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Este pintoresco pueblito sureño está ubicado a 116 kilómetros
de la capital, Managua, y se puede entrar a él por varios sitios,
entre ellos el empalme a Potosí, carretera a San Jorge y otras
a lo largo de la carretera. -
Fundación:
1717. - Extensión : 65 km2. - Población: 6,000 hab
s. - Densidad poblacional: 92.30 habitantes por km2. - Producción:
Caña de azúcar, arroz, frijoles, maíz, ganado,
plátano, hortalizas.
- Norte: Municipio de Nandaime (Depto. de Granada) y Lago de Nicaragua.
- Sur: Municipios de San Jorge y Rivas. - Este: Lago de Nicaragua (Cocibolca).
- Oeste: Municipio de Potosí, Las Islas Menco, Tinaja, Tinajita
y Tinajón.
Buenos
Aires:
Pueblo dulce con frescura lacustre
Orlando Valenzuela/ Mosaico/La Prensa/ 02-27-01
* Un pueblecito de calles limpias y gente hospitalaria, ubicado a
sólo cinco kilómetros de Rivas es lo que el visitante
encuentra cuando entra al tranquilo poblado de Buenos Aires
Este pueblo, que algunos pobladores aseguran fue habitado antiguamente
por las tribus indígenas del Cacique Nicarao, cuenta hoy con unos
6,000 habitantes en todo el municipio que tiene como principales
fuentes de trabajo la actividad agropecuaria, la pesca artesanal
y la agricultura, en la que se destaca la siembra de caña de azúcar,
el arroz, los frijoles, el plátano y las hortalizas, como la granadilla,
sandía, melón, piña y otros.
Aunque no se tienen muchos datos históricos sobre este pueblo, se
puede anotar que fue a partir del 15 de agosto de 1717, cuando los
pobladores del istmo diseminados en varias parcelas entre el Gran
Lago y la antigua Mar del Sur, solicitaron a la Real Audiencia de
Guatemala regresarse de Granada como hijos del Valle de la Purísima
Concepción de Rivas, para establecerse en el actual Municipio
de Buenos Aires, por eso muchos pobladores tienen ese color característico
del mestizo.
Pero el Buenos Aires actual es muy atractivo para el visitante, que puede
recorrer las angostas pero bien adoquinadas calles del pueblo en
pocos minutos, porque aquí todo está cerca, desde la
iglesia parroquial con su parque al frente hasta los diversos colegios
que hay en la periferia, o bien buscar las tentadoras playas del
Lago Cocibolca que bañan una parte del municipio, donde se puede
disfrutar de un buen plato de guapote frito con tostones y ensalada
fresca.
Los pobladores de este municipio celebran con mucha alegría sus
fiestas patronales en honor a San José, las que se realizan
entre los días 17, 18 y 19 de marzo, durante las que se realizan
con mucha solemnidad misas y procesiones religiosas por las calles
del pueblo, así como también las tradicionales corridas de
toros, desfiles hípicos, carreras de cintas, elección
de reinas y muchos juegos pirotécnicos durante todos los festejos.
Las
amazonas del Menco
Orlando Valenzuela
Ventura
del Carmen Cruz tiene 18 años, un cuerpo de 15 y es madre
de tres niños: Rosa Esmeralda, de cuatro años y medio, Gerardo
Jesús, de 2 años y la tierna Migdalia, de sólo
un mes, los que han nacido en su propia casa, asistida por doña
María Miranda, su mamá.
Ella dejó de estudiar cuando estaba niña, sólo llegó
a segundo grado y la razón es de lo más absurda: el
maestro se fue y nunca más regresó. A pesar de
eso, Ventura se siente dichosa de saber leer y vivir en su humilde
chocita construida
a la orilla de la costa del islote El Menco, ubicado en la parte
suroeste del Lago de Nicaragua.
Desde que tenía 8 años, su mamá, doña María
Miranda, la llevó por primera vez a pescar con anzuelo frente a
la Isla Zapatera y desde ese día le perdió el miedo a las
fuertes olas del a veces embravecido lago.
