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EL CAÑON DE SOMOTO MADRIZ NICARAGUA
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cañón de Somoto Millones de años
esculpidos por el incesante fluir del tiempo y el agua en la roca viva
revelan un impresionante paisaje del llamado cañón de Somoto
o de Namancambre,
El cañón mismo
es producto del fallamiento existente en la zona cercana a Somoto, donde
se encuentran y entremezclan distintos terrenos geológicos, lo que
revela la presencia de varios tipos de rocas, desde las más antiguas
a las más recientes, afirma el doctor en geología, William
Martínez.
El sitio que es conocido, según
los conocedores en lengua Náhualt como Namancambre, sólo
es una muestra de las maravillas naturales que hay en Nicaragua, de los
monumentos geológicos que existen a lo largo de todo el país.
El grupo entró al cañón desde el lado sur, e inmediatamente se debió escalar y bajar por laderas rocosas empinadas, en muchos casos sueltas, producto de los continuos derrumbes provocados no sólo por la acción del agua en la temporada invernal, sino por los imperceptibles movimientos sísmicos de la falla que cruza de norte a sur. Parte de las rocas derrumbadas
por las cuales tuvo que pasar con grandes dificultades son de reciente
desplome, lo cual se nota fácilmente, al rodar muchas de ellas bajo
los pies al dar el paso.
En la garganta del desfiladero
En ese sitio, durante el paso
del huracán Micht, las aguas salían con una intensa presión
y una fuerza descomunal, lo que hizo elevar el líquido decenas de
metros, e inundar todo el campo vecino.
Wilder Pérez R. El Cañón de Somoto queda en un lugar llamado Namancambre y aunque nadie sabe qué significa en náhuatl, ese podría ser su nombre oficial El atractivo del Cañón de Namancambre, nombre recomendado por los expertos tras la gira, impresiona desde el inicio, primero porque está ubicado apenas a 15 kilómetros de la ciudad de Somoto y se puede llegar fácilmente a pie; segundo, porque ante los ojos distraídos, aparece de la nada, imponente a cada lado del río Coco. El ser humano se siente diminuto al pie de esas paredes gigantes, que se empinan justo donde nace el Coco, en la confluencia de los ríos Comalí y Tapacalí. Su atractivo no sólo intimida, además reta a los visitantes con pistas, a veces falsas, sobre cómo transitarlo sin peligro. A pesar de ser considerada un área poco extensa, el escenario es tan fascinante como peligroso. “Casi nadie viene porque es incómodo”, dice Rafael Flores, un baqueano que junto a su hijo y un vecino, hizo posible que el grupo de expedicionistas, compuesto por técnicos del Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales (Marena), trabajadores de la Alcaldía de Somoto, periodistas y guías, no tuviera la frustración de regresarse a pocos metros de iniciada la travesía. Si bien este lugar carece de mitos atemorizantes que lo resguarden de humanos desmedidos, tampoco lo necesita, pues aunque llegar es fácil, atravesarlo es imposible, sin guías, para quienes no saben nadar ni tienen experiencia en escalar paredones sin arneses.
EL CAÑON AVISA La dificultad prematura alerta que hay que olvidarse de los nervios si se quiere avanzar, ya que regresar podría ser más difícil que seguir adelante. Desde el inicio, los visitantes tienen que dejarse guiar por el instinto de sobrevivencia para pegarse como garrapata a las paredes del cañón. Un resbalón puede resultar en un hueso roto, al menos así lo indican las rocas que esperan en el fondo del cañón y algunas osamentas de animales junto a ellas. Entre la dificultad y la belleza fácilmente puede perderse la noción del tiempo, ya que la vista se pierde entre analizar el próximo paso a dar y la apreciación de aquella garganta geológica. El ecólogo Ricardo Trejos, acompañante de la expedición, comenta lo interesante que resulta el choque de un clima tropical con uno desértico, algo que permite la inesperada presencia de plantas que nacen de los peñascos, como orquídeas a un costado del cañón y cactus del otro lado. “Es interesante porque puede
tratarse de un ecosistema completo, pueden haber especies endémicas
(únicas en el mundo) el clima igual, si están en la sombra
sentís un ambiente fresco, pero cuando estás bajo el sol
es más cálido”, dice tras iniciar el recorrido, mientras
pregunta a una orquídea “¿qué estás haciendo
aquí”, con ternura y a la vez con sorpresa.
