"Apartate jodido, le dijo a los guardias de la entrada principal, quitense no estorben que viene "el hombre" para acá".
El el 22 de agosto de 1978, Edén Pastora Gómez, jefe del comando y conocido como "Comandante Cero", bajó violentamente de un jeep, con rostro y traje impecable, nuevo, botas bien lustradas, y dando órdenes.

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Habían hecho unos uniformes
idénticos a los que usaban los oficiales de la Escuela de Entrenamiento
Básicos de Infantería,
Esta EEBI elite militar era dirigida
por el Mayor Anastasio Somoza Portocarrero, hijo del Ex-Presidente Dictador
Anastacio Somoza.
![]() La versión de los diputados “Fue sorpresivo, llegaron volando tiros, hirieron a algunos centinelas y eran regueros de sangre”, recuerda el entonces diputado conservador de Matagalpa, Lucas Vílchez Martínez. “El pánico se apoderó de los diputados, unos se lanzaron al piso, debajo de sus asientos, otros intentaban escapar”, agrega.
Cristóbal Genie Valle, también conservador y matagalpino, señala que hubo diputados que “se comieron el cheque para que no se los robaran… yo me acuerdo que metí mi cheque en un calcetín”. “Supusimos que se trataba de un golpe de estado contra la dinastía de los Somoza… había mucha tensión pero ésta creció cuando hubo intercambio de disparos entre los sandinistas y los guardias que estaban en el techo de la antigua Catedral”, comentó Genie. Vílchez, por su parte, dice que poco después “nos apartaron a todos los diputados y nos pusieron aparte del público”. “Claro que estábamos nerviosos, estábamos ahí, sin saber qué iba a pasar, teníamos miedo de que Somoza fuera a bombardear el Palacio Nacional y que todos quedáramos ahí muertos”, agrega Vílchez. En tanto, Genie cuenta que “ya en la noche llegó el Cardenal (Miguel) Obando y eso nos amainó el miedo y nos dio esperanzas. Pero el miedo volvió y se multiplicó cuando vimos salir al Cardenal y Edén Pastora gritó: ‘no hay ningún acuerdo con Somoza”. “Sufrimos muchas conmociones, porque incluso vimos caer al médico que los atendía… le pegaron un tiro… también a Juan Palacios le pegaron un culatazo en el pecho”, dice Genie Valle, agregando que un diputado conservador, al que no identificó, propuso a otros 15 legisladores que trataran de desarmar a los guerrilleros. “Propuso que lucháramos con ellos y que ahí quedáramos todos: diputados, guerrilleros y público que estaba dentro del Palacio”, recordó Genie. ![]()
Carlos Salgado, alias, “Ulises” o “El Reverendo”, conductor del comando: Nosotros íbamos representando a la Guardia Nacional, a la EEBI (Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería). ¿Que si iba con miedo? Claro, nosotros no éramos Superman. Eso no era una película. Yo iba manejando la camioneta. Walter Ferreti venía a la par mía, Hugo Torres venía atrás con el resto del comando. Éramos trece en total. Veníamos de Tipitapa, de la finca del papá de Paul Atha. La orden era que yo no me iba a detener en ningún momento. Cualquier cosa que pasara en la carretera, yo tenía que pasar, pero de repente vi un Becat (vehículo de la Guardia) que estaba atravesado en la calle y me hizo una señal para que me parara. No sé, parece que había un operativo y entonces yo me detuve. ¿Qué iba a hacer? Me quedé centrado, viendo al frente, sin parpadear. El carro escolta venía detrás. Cuando vieron al comandante Walter Ferreti con el uniforme de la Guardia Nacional y el fusil garand, los guardias lo saludaron y nos dejaron pasar. A partir de entonces, el tiempo que llevábamos era sincronizado. Teníamos que encontrarnos con el otro comando antes de llegar al Palacio. La señal era tres cambios de luces. Llevábamos el tiempo completo, si nos atrasábamos, la gente se iba a comer y ya se nos caía el plan. A las 12 en punto llegué al punto, hicimos el cambio de luces y nos fuimos al Palacio. Como yo era el conductor, iba a ser el último en salir de la camioneta. Mientras mis compañeros formaban las dos filas, yo parqueaba la camioneta. Iba nervioso, sudando. Cuando quise salir de la camioneta, me golpeé la pierna con el fusil. Tenía que poner una cadena en la puerta del costado por donde entramos, pero ya no pude, no me dio tiempo porque hubo unos disparos arriba. Y entonces me quedé en la puerta donde entré. Ésa era mi misión, estábamos preparados para esa cuestión. Había dos guardas de seguridad y a los dos los desarmamos. Raúl Venerio y yo compramos las camionetas en Carretera Norte.
Las llevamos a pintar de verde olivo y les pusimos unas carpas que compramos
en el Mercado Oriental.
Venerio y Joaquín Cuadra me encomendaron la misión. Nosotros nos habíamos concentrado en una finca en Carretera a León, actuábamos como sacerdotes. Casi la mayoría era de otros departamentos. Yo era el único de Managua y por eso me dieron la encomienda de manejar la camioneta del comando. Llevábamos 300 tiros y 2 granadas. Cuando llegamos al Palacio nos formamos antes de entrar. Hugo Torres y Walter Ferreti iban al mando, yo era el segundo. Hugo Torres, Comandante Uno: La toma del Palacio se decidió en una reunión en San José, Costa Rica, allá por los primeros meses del 78, en la que participaron Víctor Tirado, Humberto Ortega, Daniel Ortega, Edén Pastora, Herty Lewites y Carlos Coronel Kautz. En ese encuentro se puso sobre la mesa la necesidad de llevar adelante una acción fuerte, espectacular, que golpeara los cimientos de la dictadura para volver a poner en alto la lucha revolucionaria y que desencadenara los acontecimientos insurreccionales. Edén Pastora expuso en aquella reunión de San José
la idea de la toma del Palacio. Las primeras reacciones fueron de escepticismo.
Daniel Ortega y Herty Lewites no estaban de acuerdo, creían que
era demasiado arriesgado. Humberto Ortega sí creía que se
podía llevar adelante. Se volvió a dar otras consideraciones
y después votaron. Se aprobó realizar la acción y
se le planteó a Edén que él jefeara el comando para
realizarla. A partir de ahí comienzan los preparativos.
La acción del Palacio se iba a realizar una semana antes del 22 de agosto, porque existía el temor de que la Cámara de Diputados, que sesionaba en el Palacio, se fuera de receso. Pero una noche antes de la fecha supuesta para realizar la acción, no habíamos terminado de conformar el comando, las armas estaban desarmadas, la mayoría no sabíamos usar los fusiles Garand. Los uniformes no habían llegado, y sin uniformes perdíamos el factor sorpresa, porque la idea era hacernos pasar como miembros de la EEBI, que era el cuerpo élite de la Guardia Nacional, que jefeaba Anastasio Somoza Portocarrero, “El Chigüín”.
Una noche antes de la fecha programada para realizar la operación, los compañeros miembros del Estado Mayor, Joaquín Cuadra, Oscar Pérez Cassar e Hilario Sánchez, ejercieron una fuerte presión sobre nosotros, Edén, Dora María Téllez y yo. Les decíamos: “Hombré, pospongamos la acción unos días más para que nos preparemos mejor, para que armemos bien los fusiles, para que conozcamos bien el comando, para tener las mejores condiciones”. Nos dijeron que la acción tenía que ir. Logramos persuadirlos de que era demasiado y se tomó la decisión de posponerla. Esa misma noche algunos compañeros regresaron a sus pueblos y a Edén, Dora María y yo nos ubicaron en la casa de Dionisio Marenco y Daysi Zamora, donde estuvimos a la espera de la nueva fecha y de mejores condiciones. Teníamos dentro del Palacio colaboradores que fueron claves para levantar los planos del edificio. Chequeaban cuándo iba a haber sesión de la Cámara de Diputados. El plan era que desde dos puntos distantes de Managua, saliéramos las dos partes del comando: trece de un lado y doce del otro; convergiéramos en el centro de la vieja Managua, y a partir de ahí marcháramos juntos hacia el Palacio. Íbamos a llegar en dos camionetas viejas que habíamos comprado. Las habíamos pintado en verde, tratando de asemejar el verde olivo, con toldos verdes atrás que les daban una imagen de vehículos militares. La idea era que mi grupo entrara por el lado oeste del Palacio. Los
dos primeros compañeros que entraran, se quedaban en la puerta.
El resto íbamos a subir las escaleras, doblábamos a la derecha
y después a la izquierda. Una vez dentro del Palacio, teníamos
que hacer la idea de que éramos miembros de la EEBI y que preparábamos
la seguridad porque llegaba “el hombre”, Somoza.
Comenzaron los disparos porque unos guardias que se percataron que no éramos de la EEBI comenzaron a disparar. Edén Pastora tiró una granada que causó un estruendo enorme. En tres minutos teníamos tomado el Congreso. Mary Adhelma Ramírez Solís, dibujante del plano piloto del Palacio: No tuvimos miedo. Al principio yo no sabía para qué lo hacía. Mi esposo no me contaba muchas cosas sino hasta que ya iban a suceder. Un día me dijo: “Mirá, es que tengo una misión, tengo que dibujar el Palacio”. Dibujémoslo pues, le dije. Mi marido se llamaba Pablo Pichardo (q.e.p.d.), trabajaba de auditor en el Palacio. “Vamos a hacer un trabajo”, me dijo. “Vos sabés dibujar, entonces yo te voy a ir diciendo y vos vas a dibujar el plano del Palacio. Ahí después te cuento para qué”. Todas las noches, cuando los muchachos estaban acostados, nosotros nos poníamos. Él me iba diciendo “tiene tantos pisos, aquí hay tantas gradas”. A mi marido le llamaban “La Espinita”, porque era el infiltrado del Frente en el Palacio. Lo contactaron a través de Nicho Marenco, ellos eran amigos desde 1966, cuando trabajaban en el Ingenio San Antonio. Entonces, “La Espinita” conocía divinamente el Palacio. Todo mundo lo conocía a él, pero nadie sabía quién había dado los datos. En aquel entonces teníamos preso a uno de nuestros hijos, Javier.