Por eso no es extraño ver de vez en cuando a la joven Ventura junto
a su hermana Martha Nubia, remando en el pequeño
bote de madera rumbo a las lejanas aguas del inmenso Cocibolca, donde
ambas tienen que poner a prueba sus habilidades de navegantes,
en muchas ocasiones en la oscuridad de la noche y enfrentando los peligrosos
vientos del este.
Mientras Ventura tira fuerte de los remos, Martha tiende el chinchorro
o lanza bien extendida la atarraya, en una agotadora jornada que
sólo termina cuando logran sacar suficientes mojarras y guapotes
para vender a los intermediarios y ganar “algo” para el sustento
de sus familias.
En esta pequeña isla, perteneciente al Municipio de Buenos Aires,
en el Departamento de Rivas, Ventura y Martha Nubia no son las únicas
“pescadoras”, pues aquí casi todas las mujeres ayudan a sus
esposos o se lanzan solas a la pesca cuando éste no está
o son madres solteras.
En
los diez años de trabajar casi diario en labores de pesca,
Ventura nunca tuvo ningún problema con el bote, tampoco recuerda
haber vivido algún momento de angustia como el que vivió
hace apenas dos semanas, cuando venía de consulta médica
con su tierna Migdalia, acompañada de su compañero
de vida, Manuel Cruz, de 17 años, su hermana Mercedes de 12
años, su sobrino Jairo de once meses y María, su mamá.
“Era como la una y treinta de la tarde, el lago estaba “picado”,
con fuertes vientos —explica Ventura—, el bote de vela lo traía
Manuel contra el viento y las olas. Yo traía a la niña, que
sólo tenía 15 días de nacida, bien tapadita
del sol y del agua. De pronto, el viento azotó más fuerte
y allí nomás vino el tumbo y le dio vuelta al bote
y todos nos fuimos al agua”.
Luego de una breve pausa, continuó narrando: “Cuando el bote
quedó de lado, María soltó a Jairito y ya se estaba
hundiendo cuando Manuel lo salvó, los otros niños gritaban
desesperados en medio del oleaje y yo lo único que pude hacer
para salvar a mi niña fue levantarla con una mano y nadar con la
otra... fue como media hora horrible, de angustia, hasta que logré
agarrarme de la vela de la panga y me subí al bote que estaba
volteado y nunca solté a la niña”.
Aunque el peligro le acecha a cada instante, Ventura ya regresó
a la pesca, esta vez acompañada por Manuel.
Los artesanos de la filigrana
Orlando Valenzuela
No se puede hablar de Buenos Aires sin referirse al delicado trabajo que
de generación en generación le ha dado fama a
este municipio rivense, como es la filigrana en jicaritas que
realizan sus artesanos.
Doña Judith Castillo López tiene 15 años de elaborar
los decorados en marmita o filigrana en frutos del árbol de jícaro,
gracias a las enseñanzas de su suegra, doña Nieves Cajina.
Los trabajos que doña Judith realiza se caracterizan por el
detalle en cada uno de los finos labrados con cuchilla artesanal, por la
sobriedad de su acabado en el color natural del jícaro y sobre
todo por la originalidad de los diseños.
Tisteras, dulceras, atoleras, cumbitas para beber agua, prensadores
de pelo, alhajeras y jicaritos para recuerdos de quince años,
entre otras, son algunos de los trabajos más solicitados.
Pero además de los bonitos labrados en jícaras, doña
Judith también labra las conchas de coco, del que saca hermosos
cofrecitos que sirven de alhajeras.
Para realizar los diminutos diseños en jícaros, se deben
seguir los siguientes pasos: Se corta la fruta del jícaro
cuando está sazón, luego, en una olla se pone a cocer
con un poco de ceniza hasta que la fruta cueza bien en el fondo del
recipiente, sin dejar que ésta flote.
