| COMO LA NATURALEZA FORMO LA TIERRA DE LAGOS
Y VOLCANES
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Surgimiento de la zona lacustre
de Nicaragua
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En un valle extenso donde cabían grandes cerros, cuencas y montañas,
en el Pacífico de lo que llegaría a ser el territorio de
Nicaragua, sucedió lo que voy a contar: Era una noche oscura donde
apenas se podía ver la altura de aquellas montañas, allá
arriba en el cielo dio inicio una guerra de truenos y rayos que comenzaron
a darle luz espontánea al valle.
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Una tormenta comenzó a aparecer derramando el caudal de agua
fresca a la tierra. El océano empezó a escandalizar sus aguas,
el viento soplaba por todos lados golpeando las corrientes que enfurecidas
alzaron grandes olas que se dejaron caer con fuerza a la costa. Comienza
todo el valle a estremecerse de un lado para otro, al suelo comenzó
a rajarse produciendo grandes zanjas que se abren y cierran al son de los
temblores constantes.
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La lluvia continúa inclemente sin querer parar, los relámpagos
se ven esporádicos, el trueno continúa rompiendo los sonidos
de la noche dejándose caer al vacío con fuerza. Los temblores
son cada vez más fuertes hasta convertirse en terremoto, es como
si la naturaleza se estuviera sacudiendo sus extremidades.
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De las profundidades de las aguas comenzó a surgir una muralla
de tierra; mientras, el agua producía chasquidos al escurrirse.
Un gran estruendo se escuchó por todos los rincones cuando la franja
surgida del fondo del mar quedó unida con la tierra continental.
En toda la noche la lluvia no dejó caer, cubriendo totalmente todo,
los temblores se mantuvieron a pequeña escala como acomodando los
últimos rincones.
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El sol comenzó a salir suavemente alumbrando lo que fue en un
tiempo un inmenso valle, esta mañana todo está totalmente
cambiado, el paisaje es otro, la humedad transpira en esta tierra recién
mojada, elevándose nubes de neblina por todo el lugar. El océano
que todavía que golpeaba las costas con fuerza, estaba más
lejos, separado por un gran brazo de tierra: el Istmo de Rivas.
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Más allá, donde fue el valle, éste quedó
cubierto por suficiente agua acumulada, formando un pequeño mar
que cubría todo, desde la antigua costa hasta el nuevo pedazo de
tierra quelo dejó separado del océano madre. Con el tiempo
esta agua salobre fue haciéndose dulce: así nació
el lago que nuestros antepasados llamarían Cocibolca.
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No sólo aquí la tierra sufrió transformación, más al Norte quedó en menor cantidad agua acumulada dando lugar a otro lago que después sería llamado Xolotlán. Una corriente de agua, el río Tipitapa, quedó uniendo ambos lagos, Cocibolca y Xolotlán, que configuraron la nueva zona lacustre de esta tierra. Más al Sur, las aguas del Cocibolca fluyeron por depresiónes producidas por el estiramiento del suelo, encontrando salida hacia el Atlántico formando un gran río llamado por los futuros exploradores "Río San Juan", que sirve de desaguadero.
Así se formó, en el litoral del Pacífico, la tierra
de lagos con sus afluentes, todo el día reinó la calma, solo
el viento vagaba por estos nuevos paisajes de un lado a otro en esta gran
inmensidad.
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Nacimiento de la isla Ometepetl
La Naturaleza había transformado casi todo aquello de lo que
fue valle, pero le faltaba dar el último toque a su grandeza infinita,
ésta fue vistiendo de grandes bosques, donde comenzaron a surgir
miles de especies de seres vivos que poco a poco fueron dándole
sonido y embelleciendo el ambiente de esta tierra de Lagos y Volcanes.
