BATALLA DE LA FORTALEZA DEL COYOTEPE
BATALLA DE OCOTAL
MINA SAN ALBINO
BATALLA DE EL CHIPOTE 1  3  4  5  8  9
AVIONES DE GUERRA USADO PARA ATACAR AL GENERAL SANDINO
Barcos de Guerra Marines en ocupaciones a Nicaragua
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Museos de Nicaragua



 


 

EL CORONEL UMANZOR dividió a quince hombres en grupos de cinco y los dirigió a batir las faldas del cerro en busca de heridos.

La noche entera mantuvieron los gringos un tiroteo espasmódico. En todo el valle, al pie del monte, ardían sus fogatas. Del campo de Sandino no hubo ni una bala. Ni se encendió un fuego. Ni brilló la luciérnaga de un cigarro.

Con la noche entró la helada. Con la helada el quejarse en voz alta de los heridos, allá arriba, en la hondonada de la cumbre, donde los gemidos y lamentos, las imprecaciones y mentadas, se perdían en la clara y rumorosa noche tropical.

Bajo los luceros, grandes mas que huevos de paloma, unos del tamaño de bombillos eléctricos, las tres mujeres del niño muerto lo velaban. 

Se les habían arrimado otras muchachas y algunos hombres.

Sobre un cuero de res que estirado con estacas se habia secado al sol.

Sandino se echó, envuelto en una frazada de lana roja por un lado y negra por el revés.

Como a la media noche ya habían recogido a todos los heridos. 

Cirujanos improvisados, de filoso machete, emparejaban piernas o brazos destrozados.

el golpe tenia que ser recio y dado con el miesmo miembro que le apuntaba colocado sobre una laja. Asi se cortaba con nitidez el huezo, sin astilarse. El machete, al caer, hacia brotar chispas.

Las mujeres se despojaban de fustanes, o se desamarraban rebozos, para vendajes. Lavaban las heridas con agua tibia y les aplicaban trementina.

La fiebre hacia delirar a unos. 
Otros tiritaban de frio mortal. 
Los que se habian ido en sangre eran los mas quietos. 
Los heridos de menos gravedad eran los quejosos: Jodido ! Jodidoo! Ay Chocho !.

El coronel Estrada habia apostado centinelas. 

El santo y seña de esa noche lo habia tomado de la arenga de Sandino: Santa Segovia.

Sandino dormia.

En un grupo que aún tenía ánimo para hablar, se  comentaba lo pesado de la jornada, se repasaban incidentes aislados. 

Guebos de hombre, los de mi General.

Al primer claror de oriente los centinelas sandinistas no vieron desde sus escondites mas que niebla en la vastedad del mundo, un mar de perla, de gris lucio, Arriba, en cambio, el cielo se cubria de tiernisimos colores.

De entre la niebla salio el sol como un regalo de oro relumbroso que se exhibiese en algodones de joyería. 

Tras el sol la niebla fue subiendo, subiendo y desleyéndose, volviendose finita como un humillo y evaporandose
totalmente.

Después de frio de la noche el sol picaba en carne humana, por sobre ropa y todo. La ropa humeaba con el calor y humeaban las greñas. 

El aire despejado se caldeaba pronto. Y con el aire calido los ruidos familiares del dia cobraban forma. 

Los pájarracos negros de vuelo sereno graznaban por encima de mas de medio centenar de cadáveres entre los destrozos del Fortín.

Alli llegaron los zopilotes, despues de largos revoloteos en circulos cada vez mas estrechos, cada vez mas bajos, hasta descender, cobardones, cautelosos y posarse en tierra cerca de los muertos.

Con paso lento, torpe, moviendo estrafaliariamente el horrible pescuezo de moronga, un sonchinche se acercó a uno de los cadáveres . 

De un brinco le saltó al pecho. Con el impacto del pesado gallinazo el cadáver se movió, y el animal, asustado, alzó estruendoso vuelo.

