Si se hiciera una encuesta entre historiadores y arqueólogos sobre
cuál es el más auténtico y expresivo símbolo
patrio de los nicaragüenses, estoy seguro de que todos después
del más severo análisis de la historia y de la prehistoria
y tras un minucioso escrutinio de los grandes hechos que han trazado nuestro
destino de nación unánimemente votarían por la Isla
de Ometepe, emergiendo del Gran Lago con sus dos volcanes, uno en actividad,
el otro pacífico, manso y exhuberante de vegetación.
Porqué Ometepe ? -
La respuesta pudiera llenar un libro. Voy a abreviarla: Nicaragua comienza
a ser Nicaragua -en sus más lejanas ralees- cuando los Chorotegas
y Nahuas, sometidos por los Olmecas en Soconusco, México, deciden
sacudir su yugo y buscan la libertad inician una masiva migración
hacia el Sur. Han consultado a sus dioses y sus dioses les ordenan partir.
Y cuando les preguntan a qué tierra se dirigen -cuál es su
tierra prometida- los dioses les contestan, según tradición
que recogió Torquemada: "Vosotros poblaréis cerca de una
mar dulce, que tiene a vista, una isla, en la qual al dos sierras altas".
(Libro III -Cap. XL)
Chorotegas y nahuas llegan a Nicaragua buscando esa misteriosa isla de
dos volcanes que es la meta de su libertad. Es un presagio lleno de poesía,
y una señal que condensa todo el destino nicaragüense. Buscan
una isla y las islas hansidosiem pre símbolo paradisiaco. Isla será
Nicaragua limitada por agua: Un gran río al nor te y otro al sur,
un océano al este y otro al oeste. Los dos volcanes, el activo y
el pasivo, señalan la dualidad de su historia asediada y prometedora
-"de pólvora y laureles"- y la dualidad de su naturaleza dulce y
hostil, de caricia y cilicio, de pez y serpiente. Y al pie de ese símbolo
se fijan por primera vez los pueblos que han de ser la base etnográfica
de Nicaragua.
Siglos después, esa mismaa isla de dos volcanes ha de ser el trasfondo
y el símbolo del encuentro de las dos razas, la española
y la india, y frente a ese mismo paisaje mítico se realizará
el diálogo entre Gil González Dávila, el Conquistador
y Nicarao, el Cacique, con que da comienzo la nueva historia.
Mucho tiempo después, al iniciarse la tercera etapa de nuestra
historia, y quizás sin advertir la profundidad del sfmbolo que usaban,
nuestros próceres dibuja ron el escudo de nuestro pals con sus volcanes
rodeados de agua. Es Ometepe quien preside esa teoríaa de volcanes.
La isla que nos fue dada en profecía. La meta que se convierte en
punto de partida. El fin en donde está el principio.
Por qué nos ha de extrañar ahora, que tras el estudio comparativo
del más experimentado y sabio investigador en la materia, resulte
también Ometepe la capital del arte rupestre nicaragüense?.
El pueblo escribiente que dió a Rubén Darlo. -Qué
de extraño tiene que al descubrir "La isla prometida" la haya escrito
toda, piedra tras piedra, como un vasto poema pétreo?
Enclavada en el Gran Lago, con sus dos volcanes, con sus dos ventrículos,
Ometepe es el corazón de Nicaragua. Su corazón indio y corazón
geográfico. Ahora que hemos perdido todo sentido de orientación
y ya no hay islas en las metas de nuestro activísimo pragmatismo,
nos deben resultar extrañas las palabras del pira ta Davis quien
después de saquear Granada en 1565 y recorrer el Lago escribió:
"Estimo en lo que vale una botija de vino el tesoro que llevo, en comparación
de haber conocido el puerto de Granada, este lago, y la isla de Ometepe
y he de hacer todo esfuerzo para fomentar con Jamaica y Portugal me den
gente para ocupar estos puer tos desde donde he de dominar con mucha facilidad
toda la mar del Sur".
Yo no digo ya que dominaremos el mar del Sur restituyendo Ometepe. Pero
sí, al menos el destino nicaragüense. Ometepe es el lago: su
capital, su historia, su drama. Y mientras Nicaragua no meta al Atlántico
otra vez en su seno, y la cuen ca del lago -con su gran isla- no adquiera
el pleno desarrollo de su riqueza dormí da, y la voz del viejo y
cruel pirata no cobre otra vez, por lo menos una gran parte de su razón
histórica, nuestra patria tendrá su corazón dañado
por un grave infarto geo-político y socio-económico.