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En el Mar Dulce, llamado así por los conquistadores españoles,
acontecía igual que a sus alrededores, paso a paso con el embrujo
de la Naturaleza y el material arrojado hace miles de años por el
Volcán Coatlán, sirviendo éste de base, se fue formando
una isla con una gran franja sobresaliente el istmo del Istián,
en dirección hacia el otro cerro que todavía estaba rodeado
de agua y durmiente en el tiempo. El nacimiento de la flora trajo con ella
los sonidos melodiosos producidos por miles de aves y animales que comenzaron
a reproducirse con la rapidez del tiempo en aquella tierra.
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La isla va tomando tamaño, cubierta de flora y a un lado aquel
cerro cubierto con vegetación, hundido sus pies en las aguas del
esplendoroso
Lago Cocibolca. La armonía reinaba desde tierra firme, el lago y
sus fronteras cuando un día de tantos las aves comenzaron a inquietarse
presintiendo el peligro, volaron hacia otro lado. El viento se fue hacia
otros rumbos, el cielo se cubrió de nubes grises, era un silencio
total, nada perturbaba el ambiente ante la próxima actividad de
la Naturaleza.
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En un momento todo el cimiento del cerro cubierto con los pies en el agua, vecino del Coatlán, comenzó a estremecerse con movimientos continuos abriendo un cráter en su punta de donde salían, ceniza, humo, piedras y lava que se esparcían al aire, el resto se dejaba caer sobre sus laderas. La tierra siguió temblando, las explosiones continuaron sin cesar, el día perdió la claridad y la oscuridad hizo presa este lugar por las grandes fumarolas, que desde lejos no podían impedir la fosforescencia de mosaico de colores de las llamas ardientes ni el resplandor de la caída de la lava ardiente que al llegar al agua creaba una gran cortina de vaporque cubría al coloso casi todo y calentaba e! agua a temperatura sin medidas.
Al día siguiente, en la madrugada, se produjo un gran temblor,
con un retumbo tan fuerte que se tragó los sonidos de los alrededores
por tiempo indefinido en la gran inmensidad del Lago Cocibolca; lo que
sucedía es que el volcán estaba creciendo. Cuando el sol
se encontraba en el centro del cielo, el nuevo volcán estaba más
calmo, continuaba vomitando pero esta vez sólo humo gris que se
esparcía entre las nubes blancas; en sus laderas caminos de lava
aún continuaban bajando para morir en el agua del lago.
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Los retumbos combinados con leves movimientos de la tierra producido por aquel coloso naciente se escuchaban todavía. Todo es desolación, el Coatlán duerme cobijado por nubes aunque en sus laderas hay grandes piedras aún ardientes, extensiones de bosques chamuscados y sin el sonido de las aves migratorias que se fueron escapando del desastre provocado por el nacer del Volcán Choncoteciguatepe, que pasó meses sin querer callarse, manteniéndose activo, pero sin volver a causar daño a la flora del Coatlán y de tierra firme.
Es día claro, una brisa se filtró por este lado, el volcán
activo y sonoro apenas suelta de su hermoso cono perfecto una leve cortina
de humo que se confunde con intrusas nubes que se pelean por tocar su cara.
Por su parte, el Coatlán cobijado por el follaje de grandes bosques
es otra vez habitado por millares de aves de muchas especies.
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Con el pasar del tiempo, las tierras del Choncoteciguatepe y el Coatlán
se unieron en una sola plataforma: otras erupciones del Sonoro y las frecuentes
lluvias que con ayuda de los vientos hicieron los depósitos sedimentarios
y piroclástico concluyeron aquel pedazo de tierra que hizo de istmo
y que se llegaría a llamar Istián, para formar una isla preciosa
teniendo como base ambos penachos, el Sonoro y el Señor de los bosques.
Así fue como se formó la hermosa Ometepeti con dos volcanes
en su territorio, en el Mar dulce.
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Esta obra maestra, por su naturaleza fue llamada por nuestros antepasados
indígenas OMETEPETL, que en su lengua significa "Tierra de dos cerros",
que predestinada por los dioses la veneraron por siempre y a sus dos progenitores,
el Choncoteciguatepe y el Coatlán, conocidos como el Concepción
y el Maderas respectivamente.
