas cadenas que salen en las Playas del Coco? Todavía
están allí pero son invisibles. Dicen que están ligadas
a la historia del pirata Morgan. En aquellos tiempos pasar por allí
era cosa de hombres. Se oían lamentos, gritos, pujidos... ¡horrible
era aquello!
Una
vez me fui a pescar con un amigo a esos lados de La Flor, por esos lados
de El Coco. Cuando veníamos de regreso a eso de las cuatro de la
tarde, vimos que salía, de allá de aquellas costas, una embarcación
de vela. “Esos son los Pomares que andan pescando”, dijo mi amigo. “Podría
ser”, le contesté. Pero me fijé que a pesar de ser de vela
el bote venía a gran velocidad... Pero no rompía aguas, parecía
que iba en el aire. Cuando ya venía cerca le digo: “Fijáte
que no viene nadie de gente...”, hombré, y el tal bote siguió
mar adentro, y de repente se quedó quieto, vertical, no lo mecían
las olas... “Vamos”, le dije a mi amigo. “Vamos, pues”, me contestó,
pero cuando enfilamos hacia allá, aquella lancha desapareció.
Nos
temblaban las canillas de miedo, y con un calenturón regresamos
a la casa... Son muchos los misterios que tiene el mar y estos ojos han
visto algunos. Me dijeron que debía haber llegado hasta el velero
y que ahora sería millonario... A lo mejor... Tal vez por cobarde
sigo siendo pobre.
LOS
SONIDOS DEL MAR
Es sano
para el espíritu escuchar las narraciones de los pescadores en los
atardeceres, cuando han concluido sus labores y el mismo mar reclama un
descanso. Mitos y leyendas surgen entonces, interminables, acompañadas
de los sonidos eternos del océano.
CULTURA
COSTANERA
- Don
Leoncito nació un 12 de septiembre, pronto cumplirá cien
años.
- También
nos contó sobre la aparición de los duendes del mar, pero
eso no alcanzó en esta historia.
- Sería
importante que surgiera un buen recopilador de los cuentos del mar, los
temas son infinitos.
- Ojalá
que en Nicaragua, tierra de agua, floreciera una cultura extraída
del mar, como la Mediterránea
.