Él era físico. Mi colaboración fue ésa. Lo
hicimos por Javier.
Uno de mis hijos, Douglas, también había estado preso, anduvo clandestino. Javier anduvo en la montaña. En 1978 lo cogieron clandestino y entonces lo mandaron a (la cárcel) La Modelo. En Rivas estuvo preso y hasta lo iban a tirar (matar), pero nosotros teníamos un familiar que era general de la Guardia y cuando ya lo vendaron y lo amarraron, pidió que llamaran al general Gregorio Pichardo. Parece que eso los contuvo y lo mandaron preso a La Modelo. Ahí estuvo dos años y siete meses. Lo torturaron. Entonces, la intención de nosotros era liberar a mi hijo. Un día me dijo mi esposo: “Vamos a hacer una actividad, vamos a ver si cuaja”. Entonces hicimos en plano con entusiasmo y más cariño para que saliera Javier. El asalto al Palacio era una gran alegría para mí. Cuando ya estaba la gente en el asalto, me dio un entusiasmo, una gran alegría. Yo sabía que con los planos que llevaba la dirección (de los comandos sandinistas), tenían conocimiento de todas las entradas y salidas. Dionisio Marenco, encargado de los planos y logística: La orden nos vino en la Semana Santa de 1978. La trajo Chema Alvarado, el enlace con la dirección del Frente en Costa Rica. Yo tenía un amigo que se llamaba Pablo Pichardo, un hijo de él estaba preso en La Modelo, Javier. Aprovechándome de la amistad, le dije que nos apoyara. Necesitábamos hacer un plano del Palacio. Entonces yo me iba a visitar a mi amigo Pablo a su trabajo, al Palacio, y contaba cuántas gradas había en cada entrada, puerta por puerta, ventana por ventana. Por las noches llegaba a su casa y junto con su esposa hicimos el plano
a mano alzada. Pablo era “La Espinita” del Frente en el Palacio. Cuando
terminamos, el arquitecto Ramiro Lacayo se encargó de hacer el plano
formal.
La primera vez que se hizo la concentración para dar el golpe, fue una semana antes del 22 de agosto. La gente comenzó a llegar desde el viernes 11. Algunos muchachos estaban en la finca El Boquete, en carretera a León. Ahí estuvieron viernes, sábado y domingo, pero se abortó la operación porque no estaban todos los uniformes y faltaban algunos fusiles. El domingo del aborto, todo ese personal se trasladó a mi casa. Los comandos se regresaron a sus casas y sólo se quedó la jefatura. El lunes 21 dividimos el comando en dos grupos. Uno se fue para Tipitapa, con Hugo Torres y Walter Ferreti al mando. Edén Pastora y la Dora María se quedaron en mi casa con otro grupo. La razón era evitar concentrar el peligro. Una vez que los comandos salieran de los puntos de concentración, se tenían que encontrar frente al edificio de la Zogaib. Ahí se intercambió por última vez la comunicación hasta que se encontraron ya adentro del Palacio. Cada camioneta con los comandos venía escoltada por dos carros. La que venía de Tipitapa venía escoltada por Joaquín Cuadra y Alejandro Carrión. Y a los que salieron de mi casa en Serranias, los veníamos escoltando Leonel Poveda, Oscar Pérez Cassar, Hilario Sánchez y yo. Cuando la camioneta del comando que venía de mi casa se parqueó frente a la puerta del costado este, se bajó Edén, desarmó al guardia que estaba ahí, se bajaron los muchachos y comenzaron a entrar. El último llevaba una cadena como de dos metros y pico y un candado que compramos en una ferretería que se llamaba Lacayo Fiallos. Ése puso la cadena y cerró la puerta. En el momento que yo veo que esa puerta se cierra, me agarró como una asfixia, como una taquicardia, por miedo, emoción, todo eso. Yo nunca había visto las puertas cerradas, sólo las había visto abiertas. Entonces, la veo cerrada y recuerdo que el plan era que una vez que estuvieran adentro, ya no había nada que hacer. ¡Era un éxito la operación! Edén Pastora Gómez Comandante Cero: Parqueamos la camioneta
en el costado este del Palacio. A mí me tocaba llegar hasta el Salón
Azul donde sesionaban los diputados. Entonces, en cuanto entré desarmé
al primer guardia que nos salió y seguí por las gradas. Una
vez adentro, la victoria era nuestra.
Militarmente todo sucedió como lo habíamos planeado. Políticamente se nos quedaron diez compañeros que no incluyeron en la lista por falta del Frente Interno de no dominar debidamente todos los presos políticos. De ahí, todo sucedió a la perfección. A medida que pasaba el tiempo, yo le decía a los compañeros, ve tenemos que resolver en las primeras 72 horas, si damos más tiempo, Somoza nos mata. No dormíamos, no comíamos bien. Antes habíamos estado siete días tensos, preparando el operativo en la casa de Nicho en Serranías y cometimos el error de irnos débiles. Al días siguiente, Hugo Torres se me acercó y me dijo: “Edén, siento que pasan trenes por la azotea”. “¡No jodás Hugo, estás cansado, acostate!”, le dije Dora María Téllez, platicando conmigo se quedó dormida, balbuceando. Estábamos cansados. Esa vez se despertó cuando sintió que la carabinita se le iba chorreando entre las piernas. Pero no nos dormimos. Si lo permitíamos, el enemigo podía tomar ventaja. Yo ordené: ¡Que nadie duerma, todo mundo atento! Dicen que Somoza llamó al general Levy Sánchez, que me conocía perfectamente porque había sido comandante de Darío (municipio de Matagalpa, ciudad natal de Pastora). Y Tacho le preguntó: “Levy, el que está dirigiendo la toma del Palacio es un hombre que desde hace rato nos viene dando problemas, se llama Edén Pastora, ¿usted lo conoce?” Si, lo conozco bien, dijo Levy. “Es que dice que si no cedemos mata a los diputados, ¿usted cree que los mata?” ¿Edén, dice que los mata? Sí dice que los mata, los mata. Entonces Somoza dijo: “Negociemos”. No podía dejar morir al Congreso y a toda la gente que había adentro. En el operativo me encontré con tres amigos míos, compañeros de guerrilla: Julio Molina, Julio Alonso y Julio Velásquez. También estaba mi abogado, Cristóbal Genie. Hubo un momento difícil en el que íbamos a proceder a eliminar físicamente, entonces me quedaban viendo mis amigos con una mirada aplastante. Me decían: “Edén salvame”. Y para quitarme esa losa de encima yo les decía: “¿Qué me ves? ¡Me voy a morir yo y no te vas a morir vos. Te dije que no te metieras en esta chanchera!” Por lo menos Julio Molina, Cristóbal Genie y el doctor Sandino, que fue mi jefe, si se tenían que morir, ellos eran los últimos porque tenían méritos y había que reconocérselos. Me encontré también con compañeros con los que había jugado en el Colegio Centro América. Fue algo de película, no sé cómo ni por qué no han hecho una película. Mundializamos la revolución. Hicimos que las miradas voltearan hacia Nicaragua. Dora María Téllez, Comandante Dos: Siempre hubo mucha tensión, mucho estrés porque hasta que no llegáramos al punto... teníamos la seguridad que si lográbamos llegar al Palacio la operación era un éxito. Entonces el punto era llegar, en todo el trayecto, desde que salimos de Serranías, sentí mucha tensión, mucho estrés entre todo el grupo. Siempre había tranques de la Guardia, registros, entonces teníamos esos elementos críticos en varios lugares de la ciudad. Esos fueron momentos de mucha tensión. Ser la número Dos era una responsabilidad, primero militar, porque
yo jefeaba una escuadra, la escuadra número dos, éramos cinco.
Nosotros teníamos una tarea específica, teníamos que
tomarnos el bar donde siempre había diputados comiendo algo o bebiendo
algo. Teníamos que garantizar la puerta principal y luego contribuir
a la toma del Salón Azul donde sesionaban los diputados.