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La odisea indígena
Hacia el año 680 después de Cristo, dos tribus de pacíficos indios que habitaban en el fértil valle de Anahuac, México, fueron desplazadas por tribus del Norte llamados los Chichimecas, teniendo que emigrar hacia la costa del Océano Pacífico en la zona de Chiapas. Eran los Nahuas y los Chorotegas que pertenecían a la cultura Tolteca.
Los Nahuas se quedaron más cerca de la costa de Chiapas y los Chorotegas en la parte montañosa. Los primeros aprendieron allí el cultivo del cacao y los Chorotegas el cultivo del henequén y a criar chompipes. Pero establecidas allí, ambas tribus fueron atacadas y sometidas por los Olmecas, que habitaban cerca de Veracruz, en la costa del Golfo de México, en una emigración hacia el Oeste, invadieron la tierra de los Chorotegas y Nahuas llamados así porque hablaban el idioma Nahuatl.
Ante esta agresión de una tribu más
guerrera que los esclavizó y les cobraba grandes impuestos, ambas
tribus decidieron consultar qué hacer a sus Alfaquíes o Sumos
sacerdotes. El Alfaquí de cada tribu les dijo que tenían
que emigrar hacia el Sur, hacia la tierra prometida, pero el de la tribu
que hablaba el idioma Nahuatl fue más específico y les dijo
que tenían que llegar a una tierra donde había una inmensa
agua cerrada (lago) que tenía por vista una isla con dos volcanes
o cerros. Más tarde esta isla fue bautizada como Ometepetl porque
precisamente eso es lo que significa en idioma Nahuatl: "Lugar de dos cerros".
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Los Chorotegas emigraron mucho antes y fueron hacia el Sur sin detenerse
en el camino hasta poblar toda la costa del Pacífico, de lo que
llegaría a ser nuestra Patria NICARAGUA desde el golfo de Fonseca
hasta el golfo de Nicoya.
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El éxodo Nahua
En cambio, los Nahuas hicieron varias y dilatadas estaciones en su
éxodo, antes de dar con la tierra prometida descrita en la profecía
de su Alfaquí. A través de sus pasos llegarían al
territorio lo que hoy es Guatemala, donde admiraron el bello plumaje de
esmeralda del ave quetzal que abundaba por los grandes bosques. Continuaron
su'caminar pasando por las armoniosas formas de los volcanes del Agua,
del Fuego y del Pacaya.
Muchas noches recorrieron las costas del Lago Atitlán donde pudieron
contemplar cómo las olas se encrespaban con frecuencia por efectos
de los huracanados vientos, otras veces bajo la luz de la luna caminaron
por aquellos montes en busca de alguna presa para satisfacer el hambre
de este hermoso lago que se perfila íntegro bajo el cielo de brillo
lechoso, y el agua que parece un enorme estanque cólmado de plata
fluida.
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Cruzaron a la tierra salvadoreña, aquí fundaron las ciudades de Esquintlán, más tarde Izalco, donde fueron conocidos como los Pipiles porque a través de los años no detuvieron su éxodo. Anduvieron en el corazón de este territorio donde encontraron el Lago de Ilopango, con sus playas de suaves pendientes; en su recorrido pudieron divisar a lo lejos sus tres islas: La Tecuacuil, Los Patos y Las rocas. Quedaron maravillado porque además, tenía un volcán de cono agudo.
Abandonaron aquellas tierras que los había hospedado por mucho
tiempo y se dirigieron, con la seguridad de estar cerca definitivamente
de su destino, a encontrar por fin la tierra de los dos volcanes, cubierta
por aquel lago, a cualquier costo. Se internaron por un gran valle guardado
celosamente por bosques seculares y arrogantes montañas que parecían
adentrarse en el infinito, donde pudieron recorrer todo aquel paraíso
llamado El Copán, en tierra hondureña.
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La profecía al fin cumplida
Cuando los Nahuas detuvieron su marcha frente al Lago Xolotlán,
admiraron sus dos volcanes: Momotombo y Momotombito, y sospecharon que
habían llegado al fin a la tierra prometida, pero al final siguieron
su emigración hacia el Sur, convencidos de que ese no era el lugar
de la isla con dos volcanes dentro de un lago.