Adentrados en la oquedad, el silencio es notorio. No es fácil observar animales y lo único que recuerda el mundo exterior es el sol, siempre asomándose desde el cielo a través de la grieta, que puede disminuirse a unos seis metros en su parte más estrecha y sólo supera los 15 metros en los primeros metros y en los últimos 500 metros. “¡Cuidado con los garrobos!”,
grita el lugareño Álvaro López. Él, como el
resto de pobladores aledaños, ha atravesado más de una vez
el cañón, y comparte el mismo miedo que el resto. Ellos creen
que cualquier piedra que caiga desde 100 metros de altura podría
quitarles la vida..., y están en lo cierto, una iguana escarbando
en la punta de la pared puede provocar eso.
Flores y compañía partían adelante, indicando dónde pisar. Escalando las paredes, a veces el camino parece despejado, pero puede conducir al abismo, arrepentirse puede resultar costoso si se olvida la roca que se pisó, pero ahí estaban ellos, indicando detalle a detalle lo que se debía hacer. Los lugareños también
resultaron claves en cada una de las siete pozas que la expedición
atravesó. Las menos profundas podían atravesarse caminando,
con el Coco besando las rodillas o bien las mejillas, los más bajos
de estatura en algún momento quedaron sumergidos en el agua.
DIFICULTADES CONTINUAS Los mayores problemas estuvieron en las pozas profundas, ya que la mayoría de los excursionistas no sabía nadar y sólo había un neumático grande para todos, incluyendo a los nadadores que no se atrevían a cruzarse solos. La más grande de las pozas está a medio camino, imposible de ver desde fuera del cañón, a no ser desde el cielo. Cruzarla se llevó una hora. Los lugareños parecían quebrarse del temblor por la baja temperatura del río, y cuando todos cruzaron, llegó el brindis con un vino de uvas caseras en botellas de agua partidas a la mitad. Pero lo anterior, lejos de ser una celebración, se trataba del único recurso para quitarse el frío. El resto de la travesía fue similar: caminar sobre dunas de piedras o con el agua hasta el cuello, pasar las pozas en un neumático, reírse de los demás, ayudarse entre sí, y tratar de no caer. Una caída en alguna poza podría resultar grave, por la cantidad de rocas grandes que se esconden bajo el agua, así como troncos cuyas ramas, de desgastadas, son puntiagudas, especialmente en la parte final del trayecto. La última poza río arriba se cruza caminando con el cuerpo sumergido hasta la barbilla. El momento es aprovechado por cientos de aparentes pajaritos que se dejan venir en dirección contraria al caminante, a ras del agua. Es un espectáculo para no perdérselo, siempre que uno no le tenga miedo a los murciélagos. Todo termina en lo que parece una pequeña playa en medio de la montaña. Sorprendentemente, atravesarla en 30 minutos resulta más agotador que atravesar el cañón en cinco horas y media, en una experiencia sólo recomendada para turistas especializados.
PRIMERAS OBJECIONES Tras el recorrido, Bayardo Quintero, director de Áreas Protegidas del Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales (Marena), quien presidió la gira, sostuvo que el sitio tiene todas las características para nombrarlo Parque Nacional, menos una: la extensión. Se estima que puede medir menos de 40 hectáreas, y de declararse área protegida sería la más pequeña del país. Aún así advirtió que se necesita un estudio detallado y multidisciplinario para determinar su nombramiento. Quintero mencionó que sí se aproxima a un Monumento Nacional, aclarando que el título no le quita méritos como cualquier otra área protegida del país. Sobre el turismo, comentó
que difícilmente el sitio atrae por sí mismo, dadas las dificultades
que implica para el humano y la naturaleza coincidir en éste.
REGRESE
A SOMOTO, INDICE
DE MADRIZ, INDICE DE WWW.MANFUT.ORG
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