Luego se saca la jícara de la porra y se pone a enfriar. Una vez
frío y seco, se parte con una sierra, se le sacan las semillas y
se limpia por fuera. A continuación se pone en
jugo de limón y agua para que blanquee la parte verde. Al
día siguiente se pone al sol, cuidando que no se reviente y
luego del secado se empieza a labrar con la cuchilla artesanal y demás
herramientas especiales.
A pesar que este trabajo requiere mucha destreza, paciencia y creatividad,
actualmente está subvalorado, ya que por una pieza que puede
llevarle a un artesano todo un día de labrado cobran 30 córdobas,
mientras que para una grande que tarda unos tres días para
terminarla, cobran 50 córdobas. Doña Judith trabaja
en su casa, ubicada de la Casa Cural 1 1/2 cuadra al lago.
El atol de doña Yolanda
Orlando Valenzuela
El secreto de un buen atol estriba no sólo en sus ingredientes sino
también en su empaque
Las calles de Buenos Aires tienen un personaje que ya es infaltable y necesario
por las tardes: doña Yolanda López y su carretoncito
verde en que vende las calientes bolsas plásticas con el aromático
y sabroso atol de maíz.
Tiene 60 años y desde hace cuatro su atol es una necesidad
para muchas personas que se han hecho “adictas” a esa bebida milenaria.
Todos los días, a las doce meridianas, doña Yolanda
va a moler las cinco libras de maíz sancochado que preparó
desde muy temprano. Después que regresa del molino, se pone
a colar la masa, le echa cinco litros de leche pura de vaca, un poco
de canela, azúcar, una pizca de sal y al fuego por una hora.
Doña Yolanda dice que muchas personas del pueblo ya la esperan
con sus porritas listas para comprarle atol, por eso las cien bolsitas
que diario hace se le terminan rápido.
El secreto del atol no sólo está en la elaboración,
sino también en el empaque, según dice Yolanda, quien
asegura que para que el atol esté caliente todo el tiempo, en cuanto
baja del fuego el perol del atol, ella le pone un embudo a la bolsa
plástica, le echa la bebida casi hirviendo y la empaca para
que no pierda temperatura y conserve su aroma.
Además del atol dulce, doña Yolanda sabe hacer atol agrio,
atol de arroz, atol pujagua y queque negro entre otros. Por eso,
cuando alguien quiere probar el delicioso atole de maíz en Buenos
Aires, lo único que hace es estar pendiente, a partir de las
tres de la tarde, del suave traqueteo del carretón y el conocido
pregón de doña Yolanda.... ¡el atoool!... ¡el
atoool!
También jícaras de colores
Orlando Valenzuela
Ana Cecilia Morales es una joven que también se dedica a
elaborar jícaras de filigrana desde hace siete años en el
mismo pueblo de Buenos Aires; sólo que ella es la creadora
de un trabajo muy innovador y extraordinario. Realiza las jícaras
de filigrana de la misma manera que doña Judith, con la diferencia
que a sus dibujos ella les imprime vivos colores.
Para imprimirle color a las jícaras, Ana Cecilia primero elabora
los dibujos, después los pinta con marcador de pizarra, luego
aplica marcador de serigrafía y finalmente les da brillo con sellador
y barniz.
Esta joven introduce en su novedoso arte, dibujos precolombinos,
pinta leyendas y hasta escriben en la jícara pequeños salmos
y pensamientos de su propia inspiración. Muchas de sus creaciones
han sido realizadas basándose en los maravillosos paisajes
de la Isla de Ometepe, por ejemplo el Charco Verde.
La ingeniosidad supera a la de Masaya, donde elaboran las tradicionales
canastas de filigrana, chocolateras o porta lápices, pues
ha creado ballenas hechas también de jícaras.
Además realiza joyeros, lámparas y cuanta creación
se le viene a la mente, todo está en encontrar la jícara
adecuada en tamaño para realizar su proyecto.
La idea de crear “algo diferente” fue lo que impulsó a esta artesana
a estudiar un curso de pintura, luego pensó elaborar algo
original, que tuviera mucho más salida que las tradicionales jicaritas,
idea que le ha dado muy buenos resultados.
