Managua
en la memoria”
Después
de un larguísimo letargo de casi doscientos años, un día
del año 1720, la población managüense fué conmocionada
por un suceso inesperado. Estando la provincia bajo la regencia de Antonio
de Poveda y Rivadeneira, éste ordenó el reclutamiento de
un número no determinado de pobladores, españoles y nativos,
para que se integraran en las milicias. en la provincia estaban ocurriendo
fuertes fricciones entre las autoridades españolas, que provocaron
serias protestas populares en León; situación que Poveda
y Rivadeneira había reportado a Madrid, solicitando autorización
para aumentar su personal militar en Managua. Poveda y Rivadeneira murió
asesinado el 7 de Julio de 1727, en la misma ciudad de León, victima
de sus compatriotas adversarios.
Excepto por la expectación surgida con la formación de las milicias - que por cierto marca el inicio de una nueva época para Managua - , la vida de sus pobladores trancurría relativamente pacífica y patriarcal. Los vecinos del poblado en su mayoría ocupaban gran parte de su tiempo en el cultivo de gramíneas que utilizaban en su alimentación, así como el cuido y crianza de animales domésticos destinados al mismo propósito.
Los indígenas, continuaban viviendo de la caza y de la pesca. Algunos habían adoptado la costumbre de trasladarse a las sierras (actualmente el Crucero ) de donde regresaban con muchas piezas con las que complementaban su dieta. Otros se embarcaban muy de madrugada en sus pequeños cayucos, interándose en el lago. La tradición refiere que para ese entonces, Managua no era otra cosa que un pequeño pueblo de indígenas que habitaban en chozas cercadas con toscas tablas de talalate y con puertas hechas de cuero crudo o de carrizos. En el marco de la
promulgación de las Leyes de Indias, el Rey había ordenado
que todos los terrenos vacios o baldíos fueran entregados con sus
correspondientes títulos de propiedad a los nativos que carecían
de tierras, dando orígen a los primeros deslindes de tierras
en la ciudad, colocando el mojón guía al sureste de las sierras
en un sitio que mucho tiempo se conoció con el nombre de "Rancho
del Obispo", situado en lo que hoy es Ticuantepe. Luego, según
refiere el historiador Heliodoro Cuadra, la línea deslindante tomaba
rumbo Norte hasta llegar a una demarcación que se conocía
como Boca de los Sábalos. de allí partía hacia Occidente
hasta la Punta de Chiltepe, un poco más allá de La Laguna
de Asososca, en donde concluía la extensión rural del poblado
colonial de Managua. Esta primera demarcación de Managua sería
ratificada posteriormente, el diez de marzo de 1810, a solicitud expresa
propia del Monarca español.
El doctor Ricardo Paíz Castillo informa que antes de la verificación de estos deslindes, a Managua sólo se le calculaba una extensión de media legua, yendo de Este a Oeste. Una descripción general sobre la Managua de ese tiempo hace saber que los nativos beneficiados por el Monarca con las tierras baldías fueron desapareciendo víctimas de las pestes que de forma continúa abatían la ciudad y que, al desaparecer todos ellos, los funcionarios peninsulares que ejercían en Granada dispusierón apoderarse de los terrenos, asignándoselos como propios. Por esos años se impuso por primera vez la costumbre de herrar a los animales con un fierro al que las autoridades bautizaron del "pueblo", y sólo se distinguía la posesión particular con una marca grabada en las partes laterales de la cabeza de los animales, más que una señal que se colocaba en las orejas. En tanto los indígenas continuaron con sus costumbres ancestrales siendo muy hermanables y desprendidos, pues cualquiera tomaba una vaca parida, la ordeñaba y la tenía en su casa todo el tiempo que necesitara la leche, sin que su legítimo dueño protestara. Lo mismo sucedía con los bueyes y las bestias. todos tenían derecho de servirse de estos animales, sólo tenían que avisar al dueño para que este no creyera al semoviente se habia salido del protrero, pues no había ladrones. Los solares estaban cubiertos de monte y servían para satisfacer las necesidades fisiológicas, ya que en ese tiempo no existían letrinas o sitios especiales para ello. también era común entre la población el temor al cadejo, animal que según ellos perseguía a los nocheriegos, y el cadejo blanco que acompañaba a los andantes por los caminos, lo mismo que las ceguas ( que eran mujeres disfrazadas que infundían terror a los hombres, especialmente a los donjuanes), asímismo le tenían miedo a la carreta nagua, al hombre sin cabeza, a la chancha bruja, al mismo diablo, a la procesión de la ánimas del 2 de Noviembre, entre otros temores. Managua
inicia su desarrollo.
