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Orlando Valenzuela La Prensa * Yalagüina es famoso por ser lugar de agricultores y artesanos. Aquí, se produce el frijol, maíz y el sorgo, y legumbres como el tomate y repollo. Otros se dedican a producir ladrillos y tejas de barro para la construcción de casas, pero lo que más atrae a los visitantes es la producción de las riquísimas rosquillas, hojaldras y empanadas de masa de maíz por parte de unas 50 familias lugareñas Yalagüina es el ejemplo típico de un pueblo norteño de Nicaragua; casas con gruesas paredes de adobe o de ladrillos de cuarterón con frescos techos de tejas de barro, una moderna iglesia parroquial frente a un bonito parque adornado con plantas de alegres colores. La antigua iglesia, de estilo colonial construida por los españoles, fue destruida durante la intervención norteamericana a principios del siglo pasado. Una buena parte de las calles de este centenario pueblo están adoquinadas, y por las noches la población cuenta con un excelente sistema de alumbrado público, al menos en el casco urbano. Este pueblo es famoso por ser lugar de agricultores y artesanos. Aquí, la gente trabaja en el cultivo de granos básicos como el frijol, maíz, sorgo y legumbres como el tomate y repollo. Otros, en cambio, se dedican a producir ladrillos y tejas de barro para la construcción de casas y otras obras, pero lo que más atrae a los visitantes es la producción de riquísimas rosquillas, hojaldras y empanadas de masa de maíz por parte de unas 50 familias lugareñas. El municipio cuenta con unos nueve mil habitantes, y a pesar de que es uno de los más antiguos de Nicaragua, puesto que fue fundado en 1725, no cuenta con suficientes opciones de recreación, pues aquí no existen cines, discotecas ni salones de bailes para diversión de la juventud. Tampoco hay TV por cables, y sólo entran las señales del Canal 2 de Nicaragua y el 5 de Honduras. Tampoco hay hoteles ni hospedajes para pernoctar, lo único son un par de comedores populares y cafetines. Sin embargo, a pesar de estas limitaciones, los jóvenes se las ingenian para divertirse un poco, ya sea en el estadio municipal practicando su deporte favorito, el béisbol, jugando billares o viajando a las vecinas ciudades de Ocotal o Somoto, donde existen algunos lugares de recreación. Otra ocasión para divertirse a lo grande es durante las tradicionales fiestas en honor a su patrona Santa Ana, el 26 de julio de cada año. Pero lo más importante para los habitantes de este pequeño poblado es que viven pacíficamente, sin peligro de agresión de pandillas, ya que su juventud es muy estudiosa y sana. Para conocer este bonito pueblo de Nicaragua, no sólo hay que buscar sus rosquillas, sino también recorrer sus calles para disfrutar del tranquilo ambiente pueblerino. LEJOS DE LA MODERNIDAD Yalagüina es
un pueblo pacífico. Aquí, su gente vive sin peligro de agresión
de pandillas, ya que su juventud es muy estudiosa y sana. Conocer este
bonito pueblo de Nicaragua es una buena aventura. Aunque no cuenta con
las ventajas de la modernidad y tecnología, sí ofrece a sus
visitantes un tranquilo ambiente pueblerino.
Las tejeras de Yalagüina Orlando Valenzuela
En la comunidad de Los Encuentros, Isaac Zavala Bueso, de 21 años, sigue los pasos de su papá, un veterano fabricante de ladrillos rojos --que también tiene su horno a poca distancia de la fábrica de su hijo-- donde trabaja con cinco ayudantes, dos ladrilleros, dos ‘dilleros’ y un hornero, con los que empieza la jornada laboral desde las cinco de la mañana hasta las tres de la tarde. Isaac suspendió sus estudios el año pasado para dedicarse a trabajar a tiempo completo en su fábrica, ya que, según él, no se puede sólo estudiar porque “le da mejor trabajar”. Pero esto es temporal, ya que piensa volver a las aulas a terminar el último año de bachillerato, aunque sea sabatino, para luego estudiar leyes y así luchar por convertirse en el primer abogado de la familia. En su fábrica, ubicada en el km 203 de la Carretera Panamericana, Isaac controla el trabajo y atiende personalmente a los clientes que buscan sus productos. Dijo que en Yalagüina hay unas 15 ladrillerías que producen unas 90 mil unidades a la semana, entre tejas y ladrillos, los que en su mayoría son adquiridos por pobladores vecinos y personas que llegan a comprarlos para construir casas en Estelí, Somoto, Condega y hasta en Managua. Explicó que
el proceso de elaboración de los ladrillos es sencillo, pues sólo
se necesita barro y serrín, el que se le echa para que no se raje.
