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(Memoria de Managua de Gratus Halftermeyer)   
El 4 de octubre de 1876 se desató un fuerte aguacero sobre la sierra y la ciudad, y un espantoso aluvión entró por el Sur-oeste del lado del camino a Ticomo, y buscó cauce por la Calle Honda, que después se llamó Calle de Aluvión y es hoy la 1era  Calle Norte. La gran corriente arrastró árboles y peñascos voluminosos. De estos todavía hay algunos en calles no pavimentadas del Barrio San Antonio. Centenares de victimas hubo entre ahogados y golpeados. 
Las personas importantes que perecieron fueron don Florencio Arce y una hija suya que murió al día siguiente, golpeada por una tapia que le cayó encima; la madre política de don Indalecio Bravo, de nombre María de Jesús, y doña Josefa Emilia de Trinidad, esposa de don Jesús de Trinidad. 

Las autoridades y vecinos prestaron su ayuda como pudieron, tirándoles cables a los que eran arrastrados por la corriente. Muchas personas fueron rescatadas de la muerte por los oportunos auxilios de José Santos y Francisco Zelaya, dos valientes muchachos que estaban recién llegados de Europa; del joven Nicolás Méndez y de los hermanos Luis, Francisco y Benito Arróliga. De estos pequeños héroes sobrevive el último, bastante anciano. También ayudaron en el salvamento Fulgencio Fonseca, Coronado Martínez y Terencio Martínez. 

Por ausencia del señor Presidente don Pedro Joaquín Chamorro, que estaba en León combatiendo la plaga del chapulín, dictaron las medidas conducentes al salvamento de la ciudad, los Ministros don Anselmo H. Rivas y don Emilio Bernard, quienes se portaron a la altura de su deber. 

Muchos días después se estuvieron recogiendo cantidades de muebles que sobrenadaban en la costa del lago. 

Los sobrevivientes de esa hecatombre, recuerdan con horror esos aciagos días. Por antonomasía se le ha llamado se le ha llamado al aluvión: el cordonazo de San Francisco. 

 Los hilos telegráficos siguen uniendo los pueblos de la República. El día del aluvión y en el momento de la vorágine, es transmitida a Occidente la fatal noticia que llegó trunca porque la correntada botó los postes. El mensaje alcanzó a decir: "Managua se está per.."              
 
 

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Emiliano Chamorro 
Desgracia ocurrida el cuatro de octubre de 1876 dejó centenares de  víctimas 
  Una de las cosas más espectaculares de la avalancha fue una  enorme piedra de más de cinco metros de altura y seis de   circunferencia que aplastaba árboles, viviendas y todo lo que se encontraba a su paso 

    Llovía intensamente sobre Managua. De repente se escuchó un estruendo que dejó inmóvil a los habitantes de aquella pequeña ciudad, que tenía  muchos días de estar bajo el dominio de intensas lluvias que parecían no  cesar jamás.  

 Era un 4 de octubre de 1876, cuando un brutal aluvión se dejó venir sobre las débiles estructuras de Managua, dejando a su paso centenares de muertos, heridos y damnificados, entre los habitantes que aún no terminaban de levantarse.  

  Serían las 8:45 de la mañana cuando el aluvión entró por el suroeste de Ticomo, y buscó viaje por la Calle Honda, que después se llamó Calle del Aluvión. Una enorme cantidad de lodo cubría las empedradas calles,  provocando el desesperado escape de los managuas, que eran arrasados por  las fuertes correntadas de lodo acompañado de árboles, peñones, piedras,  animales y todo lo que la avalancha arrasaba a su paso de destrucción y muerte.  

              HEDOR INSOPORTABLE  

              Lógicamente en aquella época no existían los medios necesarios para hacerle frente a aquella catástrofe provocada por la naturaleza. Las autoridades en  conjunto con personas que se ofrecieron a ayudar a las víctimas, daban su  apoyo tirando cables a los que eran arrastrados por las corrientes y el 
incontenible lodazal.  

              Según crónicas de la época, de las corrientes y el lodo se desprendía un  hedor insoportable.  

              El presidente de Nicaragua de ese entonces, don Pedro Joaquín Chamorro, que se encontraba en León luchando para erradicar la plaga del chapulín,  desconocía que el monstruo creado por la naturaleza destruía Managua. Ante  la ausencia del Presidente Chamorro, los ministros don Anselmo H. Rivas y don  Emilio Benard se pusieron al frente de los esfuerzos para ayudar a los damnificados, desenterrar los cadáveres, y buscar cómo sacar los que habían  ido a parar al Lago Xolotlán, que en ese entonces estaba sano.  

              PIEDRA GIGANTESCA  

              Una de las cosas más espectaculares de la avalancha fue una enorme piedra de más de cinco metros de altura y seis de circunferencia que aplastaba  árboles, viviendas y todo lo que se encontraba a su paso. La mole de piedra  que se fue frenando cuando la corriente ya no tenía fuerzas para arrastrarla, se detuvo en la pared de la casa de doña Escolástica Zelaya, (ubicada donde  estuvo la casa esquinera de don Ángel Caligaris, antes del terremoto).  

              La catástrofe provocó serias repercusiones en la economía de Managua.  Almacenes, centros comerciales, boticas (farmacias) y pequeños  establecimientos comerciales fueron arrasados por la terrible tragedia.   Muchas personas de comarcas cercanas a Managua llegaban a donar alimentos a los damnificados.  

              DESESPERADOS  

              Mucha gente que pudo escapar de la catástrofe logró refugiarse en la Loma   de Tiscapa, otros se refugiaron en el atrio de la Iglesia de San Miguel (donde  estaba el mercado nuevo antes del terremoto).  

              - A los gritos de ¡Señor, ten misericordia de nosotros!, los señores Daniel López, José María Silva y José Ramírez, que vivían cerca de aquel templo,  auxiliados por otras personas decidieron ir al Altar de la Sangre de Cristo y la  bajaron, paseándola posteriormente por todo el atrio de la iglesia.  

              - Una vez que la pasearon por los alrededores del templo, el rostro de Cristo  fue colocado en la dirección de donde se vino la avalancha. Narran los cronistas que muchas personas que eran ateas, salieron llorando y se postraron ante la Sangre de Cristo pidiendo clemencia.  
 4 DE OCTUBRE DEL 2000 La Prensa    
 
 

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