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EL MUSEO DE CASA NATALICIA DE CARLOS FONSECA AMADOR EN MATAGALPA
Pero
el primer contraste del que Carlos Fonseca Amador llegó a ser consciente
debe haber sido el de su propia familia. Él vivía con su
madre, su hermano mayor Raúl y, con el tiempo, sus tres hermanos
menores, en una pieza sin ventanas, de unos doce pies, en el patio, al
lado de la cocina de la casa de una tía. A media milla estaba la
mansión donde su padre, Fausto Amador Alemán, vivía
con su esposa e hijos. La residencia Amador, uno de los pocos edificios
de dos pisos en Matagalpa, junto con el frontispicio de la catedral, de
la que quedaba a media cuadra de distancia, dominaba el extremo norte del
pueblo. En su interior los resplandecientes pisos y gabinetes de caoba,
los mosaicos de azulejos, el jardín de árboles y flores y
el elegante mobiliario importado, eran mantenidos inmaculados por los sirvientes
que allí vivían. La madre de Carlos, Agustina Fonseca Ubeda,
había llegado a Matagalpa del lluvioso poblado de montaña,
San Rafael del Norte, hacia 1930. De acuerdo con un residente local y pariente
lejano de Carlos. San Rafael del Norte, era "una localidad de sencillos
habitantes, blancos y rubios en su mayoría, dedicados a la ganadería
y al cultivo de la caña de azúcar los que tenían tierras,"
y la familia Úbeda era de "ganaderos, cultivadores de la caña
o de pequeñas huertas, hombres de trabajo y de vida austera, sumamente
religiosos, a veces solamente se aparecían en el pueblo para las
festividades de Semana Santa.
UNA
TUMBA, DOS CUERPOS
En
julio de 1979 el cuerpo de Carlos Fonseca y su compañero había
sido localizado, desenterrado y vuelto a enterrar en Dipina. “Fueron varios
meses de búsqueda y cuando finalmente los compañeros a mi
cargo me confirmaron el hallazgo, me comuniqué con Humberto Ortega,
que estaba a cargo de la jefatura militar, y le propuse la exhumación
del comandante Fonseca. Se autorizó y vino Roberto Sánchez
a cargo de la misión. Debíamos tener los restos de Carlos
Fonseca antes del 7 de noviembre”, recuerda Irving Dávila.
Y
así fue. Luego de viajar en mula y a pie durante tres días,
Amador Gallegos, Seidi Rivas y Santos Sobalvarro acompañados de
campesinos llegaron al punto donde habían dejado los restos y salieron
de Dipina con un par de osamentas envueltas en plástico negro: la
de Carlos y la Benito.
Llegaron
a Waslala en helicóptero el 4 de noviembre y entregaron los restos
a Roberto Sánchez Ramírez, jefe de relaciones públicas
del nuevo Ejército sandinista y al comandante guerrillero David
Blanco, responsables del traslado.
“Los
tuve en mis manos. Era un manojo de huesos envueltos en un plástico
negro que había llevado de Managua. Los pusimos en una mesa y los
velamos en el campamento. Estábamos emocionados, nadie los desempacó.
Al día siguiente nos llevaron al ataúd y metimos los restos
aún envueltos en el plástico. El cinco se veló en
Matagalpa”, explica Sánchez.
Aunque
David Blanco reconoce no haber viajado hasta Dipina, recuerda que cuando
recibió el paquete donde estaban los huesos le explicaron el proceso
de reconocimiento de los restos. “No había posibilidad de hacer
pruebas de ningún tipo, pero se comprobó que se trataba de
Carlos Fonseca y su acompañante. Los huesos de Carlos eran inconfundibles,
un hombre alto de huesos largos, otra de las señas era la falta
de un par de manos, que le fueron cortadas y enviadas a Managua para que
Somoza comprobara su identidad. El otro compañero era un hombre
pequeño de aquí de Sutiaba”, cuenta Blanco.
El
6 de noviembre la osamenta de Fonseca y Núñez viajaron en
caravana hasta Managua.
El
ataúd es entregado a la Dirección Nacional del FSLN en Managua,
y se les informa que en él también están los restos
de su compañero, que hasta ese momento no había sido identificado.
“Nunca
hubo nada escrito, pero nosotros informamos a la Dirección Nacional
que ahí venían también los restos del muchacho que
había caído con Carlos. No podíamos identificarlo,
solo sabíamos que era leonés. No se dijo nada más.
