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Managua   La Prensa      21.09.06 

José Adán Silva

nacionales@laprensa.com.ni 
El periodista Ignacio Briones Torres conoció a Rigoberto López Pérez en 1951 en San Salvador y lo vio vivo por última vez una semana antes de los sucesos del 21 de septiembre de 1956.

Briones Torres le siguió el paso a la vida del poeta y desde 1979 ha recopilado material inédito sobre la vida de López Pérez, para escribir una biografía que desde hace tres años está por finalizar y en la que se recogen datos inéditos sobre la vida de este leonés que nació el 13 de junio de 1929 en el barrio El Calvario, de la ciudad de León.

Hijo de Soledad López y don Francisco Pérez, fue bautizado en la Catedral de León con el nombre de Pascual Rigoberto. Siendo todavía un infante, su padrino de bautismo, el reverendo Agustín Hernández lo internó en el Hospicio de San Juan de Dios, donde estudió la primaria y el oficio de sastre, con el que empezó a obtener su primeros ingresos que compartía para el alivio de la pobreza familiar y el costo de sus estudios de Redacción y Taquimecanografía en la Escuela de Comercio Silviano Matamoros.

Entre 1950 y 1956 realizó varios viajes a El Salvador, donde conoció a exiliados y enemigos de Somoza, como el ex capitán de la Guardia, Adolfo Alfaro y otros, de quien presuntamente nació la idea de matar al dictador. 

Ya en León, se hizo acompañar en su complot por Edwin Castro Rodríguez, quien a su vez enroló en el proyecto a otras personas como Cornelio Silva y Ausberto Narváez, para elaborar un plan de escape para que el tirador de Somoza pudiera salir con vida del atentado.

VESTIDO PARA MATAR

El 21 de septiembre, sin estar listo el plan de escape, López Pérez se vistió de pantalón azul y camisa guayabera blanca. Una mujer hasta ahora desconocida introdujo escondido al local de la Casa del Obrero un revólver calibre 38, cañón de dos pulgadas, pavón azul, marca Smith and Wesson, gatillo corto, con tambor de cinco cartuchos y cinco balas del número 74605.

Los testigos dicen que Rigoberto López Pérez se acercó bailando por el centro de la pista hasta quedar a cinco o seis metros de donde Somoza leía despreocupado un periódico mostrado en ese instante por el periodista Rafael Corrales Rojas, amigo de López Pérez, que es quien finalmente reconoce, ya masacrado el cuerpo, la identidad del susodicho.

Que a esa distancia sacó el arma con la mano derecha y disparó cinco veces sobre la mesa hacia las partes bajas del abdomen de Somoza, en procura de alcanzarlo en un lugar fuera de la protección del chaleco antibalas.

Dice Agustín Torres Lazo, el fiscal que llevó el caso, que casi al momento que Rigoberto terminaba de disparar, un cabo de apellido Lindo, le descerrajó un culatazo salvaje entre la nuca y la quijada, y que acto seguido, repuestos de la sorpresa, los agentes de seguridad descargaron hasta 54 tiros de todo tipo de armas contra el cadáver, al que luego llevaron arrastrado a la calle, tiraron en un jeep, llevaron al comando de León, y de ahí lo trasladaron a Managua, donde se perdió para siempre el rastro del cuerpo.
 
 

Según investigaciones del periodista Ignacio Briones Torres, Rigoberto López Pérez no era ni comunista ni sandinista, sino liberal independiente. “Él afirmaba que era liberal verdadero, como Sandino, no liberal a conveniencia como Somoza, que era del Partido Liberal Nacionalista, pero pactaba el poder con los conservadores zancudos. Rigoberto era más afín al Partido Liberal Independiente”, dice. 
 

Cuando el alcalde sandinista de Managua, Dionisio Marenco, devele este 21 de septiembre —si es que lo logra hacer y no se retrasa— la estatua que en honor a Rigoberto López Pérez hizo con fondos de la comuna y de los llamados amigos del Frente Sandinista, en la rotonda Universitaria, estará dando por inaugurado el monumento a un hecho trágico que hace exactamente 50 años estremeció a Nicaragua.

