IGLESIA
PARROQUIAL
DE ocotal
NUEVA SEGOVIA,
nicaragua
La hermosa
parroquia de Nuestra Señora de la Asunción , es una hermosa
iglesia, rodeada de una tapia y en los patios árboles frondosos
de acacia, cipreses que se elevan al cielo, limonarias y tantas plantas
ornamentales. El templo es una verdadera reliquia, sus anchas puertas,
sus paredes de adobe, sus cornisas, su frontis donde se lee: Clausura Año
Mariano. Su interior es majestuoso, con grandes columnas de madera sobre
bases de concreto, su imponente balaustrada donde se instala el coro y
el órgano de la iglesia, sus sagradas imágenes. Una placa
de hierro indica: "Señor, te damos gracias por los diez años
de amor Agustiniano y por el incansable trabajo de nuestro pastor, padre
Francisco Valdivia Lazo. Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción,
Ocotal, N.S. 16 de Julio de 19871997" Los pobladores veneran con cariño
y devoción, según consta en una cruz a la entrada del templo
al Presbítero Nicolás Antonio Madrigal a quien reconocen
como un forjador espiritual y material de su grey, y a quien le erigieron
una estatua en el parque municipal frente a la iglesia. Radio Fe, fue fundada
en 1995 por los padres Agustinos y transmite programas musicales variados,
religiosos y mensajes desde las seis de la mañana a las seis de
la tarde.(Aqui tambien funciona la Comisión de Paz y Justicia
y la Radio Fe)
PEDRO
J. VINDELL M.La Prensa 01/02/00
Al recordar al Pbro.
Juan Mariano de Rivera, que tan generoso fué en su donativo para
la erección del Templo, debemos decir que más que antes había
servido en el Curato de lo que entonces se conocía como Nueva Segovia
y que ahora es Ciudad Antigua, en 1760. Fallecido en ésta Ciudad
el 12 de diciembre de 1792 fué llevado a sepultar a la Antigua,
ya que todo ésto no era sino un grupo de casas provisionales sin
cementerio aún.
A él, seguramente,
le debemos que se haya permitido traer de allá a la Nueva Reducción
la imágen de la Virgen de la Asunción, patrona de la población
desde los tiempos de su fundación, y la cual fué precisamente
lo que mereciera los elogios del Obispo Monseñor Agustin Morel de
Santa Cruz en su visita de 1752, gracias a sus manos morenas y carcomidas,
tras el milagro que la tradición le tribuía haber curado
un leproso, imagen que desgraciadamente perdimos en el incendio de que
se hablara más tarde.
La del Señor
de los Milagros que también nos pertenecía, quedó
en el pueblo abandonado, seguramente para hacer menos doloroso el éxodo
a los mulatos que se aferraron a sus ruinas.
Sirven el Curato
por aquellos años los Prebisteros Francisco José Díaz,
Miguel Fernando Lindo y Pedro León Morales, en cuyo tiempo, probablemente,
quedó fijado el lugar para asiento de nuestro Templo y se comenzó
a levantar sus paredes (1803).
El 2 de Julio de 1810
pasó de tránsito el Señor Obispo Fray Nicolás
García y Jeréz a ocupar su destino en León. Venía
de España, de donde éra originario, y probablemente desembarcó
en Trujillo para hacer esta larga travesía. No fué, pues,
una visita pastoral la suya; sin embargo, administró el sacramento
de la confirmación.
La Iglesia permanece
estacionaria y así continúa seguramente durante el desempeño
de los Curas Prebisteros Paulino Espino (1809), Francisco de Rivaduya (1810),
Nicolás Antonio Jiménez (1814), Francisco Castellón
(1816), y José María González (1818).
En 1821, de Guatemala
en donde ya se rumora la Independencia de estas regiones, vienen las imágenes
de Jesús Nazareno y la Dolorosa, pedidas por Doña Isabel
de Bobadilla y Doña Siveria de Bobadilla.
Doña Isabel,
dicho sea en honor y recuerdo de ella, casada con don Ignacio Calderón,
fué progenitora de una de las familias que más brillo han
dado a Nueva Segovia. De ese tronco descienden los Calderón, los
Castellón, Los Irías Calderón, e Irías Sandres,
entre otros, cuyos máximos exponentes fueron Salvador Calderón
Ramírez, don Pío Castellón, el doctor Francisco Castellón,
y el doctor Julián Irías, nombres que son suficiente honra
para cualquier ciudad en que les hubiere tocado nacer. Y recientemenete
el doctor Roberto Calderón.