Siempre hay diferentes opiniones en torno a una negociación, en una situación de estrés y tensión donde tenés que cumplir además tareas militares, vigilar a los diputados, hacer rondas, había varios compañeros encargados de garantizar distintos ángulos. No me acuerdo cuántos agarramos en el bar, pero sí me acuerdo, por ejemplo, que estaba el diputado Fernando Zelaya, el “Diablo” Zelaya, y había otros diputados. Siempre había un grupo grande en el bar, por eso nosotros habíamos destacado una parte de la gente para que se tomara el bar. Incluso, en el bar había guardaespaldas. Entramos al bar, tuvimos un intercambio de disparos en el bar, después hubo un combate más fuerte en la puerta principal con una patrulla, primero con unos que iban huyendo y después con la Guardia que llegó antes que cerráramos las puertas. Había un grupo que entró directamente a la parte posterior del Palacio y mi grupo se dirigió a la parte frontal. Entramos por el costado de arriba (este), subimos las escaleras laterales directo al segundo piso, una parte de mi grupo bajó las gradas hasta llegar a la puerta principal. Esos estaban encargados de cerrar la puerta de enfrente que siempre se mantenía abierta. Para nosotros lo fundamental era la liberación de los presos. Ahí había una cantidad de cuadros importantes que necesitábamos para ese tramo de la lucha contra la dictadura y además, había sido una tradición sandinista liberar a los presos políticos. Luego estaban los comunicados, que eran el planteamiento político-programático en ese momento, frente a la maniobra que teníamos para desplazar a Somoza. Y luego estaban las demandas sociales, de Fetsalud y los maestros. La negociación se fue quedando en varios frentes, el tema de los presos, la dictadura heredada, nosotros habíamos metido en la lista a algunos compañeros que ya habían muerto, para obligar a Somoza a aceptar que los había desaparecido. Estaban los compañeros de Río San Juan que los habían desaparecido. Nosotros nunca nos comunicamos con Somoza. Los obispos y Luis Pallais, que era el presidente del Congreso y primo hermano de Somoza, fueron los encargados de pasar los mensajes. Nosotros estábamos tratando de presionar a través de Luis Pallais para que Somoza cediera. En ese tipo de negociaciones mientras más se alarga el plazo son más difíciles. Teníamos ahí como dos mil personas entre el primero y el segundo piso, teníamos una situación de difícil control en el segundo piso, éramos muy pocos. El tiempo ahí corría a favor del enemigo. Había ultimátum cada cuatro o seis horas. La negociación fue difícil en materia de los comunicados. Somoza no quería publicarlos y eso era clave. Y por último estaba el tema del dinero, que al principio eran diez millones y al final quedó en medio millón. Pero el tiempo ya se nos había ido pasando. A pesar que Edén decía que se podía sacar más dinero, y probablemente los compañeros que estaban afuera también opinaban así, finalmente nos quedamos con medio millón de dólares, que en 1978 era mucho dinero. Manuel Eugarrios, periodista parlamentario: Aquella mañana del 22 de agosto llegué al Palacio cuando ya había comenzado la sesión en la Cámara de Diputados. La polémica se centraba por la alta carestía de la vida, por uno o dos impuestos que quería imponer el gobierno somocista. En ese momento estaba en uso de la palabra un diputado de Matagalpa. Presidía la sesión Luis Pallais. A las 12:15 del mediodía todos los periodistas que estábamos en el ala derecha de la cámara de diputados oímos disparos afuera del recinto y voces alteradas. Unos minutos después entra a la sala un grupo de hombres armados, con las caras cubiertas con pañuelos rojinegros. A la cabeza iba Edén Pastora, que al entrar hizo disparos al aire, que rebotaron en la bóveda del salón. Una de las balas le dio al periodista Rafael Báez y le cercenó dos dedos de la mano. Nos ordenaron que nos tiráramos al suelo, como verdaderos chanchos. Decían improperios contra el gobierno somocista y contra los diputados, decían que ahí era la chanchera. Pensamos en un principio que era una acción de Anastasio Somoza Debayle, que se había vuelto loco y que para que no lo jodieran los llamados diputados zancudos del Partido Conservador iba a disolver el Congreso a la fuerza, con la Guardia. En el Palacio quedamos atrapadas unas 3 mil 500 personas entre empleados del Ministerio de Hacienda, Ministerio de Gobernación, Dirección General de Ingresos, Tribunal de Cuentas de la República, Dirección General del Presupuesto y Oficina de Probidad; más los visitantes, los periodistas y los diputados. Después que dominaron todo el sector interno del Palacio, los armados dijeron que era un asalto del Comando Rigoberto López Pérez contra la dictadura. Los diputados estaban pálidos, buscaban cómo deshacerse
de sus pistolas y sus guardaespaldas hacían lo mismo. El Comandante
Cero trataba de convencer a Luis Pallais que hablara con Somoza, que le
dijera de qué se trataba todo. A los treinta minutos el Palacio
estaba rodeado de guardias, tanquetas, camiones. Todo eso nos lo contaban
los guerrilleros porque nosotros no teníamos permiso de movernos
de nuestro sitio. Los guerrilleros nos contaban que Somoza se comportó
retrechero, diciendo que “iba a sacar a verga” a los combatientes.
Aquello fue un verdadero drama, casi llegando a tragedia. Uno de los guerrilleros salió herido. Un diputado, el doctor Sáenz, curó a los heridos dentro del salón. La primera noche fue terrible para nosotros. Pensábamos que en cualquier momento llegarían los tanquetazos o los bombardeos de la Guardia. Una angustia terrible. Era el momento propicio para que la Guardia Nacional tomara por asalto el Palacio. Y se oían los disparos que venían de afuera, que era una táctica de los militares para dar miedo a los guerrilleros. La gente arrancó los aires acondicionados del edificio y muchos salían por esos huecos. En la Cámara quedamos como 700 personas. El salón tenía un enorme bar donde había de todo; de ahí bebíamos. En la madrugada del día siguiente, como a las tres, llegó la Cruz Roja con pollos Tip Top y unas botellas de gaseosa. Nos cortaron la luz y el agua dentro del Palacio. El obispo Obando iba y venía. Se reunía con los guerrilleros y luego con Somoza. Como a las sexta visita llegó Obando sonriente: “Muchachos, alégrense, ahora sí está buena la cosa. El hombre está cediendo, yo creo que en la próxima esto se arregla”. En la séptima visita Obando dijo que Somoza había aceptado las condiciones, aunque en lugar de 10 millones de dólares sólo iba a entregar medio millón. Como a las tres de la mañana el Comandante Cero decide dar una conferencia de prensa con los 35 periodistas que estuvimos de rehenes. Estaba triunfante, victorioso, eufórico, arrogante. Después, por la mañana, comenzaron a salir los rehenes y partieron los buses con los guerrilleros hasta el aeropuerto. Maximiliano Martínez, preso político liberado: Yo estuve tres años preso. Me atraparon el 6 de octubre de 1975, en Chinandega, en compañía de Juan José Úbeda Herrera, Amílcar Lorente Ruiz, Lucamareano Cortez Canales y Alejandro Zelaya. Fuimos torturados. Cuando entramos al comando de la guardia, yo pensé que nos iban a eliminar y entonces le eché vivas al Frente Sandinista, dije mi nombre exacto, la dirección donde vivía en El Viejo y los nombre de mis padres. Quizás por eso me respetaron la vida. Después nos trajeron a la Loma (de Tiscapa). Estuve seis meses encapuchado. Después fui juzgado por el Consejo Militar y me condenaron a 30 años de prisión por asociación para delinquir, atentar contra el orden y asesinato atroz. Pero sólo cumplí tres años de condena y posteriormente fui liberado. El 22 de agosto de 1978, a eso de las 12:30 del día, un soldado bajo la responsabilidad de Somoza, llegó diciendo a mi celda que tenían tomado el Palacio, dándome a entender que era la Guardia la que lo había hecho. Como yo no entendía, le pedí que me explicara, y fue entonces que me dijo: ¡Nosotros los sandinistas nos tomamos el Palacio! Resulta que el guardia era aliado sandinista, Juan José Úbeda lo había reclutado. Ese día a mí me tocaba tener un radio con el que escuchábamos las noticias. El compañero René Núñez me lo había asignado. Entonces nos pasamos la voz, le dije a Javier Carrión, el “Cuqui”,
que se habían tomado el Palacio. Tomamos nuestras medidas de seguridad,
no debíamos hacer escándalo y teníamos que estar atentos
esperando la reacción del enemigo.
Nos llevaron al aeropuerto, nos subimos al avión y nos trasladaron a Panamá. Una parte de nosotros supuestamente iba a Venezuela y otro a Cuba, pero nos quedamos en Panamá, en un lugar que le decían Las Tinajitas, ahí quedaban las tropas especiales élite de Panamá. Les decían los machos de monte o los contrainsurgentes. Ahí estuvimos siete días y después nos trasladaron a Cuba. Nos entrenaron en La Habana y viajamos de regreso a Panamá, Panamá-Costa Rica y de Costa Rica a Honduras. Yo entré por el norte. Entré exactamente el 3 de julio de 1979, pero a Managua regresé
hasta el 22 de julio de 1979. Me presenté ante al Estado Mayor y
me designaron escolta del Comandante Modesto, Henry Ruiz. Lo protegí
durante 12 años.
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La toma del Palacio
Edén está sentado en la parte de atrás de la camioneta, protegido de las miradas por la cubierta de lona. ..

No lo tienen que reconocer...
La camioneta fue pintada y cubierta con una lona color caqui, los parachoques
fueron oscurecidos.
Se colocó un alambre a modo de antena y un micrófono
delante, muy a la vista.
Dentro, hay doce hombres y una mujer, la guerrillera número
dos: Dora María Tellez, Ex-ministro de Salud del gobierno
de Ortega.
Dora María es encantadora: rubia y rosada, baja y delgada. La
delgadez misma asociada a una voluntad de hierro. Tiene veintidós
años y entiende mucho de armas. Lo cual no es muy
común en el comando.

En 1945, el Comandante de la Guardia Camilo Gonzalez mata al padre del
Comandante Cero, eso lo deja marcado profundamente. Luego más tarde
un profesor de historia, el sacerdote jesuita de Panama, don Fernando Guardia
le enseña la verdadera historia de Sandino,
-Comandante -suplica uno de ellos-, dime algo. Tengo miedo.....
-¿Miedo? Con lo que tienes en la mano, son los. otros los que tienen que tener miedo.
Si mueres, será por pendejo.
Edén se hace el macho, pero tiene miedo también.
Tiene un extraño gusto metálico en la boca.
Como si estuviera chupando una moneda.

Empezó a entrenar a esos jóvenes hace un mes.
La selección fue dura.
Edén esperó múcho tiempo a los combatientes que
tenían que mandar las otras tendencias.


En el- local que les asignaron, y que estaba al lado del dormitorio
de los peones, rezaban a coro.
Cantaban salmos con 'todas las fuerzas de sus pulmones, esperando cubrir
así el ruido de las armas que armaban y desarmaban.
-Yo desempeñaba el papel del cura, con tanto virtuosismo que
el administrador incluso me llevó a su casa para mostrarme su bebé
recién nacido.
El buen hombre iba a matar un cerdo para el bautismo.
El domingo siguiente, sin falta.
Yo, como cura, no me podía negar a bautizarlo.
»No me negué.
