
| CEMENTERIO
DE BOACO
J. Aníbal Gallegos B. En una antigua Iglesia Católica alemana hay una pintura que representa a Adán y Eva, echados del paraíso terrenal. Un ángel airado con una espada de fuego los aleja para siempre de aquel paraje delicioso, mientras que un horrible esqueleto huesudo los precede tocando un violín ejecutando su marcha triunfal, la marcha de la muerte. Con Adán y Eva el género humano entró en el reino de la muerte. La tierra desde aquel momento se hizo un gran cementerio en espera de tragar en su seno los cuerpos sin vida de todos los vivientes. La tierra tan hermosa, tachonada de flores, bajo la techumbre de un cielo azul y lleno de estrellas, se hizo un extenso cementerio en un jardín de vida, trocado en un campo de tumbas. Dice en realidad un escritor que si el tiempo no borrara las tumbas no habría lugar para sepultar a un muerto más, todo sería ya cementerio. Qué espantosa la hora de la muerte. Se cuenta que cuando Samuel ungió rey de
Israel a Saúl, le mandó a meditar sobre la muerte junto al
sepulcro de Raquel, para que ahí aprendiera la lección de
la vida, de cómo debía guiar a su pueblo.
La muerte es una sabia “maestra” y las tumbas son como páginas de un realismo inconfundible. Luis XII, rey de Francia, ya muy enfermo y próximo a morir, se hizo llevar a la ventana del palacio para contemplar la techumbre y la torre de la Iglesia de San Dionisio de París, en cuyas bóvedas están las tumbas de los reyes franceses; allí pasó largo rato meditando y suspirando. Luego, descubriéndose el brazo derecho se puso a contemplarlo y a decir: “He aquí, amigos, el brazo que empuñó cetro y espada y que dentro de poco será cadáver, podredumbre y ceniza”. Hoy el hombre es ensalzado y mañana desaparece, porque se convierte en polvo del que fue formado, tanto un rey como un lacayo. La grandeza y presunciones del mundo se levantan sobre una base de tierra deleznable y fea, fría y cruel, que todo lo deshace y pulveriza. El hombre para vivir reclama con insistencia sanidad
y conservación de la vida, bienes, poder, dinero, alimento, descanso,
felicidad para sus hijos, sobrevivencia más allá de la tumba.
Afirmación de su propia impotencia. El hombre es impotente, limitado,
pobre y débil.
14 DE MAYO DEL 2003 / La
Prensa
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TOUR CEMENTERIOS DE NICARAGUA