La imágen
del Nazareno es, con todo y sus ciento treinta y más años,
motivo de admiración para propios y extraños. No soy autoridad
en la materia, pero para dejar constancia del valor artístico de
ella, copio lo que don Dionisio Martínez Sanz ha publicado en su
reciente libro "Ríos de Oro - Torrente de Lava": "Estamos acostumbradosa
ver la efigie de Jesucristo muy refinada, muy retocada, muy blanca; siempre
puede decirse, muy bonita aún queriendo representar los momentos
más tristes de su existencia; y por tanto, representando el mal
estado, en el que por ejemplo se ha de haber encontrado el día que
lo llevaron al Calvario. La escultura en madera, hecha en Guatemala, como
antes dije, y que está en la Iglesia de Ocotal, con manos demacradas,
con faz tostada y macilenta, boca entreabierta, madíbula inferior
que se quiere desprender por el cansancio, ojos grandes y hermosos, pero
ya vidriados, y que mirando a la tierra ya sólo ven el cielo.. es
una verdadera representación de como ha de haber estado el físico
de Jesús, el último día de su vida".
Sobre ésta
imágen, amén de que la gente piadosa en varias ocasiones
ha recogido con algodón el sudor de su fatigado rostro, la tradición
ha venido diciendo que el escultor que la talló encontró
la muerte cuando el propio Jesús le habló para preguntarle
donde lo había conocido para dejarlo tan perfecto.
Los pueblos tienen estas
dulces ingenuidades, más agradables y constructivas que la esperanza
de la blasfemia y de la duda. Probablemente la tradición venía
siguiendo la imágen desde Guatemala, pero no se refiere a ella.
Es otra leyenda en torno a una pintura de otro pintor guatemalteco, don
Antonio de Montúfar, que ha instancias de Fray Fernando de Espino,
en 1657 pintó para la Iglesia del Calvario, en la Antigua, a Jesús
cuando después de azotado, recoge sus vestiduras. Tras de muchas
vacilaciones, como lo refiere el cronista Fray Francisco Vásquez,
dejó estampada la imágen de la victima con tanta maestría
que inmediatamente quedó ciego, atribuyendose ello a que Jesús
le había dicho que no quería que aquellos ojos que tan bien
lo habían captado pudieran hacer obra parecida.
En 1827 sirve el Pbro.
José Hilario Herdocia y poco tiempo después el Pbro. Francisco
Castellón que más antes había servido el Curato, y
que falleció en esta ciudad el 23 de julio de 1842, en donde quedó
sepultado.
Se llega al año
de 1832 en que toma posesión del Curato el Pbro. José Francisco
Bonilla. Su largo Ministerio, su destacada personalidad y la prolongada
influencia en esta sociedad, además de su consagración a
la juventud en la escuela, hacen que le dediquemos un largo espacio de
estos recuerdos.
No importa lo pródigo
de los detalles. Pero cuando se encuentra con personajes de ésta
talla, se hace preciso exponerlos a la juventud como ejemplo de virtud
y de constancia, a esta juventud alcaída y materialista necesitada
de enseñanzas de otra índole.
Estos breves apuntes
fueron leídos por primera vez en la noche del 19 de septiembre de
1944, al celebrar el primer aniversario de la fundación de la Biblioteca
Pública "Segovia", acto preparado y dirigida por el fundador de
ella, Dr. Felipe Orozco Floripe, y fueron dedicados a la memoria de mis
abuelos el Dr. Pablo Gutiérrez, educados por el Pbro. Nicolás
Madrigal, el primero en recordarlo designando la Escuela de Mozonte, fundada
y sostenida por él, con el nombre del Padre Bonilla.
En esa noche presenté
a ese varón sencillo y ejemplar que dió los primeros
pasos en la enseñanza de la juventud de Nueva Segovia hace más
de cien años; que abandonando su tierra y los honores ofrecidos
en otras poblaciones más grandes, prefirió vivir obscuramente
entre nosotros sin más anhelo que el de hacer el bien a sus semejantes.
Nueve años del
antepasado Siglo, obscuros y tristes, y muchos otros del Siglo de las luces,
amargados por luchas fraticidas, fueron apenas alumbradas por ese foco
de luz venido en ese entonces desde Costa Rica. Si aún en estos
años podemos considerarnos como analfabetos; si nuestro pueblo aún
balbucea sus nombres y descifra sus firmas; sí a pesar de que ya
tenemos Biblioteca, los libros permanecen dormidos en sus estantes, esperando
manos y ojos que descubran su luz; como sería de atrazada nuestra
situación hace más de cien años.