Otro zopilote ensayó el ataque. Uno más, en ruedo le seguia. El nuevo zapador se detuvo junto a la cabeza del muerto, examinandolo, De repentino picotazo le reventó un ojo. Como ebrio, el asqueroso bicho picó otra vez y
otra vez. 

Los que le seguían intentaron desalojarlo a empellones de hombros. De cobardones se volvieron feroces. Era una furia demoniaca la de esas aves. A ratos algo volvía a amedrentarlos y todos a un tiempo se echaban a volar dejando ver a los sobrevivientes que miaraban desde la enramada, los estragos horribles de su voracidad.

A cada instante llegaban mas zopilotes. éran centenares y centenares. a picotazos deshacían las pobres ropas. A picotazos abrían los vientres turgidos con gases de muerto, inflados como globos. A picotazos arrancaban engrañas.

A ratos un zopilote se alzaba con un largo trozo de tripa. Una bandada le seguia, peleándole en el aire la carroña. Asi se arrbataban unos a otros el bocado, haciendo largo el macabro festin.

Mi General: Yo no puedo ver que los zopilotes se coman a mi hermano !.

Era un joven el que hablaba. La locura le brillaba en los ojos. Habia tomado de la enramada un rifle, y apuntaba a los zopilotes. Antes de que pudiera disparar, la cutacha de Sandino le rajó la nuca. 

El muchacho cayó de cara, como partido por un rayo. La sangre le borbotaba. Con un temblor de canillas agonizó mas aprisa que un pollo al que le han dado tortol.

Ya sobre El Chipote volaban los aviones enemigos. Quien mas no aguanta seguir viendo ? pregunto fieramente el General.

Nadie respondió.

Si no hago lo que hice explicó ese jefe de hombres, ya los asesinos rubios se hubieran dado cuenta por el disparo de ese pobre hermanito enloquecido de que estamos vivos. Nos liquidan a todos y adios Nicaragua ! 
Han entendido ?

Yo siempre se lo que hago Coronel Estrada, apunte este otro nombre en el Libro de los Inmortales.

Los aviones hicieron señas a los marinos de tierra, significativas de que no quedaban rastros de vida en la dificil cumbre. 

La zopilotera en las laderas del cerro lo confirmaba. Entre los yanquis no se habia registrado ni una baja. Algunos marinos se divertian disparando al blanco sobre los zopilotes.

El enorme número de los pájaros les sorprendía a todos.

De donde infierno viene tanto pájaro diablo ? preguntó un altote.

Preguntámelo a mí buddy ! le respondió el camarada.

Vienen desde Tejas! exclamó otro. Yo les mandé aviso a Dallas de lo que ibamos a hacer con estos hijos de perra.

Pues ya que acabamos a los bandidos que nos regresen a casa pronto, comento el que primero habia hablado, pues mi madre no me crio para prepararles de cenar a esos pájaros feos.

Los oficiales invasores andaban atareados dando órdenes. Pronto levantaron las tiendas que habían tendido la noche anterior y en columnas de hombres fatigados se pusieron en marcha de regreso. En grupos saludaban a los aviones al divisarlos por, algún claro de la montaña que iban atravesando.

Los oficiales iban montados. El coronel Hatfield, jefe de la expedición, se había apropiado ya de la mulita parda de Sandino y un ayudante suyo la montaba muy tranquilo.

Por el mediodía hicieron un alto los marinos en pleno bosque. El calor era insoportable. Los más se habían despojado la chaqueta y hacían aspavientos de asfixia.

Los aviones se habían retirado definitivamente. A su llegada a Managua los aviadores informaron que de Sandino y sus ciento cincuenta "bandidos" ya no quedaba ni uno.
 
 
 
 

"¡Orden de parar el fuego! 
¡Orden de parar el fuego! 
¡Orden de parar el fuego!"
 
 

 
 
  • Había que gritar hasta desgañitarse para que se pudiera oír. 
  • El fragor de los aviones hubiera sido de por sí bastante para ensordecer toda la tierra. 
  • Añádase a eso el tronar de las bombas. 