Agustín Morel de Santa Cruz fue el primer Obispo del que se tiene noticia que describió nManagua en un detallado informe enviado a su rey el 8 de septiembre de 1751. "De León vino a Managua el 10 de enero de aquel mismo año, a instancias suyas se fundó en nuestra ciudad un hospital y una escuela, también estableció una carnicería y una tienda de abastos, centros que se tienen como los primeros que tuvo Managua en su especialidad". Habían pasado más de doscientos veinte años (1528 a 1751) desde que Fernández de Oviedo escribiera sus impresiones de Managua. El Poblado, majestuoso en 1529, se había convertido en una incipiente villa, sin que todavía se le hubiera otrogado tal título. Desde los primeros párrafos de su informe, revela el Obispo su admiración a Managua afirmando que: " Su situación es lo más alegre y deleitable que pueda contemplarse, tiene a las orillas una Laguna, que a la primera vista parece el mar. La latitud de ella consta de siete leguas, corre de Norte a sur, su longitud de veintidós, contadas desde el volcán Momotombo que cae al Oeste, hasta el paso de Tipitapa que mira al este (...) se recogen sus aguas que forman un río (...) Su fondo es arenoso, no está sujeta a crecientes ni menguantes, pero sí a tormenta (...) Los naturales de Managua, defienden el ejercicio de la pesca en las riberas de su pueblo; en las cercanías de ésta hay otras seis redondas, pequeñas y distantes entre sí". (Cuadra Heliodoro. Historia de La Villa de Santiago de Managua, editorial Atlántica, Managua, 1939.). El Xolotlán apuntan las viejas crónicas, no era tan ancho como sería después. Los nativos, podían ir a pie hasta la punta de Chiltepe a la que se lamaba Cerro del Chile, y por la vasta costa lacustre, los pobladores iban y venían cual si hubiera sido una pista peatonal de circunvalación. en cierta ocasión en esa costa se montó una fábrica de tejas y ladrillos que se usaron para la construcción de lo que sería la primera iglesia parroqial del poblado. Entonces los pobladores se ofrecieron para transportarlos gratuitamente, hasta los terrenos donde se erigió el templo, que posteriormente fué descrito por el Obispo Agustin Morel de Santa Cruz. La construcción la dirigió el maestro artesano Carmen Cuadra quien había aprendido la albañilería de algunos españoles especializados en ese oficio. Dando inicio a la tradición de considerarlo punto cardinal inevitable, el Obispo toma como punto de referencia el Lago Xolotlán para calcular la distancia entre el Xolotlán y la iglesia más cercana: "La parroquia estará como a una cuadra de la Playa". dice Morel de Santa Cruz. La
primera Parroquia de Managua -
Entre 1680 y 1750, según el Obispo Morel de Santa Cruz, en los alrededores de Managua, prosperaban 47 haciendas de ganado, trapiches y obrajes de añil. La gente del poblado cultivaba maiz, frijoles, legumbres y abundancia de pescado y frutas. Managua estaba conformada por nueve casas de tejas y 456 chozas de paja, 752 familias y 4,410 habitantes, su estructura social estaba conformada por españoles, mestizos y mulatos. Existían e compañias militares, una compañia formada por españoles montados y las otras dos conformadas por mestizos y mulatos. Para el año 1750, la población asentada en Managua estaba estructurada en las llamadas parcialidades, en las que se encontraban las Iglesias San Sebastián, Santiago, San Mateo, San Miguel. La parcialidad denominada Mazagalpa, se convirtió posteriormente en el Barrio Santo Domingo, Cuastepe en el Barrio Candelaria, y la parcialidad de Telpaneca en Pueblo Grande situado en la zona del antiguo Campo