Apenas un José
Patricio Marín y López, para eso, español de Andalucía;
un Coronel José Miguel Irías, de las milicias de Guatemala;
un José Miguel Artola, Juez Prevencional; un Marcos Paguagua, un
Silvestre Castellón, un Juan Pablo Calderón y otros más,
chapetones en su mayor parte, eran quienes leían y escribían.
La totalidad era ignorante a todas las luces.
En favor de aprender
a leer y escribir lo merecimos en el año 1812, cuando José
Francisco Bonilla abrió su pequeña escuela de primeras letras.
Pienso que fué el primero de los maestros, porque en mi constante
y afectuóso afán de revolver papeles y expedientes, no hé
logrado encontrar la cita de ningún otro.
Bendigamos aquella
fecha y aquel hombre que no plantó su tienda de peregrino ante nosotros
para abrir cátedra de politiquería criolla; que no sembró
odios ni rencores partidistas, ni trajo fusiles con qué armar revoluciones.
José Francisco Bonilla nació en Heredia, Costa Rica el 3
de septiembre de 1787, llegó a la Nueva Reducción de Segovia
en 1812 a ocuparse de la enseñanza primaria cuando contaba 31 años
de edad.
Quién lo llamó?
Fue enviado de alguien ? Que lo trajo a un pueblo que apenas reunía
un centenar de vecinos agrupados en unas dos docenas de casas y atemorizados
todavía con la visión de los corsarios ? Nunca pudo saberse,
pero lo cierto es que una vez sus familiares vinieron a llevarlo y él
rehusó regresar. Tal vez algún romance de esos fustrados
que dejan hondas huellas en el alma lo hizo querer vivir apartado del mundo,
y era propicio a su espíritu la tranquilidad que por entonces se
observaba en estos lugares.
Piensa el Pbro. Madrigal
que probablemente él hacía estudios religiosos en León,
pero que por aquel tiempo ni había, ni éra preciso Seminarios
para ello. Los aspirantes estudiaban solos y después iban a examinarse
al Obispado. Quizás Fray Nicolás García y Jeréz,
que pasó por Segovia en 1810, le hablase de esta ciudad como propicia
a sus estudios o le hablase condolido de la ignorancia de estos rincones.
Imaginémosnos,
con esa afectuoso ensueño que tienen las cosas idas y empolvadas,
aquellos pocas casas agrupadas entre los pinares que invadían la
población, alrededor de donde hoy son nuestras dos Plazas principales,
buscando los vecinos la comodidad de la orillas del Río,
El Pbro. Bonilla
desde su retiro de la Parroquia, y aún antes residía en Mozonte,
en una casita donde hoy es un solar vacante, al lado de la Casa que ocupó
el Pbro. Madrigal. Allá en Mozonte recibía las visitas de
empirigotados señores y señoras desde Danlí y otros
lejanos buscaban su confesor; venía a Ocotal con frecuencia montado
en una yegua, y tanta era su caridad y mensedumbre que cuando había
cría, no le importaba hacer el ridículo aplena calle y pleno
sol para dar ocasión a que el animalito tomase sus alimentos.
Apartado de las pompas
mundanas, en cuanto le fué posible, vivió en una humilde
y estrecha habitación, pero hasta allá le llegaron honores
y ofrecimientos que siempre rehusó. En un reciente libro de don
Francisco Vigil, discutiendo la personalidad del Pbro. Agustin Vigil, hemos
visto el nombramiento del Canónigo, hecho por el Sr. Obispo Jorge
Viteri y Ungo, en 1851, que el Sr. Bonilla rehusó con humildad.
Y esa misma canonjía
era que luego ofrecia el Sr. Viteri nada menos que al ilustre Pbro. Vigil.
Vestia con mucha
sencillez calzones de mantadrill blanco hasta la rótula, con dos
bolsas adelante y dos detrás, camisa de manta, chaqueta y chaleco
de mantadril blanco también todo sin aplachar; los botones del exterior
eran forrados del mismo género del vestido, amarrada la camisa y
los calzoncillos con cordones; cubría las pantorrillas con medias
blancas, recubriéndolas con otras negras; usaba sombrero de palma
anchas alas teñido de negro y cuando salía usaba bastón
alto.
Y con ésta indumentaria
que hoy, estoy seguro de ello, ninguno de su clase vestiría sin
caer en lo ridículo, su silueta de regular tamaño, pero encorvada
por la edad, se destacaba por estas calles llena de suavidad a paso lento,
respirando bondad y mansedumbre.