  • Bajaban chiflando las malditas y donde caían hacían una explosión de rayo de centella que se quedaba temblando el suelo como animal asustado. ..dejaban cada una un gran hueco. 
  • Allí era bueno esconderse y parapetarse y darle recio a la balacera. 

  • Pero por lo mismo era difícil trasmitir de hoyo a hoyo la voz de mando: dejar de disparar y reconcentrarse todos al Cuartel General.
  • Reventaban las condenadas levantando una fuente de terrones y piedras -¡la pura laja hecha añicos!- y sólo 
  • Amo a la justicia y por ella voy al sacrificio.
    Augusto César Sandino.

    Con vista del interés que manifiestan mis hermanos autonomistas de América por conocer algo autentico de la biografía del soldado Augusto C. Sandino, y obligado por la campaña calumniosa que los muchos vende-patria me hacen en mi propio país, que, aceptando todo sacrificio, trato de liberar, aprovecho esta oportunidad para enviarle en síntesis algunos datos de mi vida interior, que Ud. puede aprovechar en la forma que le plazca.

    Nací a las cuatro de la mañana del 18 de mayo de 1895 en el pueblo de la Victoria, departamento de Masaya, Nicaragua. Dos muchachos menores de 18 años fueron mis padres. Conocí las primeras letras en las escuelas públicas que abrió el General J. S. Zelaya, Presidente constitucional de aquella época.

    A los doce años abandoné a mis padres y me fui en busca de aventuras. Recorrí las principales ciudades de Centro y Norte América, así como sus mejores centros industriales, habiendo permanecido por más tiempo en México.

    Conservo gran número de constancias que acreditan mi conducta honrada, de las diferentes empresas en que presté mis servicios. Fue la mecánica el oficio en que me distinguí.

    Durante mi permanencia lejos de mi patria nunca había tranquilidad en mi ánimo, pues cuando lograba conocer un lugar, aspiraba por halarme en otro mejor, sufriendo por todas partes una desilusión al imaginarme superior a la realidad lo que iba conociendo. Asimismo confieso que en nuestro mundo profano jamás encontré felicidad, y por esto, y en busca de un consuelo espiritual, leí libros mitológicos y busqué maestros de religión, habiendo sido el último de ellos el honorable señor Justino Barbiauz, que vive en Álamo, Ver., México.

    Siempre he sido inclinado a leer todo lo que a mi juicio es moral e instructivo. Una de las cosas que he sacado en claro, según mis últimas observaciones y manera de pensar, es que los hombres a quienes Dios ha dotado de gran mentalidad, se ensoberbecen con frecuencia, no acertando yo a comprender por qué se olvidan de que son mortales, incurriendo en el imperdonable crimen de traficar con la justicia y carne humana como si fuesen una manada de cerdos. Así ha llegado a tanto el envilecimiento del noventa y cinco por ciento de mis connacionales.

    También he logrado comprender que las buenas doctrinas son menospreciadas e invocadas por hombres sin escrúpulos, sólo para alcanzar prebendas, sin importarles la Humanidad ni Dios.

    En resumen, de los conocimientos por mi adquiridos deduzco que el hombre no podrá jamás vivir con dignidad desviado de la sana razón y de las leyes que marca el honor.

    Por consiguiente, y viendo que los Estados Unidos de Norte América, con el único derecho que les da la fuerza bruta, pretenden privarnos de nuestra Patria y de nuestra Libertad, he aceptado su reto injustificado que tiende a dar en tierra nuestra soberanía, echando sobre mis actos la responsabilidad ante la Historia. Permanecer inactivo indiferente, como la mayoría de mis conciudadanos, sería sumarme a la grotesca muchedumbre de mercaderes patricidas.

    Así, mis actos me justificarían, ya que mi ideal campea en un amplio horizonte de internacionalismo.

    Amo la justicia y por ella voy al sacrificio. Los tesoros materiales no ejercen ningún poder en mi persona; los tesoros que anhelo poseer son espirituales.

    Carta a Froylán Turcios, fechada en El Chipote el 1º de abril de 1928.

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