Señaló que en invierno la fase de producción dura
una semana entre el pedido y la entrega del producto, ya que “si hoy se
hacen los ladrillos, hay que dejarlos secar al sol, luego se quema al horno
y se deja otro tiempo enfriando, y hasta que esta frío, se saca
para entregarlo, pero nosotros quemamos todos los días para tener
ladrillos en cualquier momento que el cliente llegue”.
Las deliciosas rosquillas de matapalos Orlando Valenzuela
Desde hace más de 30 años, esta casa ha sido el principal “metedero” de todo viajero, tanto nacional como extranjero, ya que la fama del horneado de doña Basilia ha trascendido las fronteras del país. Hasta hace unos tres años, la casa de doña Basilia estaba junto a un enorme árbol de matapalos que cubría con su sombra los vehículos que se desviaban de la Carretera Panamericana para disfrutar de su rico horneado. “Pero el huracán Mitch se nos llevó la casa de adobe que teníamos y tuvimos que comprar este terreno y construir una nueva casa”, refiere con nostalgia doña Basilia. Cuenta que la elaboración de rosquillas es como una tradición de familia, ya que su abuelita le enseñó a su mamá y ésta le enseñó a ella todos los secretos del buen horneado. “Antes horneábamos cuatro arrobas de maíz al día, y en dos canastos nos llevábamos las rosquillas, hojaldras, rosquetes y quesadillas a venderlas a San Juan de Río Coco y Estelí, en cambio --dice con orgullo-- ahora se hornan cuatro quintales de maíz y ya no se sale a vender a los pueblos porque la gente viene a comprar por montones nuestra rosquilla, a la propia casa”. De las más de 50 rosquillerías que hay en Yalagüina, la de doña Basilia es una de las más grandes, ya que cuenta con dos hornos y un personal de nueve mujeres que las elaboran, un hornador y un “contador”, no para llevar los libros de contabilidad, sino para “contar” las rosquillas y quesadillas que se empacan de la bandeja a las bolsas de plástico”. María Lourdes Cruz, hija de doña Basilia, afirma que mucha gente viene a comprar rosquillas para enviarlas de regalo a familiares y amigos en Honduras, Costa Rica, San Francisco, El Salvador, España y otros países. Además de
las ricas rosquillas, también ofrecen a los turistas madrugadores,
un buen y apetitoso desayuno de frijoles en bala de primer hervor con crema,
cuajada, huevo picado (revuelto), tortilla acabadita de sacar del comal
y café segoviano caliente. La casa de doña Basilia está
en Los Encuentros de Río Abajo, kilómetro 203 de la carretera
a Somoto, departamento de Madriz.
Una reina con ansias de superación Orlando Valenzuela
Tatiana vive en el barrio “Villa Lucinda”, un kilómetro al sur de Yalagüina, y estudia segundo año de secundaria en el Instituto Autónomo de Palacagüina. La elección de Tatiana como reina de las fiestas se realizó gracias al apoyo de su propio barrio que la eligió como candidata, y a sus cualidades innatas de modelo, demostradas durante la presentación que hizo ante el jurado a cargo de la designación. Tatiana recuerda que la presentación de las cinco candidatas que participaron en la elección fue muy original, pues cada una de ellas iba en una carroza que representaba a su barrio, la cual fue decorada con productos tradicionales como rosquillas, hojas de guineo, palmas, flores y otros adornos. El sueño de Tatiana es ser secretaria en computación, aunque reconoce que esto es difícil porque en su pueblo no existe ningún instituto de este tipo, pero espera que en el futuro se abra alguno. También le gustaría entrar al mundo del modelaje, ya que cuenta con suficientes atributos físicos y el deseo de abrirse paso en la vida en esta profesión. Como joven que es,
suspira con las canciones de Enrique Iglesias, Juan Gabriel, Thalía
e Irán Castillo, y en las fiestas que se organizan en el pueblo
se divierte bailando salsa, reggae, bachata, merengue y algunas rancheras.
