| ANSELMO
H. RIVAS:
INTELECTUAL DEL CONSERVATISMO
DECIMONÓNICO
Jorge Eduardo Arellano
EDITORIALISTA, hombre
público e historiador, nació en Masaya -de padre mulato-
el 3 de noviembre de 1826. Auto didacta, se formó en las bibliotecas
granadinas de la época, principalmente en las de Pedro Chamorro
y Pedro Rouhaud. «Frecuenta las tertulias que se
forman en las casas
ricas para leer y comentar revistas y libros recién llegados»,
escribió Carlos Cuadra Pasos. Y así animaba, con su charla
y guitarra, a los elementos de la fracción de la clase dominante
ubicada en Granada, a la que serviría intelectualmente desde su
nombra miento de Jefe de Sección en el gobierno de Laureano Pineda.
En 1853 se le encomendó
la redacción de la Gaceta y otro cargo: Traductor oficial. En 1854
sufrió la muerte de su hermano Pedro, víctima de la guerra
civil, y también la de su jefe y rector de conducta política:
Fruto Chamorro. En esa guerra cae prisionero y es arrojado, con una barra
asida a los pies, a un calabozo; allí lo rescata por una suma de
dinero el caballero italiano Santiago Peccorini y se lo lleva a El Salvador.
Dedicado al estudio
en ese país, regresa en 1857 y trabaja en la primera administración
del General Tomás Martínez. Fundaese año el semanario
El Centroamericano y 1 uego, en 1861, otro: La Unión Nicaragüense;
redacta la Gaceta y escribe discursos. Pero en 1862 se opone a la reelección
de Martínez y es enviado al destierro. Seis años pasa en
Cartago, Costa Rica, donde se entrega a la enseñanza y conoce a
su futura esposa: una alemanita a la que había conocido en sus años
de San Juan del Norte.
En 1867 se traslada
a Managua, llamado por el Presidente Fernando Guzmán para ocupar
un alto cargo y se transforma en ese gobierno, y en los de Vicente Cuadra
y Pedro Joaquín Chamorro en el Ministro por antonomasia; además
del Ministerio de Guerra, Marina, Instrucción Pública y Obras
Públicas -que dirige por un tiempo- es el canciller de las tres
administraciones, a cuyos pensamientos y resoluciones infunde su expresión
literaria. Nicaragua causa resentimiento al partido del sacrificado general
Guardia, de Costa Rica, que inquieta al país con sus gestos dictatoriales.
Pero don Anselmo,
en la cúspide de su carrera política, consigue que Guardia
llegue a Belén, Rivas, solucionando el conflicto. Igualmente, va
a El Salvador y salva al General Tomás Martínez, prisionero
de los partidarios de Barrios. Durante el período de Pedro Joaquín
Chamorro, lleva dignamente el caso Eisentuck-Leal - ante la agresividad
prepotente del imperio alemán- y, con el acceso al poder de Joaquín
Zavala, pierde su hegemonía política y se realiza como escritor,
periodista y parlamentario, representando en los tres campos a su partido
conservador tradicional. «El distanciamiento de don Anselmo en los
últimos períodos conservadores -escribe Carlos Cuadra Pasos-
es amistoso con Zavala, frío con Cárdenas y de franca oposición
con Carazo y con Sacasa». En 1880 restablece la circulación
de El Centroamericano y cuatro años más tarde funda, con
Rigoberto Cabezas, el Diario de Nicaragua que se convierte, al poco tiempo,
en El Diario Nicaragüense, durante varias décadas el diario
de mayor reputación literaria del país. En 1889 se opone,
a la administración Sacasa y fue expulsado a Costa Rica.
Otra vez de regreso,
con Zelaya en el poder, retorna la dirección de su diario para cuestionar
ahora a la administración liberal. Por ello es perseguido, y sucumbe
con su órgano de prensa. Retirado a impartir clases de literatura
y francés en el colegio de su hija Francisca Berta Rivas, facilita
su imprenta para la publicación de una hoja semanal que después
aparece diaria: El Periódico. A continuación, se empeña
en traducir del inglés y el francés, respectivamente, «De
esclavo a catedrático» de Bucker T. Washington y -en prosa-
«Cyrano de Bergerac» de Edmundo Rostand. Los jóvenes
le rodean y escuchan su palabra ilustrada, expansiva, amena. Fallece en
Granada el 7 de mayo de 1904.
El más genuino
representante intelectual del conservatismo de los 30 años, Anselmo
H. Rivas sostuvo esta posición en los brillantes y serenos editoriales
de El Diario Nicaragüense. Como heredero de la tradición oral,
expresó el mismo punto de vista en su intento historiográfico
Ojeada retrospectiva, serie de artículos sobre el desarrollo político
nicaragüense en la primera mitad del siglo XIX. Polemista combativo,
se distinguió por su estilo castizo y elegante. «Admira -anota
Carlos Cuadra Pasos-, como resultado de la educación literaria clasicista
que tuvo en su juventud, el hecho de que este hombre tan vehemente, pueda,
sin embargo, mantener en la discusión sólo el uso de frases
ponderadas... Tras el seudónimo practica la sátira; pero
su ironía es superficial y benévola y hasta risueña». |