El viaje por aquellas selvas espesísimas que les hacía
detener sus pasos, las lluvias torrenciales y continuas que anegaban campos
y bosques, puso a prueba el valor de aquella tribu q.ue con abnegación
buscaba aquella tierra predestinada. Finalmente los Nahuas llegaron al
Istmo de Rivas y al volver la vista hacia aquel inmenso lago se encontraron
con las señales inequívocas descritas en la profecía
del Alfaquí.
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Pero, para su sorpresa, se encontraron que la zona ya estaba poblada
por los Chorotegas, que se les habían adelantado por cientos de
años, pero los Nahuas eran más guerreros y por medio de estratagema,
lograron vencerlos, asentándose en lo que se conoce como el istmo
de Rivas. Como hasta aquí habían llegado los Nahuas en su
recorrido hacia el sur, bautizaron el lugar usando una lógica elemental
como "NIC-ANAHUAS" que quiere decir "Hasta aquí los Anahuac" o sea.Hasta
aquí llegamos los que venimos del Anahuac.
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Desde su arribo al istmo de Rivas, las dos avanzadas civilizaciones indígenas, fueron fascinadas por la incomparable belleza de aquella isla llamada por ellos OMETEPETL y no resistieron la tentación de conocerla y poblarla. Cruzaron el lago en canoas, asimismo la consideraron un lugar sagrado, donde sólo los nobles podían residir.
Navegando en sus pipantes desde Nicaraocallí (San Jorge), los indios se encargaron de llevar a Ometepetl la rica fauna que hoy en día abunda en la isla: monos, venados, conejos, armadillos, y otros animales silvestres fueron transportados en sus rústicas canoas cavadas en madera y liberados en la isla para que se reprodujeran las especies. Es por eso que hoy en día no existen fieras, ni víboras, ni tigres; fueron llevados para que no pusieran en peligro la vida de los inteligentes indios. La única especie de víboras que existen en Ometepe, es la coral, y se explica porque llegó desde la costa de Chontales, flotando sobre los troncos que arrojaban los ríos en las crecidas de invierno.
Ometepe fue poblada por los Chorotegas, y más tarde por los Nahuas, que fueron bautizados por los españoles, como los indios Nicaragua, "Nic-Anahuac", y al Cacique de esta tierra le llamaron Nicarao porque este viejo sabio, era el cacique de la tierra de los indios Nic-Anahuac.
De las cualidades antes referidas de estos primeros pobladores, de lo
que llegaría a ser Nicaragua y de Ometepe, sobre todo, los que por
años se conservaron más puros por estar circunscritos en
una isla, se desprende que en este sitio hoy en día se registre
el índice más bajo de criminalidad del país y que
sus habitantes actuales, descendientes directos de aquellos primeros pobladores
perseguidos de otras tierras, se distingan por su hospitalidad ante la
llegada de visitantes de tierras lejanas.
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También se explica por qué cuando llegó Gil González
Dávila con su grupo de conquistadores, en franca desventaja numérica
no fueron avasallados por los indios, y más bien el barbudo conquistador
entró en un fraternal diálogo filosófico con el Cacique
de aquel entonces, Nicarao. El sabio Cacique Nicarao tenía más
interés en despejar incógnitas-filosóficas que tenía
sobre el mundo, y su creación, que recurrir a la guerra para repeler
al invasor de su tierra. Fácilmente hubiera podido Nicararo vencer
al barbudo conquistador que llegó con altanería conminándolo
a que él y su gente se sometieran a la corona española y
a la religión católica; pero prefirió dialogar pacíficamente
para enriquecer su conocimiento sobre otras culturas más avanzadas.
Allí comenzó el encuentro entre dos civilizaciones, frente
a la mar dulce "Cocibolca" y la Isla de Ometepe, donde se realizó
la profecía al fin cumplida del Alfaquí.
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