Este libro nos recuerda -desde el misterio y del arte de los extraordinarios
y abundantes petroglifos de Otnetepe- un desosegante olvido. En su primera
parte es una síntesis magnífica de la historia y significación
de la gran is la y del mar dulce donde ella tiene su asiento. Basta leer
esa síntesis para comprender que esa cuenca lacustre tiene un valor
axial y decisivo en nuestra historia. Qué le ha pasado a Nicaragua?
-piensa el lector- que tanto se ha alejado, en su última his toria
de ese eje? Para la mayoría de los hombres productivos del país
Ometepele es tan extranjera, tan lejana, tan desconocida como una isla
de Oceanía. Leyendo este libro en su primera parte, el nicaragüense
siente la impresión de que alguien le habla a sus espaldas. Debe
volver el ros tro. Porque hace ya tiempo que ha de jado de mirar su historia.
No nos pase con nuestra historia la anécdota de Carlos Bravo que
cuenta el Hermano Hildeberto en las páginas de este libro. Cuando
le pidió al indio que le re pitiera, para escribirla, la explicación
de los signos de un petroglifo, el indio sene gó rotundamente. Lo
sagrado no se repite.
Para los pobladores de toda la cuenca del Gran Lago, Ometepe es "La
Isla" por antonomasia. El Hermano Hildeberto, a breves rasgos, nos da los
datos princi pales de su biografía -biografía apasionante
que ojalá algún escritor nicaragüense
se decidiera algún día a escribir- desde su nacimiento
geológico hasta sus días actuales, haciéndonos entrever
una interesante línea de independencia, de aislamiento, en su desarrollo
histórico. Ya el arqueólogo Iiaberland, a quien el Hermano
Hil deberto cita con frecuencia, me decía que en sus estudios arqueológicos
en Ometepe se había llevado la sorpresa de encontrar que casi nunca
coinciden las etapas de desarrollo y de estilos de la isla con los (le
tierra firme, y sólo está separada de la cos ta de Rivas
por un estrecho de diez kilómetros.
Otro hecho interesante; tanto en la edad prehistórica como en los
tiempos ac tuales Ometepe ha sido colonizada e influida por los chontaleflos
que son los habitantes de la costa del lago más alejada de la isla.
Esto viene a confirmar mi propia ex periencia de navegante del Gran Lago,
y mi teoría sobre el pueblo o pueblos aborige nes que habitaron
Chontales. Porque recorriendo el Cocibolca encontré que la mayor
parte de los pobladores de sus islas y costas eran de origen chontaleflo.
Lo cual me hizo pensar que -antes de ser desplazados por los chorotegas
y Nahuas- esta gente fue seguramente la población inicial de la
costa del Pacifico y de la cuenca del lago, población con gran experiencia
navegante que siempre tiende a volver a sus an cestrales dominios. Pueblo
que se hizo caballista y montado en las sabanas y llanu ras, (lo que no
sucedió con el resto de los indios) por lo que tenía de navegante
y ma rinero. "La mayoríaa de los habitantes de Madera -dice el Hermano
Hildebertoson de Chontales" - "los Castillos, Menocal, Mairena, etc. son
de rancia prosa pia chontaleña". Y hundiéndose en el pasado,
la misma prosapia encuentra -por si militud de símbolos y de estilos-
en los petroglifos de Ometepe.
Así, descubriendo el misterio del arte rupestre de Ometepe el
Hermano Hil deberto nos descubre al paso también sugerentes datos
de la historia de Chontales, la cual ha sido hasta hoy sistemáticamente
falsificada por nuestros historiadores.
También es importante anotar -a través del estudio del Hermano
Hildeber to- la capacidad de asimilación del Chorotega. El Chorotega
absorbe en su cerámica -múltiple, riquísima, de incesante
variedad creadora pero siempre sellada por su inconfundible originalidad
-todos los estilos y todas las influencias de meso-Amé rica y del
Sur. El Chorotega es abierto a lo universal sin perder su vigor autóctono.
Y esta característica cuya huella queda, a través de los
milenios, en su cerámica y su estatuaria, estalla como flor estupenda
de su raza, en un vástago poeta que se dis tinguió -precisamente-
por ser el genio con más capacidad de asimilación que ha
producido la literatura en la lengua castellana y que se llama Rubén
Darlo.