Cantando desde el andamio Orlando Valenzuela
En Yalagüina, muchas familias lo han contratado para construir muros, porches, casas o simplemente para ha hacer alguna embaldosada. Por eso, todos los días, Emigdio regresa a su casa con la cara y manos blancas de cal y cemento. Pero los fines de semana, deja la cuchara de albañil y toma su guitarra para integrarse al grupo musical Santa Julia, de Ocotal, con el que ameniza desde hace un año, cumpleaños, bodas y presentaciones artísticas en Estelí, Ocotal, Somoto, San Juan de Río Coco y otros lugares. Don Emigdio cuenta que aprendió a tocar a la edad de 14 años, cuando su amigo Mercedes Peña le enseñó los primeros signos musicales, pero fue gracias a su propio interés que después aprendió a tocar el acordeón, la ‘biguüela’, el piano, y ahora está experimentando con la trompeta. El grupo Santa Julia está integrado por siete miembros, la mayoría de Ocotal, por eso se reúnen cada fin de semana en casa de algún integrante para practicar o para salir a realizar algún “toque”. Aunque no forman un mariachi, don Emigdio dice que los instrumentos musicales que utilizan son los mismos que usan estos grupos mexicanos: guitarra, guitarrón, acordeón y trompetas, pero que la música que ellos tocan es variada y de moda. El oficio de albañil
dice que lo aprendió trabajando de ayudante y mirando trabajar a
otros, por eso ahora puede desempeñar las dos profesiones de forma
alternativa, ya que cuando no hay trabajo como músico, ofrece sus
servicios para realizar cualquier rumbo de albañilería. ”No
todo el tiempo se puede vivir de la música, por eso cuando no hay
trabajo como músico, me lanzo a la albañilería”.
Los caminos recorridos por don Horacio Orlando Valenzuela
Asegura que de chavalo jugó con Santos López, el mismo que llegó a ser coronel del legendario ejército de Sandino. “Yo estaba cipote cuando salía con Santos López a jugar con flechas o a tirar ‘pichetas’ con tiradoras. Pero en 1927 vinieron los americanos, y esto era horrible, a mí abuelita, un tal míster Braund la golpeó por cuentos de la gente que la acusaron de ser sandinista. Después me di cuenta de que Santos López se había ido de Yalagüina y andaba con las fuerzas de Sandino”, refiere. Pero don Horacio no sólo tiene recuerdos de aquella guerra, sino que aún guarda en su mente los gratos momentos de su juventud, cuando en compañía de algún amigo le ponía serenatas a las muchachas del lugar; “por medio de las canciones uno se comunicaba con las chicas, si atendía, ¡bueno!, si no, se iba a buscar por otro lado”, dijo. Cuenta que en aquellos años él se iba a trabajar a los cañaverales del Ingenio San Antonio, en Chinandega, o tomaba rumbo a los cafetales de Las Cuchillas de Managua o de las haciendas de Matagalpa, trayecto que en su mayoría lo realizaba a golpe de caite. En esa época ni siquiera existían los tocadiscos, y las fiestas se amenizaban sólo con instrumentos de viento como el acordeón, bandolina, guitarras y otros. En las fiestas se bailaba con caites porque era raro el que tenía zapatos, la mayoría lo que tenían era caites de cuero crudo, además, había caites de hule, que eran más cómodos. El que tenía zapatos de “burro” se le consideraba “rico”, señala. Recuerda que durante las fiestas patronales de antaño, a Yalagüina llegaban los miembros de la banda musical de Somoto, los que durante la procesión iban tocando y cantando en todas las letanías en latín. “Eran tiempos en que no se conocía la luz eléctrica y la gente tenía que alumbrarse con candiles en las casas, y para alumbrarlas calles se encendía un moño de rajas de ocote, hasta la noche, cuando un guardia subía al campanario de la iglesia a tocar nueve campanazos para que la gente apagara la luz y se metiera en sus casas. Muchas historias
de don Horacio quedaron pendientes de contar, como cuando agarró
de las patas a un venado que huía de unos perros, relatos de cuando
anduvo cortando café en Honduras o cuando viajaba hasta Ocotal para
ir a ver las películas mudas de Charles Chaplin, y otras..., pero
esas aventuras pueden escucharlas de su voz visitándolo en su casa,
ubicada en el kilómetro 205 de la carretera a Somoto.
Orlando
Valenzuela
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