El 21 de septiembre de 1956, un conspirador poeta llamado Rigoberto López Pérez disparó cinco veces contra el entonces hombre más poderoso del país, el general Anastasio Somoza García, un dictador de malas mañas que desde hacía dos décadas ejercía el poder en Nicaragua a sangre y fuego.

Recuerda el fiscal militar del caso, Agustín Torres Lazo, en su libro La Saga de los Somoza, que aquella vez el general Somoza celebraba en la Casa del Obrero, de la ciudad de León, su postulación, una vez más a la Presidencia de la República, por el oficialista Partido Liberal Nacionalista (PLN).

Dice que aquel día ya existían suficientes rumores sobre un atentado a la vida del dictador, fraguada desde El Salvador por un grupo de exiliados entre quienes se encontraba el ex capitán de la Guardia Nacional, Adolfo Alfaro, quien estaba exiliado en ese país luego de participar fallidamente en la conjura de los militares para matar al mismo Somoza en los sucesos de abril de 1954.

Cuenta el fiscal que los agentes de la recién fundada Oficina de Seguridad Nacional y el amplio dispositivo de seguridad de la Guardia Nacional no le dieron importancia al asunto, a tal grado que el mismo Somoza rechazó colocarse bajo el traje oscuro un chaleco antibalas que le hubiera protegido de cualquier disparo en el tórax.

EL PISTOLERO INESPERADO

Si quienes conocieron a Somoza García daban fe de que el hombre era capaz de cualquier cosa con tal de mantener el poder, quienes conocieron a Rigoberto López Pérez decían lo contrario: que el joven no parecía capaz de hacer algo indebido, mucho menos matar a nadie a sangre fría.

Don Juan Toruño fue una de las muchas personas que compartió con López Pérez horas antes que éste atentara contra la vida de Somoza. 

“Este Rigoberto era un muchacho bien calmo. Nunca parecía molestarse por nada, tenía un temple y sangre fría que nunca le he conocido a nadie más”, recuerda don Juan, quien la mañana del 21 de septiembre estuvo platicando con Rigoberto López Pérez y hasta almorzaron ese día tras conversar algunas horas de la mañana en la Radio Darío, propiedad del mismo Juan Toruño.

“A pesar de que era mi amigo, nunca me dijo nada porque él nunca hablaba de política. A mí me parecía que más que respetuoso, era tímido o miedoso”, recuerda el veterano periodista leonés, quien cuenta una anécdota que revela en cierto modo la sangre fría a la que él hace referencia. 

“El día que él (Rigoberto) mata Somoza, en la mañana estábamos sentados en la puerta de la radio y pasó un jeep de la Guardia repartiendo cajas de fósforos con la cara de Somoza. Se paran y nos dicen: voten por el hombre, y nos tiran varias cajas, yo agarro una y seguimos hablando hasta que la Guardia se fue. Yo le digo a Rigoberto: ve poeta, se reelige este jodido de Tacho; él me tomó la caja de fósforos, vio la imagen de Anastasio Somoza, me la devolvió y me dijo: ajá, pero no me dijo nada más”, cuenta.

Recuerda que ese mismo día hablaron de un viejo proyecto de sacar un cancionero, y que para comenzar pusieron un disco en la radio, y Rigoberto copió la letra en un papel. “Él sabía taquigrafía, pusimos el disco y él sacó la letra y después la escribió a máquina, me dijo que ahí me la dejaba para que fuéramos avanzando”. Recuerda que luego se fueron a almorzar, pero que Rigoberto no comió mucho y al rato se marchó hacia el lado el Parque Central, “pero no iba triste ni pensativo porque así era él, lleno de enigmas”.

Don Juan Toruño no fue a la fiesta de la Casa del Obrero, porque no le agradaba Somoza. “Somoza no le agradaba a la mitad del país, a la mitad pensante del país”, justifica y agrega que esa noche se acostó temprano.

NI LAS PROSTITUTAS SE SALVARON 

“Yo me di cuenta hasta el día siguiente que me fui a la radio y todo el personal está alarmado, y yo llegando y me dicen que mataron a Somoza. El estupor me invade, pero antes que pueda reaccionar, me dejan helado con la noticia a boca-de-jarro. ¿Y sabe quién lo mató? El pueta”, recuerda que le dijeron y dice que tras un momento de vacilación preguntó: -“¿Y a él qué le pasó? -Lo mataron”, le respondieron y dice entonces que se le heló la sangre porque presintió lo que, en efecto, ocurriría después: la Guardia se llevó a culatazos y patadas a todos los de la radio y a él lo encarcelaron y torturaron varias semanas.