(Reportaje por: Nohelia Sánchez Ricarte )
El dulce de rapadura de Buenos Aires
Orlando Valenzuela
ASi hay algo que no puede faltar en Buenos Aires, es el rico
dulce de rapadura, ya que en este tranquilo pueblo existen varios
trapiches que desde hace muchos años endulzan la vida
de sus habitantes; por eso se puede decir que aquí todo el
tiempo la gente vive a flor de miel.
Don Carlos Iglesias es el dueño de la finca San José,
donde se encuentra uno de los tradicionales trapiches que saca el delicioso
alfeñique y los famosos atados de dulce de rapadura. La finca
es administrada por Javier Iglesias, hijo de don Carlos, quien explicó
que su familia tiene más de 40 años de producir
dulce, ya sea de la caña que cultiva en su propiedad o de
la que compran a los cañeros individuales.
En el trapiche de la familia Iglesias se siguen los mismos métodos
tradicionales de producción de miel, donde la caña,
luego de molida y cocida, es vertida en moldes rectangulares de madera,
que le dan la ya conocida forma de “panela” o “atado”.
MUCHOS USOS
Aunque parezca mentira, el dulce de rapadura tiene diversos usos,
ya que se utiliza como materia prima de una gran cantidad de productos
alimenticios, como es el café instantáneo. Las panaderías
lo usan para elaborar el polvorón, el queque negro,
las hojaldras y las empanaditas.
Las dulceras lo utilizan para hacer las famosas melcochas, ‘lecheburras’,
huevos chimbos, así como también es utilizado en los
pueblos para hacer la rica chicha de maíz y el embriagante champán
casero, como es el guaro de cususa.
Iglesias detalló que en su trapiche se hacen varias “cocidas” al
día. Una cocida equivale a una tonelada de caña, de la cual
se sacan unos 80 ó 90 atados, los que tienen un precio de
4 córdobas. Explicó también que el dulce que
ellos producen es uno de los de mayor aceptación porque lleva
canela y otros ingredientes.
El popular “Guarachilla”
Orlando Valenzuela
En Buenos Aires lo conocen como Carlos Alberto Rivera o por
el sobrenombre de “Guarachilla”, pero su nombre de pila es
Donald Alberto Rivera. Carlos es nacido en este pueblito donde la gente
lo reconoce como un tipo que no le niega el cariño al
trabajo en la forma en que se le presente, pues como el mismo lo
dice “lo importante es no dejar escapar el dinero, porque si uno
está sentado, no llega la plata”.
Por eso a “Guarachilla” se le han conocido variados oficios,
como leñador, cortador de caña, fontanero, albañil,
machetero, vende tortillas y otras.
Pero más se le conoce como “Guarachilla”, por
su trabajo artístico con la guitarra y su voz, ya que
actualmente es el más destacado guitarrista y solista de todo
Buenos Aires.
Aprendió a tocar guitarra de oído cuando tenía
15 años, un poco entusiasmado por los acordes de la canción
de moda del momento: La perra renca.
Cuando hay alguna serenata que poner o alguna actividad social que
celebrar en el pueblo, en lo primero que piensan es en el popular
“Guarachilla”, que tiene un amplio repertorio que incluye canciones
románticas de Leonardo Fabio y los grandes del bolero,
aunque asegura que es el cliente el que tiene la última palabra
en la selección del tipo de música a tocar y
cantar.
“Una serenata es algo muy serio, hay que respetarla” —dice con solemnidad
este entusiasta guitarrista a quien lo mismo le da alternar con el
machete en la zafra azucarera y por la noche con la guitarra
en una fiesta particular o en Tito’s Bar de Rivas, donde es más
conocido como “El zompopo”.
Aunque su pasión es la música y el canto, Carlos tiene la
esperanza de conseguir, aunque sea una manzana de tierra para sembrar yuca,
maíz, y frijoles, porque también le encanta la agricultura.
Por el momento, “Guarachilla” sigue esperando cualquier “rumbito”,
ya sea con el machete o con lo que más le gusta: la guitarra.
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