Los guerrilleros acompañaron la ceremonia con sus cánticos.
"Nunca estuve tan emocionado", me confesó el feliz padre.
Oscar Pérez Casar, líder del Frente Interno tercerista,
que tenía buenas relaciones con los hombres de la «Guerra
Popular Prolongada», fue a ver a los compañeros de Henry Ruiz:
-Preparamos un operativo.
-Nosotros también.
-Tratemos de no molestarnos.
Veamos cuál es el más importante y démosle prioridad.
Prudente, Oscar había contado un embuste: -Vamos a secuestrar
al hijo de Somoza.
Los hombres de Henry Ruiz le contaron entonces: -Nosotros vamos a tomar
el Palacio Nacional.
Oscar se había puesto muy pálido.
Ya no era cuestión de operativo en común.
Henry Ruiz había escuchado el plan de Edén Pastora en
Panamá.
Y había decidido actuar con los suyos.
Edén llamó a Daniel Ortega en San José:
-La vieja no quiere festejar los cumpleaños de las dos primas
al mismo tiempo.
Quiere hacer su fiesta sola. ¿Qué hacemos?
-Hagan su fiesta sin ella. Les mandamos las tortas.
Efectivamente, las armas, las botas y los uniformes llegaron unos días
más tarde.
El entrenamiento se había reanudado, esta vez en casas aisladas,
una al norte y la otra al sur de Managua.
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El Congreso iba a celebrar su última sesión, antes de
as vacaciones, el 22 de agosto de 1978. Era ese día o nunca.
Muy temprano por la mañana, Edén les había revelado
a sus hombres el objetivo del operativo: el Palacio Nacional.
Edén Pastora Gomez, legendario
Comandante Cero
Los muchachos estaban atónitos por la audacia del golpe. Pero
ninguno de ellos trató de zafarse:
-Será una fecha histórica
-dijo con voz calma un estudiante.
Luego se acercó a Edén: -¡Qué locura!
... Y encendió un cigarrillo.
El Palacio se dibuja ya entre los escombros de lo que fue el centro
de Managua.
Después del terremoto de 1972, no se reconstruyó.
La ciudad quedó como un anillo rodeando lo vacío.
En esa extensión herbosa y desolada se levantan aún algunas
ruinas y escasos edificios, más sólidos que los otros.
El Palacio se encuentra entre estos últimos.
Ocupa una hectárea, tiene un piso, una terraza y dos sótanos.
Edén y sus ayudantes se aprendieron el plano del edificio en
todos sus detalles: cada abertura, cada escalera, cada pasillo y cada escritorio.
Gabriel García Márquez lo describió como «una
vieja casona insípida y pretenciosa, con muchas ventanas y una fachada
con columnas de Partenón bananero».
El comando ingresó al Palacio sin ningún problema. Una parte de los guerrilleros subieron al segundo piso donde estaban los diputados liberales y conservadores. El resto se quedó en las puertas y ventanas principales”.
En el primer piso, los escoltas de los diputados y la guardia nacional se liaron a disparos, pero el comando sandinista logró neutralizar la seguridad interna del Palacio, exterminándolos a todos.
“Era un caos en los alrededores.
Había desconcierto. La gente no entendía cómo un grupo
de supuestos guardias había ingresado de esa forma al Palacio Nacional.
El comandante Cero.. Comenzó a insultar a todos los diputados, buscaba
entre el piso a la diputada Irma Guerrero Chavarría, una ferviente
somocista y antisandinista total, pero no la encontró, porque no
llegó ese día a la sesión”,
Hoy es el jefe de esa misión: el comandante
Cero.
A medida que los autos se acercan, el Palacio le parece cada vez más
desmesurado.
El corazón le golpea en el pecho.
Pero cuando la camioneta frena en seco, con fuerte chirrido de ruedas,
frente a una puerta lateral, está tranquilo y lúcido.
Todos sus sentidos están alertas, incluido el sexto.
Son las doce menos cuarto.
Los guerrilleros salen de la camioneta como lo hacen los guardaespaldas
de Somoza.
Llevan, por supuesto, su uniforme, les faltan solamente las insignias.
El comando lo dirigía Edén Pastora
Gómez, “Comandante Cero”; Hugo Torres, “Comandante Uno” y Dora María
Téllez, “Comandante Dos”, quienes usaban los mismos uniformes y
botas de los oficiales de la Escuela de Entrenamiento Básicos de
Infantería (EEBI) dirigida por el mayor Anastasio Somoza Portocarrero.
El primer guerrillero, que ensayó varias veces su papel, se para
frente al guardia de la puerta.
Lo mira derecho a los ojos.
Todos salen y ocupan los lugares previstos, en semicírculo.
El guardia se vuelve hacia Edén y pregunta:
-¿Qué ocurre, oficial?
-Llega el jefe.
No puede quedarse con su arma. Démela.
Dócil, el guardia le tiende su arma.
Mientras la toma con un gesto solemne,
Edén le dice al oído: -Lárgate si quieres vivir.
El otro lo mira y de pronto entiende. Gira sobre sus talones y sale
corriendo a toda velocidad.
La pequeña tropa entra.
Segundo guardia: -¿Qué pasa, oficial?
-Llega el jefe. No puede quedarse con su arma. -Bien, oficial.
Y de guardia en guardia la vía se despeja como por encanto.
Hay que decir que es usual desarmar a todo el mundo, incluso a la Guardia
Nacional, cuando Somoza entra en un edificio.
Con ese truco, -neutralizan a quince guardias sin
un disparo.
Comentario del webmaster:
El pais a Merced de un Dictador que temía de sus propios soldados.
asi son los Caudillos temen de sus propios co-partidarios.
Es cierto el dicho de cuidate mas de tu amigo que de tus enemigos.
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Del otro lado del Palacio, Hugo Torres hizo que sus hombres formaran
como para un desfile: «Uno, dos. Uno, dos. Uno, dos.»
Unos guardaespaldas del ministro del Interior se acercaron demasiado.
Hugo, sin dudar, tiró.
Los hombres cayeron fulminados.
Torres alcanza la puerta cuando el grupo de Edén llega al primer
piso.
Son las doce. Los diputados están reunidos desde las once.
Dora María y los números ocho y catorce van a ocupar
el bar, donde algunos elegidos del pueblo se están emborrachando.
Edén, seguido por seis guerrilleros, está frente al vidrio
de la puerta de la «porqueriza» (es así como llama a
la Cámara de Diputados). Hace seña al portero, que está
dentro, para que abra. El hombre, desconfiado, no obedece. Sabe -que el
Ejército no puede entrar al Salón Azul. Hace como que da
vuelta a la llave en un sentido y luego le da vuelta en el otro:
-¡Abre esta puerta. o eres hombre muerto!
Edén lo apunta con -el G3. Temblando, el pobre hombre da vuelta
a la llave en el sentido que corresponde. Edén empuja la puerta
y adelanta cuatro pasos. Esperaque sus guerrilleros, tres por un lado y
tres por el otro, lo alcancen. El ballet fue ensayado varias veces.
La sesión se interrumpió. Todas las miradas están
dirigidas hacia él. Alguien se lanza en su dirección. Dispara
hacia lo que cree que es un arma. Era una grabadora y un micrófono.
El hombre que fue herido en las manos es un:.periodista parlamentario.
Es triste, pero no es momento para remordimientos. Grita:
-Guardia Nacional. ¡Todo el mundo al suelo!
Hay un ruido sordo, como si la mitad del edificio se derrum' i. Edén
sale de la sala y recorre el pasillo. Hugo y sus hombres van con retraso.
Necesita veinticuatro hombres para tener a raya a los sesenta diputados,
sus guardaespaldas, los periodistas y el público que fue a asistir
a los debates.
Se oyen ráfagas. Un guerrillero del otro grupo está neutralizando
al Ministerio del Interior.
Edén vuelve vociferando:
-¡Montón de mierda! Escuchen bien, el primero que se mueva
es hombre muerto. Vamos a contar los candidatos al suicidio. ¡Silencio!
Y que nadie se mueva en la porqueriza.
Se trata de atemorizarlos y de ganar tiempo. Finalmente, Hugo llega
por la puerta de enfrente. Dora Maria vuelve también. Hugo mira
el Salón Azul desierto. Hace una mueca de chico decepcionado:
-¿Qué pasa, no hay nadie?
Dora María palmea el hombro de Edén:
-Compa, la cagamos. ¿Dónde están los congresistas?
--Mírales debajo de los escritores.
Se dan cuenta que efectivamente los pupitres se mueven como si hubiera
un terremoto. Lo que tiembla no es la tierra sino los cuerpos.
Cuando los hombres están todos reunidos, se puede informar a
los diputados. Por ahora, creen que se tratade un golpe de Estado del hijo
de Somoza, jefe de mil soldados de primera, cuyos uniformes son los que
lleva puesto el comando.
El presidente de la Cámara de Diputados, Luis Pallais, primo
de «Tachito» se pone de pie en el estrado:
-Oficial, ¿qué ocurre?
-Van a saberlo.
Edén coloca la culata de su fusil en la mesa y anuncia:
-Somos el ejército del pueblo: Frente Sandinista de Liberación
Nacional.
En ese momento todos los guerrilleros sacan de su morral su pañuelo
rojo y negro y se lo ponen al cuello. En la escala Richter, el temblor
de cuerpos alcanza la intensidad máxima. Los diputados creen que
llegó su última hora.
-Oficial... -articula Luis Pallais.
-No soy oficial --dice Edén Pastora-. Pertenezco al F.S.L.N.
Llame por teléfono a Somoza. Comuníquele nuestras exigencias.
Queremos, aquí presentes, a tres obispos, entre los cuales debe
estar Monseñor Obando y Bravo, y tres embajadores extranjeros como
mediadores.
Mientras tanto, los guerrilleros sacan de sus morrales unas cuerdas
y ,empiezan a atar a los diputados.