Dice que en esos días también se llevaron a su cuñado Noel Jirón, acusado de conspiración, luego que éste le diera “ride” el día del hecho a Edwin Castro Rodríguez, uno de los principales conspiradores del atentado a Somoza, junto a Ausberto Narváez, Cornelio Silva y el propio Rigoberto López Pérez. Los últimos cuatro murieron a manos de la Guardia. 

“Se llevaron a tanta gente, que no perdonaron ni a las putas. Alguien contó que un día antes del atentado, a Rigoberto lo vieron en el barrio San Felipe, en una zona de tolerancia donde habían varios burdeles, y hasta allá llegaron los agentes a llevarse a las mujeres porque pensaban que una de las muchachas fue quien metió la pistola a la Casa del Obrero”, relata don Juan, cincuenta años después de aquel hecho.

EL ÚLTIMO MAMBO

Nada presagiaba la tragedia que aquella noche de aires cálidos, viernes 21 de septiembre, se cernía desde León a toda Nicaragua. Ya los convencionales habían proclamado a Somoza para candidato y se preparaban a celebrar el próximo gobierno.

Dice Róger Morales que Somoza llegó alegre y repartiendo saludos a eso de las siete y media u ocho de la noche, con una comitiva impresionante entre los que iban correligionarios, familiares, amigos y agentes custodios.

Que lo ubicaron en la mesa principal colocada al frente de la sala central, de piso ajedrezado, en una amplia mesa de manteles blancos, bajo un techo de bajareque sostenido sobre dos columnas de madera sólida. Que al lado de la mesa se dispersaron varios guardias, uniformados y civiles, y que alrededor de la mesa principal se dispensaron las otras mesas para los allegados del hombre.

Que al rato de sentarse, Somoza salió a bailar con la Novia de la Casa del Obrero, una muchacha agraciada a la que recuerda con el nombre de Miriam Pérez, por lo cual los agentes de seguridad llegaron hasta la banda a pedirles que tocaran un mambo “porque el general quería lucirse”. Después del mambo, se dio por iniciada oficialmente la fiesta y Somoza se fue a su mesa a recibir las constantes visitas de gente que le quería saludar, o pedir favores, o pagarle favores.

MUERTE AL RITMO DE JAZZ

Dice Morales que a eso de las nueve y media de la noche vio pasar por ahí, solitario, a Rigoberto López Pérez, a quien conocía porque aparte de jugar béisbol con él en las calles de San Isidro y otros cuadros aledaños a la ciudad, también habían tocado en la misma banda donde el conspirador hacía de violinista y compositor, e incluso hasta lo había acompañado a jornadas nocturnas de serenatas a una doncella de nombre Caridad, a quien López Pérez le dedicó esfuerzos amorosos sin aparentes resultados exitosos. 

“Estábamos pues tocando la orquesta Occidental Jazz, yo era vocalista. A la hora del caso, estamos tocando Hotel Santa Bárbara, una pieza movida de jazz. Yo lo perdí de vista un rato y luego lo vi bailando con una muchacha que no sé quién era”, recuerda don Morales.

“La última vez que yo hablé con él fue el domingo antes a la Convención. La banda tocaba todos los fines de semana en la Casa del Obrero y él llegó el domingo antes, por cuenta a inspeccionar el lugar, se paseó por el salón de esquina a esquina, bailó solo como si tuviera midiendo el piso o practicando, y luego se fue despidiéndose de seña de mano”, dice Morales.

“El día que lo matan, el poeta andaba de camisa blanca manga larga y pantalón oscuro. Yo lo alcanzo a ver casi agachado terminando de disparar cuando un guardia le dio un culatazo salvaje en la nuca que lo manda para adelante y ahí nomás se armó la balacera”, recuerda pensativo el músico, quien al sonar de los disparos, y previendo lo que venía, salió huyendo de la zona del crimen.