de Marte. La Parroquia de Managua fue reconstruida a principios de 1777, después de que el presidente del Reino autorizara al Cura Párroco "para mandar a derribar la Iglesia Parroquial de Santiago de Managua y reedificarla conforme a la ley, y señalando para este efecto los fondos siguientes: para las dos terceras partes del costo debían contribuir los indios y otras castas de feligresía y la otra tercera parte que correspondiese a aquella iglesia, en caso de percibir las cuatro novenos destinados a la fábrica de templos en el Obispado, según la ley, título II, libro I de las Municipalidades del Reyno". Para el ilustre historiador nicaragüense, managüense, Gratus Halftelmayer, Managua "tenía una estructura de Aldea, sus calles no tenían trazado urbano rectilíneo, y sus barrios, separados unos de otros, dejaban grandes espacios sin construcciones de ninguna clase y aún entre éstas mediaban grandes patios cercados con piñuelas y arbustos de cardón. Sus calles eran polvosas en verano y lodosas en invierno, predominaban las casonas antiguas de adobe y tejas de barr, y se iluminaban con candelas de cebo y luego con faroles de kerosenen. Las viviendas en que se habitaba la gente común, eran pequeñas chozas pajizas, cerradas con carrizo o trozos de Guarumo. Las puertas, eran forradas con carrizo o cuero". Managua
trasciende de Poblado
Al iniciarse 1800, los pobladores de Managua pasaban por una situación crítica. Desde el año anterior las lluvias no habían sido lo suficientemente copiosas para garantizar las cosechas que les proveían de alimentos. Los lotes en que sembraban sus granos básicos, al pasar los días sólo daban señales de irse transformando en desierto. Desde los primeros meses del año los sembradores habían cambiado sus instrumentos para hacer producir la tierra, por aperos de pesca. Los pobladores pidieron auxilio a las autoridades locales y al gobernador de La Provincia, solicitando se les proporcionaran algunas raciones de comida mientras esperaban el agua de mayo, expresión que luego se convirtió en una invocación que repetirían sucesivas generaciones. En 1802, la escasez de maíz obligó a los nativos a vender cuantos objetos de valor poseían para hacerle frente a las necesidades de sus famílias; además de la sequía, enfrentaban un aumento en el monto de los impuestos. Finalizando el año se contabilizó la muerte de veinticinco tributarios, ninguno poseía bien alguno que pudiera ser subastado, como acostumbraban las autoridades para satisfacer los requerimientos económicos de la casa real. Uno de los alcaldes, cuya principal misión consistía en recaudar tributos, ante la evidencia de que podía quedar mal con sus superiores, optó por cubrir los pagos con dinero de su propio peculio. Es que la audiencia, que residía en Guatemala, no entendía de prórrogas. Las extorsiones contra los naturales de Managua - y de las otras poblaciones en general - que ejecutaban los empleados del gobierno español, particularmente cuando se trataba de hacer efectivo el cobro de los jueces y subdelegados fueran escogidos entre los vecinos españoles de las localidades en la que debían ejercer sus cargos, aduciendo que los que llegaban de otras partes, no se interesaban por la mejora del lugar ni por la población cuyo gobierno se les encomendaba. Como suele suceder,
la adversidad - en este caso producida por la sequía - y los abusos
de las autoridades españolas que gobernaban el poblado propiciaron
la organización política de sus habitantes españoles
y nativos.
Recopilación:
Ed Manfut P.
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