Edén percibe de pronto un gran escándalo. Con unos compañeros,
se lanza hacia la puerta principal. Unos guardias somocistas se preparan
a entrar. Les tira una granada y cierra la puerta con candado.
Más de tres mil personas quedan encerradas en el Palacio Nacional.
Nunca tanta gente dependió de un número tan reducido de guerrilleros.
Apenas Edén tiene tiempo de volver a subir y apostar a sus hombres,
en los corredores, en las ventanas, en los puntos estratégicos,
cuando un tiroteo se inicia en el exterior. Quedaron solamente cuatro para
guardarla «porqueriza». Por suerte, los diputados y los guardaespaldas
ya entregaron sus armas y se dejaron atar sin protestar.
Diez minutos después de la entrada del comando, y en unos instantes,
el Palacio es asediado. Un convoy de las fuerzas especiales del hijo de
Somoza, que iba a un entrenamiento, pasó frente a la puerta principal.
Los instructores norteamericanos y vietnamitas se percataron de que ocurría
algo anormal y desplegaron las tropas.
Los guerrilleros, emboscados detrás de sus ventanas, responden
con bravura. Pero, ¿cuánto tiempo pueden resistir veinticinco
guerrilleros contra doscientos ochenta y cinco soldados especiales?
Edén llama:
--¡Diputado Argenal Papi! ¡Diputado Sánchez Herdocia!
Los dos hombres se adelantan lentamente, con el rostro desfigurado
por el miedo.
-Ustedes han sido condenados a muerte por el Frente. Serán los
primeros ejecutados.
Ya sabían que no los llamaban para darles caramelos. Edén
sigue:
-¡Diputado René Sandino!
A ese, Edén quiere salvarle la vida. Es el médico que
lo curó de leishamaniosis una especie de lepra- que había
agarrado en el monte, a causa de la falta de higiene. Además, el
doctor Sandino operó gratis a la madre de una guerrillera que tenía
una enfermedad que estaba por encima de sus medios.
El diputado Sandino se adelanta tranquilamente. Edén lo saluda:
-Un poco de paciencia, doctor.
El doctor saca entonces de su billetera una estampita de San Ignacio
de Loyola y se la da. El comandanteCero sonríe pero una santa protección
es algo que no se rechaza. Sobre todo porque Ignacio era general.
-Diputado Cristóbal Genie.
Es el abogado de Edén. Defendió brillantemente a una
guerrillera detenida por la guardia somocista. Dos guerrilleros lo ayudan
a levantarse.
-¿Me permiten ir a orinar?
Un guerrillero le entrega una lata de pintura vacía:
-Detrás del biombo.
No hay que darles a los diputados tiempo de pensar, ni de ponerse de
acuerdo antes de que estén todos atados. Edén anuncia:
-Presido esta sesión. El diputado Zelaya tiene la palabra.
Este, que aún no fue atado, se levanta asombrado. Fue ayudante
de Fernando Agüero y conoce bien el espíritu bromista de Edén
Pastora. Pero, ¿acaso este es momento para bromas? Sube a la tribuna
y espera que le digan lo que tiene que hacer:
-Debes pronunciar un discurso antisomocista.
-Con mucho gusto, comandante -contesta Zelaya.
El diputado levanta un dedo magistral y ve de pronto a sus pies a todos
sus colegas atados y temblando. Mudo de terror, se queda con el dedo levantado
y la boca abierta, paralizado, hasta que dos guerrilleros se lo llevan
riendo.
Mientras tanto, el presidente de la Cámara hace grandes esfuerzos
para conseguir hablar por teléfono con Somoza. Y el fuego de la
«unidad especial» no disminuye. Se agrega un helicóptero,
que ametralla las ventanas al sobrevolar el Palacio.
Mueren algunos civiles y otros resultan heridos. Un guerrillero es
alcanzado en el brazo. Otro se lanza sobre un maletín metálico
diminuto que contiene los remedios de emergencia. El herido pierde abundante
sangre. Le limpian la herida y le hacen una cura.
El teléfono suena y Edén descuelga:
-Palacio Nacional. Territorio libre de Nicaragua.
-En la montaña enterraremos al enemigo. ¡Bueno!
Es la «Guerra Popular Prolongada». Es agradable tener noticias.
-Habla el Comandante Cero. Nos conmueve recibir esta llamada de solidaridad.
-¿E1 Comandante Cero? ¿De qué tendencia? -De la
única que combate: la tercerista. -¿No es la Guerra Popular
Prolongada? -¡No!
-¿Y no hay nadie de la G.P.P. con ustedes? -¡No!
Del otro lado colgaron.
Edén está perplejo.
Más tarde se enterará que la Guerra Popular Prolongada
había previsto efectuar el plan de Pastora a las dos de la tarde:
-,Todavía no localiza a Somoza? -pregunta Edén al presidente
Pallais.
-Un poco de paciencia, por favor.
Ya le informé a su secretario de las exigencias de ustedes.
-Lo siento, pero el tiempo apremia.
Vamos a empezar a ejecutar a los miembros de la «porqueriza».
Diputado Argenal Papi, prepárese a morir valientemente.
Es pedirle demasiado.
Le dio de pronto un temblor nervioso.
Su zapato golpea la pata de su pupitre: «Top,
top, top, top...» parece que telegrafiara.
Pero de pronto Dora Maria empuja delante de ella, a patadas y a culatazos,
a un andrajo humano, Luis Manuel Martínez, un exiliado cubano, expulsado
de Panamá, vendido a Somoza.
Escribe en la prensa gubernamental artículos en los que reclama
los castigos más duros para los guerrilleros y sus cómplices.
-Pido la prioridad para esta basura -dice Dora María.
-Por ahora no matamos a nadie, Dora -contesta Edén-.
Aquí están los mediadores.
Efectivamente, unos autos grandes se detienen frente al Palacio.
Se ven unos retazos blancos que flotan en las puertas.
Monseñor Obando y Bravo, arzobispo de Managua, propulsa su fornida
silueta de indio chorotega.
Monseñor es un hombre robusto y categórico.
Da pruebas de sencillez y no se deja engañar por el clan Somoza.
El Mercedes Benz que le envió «Tachito», lo vendió,
y con el dinero, construyó una iglesia.
Cuando llega al Palacio Nacional en ese principio de la tarde del 22
de agosto de 1978, ya tiene experiencia en negociaciones. Fue mediador
durante la toma de rehenes en casa de José Maria Castillo. Ese es
un recuerdo que comparte con Hugo Torres.
Acompañado por los obispos de León y Granada, así como por los embajadores de Panamá y de Costa Rica, hace su entrada en la «porqueriza».
Afuera, la metralla se calló.
Los mediadores son recibidos por sus interlocutores: Dora María Tellez, que dirige las negociaciones por orden del Frente Interno, Hugo Torres y el dirigente político-militar de la operación, Edén Pastora. Si hubiera dependido solamente de él, habría habido sólo exigencias. Tómenlo o déjenlo. La segunda posibilidad significaba la muerte de los diputados. Y la de los guerrilleros también.
La lista de las condiciones está preparada: liberación de todos los prisioneros del Frente. Diez millones de dólares. Publicación de comunicados en la prensa y, por supuesto, puesta a disposición de medios de transporte para el comando y los prisioneros liberados.
Los mediadores tienen también sus demandas: la salida inmediata de la gente de edad, de las mujeresembarazadas, de los chicos y de los heridos atrapados en la ratonera gigante en que se ha convertido el Palacio. Edén da su aprobación. Que venga la Cruz Roja y la puerta se abrirá para ellos.
Empieza entonces el vaivén de los mediadores. Monseñor Obando es el que lleva y trae los mensajes. Deja siempre a un obispo en la «porqueriza» para disuadir a Somoza de atacar.
La tarde se pasa pronto. La larga espera empieza al anochecer, a eso de las seis de la tarde en las tierras tropicales. A un momento dado, la tierra tiembla. Nadie se mueve. Los secuestrados están en el paroxismo del miedo desde hace horas. Ya no tienen ninguna reacción frente a un nuevo peligro.
Un guerrillero le dice a Edén:
-Comandante, la tierra tiembla.
-Ellos también -contesta señalando a los diputados.
No es cuestión de dormir, que duerman los secuestrados, así
se olvidan de la mieditis.
Se dedica el tiempo a verificar los dispositivos de vigilancia.
La Cruz Roja evacua al viceministro del Interior, que tiene cáncer.
Ya se llevó a los seis muertos y los heridos, víctimas
de Hugo Torres y del helicóptero.
En los tres pisos del Palacio, hay gente acostada en el santo suelo.
Sin embargo, hay que mantener corredores de circulación para
realizar la vigilancia, verificar sin cesar lo que ocurre en cada lugar:
en las oficinas, en las escaleras y en los pasillos.
Los mediadores vuelven a eso de las once. Somoza regatea todo: dinero,
no tiene. Los comunicados, hay que reducirlos. ¿Los prisioneros?
Las listas del F.S.L.N. y las de la policía no coinciden. Somoza
niega la presencia en sus prisiones de la mayoría de entre ellos.
Sobre ese asunto Edén es inflexible.-Dije todos los prisioneros
políticos. Todos los opositores al régimen. Sin ninguna exclusión.
-Van a hacer investigaciones -asegura Monseñor Obando.
El embajador de Panamá no habla sino de dinero. Le arrancaría
a uno lágrimas cuando asegura que el Tesoro del Banco Central está
vacío y que Somoza, personalmente, no tiene dinero.
La noche se estira en esos vaivenes.
El comando trajo una radio. Edén pone la frecuencia de la Guardia
y oye: «Necesitamos más pintura para volver a pintar el Palacio
Nacional.»
Va inmed átamente a despertar a Pallais:
-Dígale a Somoza que se deje de tomamos por pendejos. La Guardia
pide refuerzos para atacar el Palacio. Dígale que estamos al tanto.