“Yo me fui a encerrar a mi casa y en la calle sólo oían los lamentos de la gente que iba arreada a patadas y culatazos por la Guardia. Fue una noche de pesadilla, tiros, gritos y llantos por todos lados..., se desató una cacería como nunca antes ha vuelto a ocurrir en León”, dice y suelta, como en meditación una frase que resume la sorpresa que para los leoneses resultó aquella noche: "Era tanto el miedo por lo que había ocurrido, como la sorpresa por quien lo había hecho”.


Varios intentos 
 

Antes que le disparara, Rigoberto López Pérez había seguido a Somoza a San Jacinto el 15 de septiembre y a la Convención en el Teatro González el 21 de septiembre. 
 
 
 

En abril del mismo año había ido a Panamá donde Somoza participaría en una cumbre continental de mandatarios de América.

Tras la muerte de Somoza más de 500 personas fueron encarceladas y torturadas bajo sospechas de conspiración contra el fallecido presidente.

Tres de los principales miembros del complot de Rigoberto López Pérez —Edwin Castro, Ausberto Narváez y Cornelio Silva— fueron asesinados a balazos “tratando de huir” de la cárcel. Otros 12 murieron por efectos de las torturas tras salir de las cárceles, entre ellos el periodista Rafael Corrales Rojas, quien estaba a la par de Somoza cuando le dispararon.

Del total de encarcelados, 21 fueron pasados a Corte de Investigación y Consejo de Guerra, de donde 16 salieron con condenas varias, incluyendo al director del Diario LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro, quien fue sentenciado a 40 meses de confinamiento en el puerto lacustre de San Carlos, Río San Juan.

El presidente Anastasio Somoza García tenía 60 años al momento de su muerte y una fortuna valorada en no menos de 100 millones de dólares.
 

José Adán Silva

nacionales@laprensa.com.ni 
El general Anastasio Somoza García, jefe director de la Guardia Nacional, había sido electo Presidente de Nicaragua en 1950 y se disponía a reelegirse de 1957 a 1963, después de modificar la Constitución Política. 

Desde 1934, cuando ordenó matar al guerrillero Augusto César Sandino y sus altos mandos, Somoza ocupa de facto el poder político de Nicaragua, apoyado en el poder militar que le heredó en 1933 el Ejército de Estados Unidos, que había ocupado el país para cambiar a los gobiernos adversos a sus intereses y combatir a las tropas de Sandino.

Posiblemente Somoza hubiera sido reelecto Presidente si no ha sido porque Rigoberto López Pérez descargó cinco balazos en su contra.

Cuatro balas impactaron a Somoza y tres quedaron alojadas en su cuerpo. El doctor César Amador Kühl, neurocirujano del Hospital General de Managua, a quien los familiares de Somoza pidieron una valoración del estado de salud del Presidente al día siguiente de los disparos, declaró en una entrevista con la revista Magazine de LA PRENSA que ninguna de las tres balas era mortal y que podían ser extraídas sin peligro de muerte mediante una sencilla intervención quirúrgica. 

¿Qué reflejaban las radiografías?

“Había tres balas alojadas. Una en la cadera, que cruzó músculos; otra le había perforado el brazo y pasado rozando el pulmón derecho y estaba alojada debajo de la piel, en la espalda; y la tercera que estaba dentro del conducto raquídeo, en la parte lumbar, alrededor de la tercera y cuarta vértebra lumbar, la que presionaba la cola de caballo de la columna y que le provocaba dolores”.

¿Esa era la bala de la muerte?

“Esa era la única bala que era necesaria extraer para quitarle los dolores, pero ninguna de las balas era necesariamente mortal, ninguna de las balas le hubiera causado la muerte al general”.

¿Esa bala que usted dice, se le podía extraer sin riesgo?

“Esa bala, inclusive, se hubiera podido extraer mediante una operación que se llama laminectomía; se hacía una laminectomía de una o dos vértebras, incluso podía hacerse con anestesia local o anestesia epidural, y con el paciente de lado; sin anestesia general porque era peligroso porque Somoza tenía perforado el pulmón derecho. Tenía que estar acostado de lado, y así extraer la bala”.

¿No era una operación de mucho riesgo entonces para salvar al general Somoza?

“Para nada, no era riesgosa del todo, el principal riesgo en su estado de debilidad era la anestesia, pero eso se podía superar con anestesia local o epidural”. 