Blanco de muy buenas
perfecciones físicas, ún en la ancianidad, se abría
su frente espaciosa coronada por un cabello liso, pero tan fino y tan blanco,
como un capullo de algodón; de boca pequeña, labios rosados,
nariz afilada, barba punteaguda y cerrada reunía una transparencia
de candor y pureza, que asomaba a sus ojos azules como sólo pueden
hacerlo los espíritus serenos y contemplativos.
Sus sermones y pláticas
no eran elevados; trataba las cosas a estilo Monseñor Bienvenido,
el personaje de Hugo, llamando las virtudes y vicios sencillamente por
su nombre y ensalzando y críticando sin consideración alguna;
pero como él reunía aquellas y se alejaba de éstos,
nadie se molestaba porque el que practica tiene derecho de señalar
los defectos de los demás.
Hemos tenido en nuestras
manos una carta suya de 1854 para aquella viejecita que se llamó
Baltasara Ramírez, maravilloso reflejo de su maestro, tanto que
si viviésemos cerca de Roma a estas horas ya estaría iniciada
la causa de canonización. En ella les anuncia que vendrá
a Ocotal a darles unos ejercicios espirituales compuestos del rosario y
un rato de lectura: y, profundo conocedor de cómo leen en estos
actos, con los labios más que con el corazón y de prisa,
insiste en recomendar que se lea en voz alta, despacio y claro para el
buen aprovechamiento.
Caminaba, la mós
de las veces con las manos recogidas sobre el pecho y expresión
favorita suya era: !Santo Dios de mi alma!.
Su Santidad arraigó
tanto que la fé ha llegado a concederle milagros. Todavía
se oye, en algún sufrimiento, de labios de las viejecitas esta expresión:
"Anima Santa del padre Bonilla !", para introducir alguna petición
al Altísimo.
Su baño preferido
lo hacía en un pozo u ojo de agua en el Valle de los Arados, Mozonte,
cuidado con esmero; y la tradición ha venido concediéndole
virtudes curativas y llamándolo públicamente Pozo Santo.
Dormía sobre
un lecho de toscas varas y acostumbraba comer un día y ayunar otro;
su puerta estaba abierta a toda hora para las confesiones por duros que
fuesen los tiempos y las distancias; las disensiones hogareñas eran
plato favorito suyo, para mediar en ellas; y no fué por una vez
tan sólo, que tranquilamente se quitara sus calzones para darlos
al necesitado, aun cuando tuviera que pedir otros.
Naturalmente, una
vida tan laboriosa como ésta y un cuerpo tan castigado por su dueño
con vigilias y penitencias, no pudo resistir más allá del
7 de febrero de 1856 en que, entre el llanto de sus feligreses, a las ocho
de la mañana, en el día preciso de su ayuno, a consecuencia
de una inflamación en la garganta, se elevó de las miserias
de esta tierra a las delicias celestiales.
Como una curiosidad
de que las ideas nobles viven a despecho del tiempo y de las distancias,
copiamos un párrafo de lo que la colonia francesa de Dipilto, en
aquellos años, publicaron con motivo de su muerte.
"Admiramos más
a los Alejandros y Napoleones que a los Franciscos de Asís y Vicentes
de Paúl, Y sin embargo, cuánta diferencia hay de los unos
a los otros. "
El Pbro. Francisco
Tijerino sucedió en 1867 por pocos días al Pbro. Aguilar,
pero no fué sino en 68 cuando sirviendo interinamente el curato
el Pbro. Norberto Dávila, se renaudaron los trabajos de la torre,
interrumpidos por la peste del cólera.
El nuevo director
de los trabajos fué Thomas Thompson, de Dinamarca, quién,
a principios de 69, dió por concluída la obra. Sin embargo
se esperó la festividad de agosto para la solemne bendición.
No obstante el 26
de junio de aquel año, los Generales Tomás Martínez
y Máximo Jeréz levantaron una revolución contra el
Gobierno del Gweneral Fernando Guzmán, y alguna participación
deben de haber tenido algunos de Ocotal en ella, de la cual no estamos
informados, cuando una fiesta religiosa como áquella no pudo llevarse
a efecto y aún es más, cuando al concluir la guerra con la
victoria de Guzmán, Ocotal salió castigado con la supresión
del rango de cabecera del Departamento que fué trasladada a Somoto.