Si atacan, mataremos inmediatamente a todos los diputados. Y usted será
el primero.
Pallais obedece.con dignidad:
-Señor Presidente, el interés nacional exige salvar la
Cámara de Diputados. Si los diputados mueren, será irremediable
para usted. La patria le pide hoy que ceda.
Los mediadores van y, vienen. El arzobispo está tranquilo y
compenetrado con su papel. La noche transcurre.
A la mañana se prepara café para todos. Los guerrilleros
no tienen problemas para encontrar lo que necesitan en el bar.
Además, todas las oficinas están equipadas para los «intervalos».
Todo el mundo tiene mal aspecto. Los que se pasaron la noche en vela
y los que, por primera vez en su vida, durmieron en el suelo.Edén
se encuentra de pronto frente al diputado Julio
Molina. Lo conoce bien; fue antisomocista y dio incluso
algunos pasos en la guerrilla.
-¿Qué haces en esta basura?
El congresista baja la cabeza y no contesta nada. Va hacia otro:
-Diputado, ¿usted no es por casualidad de Ocotal? -Sí
--contesta el otro, lleno de esperanza. -¿No es por casualidad,
mi viejo compañero Peralta? -¡Por supuesto!
-i Qué gordo estás! ¿Y a tu pelo, qué le
pasó?
La mañana es interminable. El arzobispo sigue con sus idas y
venidas, imperturbable. El obi po de León, que tiene una úlcera,
da señas evidentes de cansancio y despide ese olorcito agrio de
los enfermos.
Somoza parece haber postergado el asalto. Pero ¿renunció
a él? La circulación se prohibió en las calles adyacentes.
La Guardia sigue rodeando el Palacio. Los soldados están a trescientos
metros, con el arma al pie.
Edén decidió separar a los diputados de los periodistas
y del público. Son transportados a otra pieza y clasificados por
orden para una eventual ejecución. Espera salvar unos diez, caídos
en la trampa de la vanidad pero recuperables.
Sí la negociación dura mucho tiempo, se empezará
por los oportunistas, que son usados por Somoza, que los detesta. Luego,
les tocará a los cercanos al clan. Es para mostrarle al dictador
la determinación del F.S.L.N. y dejarle la posibilidad de salvar
a sus incondicionales.
En el edificio hay dos primos de «Tachito»: Pallais y el
invisible José Somoza Abrego. Hay gente que sabe dónde está.
Se lo dijeron a los guerrilleros, les hicieron llegar papelitos con la
información. «Pasó por aquí, volverá
a pasar por allí.» Cada vez que se llega al lugar indicado,
el inasequible José Somoza desapareció.Como se da cuenta
de que goza de la simpatía, real o interesada, de una gran cantidad
de gente, Edén proclama: «La persona que nos permita localizar
a José Somoza será perdonada.» Y hace circular la información
en todos los pasillos.
De parte de los diputados más somocistas, recibe una verdadera
lluvia de informaciones:
Comandante, lo encontrará en tal oficina.
-Se esconde en el baño.
-Está en la planta baja, entre los empleados de menor jerarquía.
Todos quieren denunciar su escondite para salvar su vida. La delación
llega a tal punto que a Edén le da asco. Puso en marcha lo que más
le repugna.
Hugo Torres se acerca a Edén:
--Oigo como tranvías que pasan por la terraza.
-Estás cansado, viejo.
Trata de dormir un rato.
Dora María y yo nos encargamos de todo.
Edén se reúne con la guerrillera Número Dos.
Está preocupado por la lentitud de las negociaciones y por las
concesiones que ya fueron hechas.
De diez millones de dólares, Dora María bajó poco
a poco a quinientos mil.
Un poco más y quien tendrá que pagar será el comando.
¡Y si no fuera más que el dinero! Antes que nada, están
los prisioneros.,
Todos los prisioneros.
Se enfrentó a Óscar Pérez Casar porque Fernando
Chamorro, llamado «El Negro», un miembro de la ilustre tribu,
que había tirado cohetes contra el «bunker» de Somoza
desde una ventana del Hotel Intercontinental, no figurabaen la lista. Pérez
Casar no quería ocuparse de la suerte de ese burgués.
Edén había exigido, por principio, que figurara en la
lista. Y resulta que Dora María acepta ahora que algunos nombres
sean tachados porque Somoza pretendía que no estaban en sus cárceles.
¿Los habían matado?
¿Y Antolín, un compañero detenido tres días
antes?
¿Lo habrían torturado hasta matarlo en tan poco tiempo?
«¡Bien -exige Edén-, que nos devuelvan el cadáver!
¡Que lo desentierren!
¡Que lo traigan!
No cederemos más en nada.»
Se lo asegura a Dora María que, extenuada, cabecea al oírlo.
La carabina se le resbala a lo largo del cuerpo.
Da un sobresalto y la agarra entre sus piernas.
Se duerme de pie.
-Dora María, tienes que descansar.
Se va a acostar sobre una mesa.
Edén se dio cuenta de que el dictador les iba a ganar por cansancio.
«Nos va a atrapar como a pajaritos», piensa.
No durmieron esta noche y no durmieron las dos noches anteriores.
Él también está muy cansado.
Trata de rememorar el plan de salida.
Y resulta que no llega a ubicar el Palacio en Managua.
Recorre mentalmente la ciudad.
Pero ¿dónde diablos está este dichoso Palacio?
¿Del lado del Distrito Nacional? No.
¿Cerca del estadio? No
. ¿Al lado del parque de la Candelaria?
Más bien cerca de la. fábrica de cerveza Victoria.
No, no es allí. Las imágenes de la ciudad bailan en él.
Y el Palacio no aparece por ninguna parte.
Siente que se hunde en los escombros que fueron el centro de Managua.
Entonces el arzobispo vuelve nuevamente. Con un inmenso esfuerzo
de voluntad, Edén se levanta, sacude a Hugo y a Dora María
que empezaban a dormirse, y va a la mesa de negociaciones:
-Monseñor, hay que terminar con esto. Somoza va a hacer exactamente
lo que yo le ordenaré.Tambaleándose de sueño, Dora
María objeta tímidamente:
—Cero, yo soy la encargada de negociar.
Golpea sobre la mesa y exclama en un francés que le viene
derecho de Ginebra:
-Ici c'est moi qui commande!
Nadie entendió la frase pero todo el mundo captó el
sentido. Mira todos los rostros pasmados y se pasma a sí mismo:
-Yo soy el responsable político-militar. A partir de ahora,
asumo-todas las responsabilidades. Monseñor, le agradeceré
que le diga a Somoza que no cederemos más en nada. Número
Dos, escribe el estado de la negociación: Todo lo que cediste lo
concedemos. Somoza tiene treinta minutos para encontrar a todos los prisioneros
y aceptar las otras exigencias. Después de ese plazo, empezaremos
las ejecuciones.
-Comandante Cero, conserve esa ecuanimidad que demostró hasta
ahora.
-¿Ecuanimidad, Monseñor? Después de cuarenta
y cinco años de crímenes, de robos y de torturas... La ecuanimidad
pídasela a su abuela y siga desempeñando su papel de cartero.
Mientras Dora María, Hugo y el embajador de Panamá
redactan el estado de las exigencias, Monseñor Obando y Bravo se
acerca al cuarto donde están apretados los diputados. Juntó
las manos y habla con la untuosidad profesional de la que no se separa
nunca:
-En un trance como éste, conviene que se arrepientan de sus
pecados y se preparen frente a Nuestro Señor y la Virgen María,
para ser recibidos en la eternidad. Recitemos juntos: «Confiteor
Dei... Padre nuestro que estás en los cielos...»
El arzobispo termina con una absolución colectiva:-Ego te
absolvo peccatis tuis... In nomine Patri, Fili - et Spiriti Sancti.
La respuesta surge unánime: «Amén.»
-Monseñor, ¿usted
cree realmente que basta con que esta gente diga «Amén»
para que les sean perdonadas todas sus cobardías y sus traiciones?
Vamos, apúrese, no tiene más que treinta minutos.
-En treinta minutos, no puedo ir y volver.
-Llame por teléfono. Es la una. Espero hasta la una y media.
Dora María trae el papel y se lo da a Edén, que se
lo entrega al arzobispo.
Luego, lo empuja respetuosa pero decididamente hacia la salida.
Su pesada sotana le chasquea contra los talones, de tanto que se
apresura.
Edén vigila a sus rehenes, pasa y vuelve a pasar frente a
la puerta y ejercita mentalmente el odio.
¿Tendrá que matarlos?
Se dirige a los diputados:
-Les quedan veinte minutos.
Luego a sus adjuntos, en presencia de los secuestrados:
-Guerrillero Uno, guerrillera Dos, vayan a verificar las posiciones.
Encuentren una buena ventana desde donde tiraremos un cuerpo cada
cuarto de hora.
Edén siente una mirada que le atraviesa la nuca.
Se da vuelta bruscamente.
Frente a él se encuentra Julio Molina, el hombre que es mitad
opositor y mitad colaborador.
Y que, ahora, está medio muerto de miedo.
Esa mirada de perro suplicante exaspera a Edén:
-No jodas, Julio. Todos vamos a morir aquí. Tú y yo.
-Tú te salvarás y -nos dejarás aquí
amarrados.
-No haberte metido en esta porqueriza.
Varios diputados se acercan a él por turno.
-¿Comandante, puedo llamar a Somoza por teléfono?
-Llame. Llame.
-¡Hola! General, sálvenos
por el amor de Dios.
Nos van a matar a todos.
Sabe que soy su servidor,
que mi mujer lo aprecia mucho.
¡Clic! «Tachito» no es un sentimental.
-Les quedan quince minutos de vida -les anuncia Edén.
Entonces aparece finalmente
el segundo primo: José Somoza, empujado por dos guerrilleros.