¿Por qué cree usted que la familia Somoza no permitió que usted lo operara?

“Yo creo que ellos sólo querían estar seguros que el general podía sobrevivir, por eso buscaron la consulta de un especialista, que en este caso era yo. En ese tiempo estaba muy polarizada la población y sólo habían liberales y conservadores, yo creo que a la familia la aconsejaron que no lo viera yo porque sabían que venía de una familia conservadora, opositora al régimen, aunque yo no me metía en ese entonces en la política; lo otro que posiblemente impidió la operación del general Somoza en Nicaragua fue el rumor de que las balas disparadas por López Pérez estaban envenenadas. Si yo hubiera sido de la confianza de ellos, posiblemente otra fuera la historia, porque yo podía salvar a Somoza, estaba preparado para ello”.

Si no eran graves las heridas ¿por qué murió Somoza?

“Hasta donde recuerdo, después de las operaciones Somoza quedó en coma por una trombosis cerebral. Entró en coma, no salió de ella y así murió”.

¿Pero extrajeron las balas que se decían estaban envenenadas?

“Las operaciones fueron un éxito, extrajeron los proyectiles y las balas no estaban envenenadas, en realidad ese fue un rumor de los agentes de seguridad que quizás pensaban prevenir mayores daños y le avisaron a la familia y ese rumor creo que más bien hizo daño a la salud de Somoza”. 

¿Entonces Somoza muere por un rumor?

“No, lo mata la anestesia. Las balas provocan un daño lógico, pero no de muerte, a él lo mata la preocupación de la familia de que las balas estuvieran envenenadas y en esa urgencia es que quizás se cometió el error de la anestesia”.

Si lo hubiera operado en Nicaragua, ¿Somoza hubiera quedado bien de salud?

“Perfectamente normal, sin ninguna parálisis, ninguna incapacidad en absoluto, porque la bala que le estaba molestando se le podía extraer de manera relativamente fácil para un neurocirujano, para una persona que conoce cómo hacer ese tipo de operaciones; para nosotros los médicos neurocirujanos, ese tipo de operaciones, una laminectomía, es una situación de rutina, era sencillo hacer esa operación en ese momento; en las condiciones especiales que estaba el paciente Somoza, con un pulmón derecho lesionado, pues sencillamente no era conveniente darle anestesia general y la operación se podía hacer con anestesia local o epidural; esa bala, la que se alojó en el conducto raquídeo, era nada más la que urgía quitar porque estaba causando dolor al paciente, las otras se quitaban con anestesia local, si acaso la querían quitar, porque tampoco estaban perjudicando, el daño ya lo habían hecho al perforarle el brazo, el tórax, el pulmón”.

INFARTO Y COMA IRREVERSIBLE

Una vez herido, Somoza fue trasladado en helicóptero a Casa Presidencial en Managua, y posteriormente internado en el Hospital General de la capital.

El presidente Dwight Eisenhower envió un avión ambulancia Constellation, que arribó al país el 22 de septiembre y transportó al general herido al hospital militar Gorgas, en la Zona del Canal en Panamá, donde lo instalan en la sala número ocho y lo preparan para las operaciones quirúrgicas donde le extraerían las balas. 

Los doctores del hospital Gorgas, auxiliados por el personal médico que envió Washington, meten a Somoza a la sala de operaciones y se preparan para dar inicio a la operación. Al general lo metieron al quirófano el 24 de septiembre. Apenas unos minutos después de haberle aplicado la anestesia intravenosa en el brazo izquierdo, hubo una complicación en la respiración del paciente. 

Según el parte médico oficial, le provocó un infarto cardíaco y lo sometió a un coma irreversible. Aunque los médicos le extrajeron las balas que según el rumor familiar estaban envenenadas, Somoza no se recuperó y falleció a las 4:05 a.m. del sábado 29 de septiembre en Panamá. 

Fue enterrado en Nicaragua con honores de Príncipe de la Iglesia católica y tras su muerte asumió el poder su hijo Luis Somoza Debayle y Anastasio Somoza Debayle, sucesivamente.

Acto suicida de Rigoberto López Pérez 
 
 

 Después de disparar contra Anastasio Somoza García, un cabo de la Guardia lo desnucó con un fusil Garand y luego le pegaron 54 balazos 
 
 
 
 


 
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