En el año
69 sirvió El Curato el Pbro. Francisco Ignacio Guevara, de Rivas,
relevado por pocos días por el Pbro. Camilo López, de Somoto,
a quién sucedió en 1870 Máximo Ríos Sol, uno
de los que más largamente dió sus servicios a éste
vecindario y fué a fallecer a El Viejo o a Telica, no recuerdo bien,
tras 20 años de apostolado en Segovia, donde adquirió
fama de Santo.
Por ese año
ya estaba concluída la torre y la portada de nuestro Templo, y justo
es consignar que las generaciones presentes deben gratitud a quienes desinteresadamente
ousieron todo empeño en la obra, especialmente a las señoras
y señoritas de sociedad, que en aquel entonces no se preocupaban
tanto de las distracciones de salón y pinían sus energías
acarreando sobre su propia cabeza, agua, ladrillo y arena, mientras los
varones ejercían de jornaleros. Cierto es que no se conocían
Clubes ni Casinos lisonjeros para la frivolidad del mundo de hoy, pero
negativos para el bienestar colectivo de la ciudad.
El Arco es Obra ejecuta por el Maestro José
Jirón, concluida en 1892 a como verifiqué por escrito grabadao
en la esquina derecha
El costo de la obra,
aparte del trabajo personal del vecindario, fué de $126.85 plata
reunidos en la población y en otros pueblos del Departamento.
En 1869 varias personas
de Ocotal hicieron viaje a pie a Choluteca, Honduras, para traer el Tabernáculo
de bronce, que aún sirve en las exposiciones del Santísimo,
comprado en Europa y obsequiado por don Pedro Ramón Ramírez,
hijo de aquella tan ponderada Fausta Josefa Goyeneche. Para aquellos tiempos
los $200.00 plata de su importe eran un desprendimiento considerable.
Amargados, seguramente,
por la imcomprensión del Gobierno que cambiaba un estado de cosas
ya establecido, y que dió origen a una rivalidad posterior, felizmente
terminada, entre Ocotal y Somoto; pero algres por la conclusión
de una obra que tantos esfuerzos había costado, los ocotaleanos
se aprestaron a celebrar el 15 de agosto de 1870 con más brillo
y entusiasmo, ya que serían mostradas la torre y portada totalmente
concluídas.
La procesión
había hecho su entrada en la Iglesia entre las salves que cantaba
el Padre Sol y acompañaban con sus violines don Juan Bautista Gutiérrez
y sus discípulos Teodoro Ortíz, Luciano Gutiérrez
y Eleuterio Seviilla y el contrabajo de Longinos Merlo. A las once de la
noche, ya todos estaban acostados y las puertas de la Iglesia cerradas.
Pero a esa hora comenzó a gritar algún trasnochado, que adentro
del Templo había incendio. Tras de romper las puertas, la gente
se encontró con que el atributo que llevaba la Virgen de la Asunción
estaba consumiendose entre las llamas producidas por algunas velas dejadas
encendidas muy cerca por el sacristán Jerónimo Molina, hombre
ejemplar entre los cándidos de entonces.
Esta imágen
de la Asunción había sido la primera que estuvo con Segovia
en su fundación y dijimos al principio que sus manos morenas y carcomidas
eran atribuidas a la curación de un leproso que dejó en ellas
sus huellas.
Más de $200.00
pesos plata se reunieron para enviar la imágen a Guatemala pues
nadie quería otra; pero estaba escrito que la habíamos de
perder ya que en uno de tantos trasbordes de los que entonces se hacían,
desapareció para siempre.
Don Guilberto Larios,
que entonces hacía estudios de Derecho en Guatemala fué recomendado
por su tía doña Guadalupe Ramírez de Calderón,
para encargar otra. La envió y nuevamente se extravió en
el camino, por lo cual el joven Larios la repuso con la cual el joven Larios
la repuso con la que que todavía hace su recorrido en la tradicional
procesión de agosto y que no llegó sino en 1873. Dicho sea
de paso, aun cuando quisieramos callarlo, el importe de ella jamás
se le giró a don Gilberto y a la fuerza tuvo que contribuir al ornato
de nuestro Templo.
Máximo Ríos
Sol sirvió por espacio de 20 años, con algunos pequeños
lapsos servidos por Norberto Dávila, Francisco Reyes, Ramón
Prado y el Pbro. Canónigo Alejandro Flores en sus primeras épocas.Vivió
el Padre Sol en la casa que fué de nuestro abuelo Juan.
Tomado de
La Revista Cumbres del Periodista local, Prof. Calderón. Diciembre
de 1952 por el Dr. Emilio Gutierrez G. Recuerdos de Nueva Segovia
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