Está disfrazado de
campesino y se hace el enfermo, lleva una toalla alrededor de la cabeza:
«¿Qué
hice? ¿Qué hice?», repite sin cesar.
Edén se da cuenta de por qué no lo encontraron antes; es bajo, moreno y calvo, es todo lo contrario de los otros representantes de la familia.
Lo ponen con los diputados.
Sobre todo no hay que perderlo.
-Les quedan cinco minutos.
Es hora de llevar a Luis Manuel
Martínez para la primera ejecución.
-Hugo, llévalo pero
no dispares.
La detonación podría
producir un movimiento de pánico entre los diputados.
-Quédate tranquilo. Lo estrangulo y lo tiro por la ventana.
Hugo se da vuelta hacia su
víctima:
-Vamos, ven, loquita.
Te vas a reunir con los ángeles
en un santiamén.
En ese momento suena el teléfono,
Edén contesta: -Territorio
libre de Nicaragua. Palacio Nacional. ¿Quién habla?
-¿Comandante Cero?
Es la voz de Monseñor
Obando y Bravo. -Él mismo. Diga.
-El presidente acepta todas
sus condiciones.
Edén conserva el rostro
duro y los pies sobre la tierra,
pero por dentro estalla en
una alegría inmensa:
-¿Y Antolín?
-Está vivo. Lo llevamos. --¿Y todos los otros?
-Serán liberados.
-Entonces venga, Monseñor, para ultimar los detalles.
Edén va hacia los diputados y anuncia: -Señores, están salvados.
Una voz inquiere:
-¿Sin excepción?
-Sin excepción.
El cubano corrompido prorrumpió en sollozos.
Somoza tenía prisa por terminar.
Pero Edén Pastora no quería improvisar.
Saldrían a la mañana siguiente.
Por hoy, las puertas se abrirían solamente para las mujeres.
Edén acepta que se lleve
comida para esa multitud en ayunas desde hace treinta horas.
Cada uno va a comer una rebanada
de pan y algo de pollo.
La noche siguiente, todo el
mundo durmió.
No al mismo tiempo.
Mientras que los diputados
se reponían de sus emociones y se acostumbraban al suelo, los guerrilleros
se turnaban para la guardia.
Para mayor seguridad, Edén
había hecho que se quedara un obispo.
A la mañana siguiente, el guerrillero número Diez le trae a Edén un pañuelo lleno de joyas: cadenas, anillos, relojes, diamantes y rubíes.
-Comandante, un acto de recuperación económica.
-No. No hemos vendó para eso. Hay que devolverlo todo.
Edén pide disculpas
de parte del comando a los dueños y le pide a cada uno que vaya
a recuperar lo que le pertenece.
Toma un anillo de mujer
con un enorme solitario.
De aguas muy puras.
Vale unos cien mil dólares,
la piedrecita esa.
-¿De
quién es?
-Mío --contesta
una diputada. -¿Usted cree en Dios, señora? -Sí.
-¿No le parece que
es un pecado llevar cien mil dólares en el dedo cuando su pueblo
tiene hambre?
Agachó la cabeza
y tomó su anillo.
Al final del reparto, quedó
un reloj suizo de oro.
-¿De quién
es este reloj? -repitió varias veces Edén.
Nadie lo quería.
Quizás por temor a un feo como el que había soportado la
señora del diamante.
-¿Qué sucedió
con ese reloj?
—Se lo entregué
al Frente, y los compañeros me lo regalaron.
Hace poco, me vi obligado
a empeñarlo para otra guerrilla.
Parrafos tomado de InformePastran.com el día 14 de Febrero de 2005
" !ULTIMA HORA!... !URGENTE!... !ULTIMA
HORA!... !URGENTE!... !ULTIMA HORA!...
!SE TOMAN EL PALACIO NACIONAL!...
!ASALTAN EL PALACIO NACIONAL DE MANAGUA!... "
Así decían las radios
aquel 22 de Agosto de 1978 en Managua, Nicaragua.
En el Palacio estaban cerca de mil personas, entre
empleados y pobladores, quienes se reconcentraron en las oficinas intermedias
y en el sótano, pero con tan buena suerte que dos horas después
inició la negociación y liberaron a una parte de los rehenes.
El 22 de Agosto de 1978 un comando sandinista se tomó por asalto el Palacio Nacional en uno de los hechos históricos de Nicaragua sin precedentes. El Palacio Nacional era la sede de la Cámara de Diputados y de varios despachos ministeriales.
La sesión congresional había comenzado ese día, 22 de agosto de 1978, a las 11:45 de la mañana y bajo la conducción del vicepresidente de la Cámara, Luis Pallais Debayle, primo del General Anastasio Somoza Debayle.
El diputado del partido de minoría, doctor Cristóbal Genie Valle abrió los debates mocionando para que el Poder Legislativo pusiera freno inmediato a las alzas prohibitivas que pesaban sobre los artículos de primera necesidad.
Luego de que el diputado Genie Valle
concluyó su intervención, pidió la palabra el parlamentario
somocista Antonio Coronado Torres para respaldar la moción conservadora.
En eso estaban los debates cuando a
las 12:15 el portero principal de la Cámara, Gilberto Jarquín
dijo a los periodistas: "quién sabe que pasa, la Guardia Nacional
viene en carrera hacia aquí".
En realidad se trataba de un comando
sandinista que venía recorriendo Managua en dos camiones y dos jeeps
verde olivos, preparados para el asalto. Ambos se posesionaron en las puertas
principal y trasera del palacio.
Edén Pastora Gómez, jefe del comando y conocido como "Comandante Cero", bajó violentamente de un jeep, con rostro y traje impecable, nuevo, botas bien lustradas, y dando órdenes. Habían hecho unos uniformes idénticos a los que usaban los oficiales de la Escuela de Entrenamiento Básicos de Infantería que era dirigida por el Mayor Anastasio Somoza Portocarrero.
"Apartate jodido, le dijo a los guardias
de la entrada principal, quitense no estorben que viene "el hombre" para
acá". El resto de la tropa bien entrenada fue ingresando sin ningún
problema al Palacio y subiendo las escalinatas hasta el segundo piso donde
estaba la Cámara de Diputados. Otro tanto se quedó resguardando
las puertas y las ventanas principales.
Una vez a la orilla de la puerta cameral,
Pastora dio la orden de abrir la puerta. "Abran la puerta jueputas(hijos
de puta)". Todos los parlamentarios se pararon y centraron la mirada sobre
el militar que ingresaba de forma abrupta.
! Viva el Frente Sandinista de Liberación
Nacional!... !Esto es un asalto!, gritó Pastora lanzando ráfagas
de su ametralladora G-3 que destruyeron parcialmente el cielo raso del
hemiciclo. Espantados todos los diputados se lanzaron al suelo.
Automáticamente se dieron intercambios de disparos con guardias nacionales que estaban en el Palacio, que murieron en el acto e inmediatamente se tomó todo el edificio.
“Apartate jodido --dijo Pastora a los guardias de la entrada principal-- quítense, no estorben que viene el hombre para acá”.
Entonces se dirigió adonde se encontraban los diputados Francisco Argeñal Papi y Enrique Sánchez Herdocia. Luego habló al presidente en funciones del Poder Legislativo, Luis Pallais Debayle, y le ordenó que de inmediato se comunicara con Anastasio Somoza para que cesara el ataque que iniciaba desde el exterior del Palacio, pero la Guardia Nacional no cesaba.
Entonces Pastora decidió encerrar a los diputados
liberales y conservadores en dos habitaciones separadas y a otros los colocó
al frente de los ventanales, intentando detener los ataques de la Guardia.
En los alrededores había desconcierto,
la gente no entendía cómo un grupo de supuestos guardias
había ingresado de esa forma al palacio nacional.
Pastora Gómez comenzó
a insultar a todos los diputados, buscaba entre el piso a la diputada por
el departamento de Chinandega, Irma Guerrero Chavarría, una ferviente
somocista y antisandinista total, pero no llegó ese día a
la sesión.
Entonces se dirigió donde se
encontraban los diputados Francisco Argeñal Papi y Enrique Sánchez
Herdocia. Después se dirigió donde se encontra el presidente
en funciones del poder legislativo Luis Pallais Debayle y ordenó
a éste que de inmediato hablara con Anastasio Somoza para que cesara
el ataque que desde el exterior ya hacían tropas de la Guardia Nacional
avisados del asalto.
Unas horas después se dio inicio
a las negociaciones con los obispos de Managua, León y Granada y
los embajadores de Costa Rica, México, Venezuela y Panamá.
Luis Pallais habló con Somoza,
para entonces había sido conducido a empujones al recinto el Ministro
de Gobernación, Ingeniero Antonio Mora y el viceministro Doctor
Adolfo de la Rocha, cuyos despachos estaban ubicados en el Palacio.
Faltando 25 minutos para las tres de
la tarde hicieron su entrada al salón de sesiones los mediadores,
Monseñor Miguel Obando y Bravo, Arzobispo de Managua, y los monseñores
Manuel Salazar y Espinoza, Obispo de León y Leovigildo López
Fitoria, Obispo de Granada.
Como los ataques de la Guardia Nacional no cesaban desde fuera, Pastora tomó a varios diputados y los puso frente a los ventanales, entonces amainaron los disparos, la guardia se concentró en los alrededores.
Por ser un día normal de trabajo el palacio se encontraba atestado de gente y de empleados, habían cerca de 500 personas dentro del edificio y todos estaban escondidos en oficinas intermedias y en el sótano.
Horas más tarde la gran mayoría serían liberados.
Los mediadores se reunieron con los guerrilleros y escucharon sus peticiones. Varios millones de dólares, la liberación de varios presos políticos entre los que destacaba Tomás Borge Martínez, la publicación de una proclama y un avión que los llevaría a Cuba.