Estoy en capacidad de decir que nadie, nadie, abrió ese ataúd
nunca más... es el ataúd que está enterrado en el
parque”, sostiene Roberto Sánchez.
Fausto Amador no respondió favorablemente a esta súplica. Agustina Fonseca vivió en la cocina de lsaura Ubeda hasta que murió de un derrame en 1967. Ella murió sin un centavo y sus hijos tuvieron que prestar dinero para comprar una simple caja en la cual enterrarla.
El padre de Carlos, pertenecía a una de las familias más ricas y poderosas políticamente de la región. Aunque ni en la partida de nacimiento ni en eI registro bautismal de Carlos Alberto se menciona a ningún padre, sus abuelos Amador aparecieron en la fe de bautismo de 1937 y en un momento dado, durante sus años de escuela primaria, el padre comenzó a reconocer su parentesco.
Los Amador de Matagalpa han sido prominentes cafetaleros, comerciantes y políticos desde el siglo diecinueve. El padre de Fausto Amador y abuelo de Carlos era Horacio Amador, un importante negociante de café que también poseía cafetales y varias casas en Matagalpa. Uno de los tíos de Fausto, Sebastián Amador, había sido el jefe político del departamento de Matagalpa, de 1915 a 1917, durante la administración del presidente conservador Adolfo Díaz. Los Amador, como la mayoría de las familias aristocráticas de Matagalpa, tradicionalmente apoyaban al Partido Conservador, pero Fausto cambió su filiación por el Partido Liberal Nacionalista (PLN) del presidente Anastasio Somoza García. En 1950 Fausto se trasladó con su familia a Managua para administrar varias de las grandes empresas de Somoza. En los años setenta él tenía una gran cantidad de tierras agrícolas en las regiones de Matagalpa y Managua; y cuatro casas lujosas en Managua, además de la mansión familiar de Matagalpa.
Poco después de que Carlos Fonseca naciera, Fausto Amador se casó con Lolita Arrieta, hija y nieta de prominentes profesionales y cafetaleros de Matagalpa. Entre 1939 y 1950, Fausto Amador y Lolita Arrieta tuvieron una hija y tres varones: Gloria, Iván, Fausto Orlando y Cairo. Coincidentemente, Carlos tenía, por el lado materno, tres hermanos y una hermana: Raúl, René, Juan Alberto y Estela. Sus relaciones más cercanas, él las desarrolló con Fausto Orlando Amador y Juan Alberto Fonseca, ambos casi una década más jóvenes.
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El
guerrillero desconocido
EMBOSCADA
EN BOCA DE PIEDRA
UNA
TUMBA, DOS CUERPOS
BENITO
¿CARVAJAL?
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Carlos Fonseca se identificaba con la clase social de su madre. Sus sentimientos por Agustina Fonseca parecen haber sido una mezcla de amor, lealtad, piedad y no poca culpa. Él arriesgaba su propia seguridad para visitarla durante sus años en la clandestinidad, y pedía a sus jóvenes compañeros del FSLN, correr el riesgo de llevarla de visita a Costa Rica y Honduras. Pero a su padre lo miraba como a un espíritu de naturaleza más intelectual. Las cartas de Fonseca a su padre están llenas de análisis históricos y literarios, cuando él trata de transmitir sus ideas y motivaciones políticas en desarrollo. Educado en los Estados Unidos, Fausto Amador era bilingüe -inglés y español- y tenía fama de brillante administrador. En el otro lado, Agustina Fonseca era conocida tanto por callada como por bella. Aún siendo joven, según dicen sus vecinos, ella "era una mujer que no hablaba". Algunos contemporáneos de Carlos que conocieron a su madre asumían que ella era iletrada, aunque podía leer y escribir.
Menos de un año después de la muerte de Agustina Fonseca, en un mensaje del Día de la Madre dedicado a las mujeres cuyos hijos e hijas habían sido asesinados por la Guardia Nacional, Fonseca sostuvo que ella, eventualmente, llegó a concordar con su actividad revolucionaria: "Permítaseme evocar este día a la madre del que escribe estas líneas, mi madre proletaria, cuyos días en el mundo ya concluyeron. En su humildad llegó a comprender y a decir con satisfacción que este hijo pertenecía a la patria".` Otros residentes matagalpinos de la época la recuerdan como apenada y confundida por el radicalismo de Carlos y, desafortunadamente, no hay al respecto testimonios de la propia Agustina.