Finalmente, al llegar a la médula misma del trabajo del Hermano
Hildeber to nos espera otra vez la sorpresa. Ya nos había sorprendido
a los nicaragüenses con su libro "Estas piedras hablan" descubriéndonos
un riquísimo e ignorado arte rupestre en nuestro país. Al
continuar sus investigaciones, el mismo autor hizo la afirmación
de que Nicaragua "por la abundancia abrumadora de sus petroglifos e s "un
caso único en América". Luego al recorrer ei, resto del territorio
nicaragUense, y sobre todo al estudiar el enorme archivo de piedra de Ometepe,
el Hermano Hildeberto, llegó a la conclusión de que "Nicaragua
es el centro de arte rupestre no sólo de Centro América,
sino también del Continente Americano". (ver: Revista "Encuentro"
No. 2, Marzo-Abril 1968) y que la capital de este centro es Ometepe "la
isla de los círculos y de los espirales".
El Hermano Hildeberto María es uno de los investigadores del arte
rupestre continental con más autoridad y experiencia en América.
Desde que estudió et nología, arqueología y antropología
en Colombia -hace años- prácticamente ha dedicado su vida
a explorar petroglifos americanos, recorriendo buena parte de América
del Sur, para estudiar "in situ" los grabados en cuevas y rocas de los
abo rígenes de las culturas y razas sureñas, como también
consultando las colecciones, fotografías y estudios que se conservan
en las diversas bibliotecas, museos e instituciones de Estados Unidos dedicados
a la arqueología y a la etnografía. En los últimos
años toda su actividad la ha dedicado a Nicaragua, sobre todo al
descubrir esa riqueza única de nuestro país en el arte que
él estudia. Pocas personas cuentan con tantos conocimientos y datos
para establecer comparaciones y extraer deducciones acertadas -sobre estilos,
significados, interpretaciones, influencias y posibles autores de los diversos
petroglifos y grabados rupestres como el Hermano Hildeber to. Por eso,
su afirmación respecto al "caso único" de Nicaragua en este
misterioso arte señala una característica, un don artístico,
una preocupación rara y una imaginación extraordinaria de
nuestros antepasados indígenas.
Qué movía esas hábiles manos? Qué pasión
artística y religiosa, qué deseo de transmitir un mensaje
o de estampar unos esotéricos símbolos, llevó a nues
tro aborigen a grabar paredones, rocas, cavernas, cuevas y cuantas piedras
encon traba a su paso con esa obsesión expresiva, con esa fecundidad
de imágenes y sobre todo, con esa insistencia?
Leyendo los dos libros que hasta la fecha ha'dedicado el Hermano Hildeberto
al arte rupestre de Nicaragua, o mirando la enorme colección de
fotografías que ha recogido en sus infatigables exploraciones por
nuestro país, uno se queda pasma do de su abrumadora abundancia.
Nicaragua parece entonces como una inmensa es cuela de arte primitivo o
grabada toda ella en piedra. Y una vez más asedian las in terrogaciones.
Qué significó ese anhelo creador de signos, imágenes
y formas? Qué oculta facultad perdida tenían esos pueblos
-ancestros nuestros- que llenaron de libros de piedra la silenciosa biblioteca
de nuestras montañas y selvas? Llevamos to davía dentro esa
llama creadora o ya se apagó? para siempre al viento de los siglos?
El Hermano Hildeberto está, ahora, reuniendo el inmenso catálogo
de ese le gado misterioso y riquísimo del pasado indígena.
A través (le sus hallazgos, sin que todavía podamos descifrar
a fondo los textos, la gran biblioteca pétrea va entregándonos
infinidad de mensajes y signos cifrados. Vemos rasgos de su organización
social, vemos figuras de jefes, hechiceros, de magos y guerreros. Vemos
dioses, creencias, símbolos religiosos, ritos, objetos de culto,
altares, sacrificios, danzas, armas, ritos culturales, ritos de cacería,
animales, astros, probables signos astronómicos, utensilios, ceremonias
de la vida agrícola, vestidos, adornos, máscaras -cabos sueltos
de un enorme texto de historia y de vida, páginas rotas de un vasto
poemaa del pasado.
Cómo no agradecer al descubridor de ese texto? Lleva años
de ir ordenando las páginas de ese Popol-Vuh de piedra. Gracias
a él -gracias a su benemérito esfuerzo- quizás pronto
podamos leer ese fabuloso libro de páginas de roca, escri to por
un desconcertante pueblo de poetas y artistas- "caso único en América".
Prologo de Pablo Antonio Cuadra de Ometepe Isla
de Circulos y Espirales