Dora María Téllez, designada por el FSLN para negociar con Somoza Debayle, recuerda que el objetivo del comando era mantener a los prisioneros hasta que el dictador aceptara liberar a 72 cuadros sandinistas, entre ellos Tomás Borge, y a la vez poner en evidencia que algunos de esos prisioneros habían sido asesinados, tal como ocurrió con Elvis Chavarría y otros guerrilleros capturados en San Carlos.
“También estábamos planteando una amnistía general para todos los presos políticos, porque era una época en la que había miles de jóvenes en las cárceles, la reivindicación de los trabajadores de la salud que mantenían su huelga, la publicación de unos documentos en los cuales se presentaba una programática del Frente Sandinista para la revolución y estábamos demandando 10 millones de dólares”.
“Somoza prácticamente cedió en todo, excepto en el dinero. Ahí la negociación se bajó y nosotros finalmente aceptamos medio millón de dólares, porque teníamos dificultades, bastante presión, cansancio, porque habíamos pasamos dos días y pico, 28 personas nada más, y prácticamente nadie dormía por un altísimo estrés”, relata Dora María.
Sus contradicciones
Las primeras contradicciones entre los miembros del comando surgieron una vez iniciadas las negociaciones, porque “El Comandante Cero” era del criterio que debían de ser duros contra Somoza, “mientras que mi personalidad era más negociadora, tal vez tenía que ver con la edad de Edén que tenía prácticamente 42 años, en cambio yo tenía 22 años.
Ahí hubo una tensión, porque Edén
representaba los intereses de la Dirección Nacional que estaba en
Costa Rica y yo básicamente tenía la tesis de la dirección
interna del Frente”, rememoró Téllez.
Hugo Torres, “Comandante Uno”, relata que “la idea era darle un golpe contundente a la dictadura en donde más le doliera, y el objetivo no podía ser mejor, porque el Congreso compuesto por liberales y conservadores zancudos era la representación de la legitimidad del régimen somocista, por tanto, había que golpearlo allí, en la médula espinal. Tomando de rehenes el aparato que legitimaba la dictadura obligaríamos a Somoza a cumplir nuestras demandas”.
Téllez recalca que era una época en la cual la instancia de la administración del presidente (Jimmy) Carter, en conjunto con sectores del gran capital nicaragüense y de la Iglesia Católica estaban tratando de echar adelante una maniobra de quitar a Somoza y dejar intacta la estructura del somocismo, lo que se llamó el somocismo sin Somoza.
Según el plan, el comando ingresaría al Palacio. Ya adentro, se cubrirían los rostros para evitar ser identificados, debido a que esos cuadros continuarían en la lucha de derrocamiento, para no poner en riesgo la seguridad de los familiares de los guerrilleros y de esa forma estropear las negociaciones.
Pero Pastora nunca se puso el pañuelo lo que obligó, posteriormente, a los principales cuadros a comparecer a una serie de conferencia de prensa en Panamá con los rostros descubiertos, aunque Téllez asegura que ese acto no tuvo grandes consecuencias.
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Los diputados que ese día estaban presentes en el recinto cameral fueron los siguientes: Liberales:
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PANAMA:
VENEZUELA:
MEXICO:
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Por el gobierno fue el propio General Anastasio Somoza Debayle quien se hizo cargo de las negociaciones desde el Bunker, donde resistía presiones de la alta oficialidad de la Guardia Nacional que planeaban retomar por asalto el Palacio Nacional, aunque costara algunas vidas.
Mientras las negociaciones se iniciaban y Somoza resistía, llegó la noche. Casi nadie durmió con el temor de que fueran asaltos, se hablaba que la Guardia Nacional entraría en la madrugada con varios tanques Sherman para apoderarse del recinto, pero llegó la mañana del 23 de agosto sin novedad.
Todo Nicaragua y el mundo estaban expectantes
de los acontecimientos. Políticamente la toma del palacio era un
duro golpe para Somoza, sus cuerpos de seguridad e inteligencia habían
fallado.
El 23 fue un día vital para
las negociaciones, las exigencias eran muchas, demasiadas decía
Somoza, pero no tenía alternativas, su primo y un sobrino, José
Somoza Abrego, se encontraban como principales rehenes del comando sandinista
y sus familiares también lo presionaban para que cediera algo para
salvar sus vidas.
Mientras ese día proseguían
las negociaciones varios países amigos se habían ofrecido
mediar, Estados Unidos presionaba a Somoza para que encontrara una solución
pacifica. Así, sin acuerdos, terminó el día 23.
A la media noche del 23 y casi al amanecer del 24, día jueves, Somoza acepta todas las condiciones de los sandinistas. A las 7:30 de la mañana ingresa Edén Pastora al salón principal a dirigir un discurso en el que expresa el éxito de su misión.
A las 9 de la mañana y conforme estaba acordado, llegaron varios autobuses del Instituto Primero de Febrero para transportar a los guerrilleros junto a varios rehenes hasta el aeropuerto internacional Las Mercedes y a otro grupo de diputados a sus casas, los periodistas fueron dejados en libertad.
Cerca del mediodía de ese día
los presos liberados y los guerrilleros fueron transportados a diferentes
países. Así se consumó uno de los asaltos más
espectaculares en la historia nacional.
Internet para Nika www.manfut.org,
Eduardo
Manfut P.
.28 de Agosto de 2005 El Nuevo Diario
Las exigencias del comando
El temor ante una retoma
A las tres y media de la tarde del 22 de agosto ingresaron al salón de sesiones los mediadores, monseñor Miguel Obando y Bravo, Arzobispo de Managua, y los monseñores Manuel Salazar y Espinoza, Obispo de León y Leovigildo López Fitoria, Obispo de Granada. Los tres religiosos se reunieron con los guerrilleros y escucharon las demandas, que incluía un avión con destino a Cuba.
Por el gobierno, el propio general Anastasio Somoza Debayle se hizo cargo de las negociaciones desde su búnker, donde resistía presiones de la alta oficialidad de la Guardia Nacional que planeaban retomar por asalto el Palacio Nacional, aunque costara algunas vidas y de sus familiares, porque un primo y su sobrino permanecían secuestrados en el Palacio.
En la noche de ese día nadie durmió en el Palacio por el temor de que los sorprendieran, porque se hablaba que la Guardia Nacional entraría en la madrugada con varios tanques Sherman para apoderarse del recinto. Pero llegó la mañana del 23 de agosto sin novedad.
Zelaya recuerda que amarraron a todos los diputados, pero ante la negativa de Somoza, se dirigió a Pastora y le preguntó qué iban a hacer y éste le respondió: “no te preocupés, porque si Somoza no accede a nuestras demandas vamos a empezar a matar diputados, voy a empezar con aquel periodista Martínez, y luego con todos los diputados liberales y después con los zancudos y como vamos por orden alfabético vos sos el último”.
La nación entera seguía de cerca el desenlace de la toma, que representaba un duro golpe para el gobierno de Somoza y su cuerpo de seguridad e inteligencia. Fue después de la medianoche del 24 que el dictador aceptó todas las condiciones de los sandinistas menos la parte monetaria, porque se resistía a entregar la demanda y al final sólo entregó 500 mil dólares.
A las siete y media de la mañana del viernes 24, ingresó Pastora al salón principal a dirigir un discurso, que era transmitido por radio y televisión, y que además sería publicado en el diario Novedades, propiedad de la familia Somoza, en el que expresa el éxito de su misión.
Una hora y media después, llegaron los buses
que transportarían a los guerrilleros junto con los rehenes al aeropuerto
internacional Las Mercedes. Tres horas después, los presos liberados
y los guerrilleros fueron transportados a Panamá, Venezuela y México.
La llegada al aeropuerto
Una de las tantas preocupaciones de Téllez fue durante la llegada al aeropuerto, porque “el ambiente era tan caótico, tan confuso y tan rápido, la Guardia estaba prácticamente maniatada, porque nosotros teníamos en nuestro poder a rehenes y el monseñor Miguel Obando, Arzobispo de Managua, y los monseñores Manuel Salazar y Espinoza, Obispo de León y Leovigildo López Fitoria, Obispo de Granada, se habían quedado como garantes y era menos probable que intentaran hacer cualquier cosa, pero era un momento de bastante tensión”.
Torres asegura que el asalto al Palacio Nacional fue un operativo que se contempló desde 1970, aunque se había aplazado porque el FSLN estaba dividido en tres tendencias: la insurreccional, aparecida en octubre del 77; la GPP y los “Proletarios”, pero fue hasta en julio del 78 que se planificó.
La dirección de la tendencia insurreccional, conformada por Daniel Ortega, Humberto Ortega y Víctor Tirado, se reunió, en Costa Rica, con Edén Pastora, Herty Lewites y Carlos Coronel para ver qué se podía hacer en función de ubicar de nuevo en la primera plana de los medios de comunicación al FSLN y a la lucha armada en Nicaragua.
“Es allí donde Edén Pastora saca del
baúl de los recuerdos una idea, que era la Toma del Palacio Nacional,
misma que ya había sido descartada en 1970 por Oscar Turcios y Pedro
Aráuz y después, en el 1972, por Henry Ruiz, Tomás
Borge, quienes coincidieron que el FSLN no tenía la capacidad de
conformar un comando que realizara un operativo de esa envergadura y capitalizar
políticamente sus consecuencias en términos de captación
masiva de militantes”, relató Torres.

Greytown estuvo ubicado en la desembocadura del caudaloso Río San Juan, pero en 1983, cuando tropas del entonces Ejército Popular Sandinista enfrentaron a grupos insurgentes del Frente Democrático Nicaragüense (FDN), liderado por Edén Pastora (“Comandante Cero”), fue bombardeado e incendiado, mientras la población huyó a Costa Rica, pero tiempo después se edificó en una comunidad cercana llamada Santa Isabel, donde renació el ahora San Juan de Nicaragua.